Troy (Romance militar de héroes alfa nº 3) Capítulo Dos #2
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Capítulo Dos #2

—Vale, ahora ya lo sabes —dijo Tee—. ¿Puedes pasarme a Marisol?

—Marisol no está conmigo —el estómago me dio un vuelco—. Vino a The Lion, me dio un sobre y salió pitando. Nunca pidió protección. Ni siquiera lo mencionó.

—¿Qué? —la voz de Tee subió varios tonos—. ¿Marisol no está ahí?

—No —volví a arrepentirme—. Puede que me haya portado un poco como un gilipollas con ella.

—¡Dime que no! —el siseo furioso de Tee crepitó a través de la línea—. Por favor, no me digas que sacaste esa fachada de playboy mujeriego que tanto odio.

—Es lo que soy aquí fuera, Tee —me encogí de hombros—. Es mi forma de actuar y no sabía quién era. ¿Lo siento?

—¡Troy! —frustración, furia y miedo se fundieron en el gemido lastimero de Tee, un sonido que me hizo torcer el gesto y meterme a toda prisa a guardar los documentos y el pendrive en el sobre manila—.

Se ha ido sola. Va a morir. Esta noche. La están rastreando.

Fuentes fiables me dicen que le pisan los talones.

—¿Qué fuentes fiables? —volví a cerrar el sobre mientras intentaba procesar todas las implicaciones que me asaltaban—. ¿En qué mierda te has metido?

—No te preocupes por mí —la voz de Tee se volvió cortante—. Han puesto precio a la cabeza de Marisol. Rivera tiene a todos los sicarios, cárteles y bandas de América buscándola.

—Hijo de puta —agarré el sobre, cogí el abrigo y fui hacia la puerta—. Tengo que irme.

—Sí, por favor, date prisa —dijo ella—. ¿Y Troy?

—¿Qué?

—Ten cuidado —dijo—. Rivera es de los más peligrosos y su gente está en todas partes.

Colgué, me guardé el móvil en el bolsillo y salí disparado por las puertas. Me puse el abrigo mientras hacía señas a los porteros para que me siguieran.

Habíamos reforzado la seguridad en todas las propiedades de Battle Brothers tras los ataques a mis hermanos. Los porteros del pub eran personal de seguridad de primera: exmilitares con entrenamiento de élite.

—Guarda esto en la caja fuerte, prioridad uno —le planté el sobre en las manos a mi jefe de seguridad—. Los demás, tenemos que encontrar a una mujer, ya —abrí el coche, aparcado en mi plaza reservada frente a The Lion—. Metro cincuenta y poco, abrigo rojo, sombrero y tacones. ¿La recordáis?

—Se fue hacia el oeste por la avenida —informó uno del equipo, demostrando las ventajas de tener operativos entrenados en posición.

—Dividid la zona y dispersaos —ordené mientras me dejaba caer en el asiento y arrancaba el McLaren—. Informad si la veis. Aseguradla de inmediato. Atentos. Posibles tangos.

Todos activaron sus comunicadores. Pulsé los controles, cerré la puerta y aceleré para salir del aparcamiento mientras me sacaba el auricular del bolsillo y conectaba mis comunicaciones.

Una gruesa capa de aguanieve había convertido el centro de Denver en una pista de patinaje.

El cupé patinó sobre una placa de hielo negro.

Levanté el pie del acelerador, giré el volante y controlé el derrape.

Cuando los neumáticos encontraron un tramo de asfalto tratado con sal, pisé el acelerador y giré hacia el oeste.

Conduje despacio, escudriñando la calle, frenando para revisar los callejones a ambos lados.

Una ráfaga de granizo azotó el parabrisas.

No había mucha gente en la calle esa noche.

Un par de personas apresuradas se protegían del viento, seguramente con prisa por escapar del frío cortante y el tiempo de perros.

Seguí calle abajo, vigilando el tráfico lento. Marisol iba a quedarse tiesa de frío en nada. ¿Dónde demonios se había metido esa fierecilla?

Había oído hablar de Rivera durante mis misiones en Sudamérica. ¿Quién no?

Rivera era un matón violento disfrazado de agregado diplomático del dictador de un país que antes fue democrático.

Corría la voz de que Rivera disfrutaba con las ejecuciones a sangre fría, precedidas de sesiones de tortura brutales y fosas comunes infernales.

El mes pasado, había ejecutado personalmente a veintitrés estudiantes que protestaban pacíficamente en un parque.

Les había puesto una Makarov en la cabeza a cada uno de esos manifestantes y los había matado, uno por uno.

Era una puta bestia.

Era el tipo de mierda retorcida que enfurecía al humanitario que llevaba dentro, al guerrero que luchaba por hacer un mundo mejor para quienes lo merecían.

Tee tenía razón. Marisol corría un peligro mortal.

¿Qué le harían Rivera y sus matones a la mujer que podía condenarlo ante un tribunal internacional?

Un destello rojo me alertó de la pelea que tenía lugar detrás de un alto edificio de oficinas. Entrecerré los ojos en la oscuridad y vi a Marisol forcejeando con dos hombres enmascarados, sacudiéndoles el bolso con todas sus fuerzas.

