Trev (Romance militar de héroes alfa nº 10) Capítulo Veinte
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Capítulo Veinte

Trev

Dos semanas después de iniciar nuestra colaboración, estaba revisando los informes de inteligencia de BB cuando se me revolvió el estómago.

Max Battleson y su equipo acababan de aislar un ataque que desactivaba el software de seguridad en los servidores de BB, impidiendo que un malware muy dañino corrompiera los archivos y destruyera el sistema.

Había sido un ataque agresivo y audaz, diseñado para causar el máximo daño. Max lo había detenido. Lo había rastreado directamente hasta Hellbound. Atrincherados en el cuartel general de Bruckner en Moscú, los muy cabrones ni siquiera habían intentado negarlo.

Difícil de negar cuando el malware venía con gráficos. Cuando Max lo aisló, apareció una ventana emergente. Parecía el laberinto del Pac-Man original, pero con algunas diferencias notables.

El personaje amarillo de Pac-Man que corría devorando los puntos del laberinto llevaba un nombre familiar.

Druid. Sobre los cuatro fantasmas de colores que perseguían al Pac-Man Druid habían superpuesto la cara de Laskin con gesto feroz.

La animación terminaba con los cuatro Laskins convergiendo sobre el Pac-Man Druid.

Salpicaduras de sangre brotaban de la carnicería mientras el gráfico se fundía a rojo.

Era un mensaje claro, de Laskin directamente para mí.

Se estaba acercando y pretendía destruirnos, sobre todo a mí.

Las tripas me ardían de rabia.

Para colmo, Elite informó de otro incidente, esta vez en Londres.

Un operativo de Bruckner se había infiltrado en el hotel donde Sebastian y Knox se alojaban mientras asistían a una conferencia de seguridad global.

Por suerte, los detectores de movimiento y las cámaras de seguridad que mis amigos habían instalado en sus habitaciones les avisaron del intento de asesinato.

Después, los británicos determinaron que Bruckner había intentado asesinarlos untando los pomos de la habitación con un agente nervioso letal.

Era el mismo veneno que los agentes rusos habían usado antes para eliminar a disidentes rusos en Londres.

Mataba de forma lenta pero inexorable, causando un sufrimiento atroz a sus víctimas.

Que se jodiera Laskin y sus putos mercenarios.

Desde entonces, habían ordenado al Equipo Elite atrincherarse y cerrar a cal y canto nuestro cuartel general en Florida. Apostaba a que los chicos estaban que trinaban. Laskin no iba a parar ahora. Estaba usando todos los trucos asesinos a su alcance para eliminarnos a mis amigos y a mí.

—Pareces furioso —la voz de Mina me arrancó de mis pensamientos. Estaba sentada en su puesto, a unos metros de distancia, observándome—. ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien —si algo malo les pasaba a mis amigos, cazaría a Laskin y lo despellejaría vivo con mis propias manos.

—¿Son malas noticias? —preguntó con cautela.

—No son las mejores —respiré hondo para calmarme y contuve la rabia—. Pero todos están a salvo. Por ahora.

BB y Elite eran los mejores del sector, pero ¿cuánto tardaría ese hijo de puta en encontrar una brecha en nuestras defensas?

Teníamos que pasar a la ofensiva. Pronto.

—Necesitas un descanso —Mina apagó su sistema y se levantó de la silla—. Llevas cuarenta y ocho horas sin descansar y yo necesito una ducha.

Otra ducha. Se duchaba al menos dos o tres veces al día.

No me extrañaba que siempre oliera tan bien.

Por otro lado, no se equivocaba. Me palpitaba la cabeza.

Me dolía la zona lumbar. Sentía que los ojos se me iban a salir de las órbitas y tenía los hombros agarrotados como ladrillos.

Las ojeras bajo sus ojos confirmaban que estaba tan agotada como yo.

A estas alturas, un error podía ser fatal. Para nosotros. Para Elite.

—Vamos —me acarició la espalda al pasar camino de la rampa, y me quedé deseando más—. No podremos ayudar a tus amigos si no somos capaces de pensar con claridad.

Tenía razón. A regañadientes, apagué mi estación y la seguí a través del gimnasio y la casa, y luego subimos en el ascensor a nuestra habitación. Nos habíamos estado matando a trabajar, dándolo todo, y habíamos progresado en muchos frentes.

Durante las últimas dos semanas, habíamos dedicado cada día a trabajar en nuestros vectores de ataque.

Habíamos generado varios correos electrónicos comprometedores de Laskin dirigidos a altos cargos de la cadena de mando.

Me lo había pasado en grande moviendo fondos y alertando después a las autoridades rusas sobre la corrupción de Laskin y su posible colusión en varios complots para derrocar a los poderes establecidos.

La paranoia en las filas rusas ya era galopante.

El ejército, el GRU y el FSB habían abierto varias investigaciones sobre Laskin.

El hijo de puta estaba cayendo en desgracia a toda velocidad ante su jefe.

Los ataques a nuestros servidores y los intentos de asesinato en Londres eran la forma que tenía Laskin de mandarme a la mierda y provocarme para que diera la cara.

