Capítulo Diecisiete
Mina
Estaba en el baño frente al lavabo, aseándome y disfrutando de mi mayor logro hasta el momento: haber dejado sin aliento al hombre que se estaba convirtiendo rápidamente en mi adicción con la mejor mamada de mi vida.
Vale, era mi única mamada hasta la fecha, pero oye, había hecho un trabajo excelente.
Durante años me había documentado en internet con la ilusión de encontrar a alguien a quien quisiera hacérselo. Había rechazado a todos los candidatos hasta que conocí a Trev. Y ya se sabe cómo acabó la cosa. Su placer me daba tanto placer a mí.
A juzgar por la magnitud de su clímax y sus agradecidos elogios —después de que por fin pudiera hablar, lo cual le llevó un buen rato—, Google y Girl Hub habían sido excelentes maestros.
Una palmadita en la espalda para mí.
Estaba orgullosa de mí misma. Tenía un nuevo talento y disfrutaba desplegando mi repertorio. Por fin entendía a qué venía tanto revuelo. Esto del sexo era muy divertido.
Mi expresión en el espejo me recordaba a la gata traviesa que se comió al canario, un canario muy fornido sin pico ni plumas. Me reí bajito. Yo sola me hacía gracia.
Después de que Trev recuperara el sentido, me había subido a su regazo.
Me había abrazado, besado y acariciado. Había deslizado la mano entre mis piernas y se había maravillado de la humedad que encontró allí.
Cuando empezó a frotar mi pequeña llama, mi cuerpo se incendió.
Se notaba que quería devolverme el favor.
Había sido tentador, pero quería asearme rápido antes de volver a ensuciarme. Quizás, cuando volviera al comedor, aceptaría su oferta.
Solo pensarlo avivaba el fervor que ardía entre mis piernas. Atrapada en mi nube erótica, todavía ardiendo con la excitación que recorría mi cuerpo, seguía en pleno subidón de su placer cuando mi ordenador emitió una alerta.
Ping.
—Tengo algo —avisé.
Me sequé la boca y la cara y salí corriendo del baño, con el portátil bajo el brazo.
—¿Siempre llevas el portátil al baño? —preguntó Trev cuando volví al comedor, con los ojos marrones brillándole de diversión.
—Puedes apostar tu culo, guapo. —Coloqué el ordenador sobre la mesa y me dejé caer en la silla—. Sobre todo cuando hay hackers capaces rondando.
—No iba a fisgonear —levantó la mano derecha—. Lo juro.
—Entonces eres tonto o mentiroso.
—O quizás, ahora mismo, estoy demasiado débil para hacer otra cosa que respirar y recordar tu boca en mi polla.
La sonrisa me dolía de lo grande que era. Ese era un recuerdo que me encantaba.
Ignorando el calor húmedo que palpitaba en mi centro y la mirada sensual de Trev posada sobre mis labios, abrí el portátil.
Apareció la notificación del depósito. Me puse a trabajar de inmediato, escribiendo unas líneas de código sobre la marcha para conseguir un nuevo acceso a la cuenta.
Nunca quería alertar a mis enemigos de que estaba conectada usando accesos anteriores, aunque fueran sólidos y seguros.
—Honey, te presento a Trev —dije mientras tecleaba—. Trev, te presento a Honey. Es un encanto, el portátil más bonito y sabio que existe.
—¿Honey? —levantó las cejas sorprendido—. ¿Le has puesto nombre a tu portátil?
—Pues claro que le he puesto nombre a mi portátil —espeté mientras escupía código en la pantalla—. Es mi bebé. Se merece un nombre en condiciones.
—A Karma le vas a encantar —murmuró.
Una oleada de celos me cortó el ritmo y me ralentizó los dedos. Lo miré. —¿Quién demonios es Karma?
—Una amiga —dijo—. Les pone nombre a sus armas.
—Bien por ella. —Volví a mi velocidad de tecleo habitual, pero por el rabillo del ojo seguí observando sus reacciones—. ¿Es una amiga con derecho a roce?
—Qué va —soltó una risita—. Tiene novio y van en serio.
Uf. Seguía siendo mío hasta nuevo aviso.
—Parece que tu amiga Karma tiene su punto —dije mientras trabajaba.
—Es un poco excéntrica —aventuró—. Como tú.
—¡Eh! —protesté—. A mí me gusta lo excéntrico.
—Por si no te has dado cuenta, a mí también.
—Buena respuesta. —Señalé con la barbilla hacia su portátil—. ¿Cómo se llama tu chico?
