17 Eyra
EYRA
Un árbol puede alcanzar las alturas del cielo, pero sin sus raíces y el apoyo de un bosque, caerá ante la primera gran tormenta.
Moira Arandaris
—Deberíamos dividir a los dragones en dos grupos. —Rubén caminaba junto a Eyra por los pasadizos subterráneos del Puesto Norte, su voz tan casual como si estuviera hablando del clima.
Lo que ella anhelaba era un descanso. Luego de su llegada, la llamaron para resolver una disputa entre dos jinetes. Después la arrastraron a una reunión donde su presencia era imprescindible, y cuando por fin logró liberarse, Rubén la interceptó.
A pesar de la estrechez de los pasillos, él siempre mantenía cierta distancia, pero su mirada descansaba sobre ella con mayor intensidad.
—¿Me estás escuchando?
Reprimió un bostezo y se frotó la cara.
—Discutamos esto con Merkan. —Solo faltaban horas para que él y su familia llegaran. Eyra apenas podía esperar.
—No sabemos si Merkan regresará o cuándo lo hará.
—Consiguió convencer a Vornyx y ya está de camino. Junto con su hermana, Fayette y mis compañeros.
Había querido anunciar esta información durante la reunión, pero las estimadas damas y caballeros estaban demasiado ocupados planeando la ruta hacia el Lago Igas.
—¿Así que lo logró? —La expresión de Rubén se ensombreció.
—Por supuesto. ¿Tenías dudas? —preguntó, inocente.
—Dudas. Esperanzas. Llámalo como quieras —murmuró él en voz baja.
—Considerando lo que tenemos por delante, ¿no podrían enterrar el hacha de guerra?
—No lo conoces tan bien como yo, Eyra. Y ni siquiera puedo culparte por eso, porque es condenadamente difícil acercarse a él.
Créeme, sé de lo que hablo. Fuimos amigos hasta que decidió hacer valer su reclamo al liderazgo.
Habla de honor y responsabilidad, pero no hizo nada para llegar a la cima.
Nada. No se postuló para las elecciones como yo; simplemente exigió su derecho de nacimiento como Regotar.
Y aun así ahora se sienta en ese puesto como si se hubiera probado a sí mismo.
El Tren Rojo merece algo mejor que a un tipo egoísta sin corazón.
—Creo que lo juzgas mal. —Sí, Merkan podría ser duro e inflexible, pero era justo.
Rubén se acercó de forma sorpresiva, demasiado cerca para su gusto.
—O tú lo haces.
—Quizá nunca estaremos de acuerdo en este punto.
Para entonces habían llegado a su cámara, pero Rubén no hizo ningún movimiento para despedirse. Se quedó indeciso ante ella, con las manos enterradas en los bolsillos.
—Entonces es bueno que todavía tenga que seguir sus órdenes, ¿verdad? —La sombra parpadeante de una antorcha cayó sobre su rostro mientras la observaba en silencio por un momento—. Nosotros dos podríamos haber logrado tanto juntos, Eyra. Tú y yo…
Ella vio el desafío en sus ojos, la ferocidad que, admitía, alguna vez había encontrado atractiva.
En el pasado, había disfrutado de su interés por ella y rechazado sus invitaciones con una sonrisa.
Pero hacía tiempo que las cosas entre ellos no eran ambiguas y había sido más que clara en múltiples ocasiones.
Y, aun así, él incapaz de dejar estas insinuaciones.
—¿Cuántas veces más tendré que rechazarte, Rubén?
—Directa como siempre. —Soltó una risa apenas audible y sacudió la cabeza—. Nunca más, Eyra. —Retrocedió con decisión.
El sonido de aleteos llamó su atención hacia el final del pasillo.
—¡Noticias! —Theo voló alrededor de ellos—. Acaban de aterrizar.
¿Ya? La emoción se extendió por cada fibra de su cuerpo mientras empezaba a moverse.
—Gracias, Theo. —Por el suave aleteo, podía sentir que el pajarito la estaba siguiendo.
Rubén le gritó algo, pero no le prestó atención. Sus pensamientos ya estaban en otra parte.
Su corazón se aceleró y al ritmo de sus pasos también. Estos resonaban en la fría piedra bajo sus botas mientras se apresuraba hacia la salida.
Divisó primero a Saul.
—¡Eyra! —Detrás de él llegó la voz que tanto había anhelado… aquella que se había grabado en su alma con una profundidad absoluta.
Lágrimas de alegría brotaron de sus ojos, nublando por un breve momento todo mientras Saul se hacía a un lado para revelar a Lazar.
Él caminó hacia ella, con la mirada tan fija en sus ojos como si nada más existiera en el mundo. Luego sus brazos la envolvieron, fuertes y decididos a no soltarla pronto. Su respiración se entrecortó… en parte por su fuerte abrazo, en parte por el rubí que él portaba.
—Gracias a los cielos. —Su magia roja brotó de él y la envolvió.
—Te extrañé. —Tanto. Era como si el aire se hubiera ido enrareciendo durante los últimos días, de manera imperceptible. Y ahora… ahora alguien había abierto una ventana y podía respirar con absoluta libertad.
