Tronos y Corazones (Un Trono de Rosas y Espinas 4) Capítulo 28
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Capítulo 28

Se dice que en el pasado los fénix, junto con todos los demás seres,

permanecían en nuestro mundo.

En los mitos se les describe como individuos majestuosos.

De las notas de Horacio

J adina

Junto con Limycu, salí de nuestra cabaña y miré a mi alrededor en la plaza, iluminada con muchas antorchas. A pesar de lo tarde que era, todo el pueblo estaba despierto y algunos hombres y mujeres con armadura de guerra se despedían de sus seres queridos.

—¿Jarok? —llamé a mi dragón y sentí de inmediato cómo su conciencia rozaba la mía—. ¿Vienes a buscarme?

—Ahora mismo voy y me he encargado de que algunos dragones de nuestro clan nos acompañen — oí su profunda voz en mi cabeza.

Dirigí mi mirada al cielo. Varios dragones volaban en círculos sobre nosotros y me di cuenta de que, en efecto, eran más que los que nos habían llevado al palacio de Eclaria.

Había suficientes dragones para transportar a todos los que participaban en esta misión.

En el castillo de Dragonfall esperaban aún más para poder traer aquí a las mujeres y los niños.

—Mis informantes se encargarán de que todas las mujeres y los niños se reúnan en una de las plataformas que solemos utilizar para el aterrizaje de los dragones —informó Flavia a mi lado. Su mirada se posó en Limycu, que estaba sentado en mi hombro—. ¿El pequeño está preparado para esta tarea?

Sentí su presencia antes de que él respondiera por mí.

—Los fénix siempre están listos para entrar en combate —susurró Caronte, y vi cómo Flavia se tensaba mientras el dios se acercaba a mí. En el instante todo mi cuerpo se tensó en una clara advertencia para huir.

—Si ella lo permite, entonces vuela delante con Elara —le dije a la jinete de dragón, sin prestar atención al dios—. Ve con ella, yo se lo pediré.

Flavia me miró agradecida y al momento siguiente salió corriendo. Al menos una de nosotras no tendría que seguir lidiando con ese arrogante pedante y su molesta aura.

—Elara, por favor, deja que Flavia vuele contigo. Ustedes irán delante, ya que ella sabe dónde están las mujeres y los niños — le dije a la dragona de Kayden.

Kayden. Debería estar aquí ahora. A mi lado, en lugar de este dios.

—Sabes que puedo cumplir ese deseo —ronroneó demasiado cerca de mi oído—. Proponme un trato y ya no tendrás que limitarte a soñar con él.

—No hay problema. —La voz de Elara impidió que respondiera a la seductora oferta de la divinidad—. Cuídate mucho, pequeña cazadora.

—Lo haré. Tú también.

—¿En qué dragón puedo volar? —preguntó de repente Eline a mi lado. La pequeña mujer había cambiado su vestido con delantal por un uniforme de cuero y su determinación se reflejaba más que nunca en sus rasgos.

—¿Estás segura de que quieres hacerlo? —le pregunté con delicadeza. Le habían hecho cosas crueles en las mazmorras del castillo. Demasiado crueles como para querer volver a enfrentarse a esos recuerdos.

—Sí, lo estoy. Hija mía, si no lucho ahora, ¿para qué habré sobrevivido?

La entendía, pero por otro lado también me preocupaba por ella.

Pero Eline no había pasado toda su larga vida como doncella, antes de la maldición fue jinete y después, jinete de dragones.

Al igual que yo, superó las pruebas para convertirse en una jinete dragontina.

Aunque no sabía qué le había ocurrido a su dragón, sabía que esta mujer tenía el coraje, el espíritu de lucha y la voluntad de cualquier otro guerrero de nuestra escuadra.

—Ármate. Estoy segura que Jako podrá ayudarte. Volarás en el dragón de Julze.

Los ojos de Eline brillaron de alegría y, por un momento, me abrazó.

