Capítulo 281 - La visita nocturna al templo (3)
— ... Zhiyuan.
—Mo Zhiyuan.
Alguien lo llamaba. Era Shen Ruizhe.
Aún medio aturdido, Mo Zhiyuan abrió los ojos. Shen Ruizhe se alzaba sobre él en todo su esplendor. El exaltado gran maestro a quien todos admiraban y reverenciaban. La fría estatua de hielo, con un corazón tallado en el mismo hielo.
—Shen...
Mo Zhiyuan se movió, pero un dolor palpitante como nunca había sentido lo paralizó en el acto. Provenía del vientre. Al bajar la mirada, vio una hoja carmesí profundamente clavada en su abdomen.
Era Jiuye.
Shen Ruizhe... Shen Ruizhe lo había apuñalado.
El hombre alargó la mano con calma hacia la empuñadura y extrajo la espada con un tirón certero.
La sangre brotó de la garganta de Mo Zhiyuan y escapó por sus labios. Vomitó una bocanada de sangre negruzca que ni siquiera alcanzó a manchar las botas blancas de Shen Ruizhe. Su shizun lo miraba desde arriba, literal y figuradamente.
La sangre fluía copiosamente de la herida en el abdomen de Mo Zhiyuan, oscureciendo la tela de su túnica púrpura hasta un tono casi negro.
Ya lo habían apuñalado de forma similar en sus muchas conquistas pasadas, pero normalmente podía detener la hemorragia y curar la herida con su inmenso poder demoníaco.
Sin embargo, esta vez nada funcionó.
Como si aquella única puñalada hubiera dejado algo en su cuerpo, algo que lo corroía desde dentro, devorando su carne y royendo su núcleo demoníaco.
—Shen Ruizhe, tú...
Mo Zhiyuan rechinó los dientes. Sus ojos, llenos de odio, se clavaron en Shen Ruizhe. Este entrecerró los ojos. Sus labios finos se curvaron en una sonrisa ligeramente burlona, y aquello casi volvió loco a Mo Zhiyuan.
—Se acabó —dijo Shen Ruizhe.
Con un gesto casual, sacudió a Jiuye y las gotas de sangre cayeron al suelo.
—Tu reinado de terror termina aquí.
—Je.
—Je, je, je.
La situación no tenía nada de graciosa. Acababa de ser apuñalado por Shen Ruizhe en la privacidad de su cámara, sin guardias que los vigilaran. Nunca había pensado que Shen Ruizhe lo traicionaría de esta manera, no después de diez años, pero así fue. Y sin previo aviso, además.
¿O no?
La sangre se deslizó por la comisura de sus labios y se la limpió con la manga.
—¿Por qué haces esto? —preguntó, y la pregunta sorprendió no solo a Shen Ruizhe, sino también a él mismo.
No era como si él y Shen Ruizhe fueran una pareja de amantes devotos o los mejores amigos. Sería más preciso describirlos como archienemigos, del tipo que se enfrentaría en una batalla a vida o muerte, de la que solo uno saldría vencedor.
Después de todo, él había llevado a Shen Ruizhe por la fuerza al Palacio de la Luna de Sangre y lo había mantenido primero como prisionero, y luego como calentador de cama.
Lo había humillado de la peor manera, y Shen Ruizhe había soportado los últimos diez años en silencio, sin intentar escapar ni una sola vez.
Mo Zhiyuan creyó que lo había quebrado para siempre.
Entonces, ¿qué había llevado a Shen Ruizhe a desplegar sus alas rotas y dar un vuelco a la partida?
—Por qué —murmuró Shen Ruizhe con la voz ligeramente temblorosa.
Algo muy impropio de él.
Eso fue todo lo que dijo, sin responder a la pregunta de Mo Zhiyuan. Acto seguido, se dio la vuelta y se marchó, sin más.