Lazar se apartó de ella con delicadeza y la miró a los ojos. Su pulgar recorrió su mejilla, limpiando una lágrima que no había notado.
—Nunca más nos separaremos —dijo con énfasis, enterrando sus dedos en su cabello e inclinándose hacia ella. Sus labios rozaron los suyos, ligeros como una pluma, apenas más que un susurro—. Nunca más. —Ella sintió sus palabras más que oírlas.
Sus brazos la atrajeron más cerca y su beso la golpeó como una ola imparable, arrastrándola lejos.
Se aferró a sus hombros mientras la lengua de él se deslizaba entre sus labios y tomaba posesión de su boca.
Un calor abrasador irradiaba de él, incluso a través de las capas de ropa.
El mundo a su alrededor pareció difuminarse, reducido a su beso, a ese gemido de satisfacción, al agarre posesivo en su cintura.
Se perdió en él y todo pensamiento se detuvo.
Todo lo que importaba estaba aquí con ella.
—Estas son cosas que uno no quiere ver de su hermano —anunció Noah, haciendo un sonido como si hubiera mordido una corteza de pan mohosa.
—Es gracioso viniendo de ti —dijo Saul.
Lazar reconoció el comentario con un gruñido. Sin embargo, interrumpió el beso, rozó su áspera mejilla contra la de ella y le susurró al oído:
—Después.
Solo con silenciosa protesta, Eyra permitió que él la alejara a un brazo de distancia y la mirara de arriba abajo.
—¿Estás bien?
Sonrió.
—Ahora lo estoy.
En este momento, incluso de maravilla. La pregunta era cuánto tiempo permanecería así, porque era inevitable que se enfrentarían a una guerra. Pero no quería pensar en eso ahora.
Se volvió hacia Noah y Saul. Incapaz de decidir a quién saludar primero, atrajo a ambos hacia ella a la vez. Con un brazo extendido, también incluyó a Patricia en el abrazo.
—Todos han vuelto a mí.
Desde el último informe detallado de Noah, su mente sabía que todos estaban bien, pero solo ahora el alivio encontraba el camino hacia su corazón.
—Me alegra tenerte de vuelta, chica de fuego —susurró Noah.
Fayette se posó en su hombro.
—¿Y yo qué?
Eyra se rio.
—En tu forma pequeña, es tan difícil abrazarte. Siempre temo aplastarte.
—Conozco esa sensación —coincidió Noah.
—Bien entonces.
Fayette se impulsó, se transformó, y se apretó entre Noah y Saul hasta que formaron un enredo donde todos sostenían a todos.
Solo Lyra y Lazar permanecían apartados, y mientras la mujer de fuego observaba el desbordante gozo del reencuentro con las cejas levantadas, Lazar los contemplaba con una sonrisa tan amorosa que el corazón de Eyra se calentó aún más.
—Tenemos mucho que discutir —dijo Saul.
—Tonterías. Primero celebramos —objetó Fayette—. ¿Hay buen hidromiel aquí?
—¿Por qué no me sorprenden tus prioridades? —comentó Noah.
Eyra sonrió llena de júbilo.
—He tenido mejores cosas que hacer que comprobar la calidad del hidromiel.
Fayette soltó una risita.
—Con todo lo que Noah nos contó sobre lo que pasó aquí, yo ya habría explorado las provisiones en tu lugar.
—Necesitamos discutir tus estrategias para afrontar problemas —comentó Noah.
—Yo no afronto los problemas. Los ignoro hasta que, para mi buena suerte, se resuelven por sí solos.
—Dime algo que no sepa. —El chico le dio un golpecito en la frente.
—Por los altos poderes, cómo los extrañé a todos. —Eyra los abrazó aún más fuerte.
—Y nosotros a ti. —Saul la besó en la mejilla.
A regañadientes, se soltaron y Eyra se limpió otra lágrima del rabillo del ojo. Con un apretón de manos, saludó a Lyra.
—Bienvenida de nuevo.
—Gracias. —La mujer asintió—. Me retiraré ahora.
—Puedes unirte a nosotros si quieres.
—Estoy cansada. —Se despidió con una rara sonrisa.
Eyra se volvió hacia el grupo.
—Propongo que vayamos a buscar ese hidromiel. ¿Patricia? ¿Tienes alguna idea de dónde podemos encontrarlo?
—Por supuesto.
—Excelente —dijeron Noah y Fayette al unísono.
Los ojos de Eyra se abrieron de par en par cuando Saul tomó la mano de Patricia.
—¿Qué…? —Su boca quedó abierta—. ¡No! —Sacudió la cabeza—. ¿En serio?
Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro del elfo.
—En serio.
Eyra le dio una palmada en el hombro a Noah.
—¿Me cuentas todo con lujo de detalles y te quedas callado sobre que ellos son pareja? —Una vez más, atrajo a Patricia hacia sí—. ¡Qué maravilla!
Saul cruzó los brazos sobre el pecho.