—No te arrepentirás, te lo prometo —susurró y me apretó contra ella, solo para soltarme después y correr más rápido de lo que esperaba hacia Jako, que estaba repartiendo las armas en el campo de entrenamiento.

—¿Y yo dónde volaré? —preguntó Caronte, y su expresión inocente me hizo intuir lo que vendría a continuación—. ¿Detrás de ti, en tu dragón?

—Por supuesto que no —siseé, y la idea de tener que sentarme tan cerca de él me provocó un escalofrío por todo el cuerpo—. Haz un portal o algo así. No debería ser ningún problema para ti.

—Me prometieron una aventura —dijo con sorprendente vehemencia—. ¿Qué tiene de aventurero crear un portal, algo que hago todos los días, cuando todos los demás pueden volar en dragones?

Suspiré molesta.

—Pues búscate un dragón que te lleve. Pero conmigo seguro que no vas a volar.

Me miró indignado. Al parecer, no estaba acostumbrado a que le rechazaran un deseo.

Pero ni de broma iba a poner su trasero divino en mi dragón.

De repente, su rostro se iluminó y una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios. No quería oír lo que iba a decir a continuación. Seguro que era algo que no me iba a gustar.

—Yo volaré en el fénix —anunció sin aceptar ninguna objeción—. Dos hermosas rarezas irán juntas a la guerra.

Al oír sus últimas palabras, no pude evitar poner los ojos en blanco. Era un dios arrogante. Sin embargo, quizá su idea no era tan mala. Al fin y al cabo, ambos eran muy poderosos. Además, no estaba segura de hasta qué punto los dragones podrían soportar el poder que emanaba Caronte.

—¿Estás lista para subir? No puedo aterrizar aquí —dijo Jarok en ese momento y, cuando miré hacia arriba, lo vi justo encima de nosotros.

—Estaré lista en un momento. Espera un segundo —respondí mientras levantaba a Limycu de mi hombro y lo dejaba en el suelo delante de mí.

Esperaba que se transformara cuando se lo pidiera.

—Limycu, por favor, transfórmate —le pedí. Pero él solo me miró con sus grandes ojos redondos—. Pequeño, por favor, conviértete en un fénix —volví a intentarlo, hablando con especial paciencia y cariño. Lo único que hizo el pájaro fue inclinar la cabeza para seguir mirándome con fijeza.

—Creo que tienes que trabajar un poco más en tu comunicación con él —dijo el dios, que observaba divertido cómo me agachaba ahora frente a Limycu para seguir hablándole con dulzura. Toda la misión dependía de este pequeño y de su magia.

¡Mierda! ¡Quizás debería haber practicado más con él!

—Limycu, creo en ti. Tú puedes —intenté esta vez con palabras motivadoras, pero el fénix siguió sin hacer nada, excepto mirarme.

—Estás haciendo algo mal —comentó Caronte sobre este intento.

—Ya lo sé. ¿No tienes nada mejor que hacer que molestarme? —Estaba enfadada conmigo misma y con la situación. Por desgracia, concentré esa ira y la descargué sobre la persona equivocada. Al instante siguiente, una mano fuerte me agarró por la barbilla y me levantó.

Unos iris negros me fulminaron con la mirada y el dolor me paralizó la cara, así como todo el cuerpo. El miedo me impidió respirar.

—No me gusta repetirme, pero no me provoques, pequeña rompe maldiciones. No olvides a quién tienes delante —siseó cerca de mi oído. Cada palabra intensificaba el dolor como otra puñalada en las entrañas—. ¿Entendido?

Incapaz de articular ni un solo sonido, parpadeé dos veces. Tan rápido como me había agarrado por la barbilla, me soltó y yo jadeé luchando por recuperar el aliento. Todo mi cuerpo tembló y la sensación paralizante tardó en desaparecer.

