Tronos y Corazones (Un Trono de Rosas y Espinas 4) Capítulo 26
42%

Capítulo 26

Ayuda a la reina Jadina a destruir la maldición.

¡Nada de coqueteos inapropiados ni negociaciones!

Confío en ti.

Extracto de una correspondencia

entre la princesa Elena y el dios Caronte

J adina

Fely y yo nos miramos incrédulas. ¿De verdad Caronte acababa de afirmar que Limycu podía hacerse «invisible»? Y no solo eso. No, según el dios, también podía hacer que nadie a su alrededor pudiera percibirlo.

—Invisible —susurré aturdida—. Tenemos que ser invisibles para entrar en el castillo de Dragonfall.

Fely asintió y pude ver en su rostro cómo encajaban las piezas del rompecabezas de esta revelación. Entonces se le iluminó la cara y corrió hacia la puerta.

—Voy a reunir a los demás. ¡Nos vemos en el comedor!

—gritó antes de volverse hacia mí—. No lo pierdas de vista —dijo, señalando con la barbilla en dirección a Caronte—.

Y no hagas ningún trato con él. No importa lo que te ofrezca a cambio.

—Se dio la vuelta para marcharse, pero al poco rato volvió a girarse—.

¡Y tampoco te dejes convencer para participar en la Gran Caza!

—añadió, pero el gesto amenazante con su dedo índice iba dirigido al dios, cuyos ojos adquirieron un brillo siniestro al oír sus palabras.

—No te preocupes —la tranquilicé—. Ya rechacé un trato y no voy a ser tan estúpida como para cambiar de opinión. Y en cuanto a la Gran Cacería, antes me cuelgo de la torre más alta de Dragonfall que volver a revivir esa «fiesta».

A mi lado, Caronte soltó un suspiro de fastidio.

—No tienes ni idea de lo que te estás perdiendo.

Entonces Fely desapareció y, con ella, la sensación de tener una aliada contra ese dios a mi lado.

—¿Cómo puedo hacer que Limycu se vuelva invisible? —pregunté antes de que se le ocurriera continuar con el tema que había abordado antes de la llegada de Fely. Su ayuda para rescatar a Kayden y el precio que me exigía a cambio.

—¿Limycu? —repitió un poco escéptico, mientras su mirada se deslizaba sobre el fénix—. ¿Le pusiste nombre a un ser tan magnifico como este? ¿Y además uno como Limycu?

—Sí —respondí, cruzando los brazos sobre el pecho, lo que parecía la reacción de un niño rebelde. Pero no me importaba—. Le gusta su nombre —dije con firmeza.

—Sé sincera. —Caronte se acercó un paso más, y sus ojos ciegos casi me devoraron—. Al principio no sabías que el pequeño era un fénix. Lo confundiste con otro pájaro. Hasta que de repente se transformó.

¿Por qué este hombre era tan molesto y sabiondo? ¿Y por qué, por desgracia, tenía razón?

—Es posible —respondí evasiva y observé cómo la leve sonrisa burlona de sus labios se convirtió en una cruel mueca.

¿Por qué Elena tuvo que enviarnos precisamente a él para ayudarnos?

Caronte siguió mirándome con fijeza, como si esperara una respuesta sincera. Ese cabrón. De verdad quería regodearse en mi ignorancia.

—¡Sí! —exclamé al fin, molesta, enfadada y avergonzada—. ¡Tienes razón! Al principio pensé que era un polluelo de águila. ¿Ya estás contento?

—¿Al principio? —insistió sin piedad.

—No, durante bastante tiempo —admití con voz apagada.

—Y entonces crees que no necesitas mi ayuda —resopló, acercándose un poco más.

Su aliento helado rozó mi rostro y retrocedí un poco.

Solo lo suficiente para que el dolor que me provocaba esa sensación fuera soportable—.

¿De verdad crees que puedes salvar a tu amada alma gemela sin mí?

