Tres deseos Capítulo 7 Becky #9
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Capítulo 7 Becky #9

Y luego desapareció, paseando hacia las escaleras. Genie me miró y dijo:

—Es un buen tipo, Jerry. Quizás esto pueda funcionar.

Le puse el brazo alrededor de la cintura y la atraje hacia mí, y le besé la nariz.

—Eso espero —dije—. Hoy lo he pasado muy bien.

Me sonrió.

—Yo también —dijo.

Le mantuve el brazo mientras caminábamos por el embarcadero hacia las escaleras. Estaba tan contento como un niño en Navidad. Las cosas pintaban bien.

Podía sentir la hostilidad de Peggy hacia Genie como oleadas al entrar por la puerta.

En cierta manera, supongo que no podía culparla, pero no me hacía muy feliz descubrir que Peggy se estaba poniendo tan posesiva conmigo.

No era lo suficientemente grosera como para mostrar sus sentimientos abiertamente, pero estaba recogiendo sus cosas y preparándose para marcharse.

—¿Te vas, Peg? —pregunté.

—Sí —respondió—. Llevo retraso.

—Bueno, antes de irte, me gustaría presentarte a mi amiga Genie. Genie, esta es mi prima Peggy.

—Encantada de conocerte, Peggy —dijo Genie.

—Igualmente —dijo Peggy a Genie y luego se volvió hacia mí—. Gracias por dejarme quedarme anoche, Jerry —dijo mientras me daba un abrazo rápido y un casto beso en la mejilla—. Tengo que trabajar esta noche y necesito ir a casa a cambiarme. Te veo luego, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, cielo —respondí—. Conduce con cuidado. —Me saludó con la mano, le dedicó a Genie una sonrisa rígida y desapareció.

Me volví hacia Genie y dije:

—Eso ha sido tenso.

Ella sonrió pero antes de que pudiera responder, Becky llamó a la puerta del lado del lago y luego entró con una bandeja en las manos, seguida de Terri con una segunda bandeja.

—Espero que tengáis hambre —anunció Becky—.

Mamá ha mandado la cena para ti y Genie.

—Depositó la bandeja en la mesa y quitó la toalla que la cubría—.

Pollo a la barbacoa, mazorcas de maíz frescas, ensalada del huerto, bizcochos caseros y una tarta de fresas con nata —dijo mientras volvía a cubrir la bandeja.

Suspiré y sacudí la cabeza.

—Tu madre —le dije a Becky—, es una entrometida. Dile que le doy las gracias, ¿de acuerdo?

—Creo que también le diré la parte de «entrometida» —sonrió Becky—. Seguro que lo aprecia mucho.

—Ya lo sabe —le dije—. Se lo he dicho con suficiente frecuencia.

Becky se rio y dijo:

—También dijo que intentaras no asustar a tu amiga con tus maneras de troglodita.

Genie se rio y dijo:

—Comparado con algunos de los tíos que he conocido, tu tío no está tan mal. —Le dedicó a Becky una amplia sonrisa—. Creo que no sería muy difícil domarlo, si llegara el caso.

—No sé yo —dijo Becky con dudas—. Ya sabes lo que se dice sobre los perros viejos.

—Este perro viejo —gruñí teatralmente mientras avanzaba sobre ella—, está a punto de lanzarte al lago a la borda.

Becky chilló y salió corriendo hacia la puerta con Terri pisándole los talones.

—¡Dile a tu madre que le doy las gracias! —les grité mientras salían disparadas por la puerta escaleras abajo.

—¡Niñas! —resoplé—. Sin ellas no puedes, y venderlas tampoco se puede.

—Como si quisieras venderlas —sonrió Genie.

—¿No puedo soñar?

—Ven a comer —respondió, agitando la mano sobre la mesa. Aparecieron dos cubiertos y ella descubrió la comida y sirvió—. Esto huele delicioso —dijo mientras se sentaba.

—Prepárate para un festín —le dije—. El pollo a la barbacoa de Sandy es para morirse.

Estábamos relajándonos en la terraza, viendo ponerse el sol.

Era una puesta espléndida, teñida de rojos y amarillos mientras el sol desaparecía gradualmente detrás de las montañas Adirondack.

El lago estaba quieto y liso y podías oír los peces saltando mientras se alimentaban en la bahía poco profunda.

Tomé un sorbo del mejor bourbon que había probado en mi vida, sonreí mientras se deslizaba garganta abajo y luego miré el resto en la copa de cristal, brillando dorado bajo los rayos del atardecer.

—Esto —dije al dejar la copa—, es uno de los mejores licores que he probado en mi vida.

—Ese «licor», como tú lo llamas, es el mejor bourbon que puedes encontrar —dijo Genie—. Cuesta setecientos dólares la botella y es, en mi opinión, uno de los mejores del mundo. Desde luego no es un... licor. —Me sonrió—. Sandy tenía razón. Eres un troglodita.

—Pues este troglodita te agradece el bourbon —dije—. Supera con creces a limpiar pescado como premio. —Sofoqué un inmenso bostezo y sacudí la cabeza violentamente. El día al sol estaba pasando factura. Estaba cansado y más que listo para irme a la cama.

Genie echó la cabeza hacia atrás y apuró las últimas gotas de su vaso y luego lanzó la copa al aire, donde desapareció. Me miró y dijo:

—Deberías irte a la cama antes de quedarte dormido en la silla.

—Lo haré —dije soñoliento—. En cuanto me salgan fuerzas.

Agitó la mano y de repente me encontré en la cama, desnudo y arropado entre las frescas sábanas. Genie estaba tumbada a mi lado, todavía vestida y encima de las sábanas.