Giré con un chirrido de ruedas y aceleré hacia el callejón. Los potentes LED del McLaren iluminaron la escena: los dos matones tiraban a Marisol al suelo mientras un tercer pedazo de mierda se cernía sobre ella, apuntándole a la cabeza con la pistola.

Metí la mano en la guantera, abrí la puerta de golpe y salté del coche con la Beretta M9 en la mano.

—Eh, gilipollas —siempre avisaba antes de disparar—. Alejaos de ella, ¡cojones!

El hombre apuntó su arma hacia mí.

Mi dedo apretó el gatillo. El primer disparo neutralizó al pistolero.

El segundo y el tercero alcanzaron a los otros dos cabrones antes de que pudieran echar mano a sus armas.

El cuarto y el quinto persiguieron a los dos gilipollas callejón abajo mientras arrastraban a su compañero caído hacia la oscuridad.

Mantuve el arma apuntando a las sombras. —¿Marisol? —la llamé mientras avanzaba con cautela hacia ella, barriendo el fondo del callejón con la pistola—. ¿Estás bien?

Se apoyó en el asfalto con las manos y se incorporó, jadeando.

Tenía el abrigo rasgado en la manga. Le habían arrancado el sombrero de la cabeza.

Una peluca corta y platino yacía en el suelo como algo muerto.

Largos mechones de pelo rubio fresa se escapaban del moño deshecho y le caían por la espalda.

Se apartó el pelo de la cara y dejó escapar un gemido.

Con el oído alerta, acorté la distancia y me agaché a su lado. Uno de los tacones rojos yacía en el suelo junto a ella. Parecía conmocionada, pero no tenía sangre encima y estaba viva.

Era más de lo que esperaba treinta segundos antes.

Sus ojos se encontraron con los míos, vidriosos y muy abiertos. Respiraba con jadeos desesperados salpicados de resoplidos furiosos, pero ni una sola lágrima escapó de sus ojos.

Sin soltar el arma, le pasé el brazo por los hombros y la atraje hacia mi pecho. Era la mejor forma de protegerla de una bala certera en ese momento.

Hundió el rostro en mi hombro, el cuerpo sacudido por temblores. —Casi me atrapan.

—El casi no cuenta. —El terror que la atravesaba me encendió la sangre—. Estás bien.

La sostuve, aspirando su aroma íntimo. Olía a limpio, a limas y naranjas. Una bocanada de su cabello me inundó la mente con imágenes de arboledas de cítricos sin fin y un toque de…¿lejía?

Daba igual. Al menos estaba a salvo.

Pulsé el comunicador en mi oído. —Lion, aquí Rogue. Tengo al objetivo en mis manos, pero hay tres tangos en el radar. Llevan plomo encima. Localizar y neutralizar.

—Recibido, Rogue. —Se sucedieron más órdenes mientras mi equipo organizaba la caza.

—¿Puedes caminar? —pregunté.

—Sí. —Intentó levantarse del suelo y no pudo—. Maldición. No suelo ser un desastre así. Hoy ha sido… complicado.

Negué con la cabeza con una sonrisa. —Acabas de ganar el premio al eufemismo del siglo.

Esbozó una sonrisa pequeña pero valiente y agarró el zapato del suelo. Aún temblando, se lo puso y, tras recoger su enorme bolso, se levantó.

—Se me echaron encima tan rápido que no tuve tiempo de defenderme —murmuró.

—Tranquila. —La ayudé a levantarse y la llevé al lado del copiloto—. Ahora estás a salvo.

—No, no estoy a salvo. —Se apretó el bolso contra el pecho y me sostuvo la mirada, los ojos marrones muy abiertos y velados de miedo—. Y ahora, tú tampoco.

El rugido de un motor lo dejó claro. Una furgoneta negra derrapó al doblar la esquina y se lanzó por el callejón. Un tango ensangrentado se asomó por la ventanilla, disparando.

Empujé a Marisol dentro del coche, me agaché tras la puerta y levanté la Beretta. Disparé varias veces contra el parabrisas de la furgoneta y lo hice añicos. Cuando el tirador se detuvo, me lancé sobre el capó, me deslicé en el asiento del conductor y agarré el volante.

El McLaren seguía encendido, así que pulsé los controles, bajé las puertas y metí la marcha. Guiándome por los espejos y la cámara trasera, pisé el acelerador y saqué el coche marcha atrás por el callejón.

—Ponte el cinturón —ordené, y Marisol obedeció con un clic rápido.

Saqué el coche a la calle de un volantazo, activé el modo pista y pisé a fondo.

—Agáchate —añadí cuando varias balas silbaron junto a nosotros.

El coche rugió y salió disparado, de cero a cien en un instante. Miré por el retrovisor. La furgoneta salió del callejón como una exhalación, derrapó con un chirrido y aceleró para pegarse a mi cola.

Pisé el acelerador a fondo y, exprimiendo el V8 biturbo, atravesé el centro de Denver a toda velocidad. Las levas cambiaron con suavidad y el McLaren se lanzó avenida abajo, dejando atrás la furgoneta.