Tres deseos Capítulo 7 Becky #3
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Capítulo 7 Becky #3

—¡Vamos, nena, mueve ese culo! —jadeé, embistiendo aún más fuerte en ella.

—¡Sí! ¡Oh, joder, sí! —siseó, bloqueando los muslos más fuertemente alrededor de mi cintura. Siguió empujando el coño hacia mí con movimientos convulsivos y espasmódicos, ordeñando mi polla dura con todo lo que tenía.

Estaba en el séptimo cielo, y cuanto más gemía y se retorcía Peggy debajo de mí, más fuerte martilleaba mi polla en su coño ávido y receptivo.

Su hendidura caliente se aferraba a mi polla, masajeándola en su apretado agarre.

Mis huevos se notaban pesados al golpear en la raja de su culo, una y otra vez.

Peggy arqueó la espalda, levantando las caderas para encontrarse con cada embestida.

Cada uno de mis envites parecía penetrarla más profundamente, llenándola mientras ella restregaba el coño frenéticamente contra mi polla machacante, tomando su longitud entera profundamente en el vientre con lascivo deleite.

Su coño parecía estar en llamas, ondeándose alrededor de mi polla machacante mientras yo gruñía y gemía encima de ella.

De repente, Peggy gritó y todo su cuerpo se puso rígido.

Se estremeció violentamente, su vagina pulsando alrededor de mi polla profundamente enterrada en salvajes espasmos convulsivos.

Fue todo lo que necesité para llevarme al límite.

Se me cerraron los ojos y se me cayó la mandíbula mientras mi polla inyectaba esperma caliente en el coño tembloroso de Peggy.

Al chorrear mi carga contra su cérvix, Peggy levantó el culo bien alto de la cama y con un grito de loco abandono, restregó el coño contra mi polla, ávida de tomarla tan profundamente como pudiera mientras yo me corría.

Su coño onduló en olas húmedas alrededor de mi vara chorreante al correrse ella conmigo.

Las paredes de su caja ordeñaban mi polla, extrayendo la leche con potentes contracciones apretando.

Al dispararse la última gota de mi semen en su coño, me desplomé encima de ella, con la polla todavía profundamente enterrada en su monte tembloroso.

Peggy yacía jadeando y temblando debajo de mí, los ojos bien cerrados mientras yo rodaba de encima de ella y me tumbaba a su lado, mi polla saliendo de su coño bien follado con un lascivo sorbo.

Creo que éramos exactamente lo que el otro necesitaba aquella noche de viernes.

Peggy se había excitado a sí misma y a los parroquianos del bar sin misericordia hasta estar tan frenética por echar un polvo que cerró el bar antes y vino a verme.

Y yo, a mi vez, usé a Peggy para conjurar el enorme deseo que tenía de acostarme con Genie, follándomela sin descanso hasta que mi deseo por Genie quedó enterrado bajo el placer de tirarme a mi dulce y lasciva prima Peggy.

Peggy y yo nos habíamos follado la mayor parte de la noche.

Yo había dormido en total unas cuatro horas, y me sentía de maravilla.

Peggy llevaba despierta casi veinticuatro horas cuando por fin tuvo bastante de mi polla y se derrumbó hacia las seis de la mañana.

Me levanté a las nueve y media de una hermosa mañana de sábado, besé en la mejilla a una Peggy profundamente dormida, me duché y me vestí con un bañador, una camiseta y un par de mocasines, listo para un día en el lago.

Me detuve al salir por la puerta del dormitorio y volví a la cama.

Peg seguía como un tronco, así que le dejé una nota diciéndole que se quedara todo el tiempo que quisiera, y que si quería salir en la barca conmigo, me llamara al móvil y iría a recogerla.

Dejé la nota apoyada en el bolso, donde estaba seguro de que la vería, y me incliné sobre ella y le besé la mejilla.

—¿A dónde vas? —preguntó soñolienta, enganchándome el brazo al cuello y acercando mi cara a la suya.

—Saco la barca con Becky y sus padres, y un par de amigas de Becky —respondí—. ¿Quieres venir?

—¿Qué hora es? —Entornó los ojos mirándome.

—Casi las diez.

—¡Dios, no! —se estremeció—. ¡Si apenas ha amanecido!

Me reí entre dientes.

—Quédate todo el tiempo que quieras, cielo —dije—. Si cambias de idea, llámame al móvil y vengo a por ti.

Me soltó y me enderecé. Y entonces sus manos me bajaron de un tirón el bañador y suspiró al empezar a levantárseme la polla.

—Mmm, ¡el desayuno! —murmuró, e inhaló mi polla.

No fue una mamada de lujo; no intentó alargarla ni nada de eso.

Me chupó la polla con el único objetivo de hacerme correrme en su boca lo antes posible.

Me acarició los huevos con una mano y se sacudió más o menos la mitad de la vara con la otra mientras se concentraba en chupar la cabeza.

Fue rápida, sucia y deliciosa, y tardó unos cinco minutos en llenar su boca de leche.

Me soltó y me dedicó una sonrisa pícara mientras perseguía un par de gotas que se habían escapado por los labios, cogiéndolas en el dedo y chupándoselo.

Me sacudió la polla desfalleciente con firmeza un par de veces y me mientras su lengua repasaba la cabeza y recogía las pocas gotas de mi corrida que quedaban en el glande

—Mmm, qué delicia —suspiró al acurrucarse de nuevo en la cama.

