Capítulo 2 Henderson
En cuanto el motor se puso en marcha, Henderson se despertó.
Genie volvió a hacer su pequeño gesto y Henderson se quedó congelada.
Luego Genie extendió la mano sobre un costado de la barca y una botella de arcilla rota emergió del agua y aterrizó en su palma.
Algunos fragmentos de arcilla siguieron a la botella y esta se recompuso sola, los pedazos fundiéndose sin costuras hasta recobrar su forma original.
La depositó en el asiento de al lado y desapareció como si nunca hubiera estado ahí. Un segundo gesto con la mano y Genie se evaporó. Al mismo tiempo, Henderson terminó de incorporarse y dijo:
—¿Por qué me dejaste dormir? Quería ir a nadar.
Aceleré el motor y la barca se deslizó fuera de la playa hacia aguas profundas.
—Pensé que debías de necesitar el descanso —dije mientras ponía el motor en punto muerto.
Henderson se levantó del sofá y se acercó a mí, sentado frente al timón.
—¿Puedo llevarlo yo? —preguntó.
—Claro. —Me deslicé fuera del asiento asegurándome de hacerlo de tal manera que la alta chica de diecinueve años tuviera que retroceder un poco para hacerme sitio.
Dio un paso fuera del pasillo central, frente a la portezuela, y antes de que pudiera reaccionar la cogí en brazos y la tiré por la borda.
Su grito quedó cortado por el agua cerrándose sobre su cabeza, y en cuanto emergió y rompió la superficie, yo salté por la borda y caí en bomba sobre ella, aterrizando a unos treinta centímetros detrás de su cabeza.
Se estaba riendo cuando salí a la superficie, y barrió el brazo por el agua golpeándome con una respetable cortina.
Me pilló desprevenido; me zambullí al tercer oleaje y emergí de nuevo a unos quince centímetros frente a su cara.
Agarré el lateral de la barca con una mano y a ella con la otra, acercándola para que no pudiera seguir salpicándome.
—¡Tramposo! —dijo entre risas.
—Es defensa propia —dije—. Me estabas ahogando.
—¿Ah, sí? Pues será mejor que me asegure de que estás bien.
—Y entonces me rodeó el cuello con los brazos y me besó.
Y no fue un besito amistoso en los labios.
Fue un beso de contacto total, lengua hasta la garganta, fóllame ahora mismo.
Cuando terminó, yo casi jadeaba, y la tenía dura como el acero dentro del bañador, presionando deliciosamente contra su firme vientre joven.
Rompió el beso y dijo soñadora:
—Un poco de boca a boca ayuda ¿a que sí?
—Ya lo creo —jadeé, sin aliento todavía por ese beso abrasador.
—Será mejor que volvamos a la barca —dijo con su pequeño acento sexy—. Sigues respirando con dificultad. Creo que puede que necesites un poco más de boca a boca.
Y entonces me soltó, agarró el borde de la cubierta y se izó fuera del agua sin el menor esfuerzo. Recogió mi toalla, se hizo un turbante rápido con el pelo y me miró desde arriba.
—¿Subes? —preguntó, con esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que pasa.
Sacudí la cabeza.
—Todavía no, chiquilla. Estoy disfrutando del paisaje.
—Lo que hacía en realidad era ganar tiempo.
Yo no había podido subir a esta barca con tanta facilidad desde que la compré, unos diez años atrás.
Tengo cuarenta y tres años, me falta el aliento enseguida por demasiados cigarrillos y además llevo kilos de más.
«Genie», pensé, «¿estás ahí?»
«Por supuesto, Amo.»
«¿Puedes ponerme en plena forma física sin cambiar mi aspecto?»
«Puedo. Pero tampoco tienes que preocuparte de que la gente que te conoce note el cambio. Para ellos, siempre habrás tenido buena forma.»
«Estupendo», le pensé. «Adelante, por favor.»
No noté ningún cambio real, pero salí del lago como un corcho disparado de una botella. Fue casi sin esfuerzo, y cuando me miré en el reflejo del agua, me devolvió la mirada un yo delgado y bien formado, aunque sin músculos exagerados.
«¡Vaya!», pensé. «¡Qué bien estoy!»
«Sí», pensó Genie. «Quedas muy bien cuando te arreglas.»
Y entonces Henderson volvía a estar entre mis brazos, su cuerpo largo y ágil pegado al mío mientras nos besábamos.
Se rio cuando rompimos el beso y el top se le cayó de las manos.
Empezó lentamente a besarme camino abajo por el cuerpo, sus labios carnosos acariciándome el pecho y el vientre mientras se hincaba de rodillas.
«Genie», pensé, «asegúrate de que nadie pueda vernos, y haz que mi polla sea tan grande como ella quiera.» Reflexioné un instante. «Ya que estás, hazme el polvo fantástico perfecto de sus fantasías. Dime lo que quiere cuando lo quiera. Ah, y hazme estéril, por favor.»
«¡Muy bien, Amo!» me pensó Genie. «¡Vas a hacerle la primera vez perfecta!»
