Capítulo 285 - La visita nocturna al templo (7)
U na vez recuperada la Semilla del Mal, el hechizo que mantenía inconscientes a los prisioneros se rompió por completo.
Una por una, las cincuenta y tantas personas que habían arrastrado de un plano paralelo a otro fueron despertando. Todas estaban confundidas, y las jóvenes en particular se hallaban presas de un terror indescriptible.
La mitad de ellas eran mujeres respetables de noble cuna e impresionante linaje. ¿Cómo habían acabado en un lugar destrozado, acurrucadas junto a desconocidos, a primera hora de la mañana?
—¡¡¡Ahhhhhh!!!
Se arañaron las mejillas presas del pánico al ver el estado ensangrentado de varios cultivadores y los profundos surcos que desgarraban el suelo, probablemente causados por garras gigantescas.
Algunas personas yacían en el suelo: las que estaban vivas se hallaban gravemente heridas, y las que no habían sido víctimas de algo espantoso.
¿Y qué pasaba con los demás, que permanecían de pie mirándolas con rostros exhaustos?
¿Eran aliados o enemigos? A esas alturas, los prisioneros ya no sabían nada. Mil preguntas les bullían en la cabeza y no pudieron evitar formularlas en voz alta.
—¡¿Qué es esto?! ¡¿Dónde estoy?! —preguntó frenéticamente uno de ellos.
—¡¿Quiénes son ustedes?! ¿Nos han secuestrado? ¡Les advierto que mi abuelo fue ministro en el palacio!
Zhang Xukai hizo una mueca al oír al último que había hablado. Menuda gratitud, vaya.
Mientras algunos se hacían los valientes y exigían explicaciones a los cultivadores, otros se retiraban a las esquinas a llorar lastimosamente.
—Quiero a mi madre y a mi padre —dijo una joven que, con el rostro enterrado en las manos, sollozaba desconsoladamente.
A Zhang Xukai le pareció desagradable su reacción, mientras que Zhou Yamen rebosaba compasión. Los consoló con amabilidad mientras intentaba convencerlos de que estaban a salvo y de que él y sus compañeros no eran los villanos.
Pero Mo Zhiyuan, a quien solo le importaba una persona, los trató con bastante rudeza, lo que hizo que la angustia de los prisioneros se agravara aún más.
—¡Yiran!
—¡Ahhh! ¡¿Por qué me empujas?! —le gritó un joven a Mo Zhiyuan, al que le daba igual.
—¡¡¡Yiran...!!!
—¡Eeeeek! ¡Rufián! —chilló una joven cuando Mo Zhiyuan la apartó con impaciencia junto con varias otras para abrirse paso.
—Yiran...
A Mo Zhiyuan se le atragantaron las palabras cuando por fin vio a Han Yiran. Todos los demás prisioneros habían recuperado la consciencia, pero el joven seguía tendido en el suelo, tan inmóvil como antes.
—¿Yiran...?
Mo Zhiyuan levantó a Han Yiran con delicadeza y lo acunó en sus brazos, dejando que su cabeza reposara contra su amplio pecho.
—Yiran, oye, despierta. Yiran...
Pese a las suaves palmaditas en la mejilla, los ojos de Han Yiran permanecieron cerrados, con todo el cuerpo lánguido e inerte. Mo Zhiyuan lo estrechó con más fuerza mientras luchaba por contener el miedo paralizante que le atenazaba el corazón.
—¡Chen Shixiong! —bramó, y varias cabezas se volvieron hacia él a la vez—. ¿Puedes venir a echarle un vistazo a Yiran?
Con ambas manos ocupadas atendiendo a los discípulos heridos y a Shen Ruizhe, Chen Yuhuan se movía frenéticamente, preso de la confusión. Solo podía prestar atención parcial a cada víctima antes de correr hacia la siguiente.
—¡Enseguida! ¡Enseguida! —gritó en respuesta, pero con cada segundo que pasaba sin atender a Han Yiran, el rostro de Mo Zhiyuan se ensombrecía más y más.
Parecía a punto de mandarlos a todos al infierno cuando Shen Ruizhe se obligó a ponerse en pie y dijo—: Discípulo Chen, échale un vistazo a Han Yiran.
Xukai, Yamen y yo nos encargaremos del resto.
Chen Yuhuan estaba agradecido, pero no pudo evitar hacer una mueca ante la actitud abnegada de Shen Ruizhe. ¡El maestro de pico era el más malherido! ¡Y aun así se preocupaba por Han Yiran! Verdaderamente el epítome de la bondad, digno de ostentar el título de gran maestro.
Por desgracia, Mo Zhiyuan no compartía ese sentimiento. Lo único que dijo cuando Chen Yuhuan por fin dedicó algo de tiempo a Han Yiran fue:
—Ya era hora.
Gongyi Xiao y Shi Qingqing recuperaron la consciencia después de que Zhou Yamen les pasara bajo la nariz un pañuelo empapado en aceite de almizcle. Aunque aturdidos al principio, se recuperaron enseguida y ayudaron a guiar a los prisioneros que habían despertado fuera del templo demolido.
Una vez disipado el poder del demonio, la barricada desapareció y quedó al descubierto el verdadero rostro del templo. Resultó que no era tan grandioso como habían pensado en un principio. De hecho, era una estructura vieja y destartalada que servía para engañar y atrapar a devotos inocentes.
Los prisioneros liberados estaban extremadamente débiles y desnutridos.
Algunos solo habían estado retenidos durante horas, pero otros llevaban semanas desaparecidos.
Ninguno recordaba qué había sucedido después de cruzar la puerta del templo.
Conservaban vagos recuerdos de pesadillas que los atormentaban mientras estaban atrapados en los capullos, pero sus memorias estaban fragmentadas.
Ni siquiera recordaban para qué habían venido al templo.
Lo único que sabían era que no habían logrado encontrar pareja y que planeaban volver a casa cuanto antes.
—En cualquier caso, no pienso volver aquí —murmuró secamente un joven mientras seguía a los demás hacia la salida—. No quiero que me secuestren los demonios otra vez.
—Bien dicho. Deja de aspirar a lo imposible y conténtate con una mujer virtuosa —convino Shi Qingqing al oír las quejas del joven.
Mientras tanto, Shen Ruizhe permanecía frente a los restos de la estatua de piedra que les había dado tantos problemas hacía un momento. Zhang Xukai se acercó a él y observó con cautela la lava fundida, parpadeando.
—Shizun, ¿matamos al demonio al destruir la estatua?
Shen Ruizhe negó con la cabeza.
—Escaparon casi en cuanto retiramos la Semilla del Mal. Estábamos heridos y eran demasiado rápidos. En cualquier caso, no podrán cometer un crimen similar sin una Semilla del Mal. Los demonios mosquito ocupan el peldaño más bajo en la jerarquía del reino demoníaco.
Echó un último vistazo a los escombros antes de darse la vuelta y decir con calma:
—Volvamos por ahora.