Tenía que andarme con ojo para no darle ese gusto.

Usando el acceso de Mina, también habíamos conseguido encontrar y hackear varias células de Laskin en un intento de triangular su paradero.

Algunas eran claramente señuelos. Un hombre no podía estar en diez lugares diferentes a la vez.

Fiel a su título de «rey de la desinformación», la ETS con patas intentaba manipularlo todo y a todos constantemente.

Necesitaba localizarlo de verdad, con datos verificables, para eliminarlo. Porque si acabábamos con Laskin, Bruckner también caería.

Mina y yo también habíamos dedicado mucho tiempo a diseñar el malware que queríamos colar a través de su troyano encubierto para inutilizar Hellbound.

Necesitábamos que hiciera dos cosas a la vez: extraer datos que permitieran a las autoridades atrapar a hackers mercenarios en todo el mundo, y reventar el sistema de Hellbound, lo que llamábamos la opción nuclear.

Nos habíamos repartido el trabajo. Ella se encargaba de la parte de extracción de datos, y yo me ocupaba de la opción nuclear. Por separado, habíamos avanzado mucho, pero combinar los dos malwares en uno estaba resultando todo un reto.

El malware multipropósito tenía que ser completamente original, blindado e invisible para colarse a través de la seguridad de Hellbound.

Habíamos probado varias versiones en sistemas cerrados de experimentación.

Algunas eran prometedoras, pero ninguna nos daba la confianza suficiente para lanzarnos.

Los días habían pasado volando. Las horas se fundían unas con otras.

El trabajo era agotador. Empezábamos temprano y terminábamos tarde.

Los descansos se limitaban a cubrir necesidades básicas, comer o echar un polvo.

Me asombraba lo rápido que Mina y yo habíamos dominado el arte del polvo rápido pero increíblemente satisfactorio, pero cuando llegamos a mi dormitorio y Mina entró al baño a ducharse, me di cuenta de que necesitaba algo más que descanso o un polvo rápido.

Necesitaba pasar tiempo de verdad con ella.

Mi cuerpo ansiaba el suyo. Nuestras mentes estaban sincronizadas, pero mi corazón necesitaba fortalecer el vínculo entre nosotros.

Ahora estaba pensando en mi futuro de forma estratégica.

Necesitaba asegurarme de que se sintiera segura, protegida, cómoda y querida.

Necesitaba cultivar lo nuestro.

Hacía un tiempo, después de rechazar su invitación a bailar, me había prometido a mí mismo que se lo compensaría.

Si ella estaba dispuesta a darme otra oportunidad, era hora de cobrar ese vale pendiente y demostrarle cómo me sentía.

Esta era mi oportunidad, así que me puse manos a la obra con los preparativos.

***

Mina

Salí de la ducha sintiéndome renovada y me envolví en una toalla grande y esponjosa.

Vale, el trabajo era complejo y agotador.

El mundo estaba en crisis, los peligros eran mayores que nunca, y podía ver cómo la preocupación de Trev por sus amigos le estaba pasando factura.

Pero a decir verdad, estaba viviendo el mejor momento de mi vida.

El trabajo era emocionante y este lugar se estaba convirtiendo rápidamente en mi «lugar más feliz de la Tierra».

En cuanto a Trev, se había convertido en mi ser humano favorito del planeta.

Al salir del lujoso baño, las notas relajantes de una balada me acariciaron los oídos, conmovedoras y dulces. Las luces del dormitorio estaban apagadas. En la chimenea crepitaba un fuego vivo. Había velas por todas partes, adornando la cómoda, el escritorio, las mesitas de noche y la repisa.

La cera perfumaba la habitación y se derretía bajo las pequeñas llamas, formando chorretones escultóricos que se solidificaban al enfriarse. La luz de las velas parpadeaba en la penumbra, puntos dorados que transformaban el espacio en una gruta mágica.

Me llevé la mano al pecho y me quedé boquiabierta. ¿Había hecho esto Trev? ¿Por mí?

Recorrí la habitación con la mirada y lo encontré a un lado de la chimenea. El corazón me dio un vuelco. Estaba magnífico, sin más atuendo que su silla, adornada por una erección que era un enorme cumplido para él y para mí.

Tuve que apoyarme en la pared. La toalla se me deslizó de las manos y cayó al suelo. Me quedé allí, desnuda como Lady Godiva, deseando cabalgar hacia la batalla no sobre un caballo, sino sobre él.

Extendió la mano.

—¿Bailas conmigo?

Abrí la boca y la cerré. Quería bailar. Conmigo.

—He querido bailar contigo desde el día en que cometí el error de rechazar tu invitación a celebrar —dijo, con los ojos dorados por la luz del fuego, la voz teñida de sincera humildad.

Suspiré:

—¿De verdad?

—Sí. Que vaya en ruedas no significa que no pueda bailar contigo.

—¿No? —suspiré como una idiota enamorada, y entonces me di cuenta de que en mi embobamiento había metido la pata—. Por supuesto que no.

Acorté la distancia entre nosotros y le tomé la mano.

—Voy a cobrar ese vale —me atrajo hacia su regazo—. Improvisaremos.