Eso me detuvo en seco. «¡Joder!» pensé. «¿Me estás diciendo que una chica con ese aspecto es virgen? ¿A su edad? ¿Hoy en día?»
«Sí. Ah, ha dado mucho al juego sexual con sus distintos novios y novias, pero tiene debilidad por los hombres mayores. Ha decidido regalarte su virginidad, sobre todo porque siempre la has tratado bien.»
«¿Qué tipo de juegos sexuales?» pregunté mientras Henderson desataba lentamente el cordón de mi bañador.
«Masturbación, masturbación mutua, mamadas, sesenta y nueve, tetas, y dejarse follar entre los muslos.
» Genie enumeró la lista y pude sentir su sonrisa.
«Ha defendido la virginidad con uñas y dientes desde que descubrió que la mayoría de los chicos de su edad se corren en el momento en que ella les toca la polla.
Ha estado esperando al hombre adecuado, y al parecer ese eres tú. »
Sentí que el bañador me bajaba por las piernas y miré de nuevo a Henderson.
Sus ojos se abrieron de par en par con deleite al deslizarse su mano sobre mi polla.
Sé que era mi polla porque podía ver que estaba unida a mí y podía sentir la mano suave y fresca de la chica encima, y tenía el aspecto de mi polla.
Lo sé, suena raro, pero era una situación muy rara. Era mi polla, pero en lugar de los bastante corrientes dieciocho centímetros que tengo habitualmente, estaba mirando una polla gorda y carnosa de veinticinco centímetros que chorreaba más presemen del que suelo soltar cuando me corro.
—¡Joder! —dije sorprendido, y Genie soltó una risita.
«No puedo evitarlo si a ella le gustan grandes.»
—Mmm, qué buena pinta —dijo Henderson con voz soñadora—.
¡Tienes una muy buena, tío Jerry! —Y entonces se la metió en la boca, chupando con voracidad como si fuera la última que fuera a ver en su vida.
Cerró los ojos de placer y empezó a juguetear con mis pelotas.
Me llevé otro susto al darme cuenta de que eran por lo menos del tamaño de huevos de pato. El escroto me iba a juego con la polla.
Suspiré y empecé a balancear las caderas con suavidad. Para ser una chica de diecinueve años, Henderson era muy pero que muy buena haciendo mamadas. La lengua le recorría la polla entera, y usaba también los dientes, raspándolos suavemente por la parte inferior de la vara de vez en cuando.
No estoy seguro de cuánto tiempo estuvo de rodillas chupándomela, pero fueron al menos veinte minutos. Parecía intuir cuándo se acercaba mi orgasmo; aceleró el ritmo con que movía la cabeza y empezó a masturbarse los tres o cuatro centímetros de vara que no tenía en la boca.
«Prepárate», dijo la voz de Genie en mi cabeza. «Quiere que te corras en su cara y espera que sea mucho.» Pude sentir de nuevo su sonrisa mientras se reía entre dientes. «Y lo será.»
Estaba recostado contra la consola del timón, y menos mal que era así, porque el orgasmo casi me arrancó la cabeza de cuajo. Fue creciendo y creciendo y creciendo, pero no me corrí hasta que decidí conscientemente hacerlo.
Gemí desde lo más hondo al soltar mis pelotas su carga, y los párpados de Henderson vibraron de éxtasis cuando el primer chorro de leche le llenó la boca. Entonces se echó hacia atrás, el puño volando arriba y abajo por la vara resbaladiza de saliva mientras con la otra mano se masturbaba.
Gritó mientras yo le rociaba la cara y las tetas, el cuerpo temblando al correrse conmigo.
La leche le chorreaba por la barbilla y los pezones enormemente erectos cuando por fin terminó mi orgasmo.
Soltó mi polla, todavía erguida, y se dejó caer de costado al suelo, la mano bailando frenéticamente dentro de las braguitas del bikini mientras con los dedos de la otra mano se limpiaba la leche de las tetas y se los chupaba.
«¡Tómala ahora, Amo!» me pensó Genie. «¡Y no seas delicado! Quiere que la primera polla en su vientre entre mientras ella todavía se está corriendo, con el sabor del esperma de su amante todavía caliente en la lengua.»
No vacilé ni un instante. Me dejé caer de rodillas, la hice rodar boca arriba, aparté el forro del bikini a un lado y me lancé sobre ella, hundiéndole la polla hasta los huevos en su coño caliente y húmedo mientras todavía se contraía por su orgasmo.
Gritó y se convulsionó debajo de mí, envolviéndome con brazos y piernas mientras estallaba en otro orgasmo, tirando de mí hacia adentro todo lo que podía.
Tardó casi un minuto entero en relajar los brazos y las piernas. Tenía la cara y los pechos intensamente rojos, encendidos de sangre, y jadeaba para recuperar el aliento.
«¡Ahora fóllala, Amo!» susurró la voz de Genie en mi cabeza. «¡Móntala fuerte, para que sepa que por fin es una mujer, haciendo el amor con un hombre de verdad y no con un chiquillo!»
