Tropezar contigo Chapter 10 #2
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Chapter 10 #2

—Un viernes, Tomás llegó a casa, me metió una muda en una maleta pequeña, subió a los niños al coche de mis tíos para que se quedaran con ellos el fin de semana y me subió al nuestro sin pedirme permiso.

Conducía en silencio. Yo iba enfurruñada, mirando la carretera sin hablarle.

Cuando me quise dar cuenta, estábamos cruzando el puerto para bajar a Tarifa.

Elena soltó una risa floja, un recuerdo bonito que le devolvió el brillo a los ojos.

—Hacía un viento de levante terrible, Sofía.

De esos vientos que te vuelven loca, que te azotan la cara y no te dejan ni pensar.

La playa estaba desierta, el mar revuelto, con una espuma espantosa.

No se podía estar en la calle. Pero ese olor a sal hacía que me relajase un poco, pero solo un poco.

Caminamos por la arena de mala gana y nos refugiamos en el primer chiringuito que encontramos abierto.

Uno de esos de madera que dejaba pasar toda la arena con cada racha de viento.

» Nos sentamos y pedimos dos cafés negros que sabían a rayos. Justo en la barra había una pareja, tendrían tu edad, un poco más. Estaban ajenos al temporal, devorándose con la mirada, riéndose de cualquier tontería.

Elena miró a Sofía y le dio un toque cariñoso en la rodilla.

—Yo los miraba y sentía una envidia tremenda, te lo confieso.

Miré a tu abuelo. Tenía las ojeras marcadas de no dormir, la barba de unos cuantos días y la mirada cansada.

Y yo... bueno, yo tenía los ojos hinchados de tanto llorar, la nariz roja y el pelo hecho un desastre por culpa del levante.

Éramos la estampa de la derrota. Estábamos rotos, Sofía. Absolutamente rotos por dentro.

La joven mantenía la concha apretada en su mano, casi conteniendo el aliento.

—¿Y qué hizo el abuelo?

—Nada de película. —Elena sonrió—. No me soltó ningún discurso poético ni me prometió que todo saldría bien.

Solo extendió su mano por debajo de la mesa y me apretó la mía.

Con fuerza. Una presión firme, constante.

No hicieron falta palabras. En ese gesto me lo dijo todo: «Sé que estás destrozada, sé que yo también lo estoy, pero no te voy a soltar» .

Y ahí, en ese chiringuito mientras el viento amenazaba con llevarse el techo, lo comprendí todo.

Elena se inclinó un poco hacia su nieta, mirándola con atención a los ojos para asegurarse de que el mensaje calaba hondo.

—Comprendí que el amor sano, el de verdad, no es el que te quema como a esos chicos de la barra.

Ese fuego es bonito, pero se apaga si no hay madera.

El amor que importa es el que te sujeta cuando te vas a caer.

Tomás no me salvó de la pena de perder a mi padre, porque eso tenía que pasarlo yo sola, pero hizo algo mejor: se quedó a mi lado para que no me arrastrara la corriente.

Sofía bajó la mirada hacia la concha. Una lágrima le resbaló por la mejilla y cayó sobre la caja de madera.

—Entonces... ¿vale la pena? —preguntó la joven.

—Cada maldito segundo —sentenció Elena, volviendo a guardar la concha en su lugar correspondiente y cerrando la tapa—. Pero tienes que

buscar a alguien que esté dispuesto a soportar ese levante lleno de arena, Sofía. No a alguien que solo quiera pasear contigo los días de sol.

Se hizo un silencio tranquilo, donde las palabras de la abuela empezaban a curar, despacito, la herida de la nieta.

Sofía se quedó mirando la caja cerrada, asimilando la historia de Tarifa. El nudo que tenía en la garganta ya no era de rabia, sino de emoción contenida. Se acomodó un poco más en el sofá, pegando su hombro al de su abuela.

Elena volvió a levantar la tapa de la caja, despacio.

Sus dedos, un poco torpes por la artrosis, rebuscaron en el fondo.

Retiró unas cartas y sacó algo que llamó la atención de Sofía de inmediato: un pequeño marco de madera sencillo, de los más baratos que vendían en la tienda del barrio.

Dentro, perfectamente estirada y protegida por el cristal, había una servilleta de papel arrugada, de barra de bar, con algo escrito a bolígrafo azul.

—¿Guardas una servilleta enmarcada? —preguntó Sofía, con una sonrisa.

—Esta servilleta nos salvó la salud mental —dijo Elena, colocándola sobre las manos de su nieta—. El amor de verdad no necesita fuegos artificiales todos los días, mi niña. Se construye en los detalles cotidianos, en obligar al otro a mirar la belleza cuando la rutina lo emborrona todo.

Sofía leyó la caligrafía clara y firme de su abuelo en el papel descolorido: «No dejes de contar historias» .

—¿Quién es Violet? —preguntó la joven, leyendo el nombre que aparecía anotado justo abajo.

—Una chica con un don —respondió Elena, apoyando la cabeza en el respaldo—.

Sucedió cuando los niños ya eran más grandes, daban más guerra y nosotros íbamos siempre corriendo a todas partes.

