Capítulo 12 Genie #2
—¡Oh, Jesús! —gemí. Empecé a balancear las caderas, follándole la boca caliente y absorbente mientras ella meneaba la cabeza sobre mí.
Su lengua parecía estar en todas partes a la vez —escarbando en la ranura de la cabeza de mi polla, revoloteando contra mis huevos, trazando delicadamente el tubo gordo en la parte inferior de mi vara—.
Mi orgasmo se acercaba rápidamente, impulsado por su talentosa boca y el pensamiento de hacer por fin el amor con la hermosa mujer que había encontrado en el lago solo seis días atrás.
—¡Oh, Cristo, nena! —gemí—. ¡Eso es! ¡Me voy a correr!
—Podía sentir el semen ascendiendo en mí, y no hice ningún esfuerzo por contenerlo.
Rugí cuando deslizó el dedo en mi culo y me hizo cosquillas en la próstata —las mejillas hundiéndose mientras succionaba ferozmente mi polla—.
Enredé las manos en la melena platino de su pelo y hundí mi polla tan profundamente en su boca como podía meterla, las piernas temblándome mientras eyaculaba en su boca.
Gimoteó al chorrearle mi leche dentro, la garganta trabajando alrededor de la cabeza de mi polla mientras tragaba.
Y entonces estaba en mis brazos, y pude saborearme en su lengua cuando la succioné profundamente en mi boca.
La cogí en brazos y la llevé a mi cama, tumbándola en ella, trepando entre sus piernas abiertas y hundiéndome en sus brazos acogedores.
La besé de nuevo y dejé que mis labios siguieran el ángulo de su mandíbula y por la larga y grácil curva de su cuello.
Echó la cabeza hacia atrás y enredó los dedos en mi pelo, guiando mi boca hacia abajo por su pecho y por la ladera de su orgulloso pecho, hasta la rígida punta de su pezón.
Lo aspiré y sacudí el erecto pedazo de carne con la lengua, chupando fuerte mientras mis manos redondeaban la plenitud de sus lujuriosos pechos y los apretaban.
—¡Muérdelos, Jerry! —jadeó—. ¡Muérdeme los pezones!
—Puse los dientes en el duro capullo y tiré hacia atrás, estirando su pecho de un globo redondo hasta un cono gordo y abultado.
Jadeó y se estremeció al soltarlo, y gimió cuando hice lo mismo con el otro pecho.
Gemía en voz alta —los pezones enormemente hinchados y rojos, y las caderas restregándose contra mí— cuando por fin abandoné sus tetas y me alcé sobre ella.
—¡Oh, sí! —jadeó, su mano encontrando mi polla y moviéndola hacia su ranura húmeda.
Arrastró la cabeza de mi polla por el calor de sus labios un par de veces y luego la centró en la boca de su coño lloroso.
—¡Tómame! —sollozó—. ¡Tómame ahora! —Avancé las caderas —el aliento cortándoseme en la garganta mientras mi polla se deslizaba en el coño más apretado y caliente que había tenido nunca—.
Mi vientre sonó ruidosamente contra el suyo al enterrarle la polla, y ella gritó un «¡Sí!
» mientras mis huevos se balanceaban contra su culo.
Y entonces la cabalgué, follándola fuerte mientras sus piernas subían a mi alrededor y ella me ayudaba con los talones contra mi culo que subía y bajaba.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —Coreó la palabra como un mantra en voz alta y sin aliento cada vez que mi polla llegaba al fondo contra su cérvix.
Sus manos aferraban mi espalda, las uñas clavándoseme en la piel mientras mi peso aplanaba sus tetas contra mi pecho.
La hundí el culo profundamente en la cama con cada embestida, enterrando la polla hasta los huevos en el calor apretado y aferrador de su coño, una y otra vez.
Mientras la bombeaba enloquecidamente, Genie arqueó la espalda y abrió las piernas para dejarme entrar en ella tan lejos como podía.
Gimió y gritó mientras la follaba —sus gritos de voz grave subiéndole en volumen mientras la montaba más duro y más rápido—.
Sus pezones túrgidos rozaban mi pecho mientras sus pechos se bamboleaban y sacudían con el impacto de mis caderas contra las suyas.
—¡Oh, dioses! —jadeó, con los ojos bien abiertos mirando en blanco al techo. Sus manos golpeaban contra la cama, los dedos arañando las sábanas mientras arqueaba la espalda, empujando el coño hacia mí, y gritó: —¡¡Me corro!!
La agarré de las caderas y martillé mi polla dentro de ella, enterrándola profundamente en su vientre.
Aulló mientras un inmenso orgasmo la tomaba —su coño convulsionando aferró mi polla con fuerza y desencadenó mi propio clímax—.
Rugí mientras mi leche chorreaba de mí, embistiéndola a ciegas mientras mi orgasmo me arrasaba, sus gritos de plenitud resonando en mi cabeza.
Genie dormía profundamente en mi cama, y yo estaba en la terraza exterior de mi dormitorio, tomando una copa y mirando la luna. Eran las dos de la madrugada y había sido un día del demonio, como quiera que se mire.
Había ido al mundo de Genie, y una pixie me había seducido.
Volví a casa e hice el amor con Peggy, la llevé a su casa y recogí a Terri.
Me habían trasplantado el ello, o el ego, o lo que fuera, dentro de un sátiro enviado por Oberón, Rey de las Hadas, para follarse a Terri como restitución por haberme follado yo a la pixie.
Nos habíamos follado a Terri, y Genie me había sacado de él y lo había enviado de vuelta, y luego, para culminar el día, por fin hice el amor con Genie.
No había sido como yo lo había imaginado.
Había tenido una pequeña crisis emocional; a juzgar por lo que había oído, no había estado cerca de nadie en siglos, y creo que hacer el amor conmigo había sido para ella una especie de catarsis.
Fuera lo que fuera, se había quedado dormida casi de inmediato mientras yo la sostenía.
Aunque tenía hambre de volver a hacer el amor con ella, calculé que probablemente le vendría bien algo de sueño.
Incliné la copa hacia atrás, los cubitos de hielo tintineando contra mis dientes al vaciarla. Estaba llena de nuevo cuando la dejé. Sonreí y me giré para mirar adentro, hacia mi cama. Genie había desaparecido, y en su lugar, recién incorporada y bostezando, estaba Terri.
«¿Genie?» la llamé en mi cabeza.
«Estoy aquí, Jerry», respondió. Sonaba feliz, y yo sonreí y dejé reposar la cabeza en el cojín de la tumbona. Fue entonces cuando supe que todo estaba bien.
Me había llamado Jerry.
«Voy a mandar a Terri a su casa. ¿Te unirás a mí cuando vuelva?» le pensé.
«Jerry», respondió Genie. «Le prometiste una noche en la cama contigo. ¿No crees que deberías cumplir esa promesa?»
«Bueno, sí, pero...»
«No me confundas con una mujer humana, Jerry», dijo.
«Tienes cierto tipo de compromiso con las cuatro.
Las genios no somos celosas, pero sí le damos mucho valor a cumplir con la palabra dada.
Una promesa es una promesa.» Su voz se suavizó y se volvió seductora.
«No te preocupes, Jerry. Solo has despertado mi apetito.
Tengo planes para ti. Ahora ve con ella y hazla feliz. »
Sacudí la cabeza y sonreí. «Eres única en tu especie, ¿lo sabes?»
«No tienes ni idea, amor», se rio. «¡Pero ya lo sabrás!»