Capítulo Veintiuno
Trev
Me desperté junto a Mina. Estaba recostada sobre mi hombro, con el brazo rodeándome el pecho, la pierna echada sobre la mía, el cuerpo pegado a mi costado.
Se había acurrucado encima de mí como si fuera mi manta suave, y de vez en cuando se le escapaba algún ronquidito de esa boquita tan apetecible.
Sonreí y hundí la nariz en su pelo, aspirando su aroma.
Hmm. Podría acostumbrarme a empezar cada día así.
En la mesita de noche, el móvil vibró. Me froté los ojos, alargué la mano y abrí el nuevo mensaje. Omega se había puesto en marcha. Miré la hora. Solo me quedaban un par de minutos para disfrutar del calor de compartir la cama con esta mujer.
Los aprovecharía.
Bajé la mirada hacia su rostro. Un rayo de sol le acariciaba la mejilla, iluminando los tonos dorados bajo su piel.
Cada vez que la miraba, se me dibujaba una sonrisa en la cara.
Era una pena tener que abandonar el calor de nuestra cama para hacer el recado, pero ella necesitaba sus cosas y, después de dos semanas, necesitábamos provisiones frescas.
Era hora de ponerse en marcha.
Le rocé la frente con los labios y le planté un último beso en la sien. Sonrió, murmuró algo ininteligible y volvió a sumirse en un sueño profundo. Con cuidado, deslicé el hombro de debajo de su cabeza. Con un suspiro, se giró en el colchón y se enterró bajo un montón de almohadas.
Sonreí mientras le arropaba con el edredón, me deslicé hasta el borde del colchón, alargué el brazo y me pasé a la silla de ruedas. Solté el freno, rodé hasta el baño, me aseé y entré en mi vestidor —o mi rodador, como me gustaba llamarlo—. Elegí la ropa con cuidado y me vestí por capas.
De camino a la salida, me detuve junto al escritorio y garabateé una nota rápida para Mina, por si se despertaba antes de que yo volviera.
Pensando en su seguridad en aquel lugar tan aislado, desbloqueé el teléfono satelital y lo dejé en la mesita de noche.
No quería que se sintiera sola ni abandonada en mi casa.
No creía que fuera a usar el teléfono satelital para hacer nada indebido, pero por si acaso, lo programé para que solo pudiera llamar a un número.
Aunque no tendría cobertura durante la mayor parte del trayecto, me metí el móvil en el bolsillo.
Llevarlo encima reduciría el tiempo que estaría incomunicado.
El portátil, en cambio, lo dejé bajo llave en el búnker.
Mi mala conciencia no me daba tregua.
Preparé un par de cafés en la cafetera exprés, me bebí el mío y dejé el suyo listo en el microondas para que pudiera tomarse su dosis de cafeína en cuanto se despertara.
A esa mujer le encantaba el café. Luego me dirigí al vestíbulo de entrada.
Estaba diseñado para los grupos de la fundación y tenía perchas con ropa de abrigo y taquillas para hasta veinte personas.
Aparqué frente a mi taquilla y añadí otra capa más al atuendo.
Como de costumbre, elegí mi uniforme de invierno de los Marines, el equipo para clima frío con el que me había entrenado y en el que confiaba por encima de cualquier otro.
Me puse el mono con peto, botas térmicas y una chaqueta, todo preparado para temperaturas árticas.
Por el peso de la chaqueta, me di cuenta de que había dejado las placas balísticas en los compartimentos del torso la última vez que salí con uno de los grupos de la fundación.
Era una precaución para evitar accidentes de caza, sobre todo cuando llevábamos a novatos.
Hoy no necesitaba las placas, pero no tenía tiempo de quitarlas.
Si quería llegar al punto de encuentro a tiempo, tenía que irme ya.
Debidamente equipado, desbloqueé la habitación contigua y abrí la caja fuerte de las armas.
Hoy no necesitaba nada sofisticado. Me até el KA-BAR a la pierna, un hábito que venía del entrenamiento básico.
Luego cogí mi Sig Sauer y uno de mis rifles de caza favoritos, un clásico Winchester 70 Super Grade de cerrojo con capacidad para cinco cartuchos.
Acaricié la culata de madera, admirando la veta fina y el elegante nogal. Mi padre me había regalado el rifle en mi décimo cumpleaños, cuando empezó a enseñarme a cazar. Buenos tiempos.
Me giré hacia la reserva de munición, encajé un cargador completo en la Sig, cargué cinco cartuchos en el rifle y llené el bolsillo con cremallera de la chaqueta con cinco Winchester Magnum .