Eché las caderas atrás y la empalé por segunda vez, hundiéndole de nuevo la polla tan adentro como podía. Ella plantó los pies en el suelo y empezó a trabajar conmigo, los brazos subiéndole al cuello.
—Ohhh, eso es, tío Jerry —ronroneó en mi oído, sonando a más mayor y experimentada—. ¡Dame bien con esa polla enorme! ¡Ohh, Dios mío, me encanta! —Su aliento era caliente en mi oído y cuando me lamió y metió la lengua, me volvió loco.
Le enganché las corvas con los codos y apoyé las manos en el suelo junto a sus hombros, levantándole la pelvis y poniendo su coñito humeante a tiro directo.
Y entonces la follé, sin cansarme, sin contemplaciones, sin parar.
Empezó a correrse al primer minuto, aullando y gritando y gimiendo mientras los orgasmos la arrasaban, las tetas hinchándose y endureciéndose al ruborizarse de nuevo hasta un rosado intenso.
Creo que estaba en medio de su cuarto o quinto orgasmo cuando yo por fin me solté.
Gemí mientras las contracciones de su caliente coñito empezaban a ordeñarme la polla y miré hacia abajo, entre los dos, para verla entrar y salir de su cajita sin un solo pelo.
Se me abrieron los ojos de par en par al ver que la vara era ahora al menos tan gruesa como una lata de cerveza.
Genie debía de haber ido aumentando el tamaño a medida que el coño de Henderson se iba adaptando a mi alrededor.
Henderson gritó cuando mi carga le chorreó adentro, inundándole el vientre con mi caliente semen.
Tuvo un espasmo enorme, se le pusieron los ojos en blanco y perdió el conocimiento.
Me desplomé sobre la chica, sacudiéndome y retorciéndome encima de ella, siguiéndola mientras mi orgasmo remitía despacio, y luego rodé de lado, abrazándola simplemente mientras esperaba a que volviera en sí.
La pequeña lancha de Becky estaba amarrada en el embarcadero cuando Henderson y yo entramos a motor en la bahía de regreso al campamento de mi hermano.
Le di un toquecito a Henderson en la coronilla y ella levantó la vista desde donde estaba de rodillas entre mis piernas, amamantándose con mi polla.
—Me voy a correr, nena —gemí. Succionó con más fuerza y enredé los dedos en su pelo, moviéndole la cabeza sobre mi polla mientras ella se tragaba los veinticinco centímetros enteros hasta el fondo de la garganta.
Las pelotas se me contrajeron contra el cuerpo y gemí suavemente mientras Henderson me sacaba la tercera carga en menos de dos horas.
La oí gimotear alrededor de mi polla al tener su propio orgasmo mientras yo le llenaba la boca con la corrida.
Podía distinguir dos figuras en la terraza, sentadas en la mesa de picnic, pero estábamos demasiado lejos para verlas con claridad.
«Genie», pensé, «¿me arreglas la vista?»
«Por supuesto, Amo.» Levantó la mano y de repente el mundo se volvió borroso.
Me quité las gafas de sol graduadas y todo volvió a estar nítido.
Una segunda mirada confirmó que eran Becky y su amiga Terri en la terraza.
Podía ver que tomaban algo; había una bolsa de nachos sobre la mesa y estaban abriendo un bote de salsa de piña de Newman's Own.
Lo vi con la misma nitidez que si hubiera estado sentado a la mesa con ellas, y sin embargo todavía estábamos a varios cientos de metros del embarcadero.
Cuando al embarcadero, Henderson estaba sentada con recato en uno de los sofás de la proa, y yo tenía la polla de vuelta dentro del bañador.
Becky y Terri nos recibieron en el muelle y amarraron la barca mientras Henderson y yo recogíamos las cosas.
Pagué el peaje habitual a Becky —abrazos y besos—, el peaje que exigía siempre que me echaba una mano.
Henderson me interceptó justo antes de bajar de la barca y me plantó un beso que me rizó el pelo y me puso dura la polla, y luego me soltó, mirándome con ojos soñadores mientras me dirigía a casa.
Becky y Terri no parecieron notar el comportamiento desenvuelto de Henderson, tan fuera de lo normal en ella.
«Genie», pensé mientras subíamos las escaleras hacia casa. «¿Cómo sabías que quería follarme a Henderson?»
Pareció sorprendida. «No lo sabía, Amo», pensó.
Su respuesta me dejó de piedra. «¿Entonces no la...?»
«No, Amo. Follar contigo fue idea completamente suya. No la deseaste, y yo no puedo conceder un deseo que no hayas formulado.» Sonrió ante mi expresión. «Lo has hecho muy bien con ella, Amo. Está muy contenta contigo y con tu ayuda para hacerla mujer. Y volverás a repetir con Terri.»
«¡Me cago en la leche!» susurré mentalmente. «¿Me estás diciendo que Terri también quiere acostarse conmigo?»
«Lo querrá», se rio Genie en mi cabeza. «¡En cuanto Henderson le cuente lo bueno que fuiste!»
Y así fue como empezó mi vida con Genie.