Haciendo caso omiso de la herida que le desgarraba las entrañas como un fragmento de cristal, Mo Zhiyuan se arrastró tras Shen Ruizhe, avanzando poco a poco.
—Shen Ruizhe —llamó a su shizun—. Shen Ruizhe, no te vayas.
No te vayas, Shen Ruizhe.
No me dejes atrás.
Pero el hombre lo ignoró por completo y desapareció.
—No te vayas —murmuró Mo Zhiyuan una y otra vez.
Repitió esas palabras hasta el final, aun cuando yacía agotado y desangrándose en el suelo.
Y entonces, de pronto, recordó algo más.
El rostro de Shen Ruizhe cuando pasó junto a él, mientras él mismo refunfuñaba que Shen Ruizhe se arrepentiría.
¿Eh? ¿Arrepentirse de qué?
¿De qué se suponía que debía arrepentirse?
¿Qué le iba a pasar a partir de ahora?
Mil preguntas surgieron una tras otra, a punto de hacerle estallar el cerebro. Fue entonces cuando abrió los ojos de nuevo, esta vez de verdad. Al hacerlo, lo único que vio fue un vacío blanco abrumador.
—Pero qué...
Mo Zhiyuan intentó moverse, pero descubrió que tenía todo el cuerpo fuertemente envuelto en algo. No podía usar ni los puños ni los pies para liberarse de aquella prisión.
Así que recurrió a la única herramienta disponible: los dientes.
Mo Zhiyuan pasó un buen rato desgarrando el caparazón fibroso desde dentro para abrirse paso. Una vez que logró hacer un agujero, vio que estaba rodeado de numerosos capullos del tamaño de una persona, todos suspendidos del techo.
—Oh, mierda —murmuró antes de seguir tirando del capullo que lo atrapaba.
Justo entonces, el hilo que suspendía el capullo del techo se rompió y cayó al suelo con un golpe sordo.
Por suerte, las capas fibrosas absorbieron el impacto y no sintió dolor alguno.
Mo Zhiyuan se retorció y giró dentro del capullo, esforzándose por liberarse. Todo fue mucho más rápido una vez que liberó las manos, y luego los pies.
El vasto salón estaba lleno de unos cincuenta capullos. Todos ellos contenían, presumiblemente, seres humanos indefensos que habían caído en la trampa de un demonio. Aunque Mo Zhiyuan quisiera liberarlos a todos, ni siquiera sabía por dónde empezar.
Y entonces lo oyó.
Alguien gimoteaba.
—Uhh, uhh...
Los gemidos se convirtieron gradualmente en sollozos ahogados.
Mo Zhiyuan fue de capullo en capullo buscando el origen de la voz. Finalmente, encontró a la persona.
—No hice nada malo, lo prometo... Para, no me pegues...
—................................
Era Zhou Yamen.
Mo Zhiyuan comenzó a rasgar su capullo, arrancando capa tras capa hasta que emergió el rostro lloroso de Zhou Yamen. Sollozaba frenéticamente, pero tenía los ojos bien cerrados.
Mo Zhiyuan lo arrastró hacia abajo de un tirón. Zhou Yamen cayó al suelo con un golpe seco, pero seguía atrapado en su sueño. Mo Zhiyuan se agachó junto a él y le dio varias bofetadas en la cara.
—Zhou Shixiong. Zhou Shixiong. Despierta.
El dolor de las bofetadas acabó por despertarlo. Zhou Yamen se incorporó de golpe, empapado en sudor frío.
—¡Arghhhhhhhhmfffff...!
—¡Cállate! —siseó Mo Zhiyuan mientras le tapaba la boca con la mano.
—Shixiong, ¿no recuerdas dónde estamos?
—¿Dónde... dónde estamos? —preguntó Zhou Yamen, aturdido. En vez de responder, Mo Zhiyuan soltó un largo suspiro y ayudó al corpulento joven a ponerse de pie—. Vamos, ayúdame a rescatar a los demás.