338 más. Los cartuchos de alto calibre ofrecían una protección razonable por si te topabas con algún alce de mal genio o algún oso pardo gruñón que saliera de la hibernación buscando algo que llevarse a la boca.
En Alaska, nunca salías al campo sin ir armado.
Puse los seguros de ambas armas, las acomodé en el regazo y me dirigí con la silla de ruedas al garaje-hangar climatizado.
En el extremo más alejado del garaje, dejé las armas y quité la lona de la más grande de las motos de nieve de mi colección: un monstruo negro con motores de más de 125 caballos y una oruga de goma enorme para un agarre excepcional en la nieve.
Era mi vehículo utilitario de invierno favorito. Lo había personalizado con una caja de cambios y prestaciones adaptadas que incluían un asiento de mi propio diseño. Era una bestia de trabajo y, además, una pasada conducirlo.
Después de enganchar el trineo en la parte trasera, probé el cabrestante, un invento mío. Con todo en su sitio, enfundé la Sig y deslicé el Winchester en el soporte de detrás del asiento, para tenerlo a mano.
Con la fuerza de los brazos, me pasé de la silla de ruedas a la moto de nieve.
El asiento de respaldo bajo estaba configurado específicamente para mis necesidades, incluido el sistema de suspensión.
Me equilibré en él, agarré la pierna inerte, la levanté y la pasé al otro lado.
Me até los pies a los pedales y me abroché el cinturón antes de ponerme la máscara polar, el casco, las gafas y los guantes.
Al girar la llave de contacto, se encendió la consola.
Encendí el GPS y programé las coordenadas del punto de encuentro en la consola.
Luego pulsé el mando de la puerta del garaje, aceleré el motor y salí disparado del calor relativo del interior, comprobando que se cerrara a mi espalda.
El aire frío me azotó y el viento silbó a mi alrededor mientras ganaba velocidad.
Llevé la moto de nieve al límite, abriendo nuevas huellas sobre un paisaje prístino que brillaba como azúcar refinada bajo el sol.
Oorah. Como solía decir mi Unidad Raider cuando salíamos de patrulla: es un buen día para morir.
Me encantaba estar al aire libre. Después del accidente, había temido quedar confinado a una cama entre cuatro paredes el resto de mi vida.
Pero descubrí que la mente humana era más fuerte que el cuerpo y que el ingenio era una herramienta que los que no tenían ninguna discapacidad solían subestimar.
La emoción de estar ahí fuera, activo en mi hábitat natural, me llenó de adrenalina. Apreté el acelerador. Una estela de nieve me seguía mientras volaba sobre el terreno. Claro, era un buen día para morir, pero con Mina esperándome en casa, era un día aún mejor para vivir.
Mientras me dirigía hacia el punto en la pantalla, abriendo camino por el terreno conocido, los recuerdos de la noche anterior y de los últimos días con Mina se sumaron a mi buen humor. Día a día, Mina y yo nos estábamos convirtiendo en compañeros, amigos, amantes y quizás… ¿algo más?
Estaba totalmente enganchado a ella. Me alimentaba de su energía.
Me encantaba escucharla. Verbalizaba prácticamente cada pensamiento que le pasaba por la cabeza.
Le ponía humor a todo. Era brillante en el sentido más amplio de la palabra.
Con sus habilidades extraordinarias y su adicción al trabajo, cualquier empresa de ciberseguridad que yo conociera mataría por tenerla.
Pero si Laura Bishop le echaba el guante, Mina pasaría sus mejores años en prisión. A largo plazo, las probabilidades de que Mina se librara de la cárcel eran nulas. Joder. Se me encogió el estómago. Un problema a la vez. Ya me ocuparía de este cuando terminara con Laskin.
Mi GPS sonó. Ya estaba cerca. Había llegado en un tiempo excelente.
Siguiendo la orilla del río congelado, me dirigí al norte a toda velocidad y luego giré al este en la bifurcación.
Atravesé el bosque, salí al claro bajo el acantilado y divisé las cajas de colores neón esparcidas por el prado nevado.
Por razones de seguridad, me convenía recibir mis entregas lejos de la casa.
No quería que nadie supiera que estaba en The Homestead.
Así que, cuando los programas de la fundación no estaban en funcionamiento, había desarrollado un sistema de entrega para conseguir mis suministros.
Consistía en una ruta enrevesada que finalmente hacía llegar mis pedidos a Omega.
Dashiell Dagger, alias Omega, no era originario de Alaska, pero como trabajaba por contrato con BB, podía establecerse donde le diera la gana.
A petición mía, operaba desde Anchorage.
Cuidaba de The Homestead cuando no estaba en uso.
Confiaba tanto en él que la propiedad estaba registrada a nombre de uno de sus alias.
