Trev (Romance militar de héroes alfa nº 10) Capítulo cuarenta y seis
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Capítulo cuarenta y seis

Mina

¿Qué haces cuando te desvaneces a toda prisa mientras el hombre al que amas y los únicos amigos que has tenido en tu vida luchan por sobrevivir y están a punto de morir?

Te aguantas y punto, colega. Eso es lo que haces. Sigues luchando. Como puedas.

Ignorando el calor que se filtraba entre mis dedos, apreté los dientes y estudié la imagen de la sala de estar de The Homestead en mi monitor. Tenía el corazón tan vacío como el encuadre.

No te rindas, Moses. Aún no has terminado.

Desvié la mirada hacia la pantalla de Honey. El diagrama en tiempo real mostraba una masa crítica de diamantes rojos a medida que mi nuevo virus infectaba sistema tras sistema dentro de la red de Hellbound.

Sigue adelante, le ordené a mi Gusano Psicadélico Alucinante. Dales un espectáculo que no olviden en la vida.

Los gritos de un hombre precedieron la aparición de Laskin en la pantalla.

Su abrigo de piel se arremolinaba a su alrededor mientras despotricaba y deliraba como un lunático.

Sus mercenarios lo seguían hasta la sala de estar, atemorizados.

Laskin había descubierto que la caja fuerte no contenía servidores ni portátiles ni memorias USB. Solo las armas de Trev.

Laskin se detuvo en seco ante el mercenario muerto, cuya sangre manchaba la alfombra de la sala. Dejó de despotricar, pero un gruñido le retorció las facciones y se convirtió en un aullido de rabia.

—Encontrad al lisiado —bramó—. ¡Encontradlo o os mato a todos, inútiles de mierda!

Sacó una pistola de debajo del abrigo y la apuntó al azar hacia sus hombres aterrorizados. Salieron del encuadre en desbandada, como perros sarnosos con el rabo entre las piernas. Con los mercenarios ya en busca del objetivo, se agachó y le arrebató la radio al mercenario muerto.

Estaba a punto de hablar cuando el sonido de dos explosiones retumbó a través de la cámara. El encuadre tembló y vi la sorpresa en el rostro de Laskin. Los nudillos se le tensaron alrededor de la radio. La encendió y habló.

Por su tono, parecía estar haciendo preguntas. El ceño que le deformó el rostro dejó claro que odiaba las respuestas. Ladró órdenes en ruso.

¿Qué estaba diciendo?

Añadí más carga de trabajo a Honey y abrí mi programa de traducción. Con la mano izquierda presionada sobre la herida, obligué a los dedos torpes de la derecha a trabajar, abrí el prompt y, tras transcribir los sonidos en ortografía fonética, pulsé «enter».

Las palabras aparecieron en mi pantalla. Artillado uno, buscar y destruir. Artillado dos, prepararse para disparar al objetivo original.

El rugido de los motores al arrancar llegó a través del micrófono de la cámara. Se me helaron las entrañas. Cerré los ojos y sentí cómo mi propia debilidad iba afectando a todos mis sistemas, el traqueteo de los pulmones mientras luchaban por respirar.

El miedo me entumecía el cuerpo. O tal vez era la pérdida de sangre. Pero Trev estaba en algún lugar allá arriba. Y Dash también. Me obligué a abrir los ojos. En el monitor, Laskin giró sobre sus talones, cruzó la sala y desapareció por la puerta principal.

Me quedaba muy poco tiempo y mucho por hacer.

***

Trev

Salí sigilosamente por la puerta lateral de la casa.

Las ruedas crujieron sobre una fina capa de nieve arrastrada por el viento que había burlado los generosos aleros que sobresalían del techo alrededor de toda la casa.

Los había diseñado para crear caminos accesibles para las personas con movilidad reducida que visitaban The Homestead. Como diría Mina: bien por mí.

Agachado sobre las rodillas, evité los focos de los helicópteros y rodé a lo largo del muro bajo que bordeaba la terraza frente a la casa. Oculto entre las sombras de los frondosos abetos azules que flanqueaban la entrada, esperé al hijo de puta.

Bum. Bum.

Dos explosiones iluminaron el cielo sobre el bosque del fondo. Aparté unas ramas y observé cómo un par de Hinds rusos caían del cielo en estelas gemelas de humo y llamas.

Dos menos, quedan dos. Buen trabajo, chicos.

Wump, wump, wump.

Los rotores de los helicópteros estacionados en el aparcamiento comenzaron a girar. No supe si era en respuesta a la caída de los otros dos Hinds o a una orden de Laskin, pero el suelo tembló con el estruendo. Uno de los helicópteros despegó y desapareció en la noche.

Ese helicóptero iba de caza.

Cubríos las espaldas. Envié una advertencia mental a mis amigos.

Los focos del helicóptero restante iluminaron la figura solitaria de Laskin, que salía de la casa con el arma en la mano. Apunté con el AK que le había quitado a uno de los mercenarios muertos y, calculando sus pasos, apreté el gatillo dos veces.

Mis disparos levantaron una neblina roja alrededor de las piernas de Laskin. Con las rodillas destrozadas, se desplomó en el suelo, chillando como un cerdo. El arma salió volando de su mano. Para entonces, ya me había acercado y le apuntaba a la cara con mi Sig.

—Yo en tu lugar dejaría de retorcerme y enseñaría las palmas despacito.

