Capítulo 6
CAPÍTULO SEIS
Gabby sobrevivió a su primera semana en el City General pero, si alguien le preguntaba cómo lo había conseguido, no sabría dar una respuesta sincera.
Sentía un cansancio que le calaba hasta lo más hondo, y cada músculo le dolía sin parar.
A pesar de eso, había convocado a sus amigas para tomar algo en el bar de la zona, y todas habían accedido a presentarse en señal de solidaridad.
La mayoría eran amigas de la facultad de medicina o de su trabajo en el hospital St. Jude's, pero algunas eran huérfanas que había ido recogiendo por el camino.
Amber era una de sus amigas más antiguas.
Se habían conocido durante la residencia antes de acabar juntas en el St. Jude's, y su duradera amistad se había forjado, al menos en parte, al descubrir que las dos habían salido con la misma mujer en la facultad de medicina (y que las dos las había engañado).
Además, era la que vivía más cerca de Gabby, así que, en las salidas nocturnas, siempre iban andando juntas y, cada vez, sin falta, se paraban antes de llegar al bar, se metían por una bocacalle, y Gabby se fumaba un cigarro rápido.
Esta noche, Amber la saludó con una palmada en el hombro, una docena de preguntas sobre su nuevo trabajo y un adelanto de lo que pensaba beber en cuanto llegaran al bar. Todo en unos treinta segundos. Dicho de otro modo, era una conversación normal con la amiga más intensamente sociable de Gabby.
—¿Sabes qué? Pensaba que este trabajo sería un cambio agradable, después de toda la mierda que pasé en el St. Jude —empezó Gabby, con la voz amortiguada por el cigarro que llevaba encajado entre los dientes.
Accionó el Zippo que tenía en la mano varias veces en vano pero, por mucho que lo intentara, no conseguía más que una chispa—. Mierda.
—Es una señal. —Amber señaló con el pulgar en dirección al edificio grande e imponente que había al otro lado de la calle.
Era una iglesia católica y, entre la oscuridad y los carteles que anunciaban la salvación eterna, parecía el plano inicial de una película de terror—.
El de arriba te está diciendo que lo dejes.
Gabby miró al otro lado de la calle, hacia la iglesia, y levantó el dedo corazón en respuesta.
—El de arriba debería guardarse sus opiniones. ¿Tienes fuego?
—¿A cuántos oncólogos conoces que fumen? —preguntó Amber, arqueando una ceja.
—Te sorprenderías —masculló Gabby con el cigarro en la boca—. Ayuda con el estrés.
—Deberías probar el yoga.
—Que le den al yoga. —Por fin, Gabby prendió una llama y consiguió encender el cigarro.
Se quedó callada unos segundos mientras daba la primera calada, observando cómo la punta del cigarro brillaba en la oscuridad.
El sabor amargo del tabaco le llenó la boca unos segundos y, por muy asqueroso que supiera que era, no tardó mucho en relajarse de nuevo contra los ladrillos que tenía detrás, por fin a gusto.
—Vamos a llegar tarde —le recordó Amber, sonriendo con suavidad mientras Gabby daba otra calada perezosa al cigarro, soltando una nube de humo hacia el cielo nocturno.
—Ya, pero si Alex me pilla con un cigarro, estoy bastante segura de que me mata. —Sonrió de oreja a oreja, alzando la vista para seguir el rastro de humo mientras se disipaba—. Le dije hace un par de meses que lo estaba dejando.
Amber resopló ante aquello, mirando hacia el callejón.
Las farolas solo iluminaban el primer par de metros del callejón, así que estaban en penumbra.
Ocultas en las sombras, justo fuera de la vista de las calles de Boston, aún concurridas un sábado por la noche, poco tenían de médicas.
De hecho, parecían más bien universitarias medio borrachas.
—¿Por eso nos escondemos aquí? ¿Para que te metas tu dosis?
—Es un cigarro; no estoy fumando crack.
—¿Sabes a cuántos pacientes con cáncer de pulmón veo cada semana?
Gabby se tragó el gruñido que le retumbó en algún punto del fondo de la garganta. Quizá debería haber fumado sin más antes de salir; intentar fumar en paz mientras miraba a los ojos a una oncóloga era más difícil de lo que pensaba.
—Sí, lo sé.
—¿Tan mala fue tu primera semana?
Gabby ladeó la cabeza, pensándoselo. El hospital no estaba tan mal; las enfermeras eran mejores que en su último trabajo, lo cual era un gran punto a favor.
No era un hospital universitario, así que no andaba tropezándose con tantos residentes correteando de un lado a otro intentando encontrar sus fonendos. Eso no lo echaba de menos.
Pero, por otro lado, cuando dejó su puesto anterior, esperaba trabajar en unas urgencias donde no le controlaran hasta el último detalle.
Había una parte de ella que había esperado sinceramente trabajar con alguien a quien le importara más la medicina que todas las gilipolleces que venían con ser médica. ¿Era Tara todo lo que había esperado?
Hasta el momento, no. Hasta el momento, lo único que había visto era a otra médica que parecía preocuparse más por una reputación manchada que por curar a la gente de verdad.
Gabby empezaba a preguntarse si habría un equipo de relaciones públicas del hospital del que no estuviera al tanto, con lo perfecta e impoluta que Tara Hunter quería que fuera todo.
Incluso después de aquella primera interacción bastante espinosa, había algo raro en Tara.
Cada conversación entre las dos había parecido fría y distante, como si Tara se negara a entrar en confianza con ella.
—El mismo perro con distinto collar —concluyó finalmente, dando otra calada al cigarro.
—Bueno, si le arrancas la identificación del hospital y se la tiras a la cara a otra jefa, al menos esta vez consigue que alguien lo grabe. —Amber le sonrió a su amiga.
Gabby se rio, negando despacio con la cabeza. El recuerdo de la cara horrorizada del doctor Merton cuando por fin le tiró la tarjeta de identificación a la cara y abandonó el fonendo en mitad de las urgencias del St. Jude's iba a quedar grabado para siempre en el ojo de su mente.
—Joder, qué gusto dio.
—Sigue siendo un capullo, por si te lo preguntabas.
—Qué pena. —Gabby dio una última calada al cigarro antes de aplastar la colilla contra la pared. Unas cuantas motas de ceniza aún encendida se desmenuzaron hasta el suelo, donde se apagaron despacio—. Tenía la esperanza de haberle enseñado un poco de humildad.
—Tiene plaza fija, la humildad no está en su vocabulario —señaló Amber, frotándose las manos—. ¿Podemos irnos ya? No pienso morir de hipotermia solo para que te metas un chute de nicotina.
—Podemos irnos.