Capítulo ocho
Mina
—¿Dónde demonios estoy? —exigí, porque había aprendido hacía mucho tiempo que cuando una mujer carecía de derechos y ventajas, tenía que compensarlo con exigencias—. ¿Por qué me trajiste aquí? ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? ¿Soy tu prisionera?
—¿Mi prisionera? —se echó hacia atrás y me lanzó una mirada incrédula—. Eh, para el carro, princesa. Más despacio. No eres mi prisionera. Dejemos eso claro de una vez. Puede que no lo recuerdes, pero aceptaste venir conmigo.
No me gustaba, pero sí lo recordaba.
—¿Qué lugar es este?
—Estás en un lugar aislado, en el interior de Alaska, más o menos al norte de Denali, al este de Nenana, a unos kilómetros del río Tanana —explicó como si mis nulos conocimientos de geografía de Alaska pudieran darme una maldita pista de dónde estaba—.
Te traje aquí porque es el lugar más seguro que conozco.
Has estado inconsciente durante, espera...
—miró su reloj—. Unas cuarenta y dos horas.
¿Cuarenta y dos puñeteras horas? ¿Qué demonios me pasa?
—No te pasa nada —dijo, revelando que ya estaba perdiendo la vieja batalla de mantener la boca cerrada—. Los tranquilizantes estaban diseñados para tumbar a personas con el triple de tu peso. También me voy a arriesgar a suponer que ya estabas agotada antes. Necesitabas descansar.
No se equivocaba en eso, pero ¿a él qué le importaba? Apreté los labios para asegurarme de no soltar esa espinosa pregunta en voz alta.
—Ahora, si puedes frenar el interrogatorio un momento, pareces tener un poco de hambrenfado —dejó su guitarra a un lado y me provocó con su sonrisa torcida—. No puedo hacer mucho con el enfado, pero sí con el hambre.
Su sonrisa me derritió los huesos y me hizo cosquillas hasta en los dedos de los pies. También tensó otras partes menos visibles de mi cuerpo. No hay alivio para las sexualmente frustradas. ¿Por qué demonios tenía que ser tan condenadamente adorable?
Uf. Me estremecí. Esperaba de verdad no haber soltado esa mierda en voz alta.
Como no dio señales de haberlo oído, levanté la barbilla y proclamé con aires de realeza:
—No tengo hambre.
Mi estómago desmintió mis palabras con un gruñido feroz que resonó en el espacio hueco entre las vigas. Calculé que se oyó en todo el estado de Alaska.
Vaya, mierda. Mi barriga se había aliado con mi boca en el juego de la traición.
—O hay un oso en la casa o cierta parte de ti no está de acuerdo —estiró los brazos y se crujió el cuello hacia ambos lados—. No tiene nada de malo tener hambre. Mi filosofía: nunca rechaces una buena comida.
—Amén —dije, y lo decía en serio—. ¿Estás seguro de que aquí estamos a salvo?
—Todo lo seguros que podemos estar —dijo—. Si te prometo que no muerdo, ¿bajarás a alimentar a la bestia voraz que vive en tu barriga?
Me reí. Bueno, casi estallé en carcajadas. En el último momento, enderecé los labios y convertí la risita en un resoplido, pero tenía que admitir que, además de adorable, era gracioso.
—No te tengo miedo —declaré para que constara. Esto era un poco cierto y una enorme mentira. Bajé las escaleras pisando fuerte sobre la madera pulida para dar autenticidad a mi falsa reticencia—. ¿Qué tienes?
—¿Comida, cocina, cosas? —mientras yo bajaba, él metió el antebrazo debajo de las rodillas y, girando las caderas, pasó las piernas por encima del borde del sofá.
Con un movimiento rápido, se impulsó, se pasó a su silla de ruedas y acomodó los pies en el reposapiés antes de incorporarse y arquear las cejas hacia mí—. ¿Quieres ver?
Su actitud juguetona me encantó, pero me negué a mostrar mi diversión. Ni hablar. Specter era un asunto serio y Mina estaba castigada, con prohibición de salir a jugar.
Ya había soltado el freno de su silla y rodaba hacia la cocina cuando llegué a la planta principal. Lo seguí a través de la habitación. Él rodeó la enorme isla multinivel. Yo me detuve frente a ella. Deslicé los dedos sobre las vetas frías del cuarzo pulido mientras admiraba el lugar.
La cocina moderna tenía todos los extras imaginables.
Como el resto de la casa, había sido diseñada para él y para veinte de sus mejores amigos.
Todas las puertas y aberturas eran extraanchas.
Los suelos eran superficies continuas en todas partes.
Los fregaderos, hornos, microondas y fogones estaban instalados en encimeras más bajas.
Los huecos debajo de las superficies de trabajo le permitían meter la silla de ruedas.
Una olla reposaba en los fogones y una olla de cocción lenta estaba junto a ella en la encimera.
—Más vale que te avise de que no como cosas sofisticadas —declaré, asegurándome de sonar dura y eso.
Se asomó al horno cercano, comprobó lo que hubiera dentro, cerró la puerta, levantó la vista y arqueó una ceja hacia mí.
—Define sofisticado.
—Sofisticado, ya sabes. Nada de caracoles, ancas de rana ni paté de hígado. Y si crees que estos ojos rasgados significan que me gusta el sushi, estás meando fuera del tiesto —me señalé los ojos con los dedos corazón de forma exagerada—. Tacha del menú cualquier cosa con escamas y aletas.
—Vaya —frunció ligeramente el ceño, formando dos líneas entre sus ojos.