—preguntó, volviendo a hurgar en la herida.

No debo dejar que me convenza para hacer un trato. Por muy difícil que sea no debo agarrarme a ese salvavidas.

—No —dije, levantando la barbilla y echando los hombros hacia atrás. Quizás esa actitud le convenciera de que no iba a conseguir nada conmigo—. Rescatar a Kayden no es una prioridad.

Omití deliberadamente las palabras «sobre Eclaria» y «el momento actual». Por supuesto, nada deseaba más que ir ahora mismo a rescatar a mi marido. Pero no podía dejar que él lo supiera.

—¿A quién engañas? ¿A ti misma? ¿O a mí?

—preguntó el dios, mirándome con el ceño fruncido.

Sin responderle, levanté aún más la barbilla.

Suspiró—. Incluso después de todos estos milenios, las mujeres siguen siendo un misterio para mí.

—Finalmente, se retiró y se dirigió hacia la puerta—.

¿Vienes? No querremos perdernos la reunión.

Me quedé parada, desconcertada. Me había preparado para tener que mantener toda una discusión sobre el tema de Kayden, ¿y ahora se rendía tan rápido?

¿Qué se trae entre manos?

—Date prisa, o se me ocurrirá alguna tontería. Y tú tienes que vigilarme. —Entonces desapareció por la puerta, hacia la luz del sol.

—Mierda —gruñí. Con movimiento bruscos busqué mis botas y corrí tras el dios con ellas en la mano.

—Limycu, si no te gusta tu nombre, dímelo, por favor —le susurré al fénix, que seguía asomando por mi cuello. Respondió con un arrullo y luego acurrucó su cabecita contra mi cuello. Lo interpreté como una aceptación del nombre.

Satisfecha, alcancé al hombre, que —a todas luces— estaba fuera de lugar en ese asentamiento, y no pude evitar esbozar una sonrisa triunfal. Bueno, al parecer, incluso un dios arrogante podía equivocarse.

—Habría aceptado cualquier nombre —dijo a mi lado, impasible, borrándome la sonrisa de la cara con esas palabras. ¿Cómo pudo escuchar mi susurro desde tan lejos? Aunque, ¿por qué me sorprendía?—. El pequeño se ha unido a ti y quiere hacerte feliz.

—¿Se ha unido a mí? —balbuceé. ¿Era eso posible?

—Sí —dijo lacónico, mirando a Limycu—. Es algo poco común.

Los fénix prefieren vivir en secreto y no mostrarse al mundo.

—Me miró con curiosidad y sentí cómo me invadía un cierto orgullo.

Limycu me escogió—. Pero no te hagas ilusiones.

La arrogancia no te sienta bien, pequeña rompe maldiciones —ronroneó mientras me daba una bofetada verbal.

Oh, qué contenta me sentiría cuando volviera a desaparecer por uno de sus portales.

Por suerte, en ese momento llegamos al edificio donde se encontraba el comedor.

Todos los residentes con los que nos cruzamos por el camino nos evitaron, y no podía culparlos.

Yo también sentía en lo más profundo de mi ser la necesidad de huir.

Lo más lejos posible de su alcance. Aunque aquí fuera redujo su poder de forma considerable, seguía rodeado de un ligero resplandor.

No quería ni imaginar lo que pasaría si liberara todo su poder. ¿Nos cegaría a todos con su luz? ¿Desearíamos morir de miedo?

Mi mirada recorrió el comedor y se detuvo en una mesa larga. La única mesa que seguía ocupada después de que los pocos visitantes que descubrieron a Caronte huyeran de la sala.

Nayda, Lenn, Dex, Flavia, Ida y Jako nos miraban con los ojos muy abiertos, tras lo cual Fely les susurró algo, lo que provocó que una de esas crueles sonrisas se extendiera por el rostro de Caronte.