El hijo de puta obedeció. Sin dejar de apuntarle, miré a los pilotos del helicóptero restante.

Con la mano libre, señalé a Laskin y me pasé un dedo por el cuello.

Levanté esa misma mano, la hice girar en el aire y señalé al cielo.

Terminé trazando una línea con el dedo hacia el helicóptero que volaba sobre el bosque y luego hacia el que tenía delante.

Dispararé a vuestro jefe si no os largáis de aquí. Decid a vuestros colegas pilotos que paren la cacería o vuestro jefe es hombre muerto.

Los pilotos lo entendieron. Despegaron en ángulo y sobrevolaron la casa. Bajé la mirada hacia la bestia que había traído tanta violencia al mundo. Yacía inconsciente a mis pies. Bajo el abrigo de visón, su pecho subía y bajaba, dejando entrever el contorno del chaleco táctico.

El dedo se me curvó sobre el gatillo. La CIA lo quería vivo. ¿Yo? No tanto.

Al oír que los mercenarios de Laskin se acercaban por detrás, agarré al hijo de puta del abrigo, lo giré y le encañoné la cabeza. Eso debería haber impedido que los mercenarios me dispararan, pero habían terminado con su servidumbre a Laskin. Les daba igual si su jefe vivía o moría.

Levantaron las armas y abrieron fuego.

Mierda. Era demasiado para un tipo que necesitaba las manos para mover las ruedas, pero me había entrenado a conciencia para este escenario.

Desplegué el escudo lateral y me eché a Laskin inconsciente al hombro.

Las balas repiquetearon contra el escudo y la silla de ruedas, pero logré devolver el fuego y frenar la andanada unos segundos.

Retrocedí rodando y me refugié en un rincón estrecho entre las paredes. Era un callejón sin salida, lo que en el gremio llamábamos «callejón de la muerte», pero me mantuvo vivo unos momentos más.

¿Cuánto tiempo me quedaba?

No mucho. Eso lo sabía.

***

Mina

La muerte venía a por mi amante y mis amigos en forma de helicópteros artillados. Odiaba no tener forma de comunicarme con ellos, de advertirles de las últimas órdenes de Laskin. Mi única opción era impedir que los helicópteros los mataran.

Levántate, Moses. Arriba, que es tarde.

Levanté la frente de la mesa. Mi cuerpo quería dormir cuando necesitaba pensar y actuar. Que yo supiera, nadie había logrado hackear una aeronave en vuelo, pero había habido rumores, y todos apuntaban a un hacker llamado Demon. Druid. Trev.

Busqué en sus sistemas. Sus archivos eran extensos. No había tiempo que perder. Activé el buscador de archivos, mantuve la mano sobre la herida y tecleé algunas palabras clave con el índice. Avión. Helicóptero. Hackeos de vuelo.

No apareció nada.

¿Dónde ocultaría Druid los archivos de sus vectores de ataque? ¿Cómo iba a localizar un solo archivo en un mar de archivos?

Ingeniería social. Se basaba en conocer a tu adversario. Trev ya no era mi adversario, pero había llegado a conocerlo. Sus archivos estarían bien escondidos, pero habría una conexión lógica entre el nombre y el archivo.

Me gusta jugar a Mythos. El recuerdo me vino a la cabeza. Paso el rato en Asgard.

Me volví hacia Honey y busqué en Google dioses y diosas nórdicos del cielo.

La respuesta: Tyr y Frigg. Probé primero con Tyr.

Nada. Frigg me dio una carpeta enorme. Como ya lo había hecho antes, descifrarla fue rápido.

La carpeta contenía varios archivos. Todos relacionados con la ciberseguridad de la aviación.

Bingo.

Un vistazo rápido a sus archivos me reveló que su ruta de ataque para hackear sistemas de aviación era brillante, simple y elegante.

Su código atacaba dominios no críticos de los sistemas de aeronaves.

Se había aprovechado del sistema de comunicaciones para ejecutar un hackeo ético en un avión y evaluar vulnerabilidades para la industria aérea.

No tenía mucho con qué trabajar, pero seguíamos conectados a un satélite.

Tecleando a toda velocidad, usé el satélite de Druid para acceder remotamente al equipo SATCOM de los helicópteros rusos. Los dos Hinds eran fáciles de identificar: eran las únicas señales en la zona.

Elegí un helicóptero al azar. Usé el rootkit de Druid porque, obviamente, estaba ahí, me conecté al aparato e infiltré el sistema de información de la tripulación. Desde ahí, salté a los controles principales. Me la jugué. Apagué todos los instrumentos.

Con suerte, eso bastaría.

Un helicóptero fuera de combate, quedaba otro.

Animada por mi logro, me puse con el segundo helicóptero. Al acceder a las comunicaciones internas, escuché el intercambio entre los dos pilotos. Uno de ellos no era ruso, lo que explicaba que hablaran en inglés.

—Las órdenes son destruirlo todo —le decía un piloto al otro.

—Pero el jefe... —El otro piloto vaciló—. Está ahí abajo. Si destruimos el lugar...

—Morirá. Todos los de ahí abajo morirán. Tierra arrasada. Sin testigos. Las órdenes son claras y vienen directamente del Kremlin.

Joder. ¡El maldito Vladdy quería cargarse a Laskin! Acababa de ordenar el asesinato de su lameculos en jefe. Tenía que desconectar este último pájaro antes de que atacara.