—¿Qué?
—¿No es racista hacer una generalización tan burda sobre el gusto por el pescado y los pliegues epicánticos?
Sí, sí lo era, muy racista, y ese era precisamente el objetivo.
Había hecho el comentario a propósito, para provocar, pero sobre todo para poner a prueba su nivel de tolerancia hacia los comportamientos crueles que habían convertido mi infancia en un infierno.
Mejor decepcionarme de él ahora que más adelante.
—Sería racista si tú dijeras cosas así.
Insistí para dejar al descubierto sus prejuicios desde el principio.
—Si yo lo digo, no lo es.
—No estoy seguro de que estemos de acuerdo en eso.
Me observó detenidamente.
—Creo que estás intentando ponerme a prueba. O provocarme. ¿Ambas cosas?
Tipo listo. Crucé los brazos y mantuve una expresión neutral.
—Deberías saber que no tolero mierdas racistas.
Quitó la tapa de la olla que estaba sobre el quemador y removió algo que olía de maravilla.
—Así que deja de ponerme a prueba.
Me cabreó que hubiera pasado mi prueba y diera tan en el clavo, mientras yo no sabía cómo dejar de luchar para hacer valer mis derechos en el mundo offline que tan a menudo me había pisoteado.
Se le tensó la mandíbula y apretó los labios, dejando claro que había presionado demasiado rápido, demasiado fuerte, y que no le había gustado.
—No quise—
—Sí, quisiste —me interrumpió sin ceder terreno—. Pero ahora ya lo sabes. Es cuestión de principios, y más aún porque yo también sé lo que es sufrir discriminación.
Pues claro. Qué estúpida.
—Por tu silla de ruedas.
—Y todo lo que conlleva.
Pulsó un botón en la olla de cocción lenta y la puso en modo caliente.
—No pensaste que fuera a serte útil para escapar. ¿Recuerdas?
—Yo... eh... Mierda. No haber tratado a los demás como me gustaría que me trataran a mí hizo que se me revolviera el estómago vacío.
—Te juro que no tengo prejuicios, y menos contra ti.
Bueno, eso salió todo mal aunque fuera la verdad.
Se le curvaron los labios mientras sacaba un tarro del especiero y espolvoreaba algo en la olla.
Me di cuenta de que cada movimiento suyo me parecía sexy, cada gesto de su rostro inherentemente erótico.
Mi imaginación trabajaba a toda máquina.
Me hacía ver deseo en el aleteo de sus largas pestañas y necesidad en la firmeza de sus labios.
Volvió a tapar la olla, guardó las especias en el especiero y clavó en mí sus ojos ámbar.
—¿Hemos terminado o necesitamos hablar más de la silla de ruedas?
—¿Qué pasa con ella?
Me incliné sobre el borde de la isla y observé el ingenioso aparato, preguntándome si me había perdido algo.
—Me parece genial.
—¿Genial?
Frunció el ceño y me estudió como si intentara averiguar si estaba mintiendo o no.
—Dudo que «genial» fuera lo primero que pensaste.
—Ah, ya veo.
Lo examiné con una sonrisa gélida.
—Así que ahora vas a decirme cuál debería haber sido mi primer pensamiento. Claro. Adelante.
—Discapacidad —respondió sin inmutarse por mi acritud—. Eso es lo que la mayoría de la gente nota.
—Dejemos las cosas claras. No soy como la «otra» gente.
Dibujé comillas en el aire.
—Soy muy diferente, muy yo, así que no pretendas saber lo que pienso. Si quisiera que supieras quién soy, te lo diría. Me importa un bledo tu genial silla de ruedas, colega. Estás buenísimo. Lo primero que noté de ti fue qué mercancía tan ardiente eres.
—¿Una mercancía ardiente?
Se le curvaron los labios, conteniendo la sonrisa que acabó ganando.
—¿Ah, sí?
Me tapé la boca con la mano y hablé entre los dedos.
—¿Lees la mente o acabo de decir eso en voz alta?
—No leo la mente.
El poder arrasador de su sonrisa me recorrió como un incendio forestal, y lo juro, sentí vapor correr por mis venas quemando todo a su paso. Le siguió de cerca una vergüenza de proporciones épicas que me encendió las mejillas.
Paloma. Estatua. Salpicadura.
—Perdona, hablar en voz alta es un mal hábito mío —murmuré, mirando a todas partes menos a él—. Es raro. Lo sé. Yo soy rara. Es mi cerebro, ¿sabes? Parlotea y—
—Como pasas la mayor parte del tiempo sola, hablas contigo misma —completó mi frase.
—Eh... claro. ¿Cómo lo sabe?
—Cuando paso largos períodos solo, hago lo mismo.
Gemí y miré al techo, con ganas de darme de cabezazos.
—Lo hice otra vez. ¿Verdad?
—Sí.
Tenía los ojos clavados en mi rostro.
—Es adorable.
—¿Adorable?
Lo fulminé con la mirada, indignada.
—No soy adorable. ¡Soy peligrosa de cojones!
—Guapa, ruda y peligrosa. —El flequillo le cayó sobre la ceja al asentir, pero el brillo juguetón en sus ojos me desconcertó—. Tú, resumida en tres palabras.
—¿Ah, sí? —resoplé antes de recomponerme—. ¿Quieres saber lo primero que pensé cuando te vi en el café? Pues te lo voy a decir: pensé que parecías Marte, el dios de la guerra de Mythos.
—¿Juegas a Mythos? —Se le iluminaron los ojos—. Yo también juego.