—Quédate todo el tiempo que quieras, cariño —le dije—. Ya sabes cómo encontrarme si cambias de idea.

—Ni hablar —murmuró—. Voy a dormir todo el día.

Me incliné sobre ella de nuevo y la besé en la boca esta vez, saboreándome en su lengua mientras ella me devolvía el beso.

—Duerme bien, nena —susurré. La tapé con la sábana y me fui, cerrando la puerta detrás de mí y dirigiéndome hacia la cocina.

Solo me sorprendió un poco encontrar a Genie allí, poniendo un plato de gofres y salchichas en la mesa y sirviéndome una taza del Elixir de la Vida, alias, café.

—Tú —le dije al sentarme—, vas a malcriarme si sigues así.

Me miró y arqueó una ceja.

—¿Y para qué crees que están las genios? —preguntó.

Sonreí mientras atacaba el desayuno.

—¿Qué planes tienes para hoy? —le pregunté.

—Pensé que trabajaría en mi estatua hoy —dijo—. Casi la tengo terminada y me gustaría acabarla en algún momento de este año.

La miré y parpadeé mientras mi mente intentaba absorber lo que acababa de decir.

—¿Una... estatua?

—Mm-hm —asintió, robándome una salchicha del plato—. Es una estatua de Pan —dijo—. Se la prometí hace unos cien años y voy algo retrasada.

—Una estatua de Pan —dije—. ¿Te refieres a Pan, el dios griego? ¿Ese Pan?

—Mm-hm —volvió a asentir—. Ahora estoy haciendo las piernas —dijo—, y es difícil conseguir que el pelo quede bien.

—¿Cómo... cómo estás haciendo la estatua? —Ella me miró y arqueó una ceja—. Bueno, me refiero a si la estás fundiendo en bronce, o esculpiendo en arcilla, o qué.

—Oh —dijo—, la estoy esculpiendo en mármol.

Me quedé sentado mirándola.

—¿En mármol?

—Sí. Mármol rosa. ¿Te gustaría verla?

—Sí —dije, limpiando el último sirope con el último trozo de gofre—. Creo que me gustaría.

Dejé el tenedor y ella agitó la mano, y de repente estaba sentado en un banco en un estudio enorme.

A través de una gran ventana a mi lado podía ver un grupo de palmeras datileras, con sus copas meciéndose con una leve brisa.

A su lado había un estanque de buen tamaño, de quizás tres o cuatro hectáreas.

Había un embarcadero moderno que se adentraba en el estanque, y atados al embarcadero había una lancha de cinco metros y, detrás de ella, un pontón equipado para pescar. Varios caballos pastaban junto al embarcadero, y un setter irlandés sentado en el muelle los vigilaba.

Más adelante por la orilla, había una casa que se parecía mucho a mi campamento, salvo que esta tenía una terraza enorme sobre el agua y lo que parecía un tobogán acuático que sobresalía de un balcón del segundo piso.

Arriates cuidadosamente mantenidos de flores rodeaban la casa, y había literalmente miles de ellas —desde rosas hasta tulipanes y margaritas—, todas en flor.

Mirando hacia el otro lado de la orilla, podía ver una pista de aterrizaje corta y pavimentada. Al final de la pista reposaba un ultraligero, al lado de un globo aerostático con el globo completamente inflado. Y más allá aparcado había un Bugatti Veyron.

Había una pequeña arboleda de árboles de todas las especies al otro lado de la pista, habitada por una gran bandada de pájaros de varias docenas de especies.

Los árboles eran un estallido de color, todo proporcionado por el plumaje de las aves.

Más allá de los árboles, podía ver lo que parecía una carretera de dos carriles serpenteando a través del paisaje.

Aparté los ojos de la ventana y miré a mi alrededor en el estudio.

Ahí estaba la estatua de la que me había hablado, una cosa enorme de unos seis metros de altura.

Había un área junto a la estatua que era obviamente el estudio de un pintor, con un lienzo tapado en un caballete.

Al lado de eso había un torno de alfarero y más allá un horno.

A la derecha había un taller de carpintería y al lado un taller de orfebrería.

Podía ver una mesa en el área del orfebre que tenía varios lingotes de oro y plata, y también varios puñados de piedras preciosas —diamantes, rubíes y esmeraldas—, brillando en la luz del sol que entraba a raudales por el techo de cristal.

—¡Vaya! —Miré de nuevo a Genie—. ¿Dónde estamos?

—En mi casa —dijo—. ¿Qué te parece mi estatua?

—¿Qué? —Parpadeé e intenté asimilar lo que acababa de decir—. ¿Todo esto? —pregunté—. ¿En esa botellita?

—Claro —dijo—. ¿Dónde si no iba a tenerlo? Esta es mi casa.

—¡Pero si es enorme!

—No es tan grande —objetó Genie—. Solo son unos quince kilómetros cuadrados.

—¿Quince kilómetros cuadrados? —Podía oír cómo mi voz se agudizaba en la última palabra y eso hizo reírse a Genie.

—Esta no es una botella, realmente. —Frunció el ceño un momento—. Piensa en mi botella como una puerta de entrada, no como un lugar. Mi botella nos trae aquí cuando la entramos. En realidad no nos quedamos dentro de la botella.

—¿Y dónde es aquí? —pregunté.

—En ese otro espacio del que te hablé antes —respondió—. El espacio que los humanos aún no han descubierto.

—¿Hay alguien más aquí?