—Bueno, ahora tengo curiosidad por ver cómo reaccionará Eyra ante tu propia noticia.
La chica soltó a su amiga y se centró en su compañero.
—¿Noah?
Fayette se acurrucó a su lado.
—Ni te atrevas a golpearlo. Puede que sea de constitución delicada, pero mi gancho derecho tiene bastante fuerza.
Noah se encogió de hombros.
—Y no soy de esos tipos demasiado orgullosos como para no dejar que su chica pelee sus batallas.
Su chica.
—¡Así que lo hicieron oficial! —Saltó de alegría. Cuando notó la mirada divertida de Lazar, se detuvo y atrajo a Fayette para estrecharla de nuevo.
Saul refunfuñó por lo bajo.
—Vaya, y yo pensaba que estábamos a punto de presenciar un auténtico enfrentamiento entre hermanas.
Eyra sonrió con picardía.
—Le tengo demasiado miedo a Fayette.
—Patricia no se queda atrás —anunció Saul—. Deberías verla cuando se enfurece. Redujo a cenizas un seto viviente que casi alcanzaba el cielo. —Su amplia sonrisa y tono jactancioso revelaban lo enamorado que estaba.
—Noah ya me contó sobre eso. —La historia era más que impresionante, y le encantaría escucharla de primera mano cuando surgiera la oportunidad—. Gracias por salvarlo —le dijo a Patricia en sus pensamientos.
—Saul está exagerando. El seto solo tenía la altura de una casa.
—Aun así.
—Él también me salvó a mí. Quizás no de un seto viviente, pero me ayudó a encontrarme a mí misma de nuevo.
Ahora las lágrimas de Eyra fluían sin tapujos.
Saber que sus otros dos compañeros habían encontrado la felicidad era un verdadero rayo de luz en estos tiempos oscuros.
Este pequeño momento entre sus seres queridos era perfecto, una chispa que desafiaba la gran tormenta y brillaba con más intensidad rodeada de oscuridad.
—¡Hidromiel! —les recordó Fayette, y el grupo se puso en marcha, con Eyra y Patricia a la cabeza.
—¿Dónde está tu hermano, por cierto? —preguntó a la otra mujer de fuego.
—Quería tener una visión general de la situación primero y hablar con los jinetes.
—Todo un primer oficial —bromeó, ocultando su sorpresa de que él no considerara necesario un breve saludo.
—¿Podría pedirle que venga y te informe personalmente? —ofreció Patricia, como si hubiera interpretado su tono de forma correcta.
—No, no. Deja que haga lo suyo.
—Merkan rara vez permite que alguien se le acerque, pero una vez que te has ganado su confianza, puedes contar con su lealtad para siempre.
—Puedo creerlo. Es… —Eyra consideró cómo expresarlo sin sonar demasiado quejumbrosa—.
Sería bueno tener un verdadero aliado en este nido de víboras de líderes de clan y sus seguidores.
Rubén lo intenta, pero me cuesta olvidar todo lo que ha hecho.
Y solo es cuestión de tiempo antes de que Galen intente apuñalarme por la espalda.
—Merkan y Rubén solían ser mejores amigos, ¿lo sabías?
—Rubén mencionó algo así, sí.
—Nunca les importó ser descendientes de dos líderes de clan.
Su amor por los dragones y el sueño de liberarlos algún día siempre los unió.
Con el tiempo nuestros padres murieron. Uno pensaría que eso los habría acercado aún más, pero ocurrió todo lo contrario.
Hasta hoy, no entiendo por qué. Merkan no habla de esas cosas.
Pero vi cómo intentó durante años acercarse a Rubén.
Cuando sus esfuerzos resultaron inútiles, lo borró de su vida como si nunca hubiera existido.
Su lealtad es todo o nada: o es inquebrantable… o inexistente. Así es él.
Eyra podía imaginárselo con facilidad.
—Cuando casi me consumí después de liberar a los dragones, me ayudó antes de conseguir su propio dragón. Eso me sorprendió. Tal vez Vornyx nunca hubiera huido si se hubiera dirigido a él de inmediato.
Patricia sonrió, pero no dijo nada en respuesta.
—¿El rechazo de Nyraxia estuvo relacionado con Saul? —preguntó Eyra con cautela. Noah había informado que la dragona la había rechazado como jinete, pero había sido vago sobre las razones.
—Sí. Me dio a elegir, y la decisión no fue difícil.
—Belgor tampoco estaba particularmente entusiasmado al principio.
Recordaba bien su despertar. Él se había negado a llevarse a sus compañeros. Solo cuando le dijo que prefería morir junto a ellos que sobrevivir sola, cedió. Aunque todavía no los llamaría amigos, había llegado a aceptarlos.
—Si encontramos y capturamos a los dragones que escaparon, podrías conseguir otro.
—Ya veremos.
La triste sonrisa de Patricia revelaba que no lo creía, y Eyra adivinó por qué. Los otros dragones también podrían tener un problema con su elección de pareja. Pero solo lo sabrían cuando lo intentaran.