Tres deseos Capítulo 13 Terri #4
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Capítulo 13 Terri #4

—Ella no puede oírnos y no sabrá que hemos hablado, dijo la voz. Eres el llamado Jerry, el Amo de Genie.

—Sí —dije en voz alta—. Lo soy. ¿Quién eres tú?

—Tu gente me llama Pan, —dijo. —Quieres que Genie sea feliz.

Era una afirmación, no una pregunta, y supe entonces que podía ver dentro de mi mente.

—Sí —respondí—. Es cierto.

¿Por qué?

—¿Por qué no?

—La amas. —Otra afirmación.

—Yo... no lo sé —respondí lentamente—. Supongo que sí.

Ella es una servidora, dijo Pan. Una herramienta. Algo que hay que atesorar, sí, pero aun así, solo una herramienta. ¿Cómo puedes amar una herramienta?

—Puede que para ti sea una herramienta —dije en voz baja—, pero no para mí.

—¿Amas tu martillo?, —preguntó. —Pues es lo mismo. Amarla es...

—¡Deja de jugar con las palabras! —lo interrumpí con enfado—. ¡No es lo mismo y lo sabes! ¡Es una persona! ¡Siente! ¡No es un martillo, es una persona viva que respira!

—La amas. —De nuevo, una afirmación, dicha esta vez con cierta satisfacción.

—¿Qué quieres? —pregunté—. ¿Por qué estás aquí?

—Ella me ha prestado un servicio, y le prometí un regalo. Lo he encontrado.

—Estupendo —dije con acidez—. ¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

—Tú serás mi regalo para ella, —dijo. Eso me sorprendió y despertó en mi mente una cascada de preguntas.

—¿Puedes explicarte un poco más? —pregunté.

—¿Recuerdas que dijo que mi regalo para ella sería alguna pequeña cosa, algo que ella no haría por sí misma?

—Lo recuerdo.

—Una de las pequeñas cosas que ella no hará por sí misma es retenerte, aunque te ame y esté perfectamente dentro de sus poderes hacerlo.

Y mientras sus palabras resonaban en mi cabeza, la habitación se volvió gris y una escena del pasado se desplegó ante mí.

Podía verme a Genie y a mí en la arena de la isla Lazy Lady. Mi barca estaba varada al fondo, con Henderson dormida en uno de los asientos. Genie y yo hablábamos en la playa; ella me estaba explicando sus reglas.

—¿Y qué, eh, qué consideras «lo habitual»? —pregunté.

—Puedo hacerte rico, y famoso, y guapo, e irresistible para las mujeres... todo lo habitual que los hombres piden. Pero nada de inmortalidad. La única forma en que puedes morir ahora es por una de dos causas: la vejez... o yo. Tendrás que conformarte con eso.

—De acuerdo. Eso suena razonable, supongo.

La escena se volvió gris y yo estaba de vuelta en la habitación.

—Lo recuerdo —dije distraídamente. No le estaba prestando mucha atención en ese momento; todavía estaba digiriendo esas tres palabras.

“Ella te ama”, había dicho, y mi corazón se elevó al darme cuenta de que en efecto la amaba, y saber que ella me amaba me hacía feliz de un modo que nunca había conocido antes.

Pan volvió a hablar, interrumpiendo mis pensamientos.

—Si estás de acuerdo, Humano, te otorgaré la inmortalidad, un don que ella no te concederá por sí misma.

Su voz en mi cabeza se suavizó y continuó:

—Ella te ama, Humano. La continuación de ese amor será mi regalo para ella.

—¡Dios mío! —dije débilmente. Me zumbaban los oídos y la habitación se oscureció mientras las implicaciones de lo que estaba proponiendo se me echaban encima.

¡Inmortalidad! ¡Podría vivir para siempre!

Nunca envejecería; nunca sufriría los dolores de la vejez mientras mi cuerpo y mi mente empezaban a fallar.

Genie y yo podríamos amarnos el uno al otro durante todo el tiempo que...

¿La eternidad?

Y entonces empecé a pensar en la otra cara de la moneda.

Tener que ver cómo todas las personas que amo envejecen y mueren.

Ya sé, ya sé que de todas formas nos enfrentamos a eso, y tenéis razón.

Pero esto sería ver morir a mis seres queridos elevado a la enésima potencia, año tras año, siglo tras siglo, para siempre.

Y luego está el tener que enfrentarse al aburrimiento cierto que el paso de las décadas traería sin duda, igual que Genie había enfrentado los tediosos siglos encerrada en su botella.

Y así de rápido el futuro se convirtió en una perspectiva aterradora, una que no estaba seguro de querer afrontar.

—Piénsatelo, Humano. —La voz de Pan había perdido la suavidad que había mostrado por un momento. Había vuelto al modo Dios. —Volveremos a hablar.

Y el mundo se puso en marcha de nuevo.

Era una Genie muy confundida la que empezó a moverse bajo mí después de que Pan la liberara.

Mi erección había desaparecido, marchitándose mientras Pan y yo hablábamos, y era algo que ella difícilmente podía pasar por alto.

Sus ojos se abrieron de sorpresa mientras la verga que estaba follando pasaba de dura a blanda en lo que para ella fue un abrir y cerrar de ojos. Lo captó de inmediato.

—Jerry, ¿qué ha pasado? —preguntó mientras se escurría hacia atrás, saliendo de debajo de mí, y se sentaba.

—Um, tuvimos una visita —dije, sentándome a su lado.

—¿Quién era? ¿Pan?

Su acierto me sorprendió.

—Sí —asentí.

—¿Qué quería?

—Ah, dijo que, eh, ha encontrado un... regalo para ti —dije lentamente. No estaba seguro de si podía contarle lo que había dicho. Pero tampoco había dicho que no pudiera.