Se inclinó sobre mí y me miró a los ojos, sus pechos un peso firme y precioso en mi brazo.

—Gracias por el día —dijo en voz suave—. Me lo he pasado de maravilla.

—Yo también —dije—. Me alegra que vinieras conmigo.

Se inclinó un poco más entonces, y me besó. Fue lento y dulce, y su lengua sabía al bourbon que habíamos tomado. Y su beso me puso duro en unos diez segundos.

—Que duermas bien, Amo —susurró contra mis labios—. Nos vemos en el desayuno. —Y entonces desapareció.

¡Mierda!

Genie me despertó alrededor de las dos de la mañana sacudiéndome por el hombro.

—Despierta, Jerry. Vamos, ya has descansado bastante. —Pasó la mano sobre mí mientras lo decía y de repente estaba completamente despierto, listo y con ganas de empezar.

—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? —pregunté, incorporándome en la cama y mirándola.

—Terri acaba de entrar por la puerta trasera —dijo Genie en voz baja.

—Dios mío —gemí—. Me había olvidado completamente de ella.

—Ya me lo imaginaba —dijo Genie—. Por eso te he despertado. Tiene pensado hacerte una felación hasta que te despiertes. Eso podría causar problemas.

—Sí —convine—. Supongo que podría. La primera vez que había hecho el amor con Terri, le había pedido a Genie que agrandara mi polla para adaptarla a las expectativas de Terri.

Sus expectativas habían sido evidentemente mucho más de con lo que yo había sido dotado, sin duda en gran parte por culpa de Henderson.

Me había acostado con Henderson el día anterior a la primera vez que me follé a Terri, y muy probablemente le había dicho a Terri que yo la tenía muy grande.

Le había dicho a Genie que pusiera mi polla tan grande como Henderson quisiera, y había acabado con una polla de diez pulgadas bien gruesa entre las piernas.

Así que Terri había estado esperando una polla grande, y cuando le pedí a Genie que pusiera mi polla tan grande como Terri quisiera, me equipó con prácticamente la misma vara que Henderson había querido, porque eso era lo que Terri esperaba encontrar.

Así que Terri despertándome con una mamada sería un problema, porque normalmente tengo simplemente lo que Dios me dio hasta que le pido a Genie que se ocupe de ello.

Encontrar siete pulgadas cuando espera encontrar diez podría dar lugar a algunas preguntas incómodas, preguntas para las que yo no tendría respuesta.

—Ponla en pausa, por favor, Genie. —Agitó la mano y me miró.

Reflexioné un momento y luego pregunté:

—Si tomáramos un promedio de todas las veces que has modificado mi polla para las cuatro chicas que he tenido desde que te encontré, ¿qué tamaño tendría?

Me dedicó una sonrisa alegre y se rio.

—Unas once pulgadas de largo, Amo, y quizás cuatro pulgadas de diámetro. —Se rio cuando vi cómo se me caía la mandíbula.

—¿Cómo? —exclamé—. ¡Nunca la he visto tan grande!

—No la habrías visto —se rio entre dientes—.

Todo está en cómo redactaste tus deseos, Amo —explicó—.

La única vez que pediste un tamaño concreto fue la primera vez con Peggy.

Dijiste: «Pon mi polla en el tamaño óptimo para darle placer y mantenla así.

» Todas las demás veces dijiste: «Pon mi polla tan grande como ella quiera» o alguna variación de ese tema.

—Sí, es verdad —convine—. Y la vi cada vez. ¡Y nunca tenía once pulgadas de largo!

—Ah, pero sí las tenía, Amo —insistió Genie—. Cuando dijiste que la pusiera en el tamaño óptimo para darle placer, en realidad dejaste en manos de tu pareja decidir qué tamaño iba a tener tu polla, ¿verdad?

—Sí. De acuerdo, lo acepto —convine.

—Bien —dijo Genie—, después de que la introdujiste y empezaste a hacer el amor de verdad, sus vaginas comenzaron a dilatarse.

Entonces cada chica quería que fuera un poco más grande.

Peggy es la que te puso con un promedio tan elevado.

La segunda noche que hiciste el amor con ella, cuanto más excitada se ponía, más grande te quería.

Cada vez que llegaste al clímax con ella esa segunda noche, tu polla medía al menos doce pulgadas y casi cinco de grosor.

Se rio ante mi expresión.

—Henderson estuvo casi tan mal —continuó—. Con ella llegaste a diez pulgadas de largo y cuatro de grosor.

—¡Dios mío! —dije débilmente—. Con razón me parecían tan apretadas.

—A una mujer le gusta sentirse llena de polla cuando hace el amor —observó Genie—. Eso de que el tamaño no importa es una mentira.

—¿O sea que todas me han tenido a diez por cuatro?

—Becky no, pero puede con una de ese tamaño.

—De acuerdo —dije—. ¿Puedes ponerme a diez por cuatro pulgadas en erección y la mitad de eso en reposo?

—Por supuesto —dijo Genie, agitando la mano.

—Además, me gustaría ponerme duro tantas veces como quiera, y me gustaría ser estéril, reversiblemente estéril hasta que yo diga lo contrario.

—Hecho —dijo con otro movimiento—. ¿Y tus testículos? ¿Y cuánto semen te gustaría eyacular?

—Hmm. —No podía creer que estuviera teniendo esta conversación—. Bueno —suspiré—, supongo que pon los testículos en proporción con la polla. Y haz que tenga mucho semen. Es una sensación fantástica correrse abundantemente.