Trev (Romance militar de héroes alfa nº 10) Capítulo Once
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Capítulo Once

Trev

Joder, eso no salió como esperaba.

Otro SNAFU más: situación normal, todo jodido. La mujer era terca. Yo había apretado las tuercas, pero ella había resistido con más fuerza aún. Menos mal que yo no era de los que se rinden.

Me froté la barbilla con una mano mientras tamborileaba los dedos en el brazo del sofá con la otra.

No podía evitar preguntarme si había llegado a conclusiones equivocadas.

Quizás el dinero que había rastreado desde sus cuentas hasta todas esas organizaciones benéficas no era más que otra forma de ocultar sus ganancias.

Incluso para un operador de inteligencia experimentado como yo, era un hueso duro de roer.

La frustración me hizo cuestionar todo lo que había averiguado sobre ella. Quizás al final no le importaba nada, y había perdido el tiempo intentando convencer a una mujer cuyo mundo giraba en torno a sí misma.

«Estás perdiendo facultades, Druid».

Pero no había terminado, ni mucho menos. Yo era tan terco como ella. A pesar de mi investigación, su historia aún tenía muchas lagunas. Cabía la posibilidad de que sus miedos estuvieran al mando. Ni las artimañas de Specter ni la reticencia de Mina me impedirían cumplir mi misión.

El tiempo se había ido a la mierda, así que aunque ella hubiera aceptado cooperar esta noche, no habría podido actuar de inmediato. A pesar de mi sofisticado equipo, la tormenta había cortado la conexión. Mi misión tenía un plazo ajustado. Me propuse conseguirlo a primera hora de la mañana.

Fuera, la oscuridad y el ciclón ártico dominaban el paisaje.

La ventisca se había instalado sobre nosotros y acumulaba fuerza para durar al menos otras veinticuatro horas.

La urgencia me roía las entrañas, pero esto era Alaska.

Mi estado natal te ocultaría para siempre si aceptabas el dominio de la naturaleza, pero no te concedería ni una pizca de piedad.

Me pasé a la silla de ruedas, crucé la cocina y fui al cuarto de servicio.

Los sistemas de la casa estaban en orden y teníamos reservas de energía de sobra.

La Hacienda estaba completamente desconectada de la red eléctrica.

Funcionaba con una combinación de energía solar, eólica y gas.

Varios generadores mantenían el lugar operativo durante todo el año.

Aprovechando que estaba en el cuarto de servicio, revisé el sistema de seguridad.

Estaba activado y funcionando. Con la baja visibilidad, las cámaras servirían de poco, pero el radar infrarrojo y la tecnología de vigilancia saltarían si se acercaban intrusos.

Aunque tampoco esperaba que nadie en su sano juicio anduviera por ahí fuera esta noche.

Volví al comedor y saqué el portátil de la alforja lateral de la silla. Tras encender el ordenador, ejecuté mi software de seguridad. No tenía acceso a internet en ese momento, pero aún me quedaba trabajo importante por hacer.

Era hora de ver cómo les iba a mis amigos.

Había dejado una puerta trasera en los sistemas de BB que me permitía acceder en remoto a sus servidores.

Lo había configurado para reenviar automáticamente todos los informes de campo de inteligencia a una nube donde los datos se volvían a cifrar, se reenviaban, se descargaban y se almacenaban en un servidor de acceso exclusivo ubicado físicamente aquí mismo, en la Hacienda.

Tecleé y abrí los archivos, revisando rápidamente un montón de información de inteligencia.

Era bueno en lo mío. Mi hackeo sería invisible para la mayoría de mis colegas informáticos en BB, pero no para Max Battleson, el Jefe de Ciberseguridad de BB, el genio que me había formado.

Era muy listo. Sabía que yo tenía acceso. De eso no me cabía duda.

Mi acceso oficial a los servidores de BB nunca se había revocado.

No lo usaba porque podría delatar mi ubicación, pero ese simple hecho me confirmaba lo que ya sabía: Max y sus hermanos querían que tuviera acceso.

Confiaban en mí, aunque ahora trabajara por mi cuenta.

Querían que supiera todo lo que ellos sabían.

Por otro lado, me había asegurado de que ni siquiera Max pudiera rastrearme. Los datos extraídos llegaban a mis servidores por la ruta más enrevesada posible.

Al revisar los informes de inteligencia, apreté los dientes.

La red eléctrica de Chicago se había apagado durante casi dos horas, y no había sido un fallo técnico.

Había sido Hellbound. BB confirmó que Hellbound también estaba detrás del hackeo que obligó a la FAA a suspender todos los vuelos la semana pasada.

Los ataques a la Casa Blanca y al DoD habían fracasado, pero los cibermercenarios de Laskin eran los responsables.

—Cabrones —gruñí.

Las noticias solo empeoraban.