—¿Por qué esa sonrisa? —le pregunté, sorprendida de mi propio valor. ¿Era prudente creer que no me mataría solo porque aún no lo hacía?

—Qué linda. La pequeña sanadora intenta convencerlos de que no me muestren su miedo, pero puedo olerlo desde aquí. —Lo miré horrorizada. ¿Podía oler cada emoción que sentíamos? No quería saberlo. Ese hombre era… espeluznante y, cuanto más aprendía sobre él, más aterrador se volvía.

Sin prestarme más atención, se dirigió hacia el grupo. Pero en lugar de seguirlo, primero me puse las botas. Después iría a los baños públicos. Al fin y al cabo, ahora ya no era una zona peligrosa luego de haber matado al wyrm.

Sin embargo, intuía que nunca volvería a relajarme en las aguas termales como lo hice antes de saber que había un monstruo viviendo en los pasillos detrás de los baños.

Seguí al dios, que ya había ocupado una de las sillas, dejando libres los dos asientos a su derecha e izquierda. Los dos únicos asientos libres de la mesa. Así que no me quedó más remedio que sentarme a su lado.

Ahora estaba tan cerca de él que sentía el frío que irradiaba punzando en mi piel.

Así que me acerqué un poco más a Fely, que estaba a mi otro lado.

Sin embargo, no pude escapar del aura de su poder.

Apreté los dientes y tragué ese instinto de huida que siempre surgía cuando estaba cerca de ese dios.

¿Cómo conseguía Elena ser amiga suya si en su presencia uno se sentía como un cervatillo perseguido por un lobo hambriento?

Los ojos de mis amigos, paralizados por el miedo, se desviaron del dios hacia mí. Al parecer, se esperaba que yo dirigiera esta reunión.

—Bueno… estamos aquí… porque… —balbuceé, mientras sentía la mirada divertida y a la vez burlona de Caronte sobre mí. Lentamente, se inclinó hacia mí.

—¿Quieres que me encargue yo? Parece que te supera formar frases completas en mi divina presencia, pequeña reina —se burló, con su aliento rozándome la mejilla.

El dolor me robó todos los sentidos por un instante, pero sus palabras despertaron en mí una ira que se abrió paso como un fuego y relegó todo lo demás a un segundo plano.

—No, gracias, Caronte. Yo me encargo —siseé, y me alegré cuando se retiró. Pero no sin antes soltar una risita.

Odio a este hombre.

Decidida, enderecé los hombros e ignoré a la molesta divinidad.

—Estamos aquí porque por fin sabemos cómo liberar a las mujeres y los niños del castillo de Dragonfall —dije al grupo—. Jako, tú no estabas presente cuando surgió esta idea y espero sinceramente que nos apoyes en esta operación de rescate junto con tus guerreros.

El cazador al que me dirigía apretó los dientes y vi que quería decir algo, pero su atención, impregnada de miedo, se centraba cada vez más en Caronte.

—Di lo que tengas que decir —le insté—. No le hagas caso. —Señalé al dios y este resopló con desdén. ¿O estaba ofendido?

Jako apartó la mirada y carraspeó.

—Sea cual sea tu plan, está condenado al fracaso. No hay forma de entrar en el castillo sin ser descubierto kilómetros antes de llegar al destino.

—Lo sabemos —respondí, y no pude evitar esbozar una pequeña sonrisa al pronunciar las siguientes palabras—. Pero no nos verán, porque seremos invisibles.

—¿Invisibles? —preguntó Nayda levantando una ceja—. ¿Qué quieres decir?

—Invisibles —respondí, y saqué con cuidado a Limycu de mi cuello—. Gracias a nuestro fénix.

Todos miraron al pequeño pájaro bebé, que se posó en mi mano con el pecho hinchado.

—Limycu tiene el don de hacerse invisible a sí mismo y a los que le rodean —anuncié, esperando que el dios tuviera razón en este asunto.