—Mi portátil es un él —corrigió—. Él no tiene nombre.
—Discrepo. —Accedí a los servidores del servicio de transferencia de fondos—. No le estás dando nada de amor a tu portátil. ¿Faltaste a clase el día que el universo repartió la creatividad?
—Muy gracioso. —Sus ojos chispeaban divertidos—. Tal vez, después de crearte, el universo quedó tan agotado que se le acabó la creatividad.
—Bueno, por suerte para ti, estoy aquí para ayudar. —Me abrí paso entre los servidores—. Mientras esté yo cerca, no te faltará creatividad. Niegas que tu portátil tenga nombre, pero lo tiene. Al fin y al cabo, le pusiste una pegatina a Elegante, Oscuro y Guapo.
Miró la pequeña pegatina y luego alzó la vista hacia mí.
—Supongo que sí.
—Tengo la obligación legal de informarte de que, aunque resulte insoportable, siempre tengo razón.
Contuvo una carcajada.
—Claro.
—Honey, te presento a Albert Einstein —declaré con solemnidad—. Albert es un poco pretencioso, como su dueño, pero bueno, todos tenemos un ego que cuidar.
Bip. Mi cuenta apareció en pantalla.
—¡Sí! —Alcé los puños en el aire—. Diez millones. Todo está ahí.
Volvía a tener acceso al dinero.
Con un clic en mi lista de reproducción, dejé que la música sonara a todo volumen, salté de la silla y, mientras le hacía señas a Trev para que se uniera, empecé a bailar una de las favoritas de Pops.
—Ce-le-bra los buenos tiempos, ¡vamos! —canté con Kool and the Gang, dando palmas y luciendo mis mejores pasos—. ¡Celebremos! Es una celebración…
No es por presumir, pero era bastante buena bailarina. Entonces crucé la mirada con Trev y mi pequeña celebración se marchitó. Su gesto serio me indicó que no le hacía gracia. Con los hombros hundidos, volví a la mesa y apagué la música, algo avergonzada y bastante mortificada.
Mi HADD hizo acto de presencia. Se me revolvió el estómago y me volví tremendamente cohibida.
Me sentí juzgada y totalmente fuera de lugar junto a alguien como Trev.
No estaba loca. Simplemente era exuberante a veces.
Acostumbrada a estar sola, había desarrollado pequeños rituales para romper la monotonía y mantener el ánimo.
—Supongo que no eres de los que bailan. —Volví a sentarme.
—Lo siento. —Se removió en la silla—. Tenemos prisa. ¿Recuerdas?
—Claro. Por supuesto. —Qué tonta podía llegar a ser.
Pero, oye, incluso su versión más evolucionada, La Gurú de la Ansiedad, insistía en que había que celebrar los logros.
Diez millones cuando más los necesitaba.
Diez millones que se convertirían en comida, medicinas y atención médica para quienes más lo necesitaban.
Si a eso le sumaba el descubrimiento de Trev y horas de sexo espectacular, estaba en racha.
Una mirada a Trev bastó para ver que le parecía demasiado. Demonios, era difícil de aguantar. En su presencia lógica y disciplinada, mi exuberancia me avergonzaba. Me sentía como basura, así que clavé la mirada en la pantalla y me apresuré a teclear una serie de comandos.
—No es que no quisiera celebrar contigo —aventuró por encima del clic frenético de mis teclas—. Lo entiendes. ¿Verdad?
—Totalmente. Incluso antes del accidente, el Sr. Línea Recta no ha bailado en su vida.
—Me gustaba bailar —dijo, lo que significaba que sí, otra vez había hablado en voz alta—. Antes del accidente tenía buenos movimientos.
Mierda. Ahora me sentía como la idiota que era. Con la cara ardiendo, lo único que pude hacer fue seguir tecleando.
—¿Lo dejamos para otro momento? —La amabilidad de su voz me chirrió en la cabeza como un rastrillo sobre metal.
La mortificación me hizo activar el piloto automático.
—Lo que sea.
A toda velocidad, saqué el dinero de la cuenta original y lo envié por un camino electrónico enrevesado que ocultaría la transferencia y depositaría los fondos donde los necesitaba, de forma segura y sin dejar rastro.
Sin devoluciones.
—Prometo que no pediré una. —Las risitas de Trev me avisaron de mi última metedura de pata.
Madre mía. Tenía el cerebro conectado directamente a la boca.
—He terminado —informé—. ¿Y ahora qué?
Su mirada se endureció y me dedicó la sonrisa feroz de un cazador que ha avistado a su presa.
—Ahora nos ponemos a trabajar.