Trev (Romance militar de héroes alfa nº 10) Capítulo cuarenta y dos #2
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Capítulo cuarenta y dos #2

El cabrón llevaba unas botas de montar relucientes, apenas rozadas por la nieve.

Seguro que había hecho que sus hombres lo cargaran hasta la casa.

También vestía traje y corbata bajo un abrigo de piel de visón blanco y un sombrero a juego que debían costar una fortuna, por no hablar de las vidas de animales.

Oleg Laskin había llegado.

***

Mina

Mis sentidos aturdidos no registraron el sonido del disparo, pero el grito de Rey logró penetrar en mi cerebro.

Le dio voz al horror que se me había quedado atascado en la garganta.

La cara de Johnson se hundió. Los restos de su cerebro salpicaron la ventanilla lateral del helicóptero.

La sangre roció el cristal y goteó en riachuelos macabros.

Apenas podía procesar lo que veía. Tanta sangre. De un rojo tan brutal.

Pensamiento aleatorio: ¿realmente los humanos llevamos tantos litros de sangre en la cabeza?

Las uñas de Alix clavándose en mi palma y el dolor del agarre de Danika me hicieron darme cuenta de que las tres estábamos cogidas de la mano. La conmoción nos recorría en forma de un temblor compartido. Por una vez, no me sentía sola frente al peligro.

Aspiré hondo y les apreté los dedos, una señal silenciosa. Una extraña calma se apoderó de mí, una quietud que presagiaba la alta probabilidad de mi muerte inminente.

—Sacad a ese pedazo de mierda del helicóptero —ordenó Tarzán, acomodándose en la esquina izquierda de la cabina, detrás del asiento de Johnson, para poder encañonarnos a todos.

Uno de sus matones saltó al suelo y abrió de golpe la puerta delantera izquierda del helicóptero. El otro apoyó una rodilla en la consola central de la cabina y, inclinándose con torpeza, desenganchó a Johnson del arnés. Le costó lo suyo.

Intercambié una mirada con Danika y Alix y les solté las manos.

De un empujón brusco, el matón de Tarzán lanzó a Johnson por la puerta.

Su cuerpo sin vida cayó y se estrelló contra el asfalto a los pies del tercer mercenario con un ruido nauseabundo.

El matón se agachó y arrastró el cuerpo de Johnson a un lado.

Desde su puesto en la esquina, Tarzán se echó hacia atrás, asomó la cabeza por la puerta y contempló su obra con una mueca de satisfacción.

Hijo de puta.

La fuerza se apoderó de mí.

***

Trev

—Saludos, americano —dijo Laskin con un inglés fluido, apenas teñido por su acento eslavo—. Por fin conozco al infame Trevor Markovich —añadió, tomándose libertades con mi apellido.

Alto, con cara alargada y ojos hundidos, el hijo de puta mostró una hilera de dientes puntiagudos y se quitó el sombrero de piel. Lo dejó caer en las manos del guardaespaldas más cercano y se plantó frente a mí.

—Eres mi invitado. —Parpadeé mirándolo—. Solo tenías que llamar. Ahora mira. —Levanté una mano hacia la entrada—. Me has roto las puertas.

El hombre echó la cabeza rapada hacia atrás y se rio con los hombros estrechos temblando. Sus carcajadas desagradables y estridentes me taladraban los oídos. Sonaba como una puta hiena.

—Baja el arma —ordenó al hombre que estaba detrás de mí—. Lo necesitamos vivo. Su mente hace todo el trabajo. Su cuerpo no supone ninguna amenaza para nosotros.

Perfil erróneo, pero no iba a quejarme.

—La casa está vacía —informó uno de sus cabrones.

—Cinco minutos. —Laskin se dirigió a los mercenarios que se habían reagrupado a su alrededor en el salón—.

Como prometí, es el tiempo que tenéis para conseguir vuestros recuerdos americanos antes de que quememos este lugar.

Venga, a ello. Vosotros no —fulminó con la mirada a sus cuatro guardaespaldas—. Vosotros os quedáis conmigo.

Los hombres intercambiaron miradas decepcionadas, pero los otros mercenarios se dispersaron en un frenesí de saqueo que habría avergonzado a los babuinos más voraces.

Me di cuenta de que Laskin no había notado que faltaban algunos de sus hombres.

Según mis cálculos, de los veintiséis tangos que habían desembarcado, veintidós habían entrado en la casa y cuatro se habían quedado fuera vigilándola.

Ahora cuatro mercenarios estaban con Laskin, dieciocho se habían dispersado para registrar la casa y solo diez habían vuelto de la tarea.

Bien hecho. Los chicos habían empezado con buen pie.

Las botas de los mercenarios resonaban por todo el espacio.

Algunos se dirigieron a la cocina y asaltaron la nevera, engullendo comida mientras saqueaban la despensa.

A juzgar por el sonido de tapas al abrirse y botellas tintineando, otro grupo había encontrado el bar en el sótano.

Los Bruckner bebían durante el trabajo y saqueaban a sus objetivos, despojándolos de todo lo que tuviera valor antes de destruirlo. Creían que era un beneficio del oficio.

Mala suerte. Para ellos.

***

Mina

No recordaba haber agarrado el paraguas, pero ahí estaba, en mis manos. El zumbido del sable de luz resonaba en mi cabeza. Me moví rápido.

Kaboom.

Mi paraguas impactó contra el rifle de Tarzán a la velocidad de la luz.

Parecía imposible, pero el arma salió volando de sus manos y cayó con estrépito sobre el asfalto a unos seis metros.

Mi pequeño éxito me dejó atónita. Me quedé mirando mi nuevo paraguas preguntándome si venía cargado con superpoderes.

A juzgar por la mandíbula desencajada de Tarzán, él estaba aún más sorprendido que yo.

Volví a blandir el paraguas y lo estrellé contra su cara. En cámara lenta, vi unas gotas de sangre volar por el aire, junto con algunos de sus dientes. Ah, y estaba cayendo, girando en el aire, luchando por mantener el equilibrio mientras se tambaleaba en el umbral del helicóptero.

Miré hacia abajo y vi los brazos de Danika aferrados a los pies del cabrón, tirándole de las piernas.

Volví a blandir el paraguas y lo golpeé en algún lugar de la zona lumbar.

Adiós a las funciones de su riñón. Su vesícula biliar era la siguiente.

Lo golpeé de nuevo como si fuera una pelota de béisbol y yo la bateadora estrella.

Bang, bang, bang.

Giré la cabeza y contemplé a Rey en todo su esplendor.

Brazo extendido, dedo en el gatillo, sostenía el arma en la mano.

Los mercenarios no se habían molestado en quitársela.

Disparó varias veces contra el imbécil que había empujado a su copiloto asesinado por la puerta.

Daba igual. El cabrón se desplomó sobre el asiento.

La sangre borboteaba de varios agujeros en su espalda.

Al seguir girando la cabeza, vislumbré a Alix.

Estaba tumbada boca abajo sobre el suelo del helicóptero.

Una bolsa naranja fluorescente estaba abierta cerca.

Sostenía una voluminosa pistola de bengalas en la mano.

Mientras observaba, el tercer imbécil se abalanzó sobre ella disparando su arma, soltando varios tiros.

Crack, crack, crack. Las balas rebotaron dentro de la cabina.

—Perdón, Hipócrates —murmuró Alix mientras apuntaba—. Estoy a punto de causar daño.

Apretó el gatillo.