Dash recibía mis entregas, lo reempaquetaba todo en contenedores manejables de goma resistentes a los impactos, los llevaba en avión a las coordenadas que yo le indicaba y los lanzaba durante pasadas a baja altitud.
Era un crack. Incluso empaquetaba y entregaba huevos frescos.
Las cajas esparcidas por el prado llevaban en el suelo solo unos minutos.
Con las comunicaciones en silencio, pulsé la radio portátil tres veces para señalar mi llegada.
En respuesta, pasó con su Cessna a ras de las copas de los árboles y me sobrevoló zumbando.
Alcancé a ver fugazmente su sonrisa cuando le hice la peineta.
Inclinó las alas del avión a modo de saludo y desapareció en el horizonte de vuelta a Anchorage.
Los sistemas eran una necesidad para mí.
Había desarrollado procedimientos para todo.
Conduje hasta la caja más cercana y aparqué el trineo junto a ella.
Solté el cabrestante y fui dando cuerda mientras rodeaba el vehículo para aparcarlo en el espacio entre el trineo y la caja.
Me agaché, recogí la caja, la levanté por encima del vehículo y la coloqué en el trineo.
Trabajé rápido: enrollé la cuerda del cabrestante y remolqué el trineo hasta la siguiente caja.
Repetí el proceso varias veces hasta que tuve todas las cajas apiladas en el trineo.
Luego maniobré la motonieve una última vez haciendo una «U» cerrada, la aparqué junto al trineo y cubrí el cargamento con una red.
Acababa de sujetar el último anclaje cuando recibí un golpe en el pecho.
Crack.
El sonido de una bala supersónica al romper la barrera del sonido me alcanzó después de que el golpe me impactara. El impacto casi me tiró de la motonieve. Menos mal que iba bien sujeto. Aceleré a fondo y lancé el vehículo hacia delante, en dirección a la protección del bosque.
Crack, crack, crack.
Las balas impactaron a mi alrededor y siguieron mi avance con una precisión casi mortal.
Clink, clink, clink.
Las balas rebotaron contra la motonieve incluso mientras ponía distancia entre mis atacantes y yo.
Giré el cuello y seguí los impactos de las balas en la nieve tras de mí.
Las trayectorias paralelas indicaban que había más de un tirador en acción.
Miré hacia la colina sobre el claro y calculé que los asesinos estaban escondidos en algún lugar del acantilado.
Aceleré en dirección opuesta hacia la línea de árboles.
Atravesé un denso grupo de coníferas, crucé el bosque y lancé el vehículo chisporroteante hacia el claro del otro lado.
Pisé más el acelerador, pero la máquina dio una última sacudida y se detuvo por completo.
Mierda. La habían alcanzado. El motor estaba muerto y podía ver gasolina goteando del depósito.
No es ideal, Druid.
A estas alturas, los asesinos estarían recolocándose. No tenía tiempo para jugar a mecánico ártico.
Me froté el pecho. El dolor palpitaba en el costado, bajo la clavícula.
Bajé la vista y vi un agujero irregular en el abrigo, con hebras de plumón sintético pegadas a los bordes.
Metí el dedo por el agujero y toqué algo duro.
Maldición. Las placas balísticas me habían salvado la vida.
Aun así, había sido un golpe fuerte. La cabeza me daba vueltas y me sentía extrañamente débil.
Busqué la radio. Si podía contactar con Omega mientras aún estaba en el aire, podría enviar protección para Mina a The Homestead y quizás incluso echarme una mano.
Por desgracia, del receptor solo quedaban unos fragmentos de plástico y cableado donde antes había estado sujeto sobre la consola.
La misma bala que había agrietado el parabrisas había destruido la radio.
Adiós a la ayuda.
La rabia se impuso a mis sistemas. Me habían cazado como a un animal y disparado por alguien con experiencia, francotiradores probablemente. Ahora estaba atrapado en aquel páramo helado con un grupo de asesinos y sin salida.
¿Quiénes eran?
Tenía una larga lista de enemigos, pero como últimamente había estado jodiendo a Laskin, no era descabellado pensar que había enviado a alguien a por mí.
¿Cómo me habían encontrado?
Otro misterio que necesitaba desvelar hoy.
¿Qué vas a hacer ahora, señor Semper Paratus?
No tenía muchas opciones. Solo una me daba la oportunidad de identificar a mis atacantes, sobrevivir y evitar que avanzaran hacia The Homestead. Requería ingenio, velocidad y confianza. Tenía las tres cosas.
¿Me queréis, hijos de puta? Levanté una mano por encima del hombro y agarré el rifle. Venid a por mí.