—¿Y? —me instó Genie.

—Dice que... um, que quiere hacerte un regalo conmigo, o mejor dicho, quiere “regalarme” a ti —dije incómodo.

—¡Ni hablar! ¡De ninguna manera!

Se bajó de la cama de un salto y se puso en pie.

—¡Pan! —Estaba gritando—. ¡Pan, maldita sea tu sarnosa carcasa, habla con nosotros ahora mismo!

—Genie, ¿en qué puedo ayudarte? —La voz de Pan había vuelto a mi cabeza.

—¿Qué has hecho? —preguntó Genie con furia.

—Simplemente tuve una pequeña charla con tu Amo.

—Jerry me ha dicho que has encontrado un regalo para mí. ¡Y no creas que no sé qué es! ¡Lo prohíbo! ¿Me oyes, Pan? ¡Lo prohíbo!

Genie estaba furiosa, tan furiosa como nadie que yo hubiera visto en mi vida.

—Es a él a quien le corresponde decidir...

—¡No! ¡No te permitiré que le hagas eso! ¡No necesito ninguna compañía en esta miserable vida! ¡No seré responsable de ningún modo de condenarlo a este infierno!

Me quedé con la boca abierta, atónito ante la revelación de que odiaba su vida. Antes de que pudiera pensar más en ello, Genie volvió a dirigirse a Pan.

—Queremos una audiencia a solas contigo, Pan, ¡ahora mismo!

—Quizás más tarde, cuando yo...

—¡Ahora, Pan! ¡No te consentiré ninguna demora, no en esto!

Él suspiró y cedió.

—Muy bien, Genie. Venid.

Genie hizo su gesto con la mano y de repente los dos estábamos vestidos, ella con su traje de Chica del Harén y yo con unos shorts y un polo. Bajé la vista hacia mí mismo y me pregunté absurdamente si estaría suficientemente bien vestido para una audiencia con un Dios.

—Genie —la interrumpí justo cuando estaba a punto de volver a hacer su gesto—. Espera un momento.

Ella me miró y su cara se suavizó.

—Jerry, fíate de mí en esto. No quieres ser inmortal. No puedes imaginarte el terrible precio que pagarás por la vida eterna.

—No —dije lentamente—, supongo que no puedo.

Tomé sus manos entre las mías.

—¿Puede oírnos ahora mismo?

—No —dijo Genie secamente—. Estamos solos.

—Entonces sentémonos y hablemos de esto un momento.

—No hay nada de qué hablar —dijo Genie—. He tenido que soportar miles de años del terrible aburrimiento de la vida, y sé que nunca podré escapar de él. ¡NO voy a condenar a nadie que amo a una existencia tan miserable!

—Genie, yo... iba a decirle que no.

Ella me dirigió una mirada llena de aprobación y de dolor. Lo juro, podía sentirla alejarse de mí emocionalmente, intentando distanciarse del dolor de saber que mi amor por ella no era suficientemente fuerte como para acompañarla en la inmortalidad.

—Una decisión sabia, Amo —dijo con rigidez— Pongámonos en camino para que puedas decírselo tú mismo, en persona.

—Un momento —dije—. Siéntate y escúchame. Creo que quizás tengo una idea, pero primero necesitamos hablar. Necesito tu aportación. Demonios, necesito saber si es siquiera posible.

—Como desees, Amo.

Casi me partió el corazón oírla llamarme “Amo” de nuevo, pero no podía culparla.

Intelectualmente, sabía que la inmortalidad era una maldición, no una bendición, y estaba dispuesta a enfrentarse a un Dios para evitar que me sucediera a mí.

Pero emocionalmente, no podía evitar sentirse decepcionada al pensar que no la amaba lo suficiente como para unirme a ella.

Nos sentamos en el borde de la cama y volví a tomar sus manos entre las mías.

—Cielo, hay una cosa que necesito saber, antes de contarte lo que estoy pensando. ¿Serás completamente honesta conmigo y me dirás la verdad sin adornos?

—Si eso es lo que deseas —dijo.

—Sí, lo deseo mucho —dije. La miré a los ojos y le hice mi pregunta—. Genie, ¿qué es lo que quieres, más que cualquier otra cosa en el universo?

Me respondió de inmediato, sin un segundo de vacilación.

—Quiero ser mortal.

Y entonces rompió a llorar.

Genie y yo estábamos cogidos de la mano cuando aparecimos ante la presencia de Pan.

Debo decir que, en conjunto, Pan no era un Dios muy impresionante.

De hecho, para mí no parecía más que otro sátiro, mitad hombre y mitad cabra.

Estaba repantigado en una silla que podría llamarse trono, si no se era demasiado exigente con la definición de la palabra.

Lo atendía un tropel de ninfas, de edades que iban desde las apenas núbiles hasta las claramente maduras, todas ellas hermosas y, a juzgar por las miradas que me estaban echando, muy cachondas. Y entonces me di cuenta de que Becky, Henderson, Terri y Peggy también estaban allí entre el gentío.

Genie notó que me tensaba al empezar a crecer mi enfado, y se dio cuenta de inmediato de lo que me perturbaba.

—No son ellas, Jerry, dijo su voz en mi cabeza. Son solo copias sin alma. Ninguna de ellas sabe quién eres. Tranquilízate, ¿vale?

—De acuerdo —dije. Pero mi enfado seguía ardiendo por dentro.

Genie le dirigió a Pan una mirada fulminante y él suspiró:

—Está bien, está bien.

Y el tropel de ninfas desapareció.

Él me miró y preguntó:

—¿Has decidido, Humano?

—Sí —respondí—. Ponla en pausa.