Tenía que tener más cuidado con cómo lo trataba, o acabaría sellando mi muerte.

—Bien. Entonces inténtalo de nuevo —indicó con amabilidad, mientras se limpiaba con los dedos una mota de polvo invisible de su armadura de cuero blanco.

Mi mirada se dirigió hacia Limycu, que no se había inmutado a pesar del ataque que sufrí. La desesperación se apoderó de mí. ¿Y si fracasaba? Tantas vidas dependían de que consiguiera que el pequeño utilizara su magia. Sentí cómo algo se rompía dentro de mí.

—Por favor, ayúdanos, Limycu —susurré con voz temblorosa. No podía fallar en esto. Seguramente Kayden sabría qué hacer y qué decir. Al fin y al cabo, fue él quien provocó la primera transformación de Limycu. Sus palabras. Su petición.

¿Por qué no estás conmigo, Kayden? Deberías estar aquí conmigo. Afrontar todo esto juntos. Te echo mucho de menos.

De repente, no pude contener las lágrimas. Ya no conseguía ser fuerte. Por mucho que intentara apartar de mi mente los pensamientos sobre mi marido, él no estaba aquí conmigo y, por lo tanto, me faltaba una parte de mí misma. ¿Cómo iba a ignorarlo?

En mi dolor, me cubrí los ojos con las manos y caí de rodillas. Llorando. Solo quería llorar. A solas.

—Bueno, quién lo diría —oí canturrear a Caronte con satisfacción en ese momento—. Ahora seca esas lágrimas tontas y súbete a tu dragón. Tenemos una misión que cumplir.

Sus palabras me sacaron de mi tristeza y, atónita, levanté los párpados, solo para quedar deslumbrada por un resplandor cegador. Ante mí, Limycu estaba desplegando sus gigantescas alas de fuego.

Una oleada de alivio recorrió mi cuerpo y mis sollozos anteriores se convirtieron en una risa liberadora.

—¡Gracias, Limycu! —grité al orgulloso ser, que me miraba con sus ojos inteligentes. De alguna manera, no podía evitar la sensación de que el fénix, al igual que Caronte, podía ver hasta lo más profundo de mi alma.

El dios ya se había subido a su espalda y, justo antes de levantar el vuelo, vi cómo su armadura de cuero blanco se reforzaba con placas metálicas doradas brillantes en las articulaciones.

Además, ahora llevaba un casco que relucía a la luz de la luna.

En la espalda cruzaba dos lanzas y alrededor de la cintura llevaba un cinturón con dos espadas.

En un abrir y cerrar de ojos, Limycu se elevó del suelo y yo solo pude quedarme boquiabierta mirándolos.

Dos hermosas rarezas. Las palabras de Caronte resonaron en mi mente y tuve que admitir que el dios tenía razón en este asunto. Ambos eran una rareza y de una belleza impresionante.

—Jadina, tenemos que irnos —interrumpió Jarok mi ensimismamiento y, cuando miré a mi alrededor, me di cuenta de que todos los demás ya estaban en el aire sobre sus dragones.

Secándome las lágrimas con un último movimiento, me obligué a concentrarme.

—Ven a buscarme .

—Tendrás que saltar sobre mi pata delantera y desde ahí subirte a mi lomo. Hay demasiada gente del asentamiento como para que pueda aterrizar aquí.

Primero miré a la multitud que saludaba con la mano al dragón que se alejaba volando y luego al gigantesco dragón rojo que estaba justo encima de mí. Si aterrizaba, podría asustar mucho a algunas personas.

Sus alas levantaron la arena bajo mis pies mientras descendía hacia mí. En cuanto una de sus patas delanteras estuvo a mi alcance, me impulsé con su garra para subirme a su espalda boca abajo.

Al mismo tiempo, Jarok ya estaba volviendo a elevarse en el aire para seguir a los demás.

Hacia el castillo de Dragonfall y, con suerte, no hacia una muerte segura.