Varios equipos de BB habían caído en emboscadas durante misiones en el extranjero. Había habido heridos. Mercenarios de Bruckner habían atacado al Equipo Elite mientras rescataban rehenes en Sudán. Dos miembros del equipo habían resultado heridos, aunque de poca gravedad.

—Mierda. —Tenía la mandíbula tan apretada que iba a partírmela. Era solo cuestión de tiempo que Laskin matara a uno de los nuestros. ¿Y si conseguía localizar el cuartel general de Elite? ¿Y si los atacaba en Crescent Beach?

A la mierda con esto. Tenía que moverme aún más rápido que antes. El obstáculo que se interponía entre mí y el avance que necesitaba era una mujer muy terca.

No podía aceptar que Mina tuviera la clave que podría marcar la diferencia para tanta gente en todo el mundo y, sin embargo, se negara a ayudar.

Me irritaba que rechazara mis argumentos.

No era ningún belicista con el cerebro lavado que iba por el mundo con un idealismo falso e ideas prestadas.

Pensaba por mí mismo y tenía mis propias convicciones, complejas como las de cualquiera.

¿No se daba cuenta de que nos enfrentábamos a una crisis global?

No eran solo mis esfuerzos fallidos por persuadir a Mina lo que me había pasado factura.

También la lucha que había tenido que librar para mantener la concentración y no alargar la mano para besarla hasta que me dolieran los labios.

La corriente sexual entre nosotros era como un bombardeo incesante a mis sentidos.

Intenta ser persuasivo y no perder el hilo con un empalmón de campeonato.

No era fácil. Ni agradable. Ni sostenible a largo plazo.

Me quemaba que esta mujer se me hubiera metido en la cabeza.

La conexión sexual que me torturaba explicaba por qué no me acercaba ni de lejos a mi suite del piso de arriba.

El mero pensamiento de compartir cama con Mina me garantizaba una noche de insomnio por calentura.

Dormiríamos muy poco si compartiéramos mi cama.

¿Por qué la había puesto en mi habitación cuando había muchas otras arriba?

No te hagas el tonto. Sabes la respuesta. La querías en tu cama.

Una imagen de nosotros en acción hizo que se me empalmara. A tomar por culo. No necesitaba su opinión en este momento.

Después de enterarme de los últimos ataques de Laskin y del creciente peligro que acechaba a mi equipo, dormir no era una opción.

Fui con la silla de ruedas al ala deportiva, un gran anexo conectado a la casa.

Una vez dentro, activé el sistema de sonido y puse a todo volumen mi lista de entrenamiento por los altavoces: una mezcla de rock clásico, metal y otros géneros cañeros que solíamos escuchar en nuestros días en zona de guerra. Siempre me ponía a cien.

Fui hasta la cancha de baloncesto y lancé algunos tiros.

Eso no sirvió para relajar las partes más tensas de mi cuerpo.

Necesitaba un entrenamiento más intenso.

Llevé la silla junto a la piscina de entrenamiento en voladizo y bajé por la rampa, pasando la cascada, hasta el gimnasio del nivel inferior en la parte trasera del edificio.

Tenía todo el equipamiento que necesitaba para mantener mi entrenamiento atlético, cumplir con los requisitos físicos del Equipo Elite y combatir los efectos de la atrofia muscular.

Después de terminar mi circuito en el gimnasio, me sujeté al sistema de marcha y realicé mi secuencia diaria de estimulación eléctrica funcional y movimiento asistido por exoesqueleto.

El prototipo de vanguardia ejercitaba y estimulaba el tren inferior para desarrollar fuerza, fomentar las conexiones neuronales y mantener el equilibrio y la masa muscular.

Nunca volvería a caminar ni a correr, pero eso no significaba que no fuera a estar en forma y preparado para la pelea.

Para cuando terminé, estaba sudando como un burro cuesta arriba.

Me puse el bañador, me sujeté las piernas y completé mi circuito con un kilómetro y medio de natación.

Después me dirigí al baño. Por el camino, apagué las luces del techo, dejando el lugar iluminado solo por el resplandor azul de la piscina y los destellos blancos de la nieve que se colaba por las ventanas altas.

Para entonces, la música había dado paso a mi playlist de relajación, una selección de canciones suaves y melódicas.

Una vez en el baño, me situé frente a la ducha.

Me deslicé hasta el borde de la silla y, con las manos, bajé los pies al suelo.

Desenganchó las muletas de la parte trasera de la silla de ruedas, las desplegué y las fijé en posición.

Encajé los antebrazos en las abrazaderas y aferré las empuñaduras.

Me balanceé hacia delante, planté las conteras de goma en el suelo y aproveché el impulso para incorporarme del todo.

El proceso era algo natural para mí. Había entrenado mi cuerpo para que respondiera como debía. Por otro lado, la fuerza de mis piernas y el nivel de dolor cambiaban cada día. Hoy, incluso después del duro entrenamiento, el dolor era manejable y mis piernas aguantaban bastante bien.