Estábamos cansados del trabajo, las facturas y de no tener tiempo ni para mirarte a la cara.

Una tarde salimos a hacer unos recados por el centro.

Íbamos de mal humor, discutiendo por el precio de unas botas para tu madre y por quién se había dejado las luces encendidas.

Un día gris, de esos en los que todo te pesa.

Elena miró la servilleta enmarcada con una ternura infinita.

—De repente, empezó a chispear. Una de esas tormentas tontas que te pillan sin paraguas.

Tomás me agarró del brazo y corrimos a refugiarnos bajo el soportal de un edificio antiguo, de esos que tienen los techos altos y las paredes de piedra.

Estábamos allí plantados, enfurruñados, sacudiéndonos el agua de la ropa y esperando a que escampara para seguir corriendo.

Yo no paraba de mirar el reloj, estresada. Y entonces, la escuchamos.

Sofía se inclinó hacia delante, contagiada por el tono pausado de su abuela.

—¿El qué?

—Una música, Sofía. Venía de arriba, de una ventana abierta de par en par en el primer piso del edificio.

Alguien estaba ensayando. Al principio se escuchó un piano, unas notas sueltas, como si estuvieran buscando la melodía.

Y un segundo después, entró un saxofón. Dios mío, cómo sonaba aquello.

Era una pieza melancólica, pero con una fuerza que te erizaba la piel.

Era como si la lluvia y la música se hubieran puesto de acuerdo.

Elena sonrió, reviviendo el momento.

—Yo seguía a lo mío, quejándome del tiempo, cuando sentí que tu abuelo me cogía de la mano.

Me giré para protestar, pero él me hizo un gesto con el dedo en los labios para que me callara.

Tenía los ojos fijos en la ventana. Nos quedamos allí quietos, resguardados de la tormenta, escuchando aquel ensayo durante diez minutos.

Toda la prisa que yo tenía se esfumó de golpe.

La música nos envolvió y, por un momento, nos olvidamos de las facturas, de las botas y del cansancio.

Nos miramos y nos sonreímos. Hacía semanas que no nos mirábamos así, de verdad.

Cuando la música terminó, se escucharon unas risas juveniles desde la ventana y una voz de mujer.

Tu abuelo, que siempre estaba atento a los detalles, sacó del bolsillo del abrigo una servilleta que se había guardado del café de la mañana.

Buscó un bolígrafo en mi bolso, apoyó el papel contra la pared de piedra y escribió esa frase: «No dejes de contar historias» .

—¿Y cómo se la dio? —preguntó Sofía, fascinada.

—Subió las escaleras del portal de tres en tres, como un chiquillo. Yo me quedé abajo esperándolo. Tardó unos minutos. Cuando bajó, traía una sonrisa de oreja a oreja. Me contó que se había encontrado la puerta del piso entornada y que dentro había una chica jovencísima con el saxofón

colgado al cuello, Violet, y un chico sentado al piano.

Tomás les había dejado una propina generosa para que se tomaran algo en la funda del instrumento y le había entregado la servilleta a la chica.

Violet se había quedado tan sorprendida y emocionada que le dio las gracias con un abrazo, pero le devolvió la servilleta con su firma, entre bromas, diciendo que algún día podría ser conocida mundialmente —explicó con una sonrisa de oreja a oreja.

Elena tomó el marco de las manos de Sofía y lo colocó con cuidado sobre sus rodillas.

—Salimos de aquel soportal cogidos de la mano, Sofía.

Ya no importaba que siguiera lloviendo ni que las botas fueran caras.

Tomás me salvaba de mi propia rutina, obligándome a mirar la belleza de los demás.

Me recordaba que la vida no era solo correr y preocuparse, sino detenerse a escuchar la música cuando aparecía de improviso.

Eso también es el amor: ser el faro del otro cuando se le nubla la vista por culpa de las obligaciones.

Sofía se limpió el rastro de una lágrima con los dedos, pero esta vez con una sonrisa ligera en los labios. El dolor del pecho parecía haber encontrado un sitio donde acomodarse sin hacer tanto daño.

—O sea, que el amor es el levante de Tarifa y la música de la lluvia —concluyó la joven en voz baja.

—Exactamente —sentenció Elena, guiñándole un ojo—. Es saber aguantar el temporal y saber cuándo hay que pararse a escuchar.

La luz de la tarde terminó de apagarse por completo. Ninguna de las dos hizo el amago de levantarse a encender la lámpara.

Elena dejó el marco de la servilleta sobre la mesa, justo al lado de la concha. Se miró las manos un momento, entrelazando sus propios dedos arrugados, y dejó escapar un suspiro.

—Todo esto que te cuento se ve muy bonito, Sofía —retomó Elena con una voz un punto más grave, más pausada—.

Las escapadas a la playa, la música bajo la lluvia...

Es fácil quererse cuando todo eso acompaña.

Pero el amor de verdad se demuestra cuando las cosas se ponen feas de verdad y no hay un botón de salida.

Sofía  la  miró de  reojo,  intuyendo hacia dónde se dirigía la conversación. El nudo en su garganta volvió a apretarse, pero esta vez por el recuerdo de los últimos meses de su abuelo.