29. El comunicado #2
Dos mundos. Dos formas de querer. La periodista alza la vista hacia mí.
La luz roja de la cámara parpadea un instante.
Quedan cinco minutos para las doce; está a punto de encenderse.
Entonces aparece Amélie. «¿Qué hace ella de nuevo aquí y quién ha permitido su entrada?
». Irrumpe sin decir nada y se queda allí, cerca de papá y mamá, apoyada en la puerta, escuchando.
La periodista de Global News Forum se inclina ligeramente hacia delante, las manos unidas sobre sus notas. Es la imagen perfecta de la calma antes de la tormenta.
—Buenas tardes a todos nuestros espectadores —saluda con una dicción envidiable—. Hoy, 19 de marzo, desde el palacio de Lirianne, tengo frente a mí al príncipe heredero, Ryan Philippe. Alteza, gracias por recibirnos en un momento tan delicado para su país.
Confirmo con un gesto. El calor de los focos contrasta con el frío que siento en la espalda.
—Gracias por venir —respondo—. Creo que este es el momento para hablar con claridad.
Ella no pierde tiempo.
—Empecemos por lo evidente —dice—. Su padre, el príncipe Alistair, se ha visto envuelto en un escándalo por la gestión del patrimonio histórico del Principado. Documentos filtrados sugieren una venta encubierta para financiar un centro de eventos privado. ¿Puede aclarar qué ocurrió?
Lo miro. A él. A mi padre, al fondo del set, inmóvil.
Respiro.
—Lo que ocurrió —empiezo— no fue ilegal. Fue precipitado, sí. Irresponsable. Y muy equivocado, a mi parecer.
La incomodidad se extiende entre los presentes en la sala, especialmente en el aludido, que frunce el ceño.
—Mi padre quiso modernizar Lirianne —continúo—. Vio una oportunidad para crear un centro cultural que revitalizara la economía del Principado. Pero actuó sin la aprobación del Consejo. Esa es la verdad. Fue movido por la urgencia. Y, en parte, por mí.
La periodista me mira inquisitiva.
—¿Por usted?
—Sí —confirmo—. Quiso demostrar que este Principado podía cambiar. Que yo… debía regresar. Que había un futuro esperado para mí aquí. Pero lo hizo del modo equivocado. A fin de cuentas, todo el mundo comete errores, ¿no?
Eso no estaba en el guion. Lo sé. Lo saben todos.
La periodista deja reposar un segundo de silencio, un gesto estratégico.
—Hablemos de usted entonces —dice centrando la mirada en mí—. Llevaba dieciséis años fuera de Lirianne. Su desaparición de la esfera pública fue abrupta. Nadie conocía su paradero. ¿Por qué se marchó?
Trago saliva. La tensión y el nerviosismo crecen en la sala.
—Me fui porque no podía respirar —termino diciendo—.
Tenía dieciocho años cuando entendí que, si seguía aquí, viviría una vida que no había elegido.
Una vida que no sabía si quería. Mi padre…
prohibió que se hablara de mí porque pensó que así protegería al Principado.
Y quizá también porque le dolió que me marchara.
Pero la verdad es simple: me fui porque necesitaba ser alguien por mí mismo.
Ella asiente, con una gravedad que agradezco.
—¿Y cree que lo logró? —pregunta.
—Me marché a Nueva York y construí una buena vida, bajo el nombre de Ryan Blake, que es quien soy en realidad, para quienes todavía no lo sepan.
Cambié de identidad y comencé a crearme un hueco en el panorama del cine.
Llamé la atención de la crítica nicho y de un público alejado, como yo, de las masas.
En ese entorno, pude pasar desapercibido durante mucho tiempo.
Aunque llegó un momento en que dejé de reconocerme incluso allí.
Cierro los ojos un instante.
—Alteza, hoy se juega más que una imagen pública. Se juega la confianza de un país, en este instante toda esa confianza está depositada en usted. ¿Qué puede decirle a su pueblo, ahora mismo, mirando a cámara?
La cámara se acerca.
—Que les fallé —digo—. Cuando me fui. Cuando no volví. Cuando dejé que mi padre cargara solo con un peso que tampoco ha sabido manejar.
Una lágrima se desliza por la mejilla de mi madre. Mi padre sigue rígido, aunque su mandíbula se destensa un poco.
La periodista cambia de página.
—Hay otro tema del que quería hablarle —dice—. Hace unos días circuló una fotografía suya acompañado de una joven en Nueva York. Desde entonces, ha habido rumores sobre quién es ella, si tiene relación con su silencio reciente y si influye en las decisiones que está tomando.
El gabinete se paraliza.
El portavoz me mira con un «NO» rotundo en los ojos.
Yo los ignoro.
—Sí —digo sin vacilar—. Ella tiene influencia.
La periodista ladea la cabeza.
—¿Quién es?
Mi respiración se estabiliza.
Estoy listo.
—Como comprenderá, por su privacidad, no revelaré su nombre. Pero sí puedo decir que es periodista y escritora.
El silencio se erige como el protagonista del espacio.
—Es alguien a quien conocí cuando menos lo esperaba. La que reforzó, con su manera de ser, mi idea de que la vulnerabilidad no es debilidad, aunque a ella le resulte difícil reconocerse como tal. Y la mujer de la que estoy profundamente enamorado.
Mi madre rompe a llorar. Mi padre desvía la mirada, como si el suelo se hubiera movido bajo él. Amélie baja los ojos, acepta la evidencia y, sin decir una palabra, se da la vuelta y se marcha.
La periodista se inclina hacia mí.
—¿Es por ella que está haciendo esta entrevista?
—En parte —admito—. Porque no quiero esconder a quien amo. Y porque, si voy a hablar de la verdad, debo empezar por la mía.
Ella asiente despacio.
—Alteza, tengo que hacerle la pregunta que todo el mundo quiere escuchar. ¿Está usted preparado para asumir sus responsabilidades como futuro príncipe soberano de Lirianne?
Este es el momento. El aire cambia. Miro a la cámara. Miro a mis padres.
—No —respondo.
La periodista abre los ojos con una discreción calculada.
—¿Puede explicarlo?
—Sí —digo con la voz más firme que he tenido nunca—. No voy a asumir mi posición en la Casa de Lirianne.
El técnico deja caer un bolígrafo. Mi madre se tapa la boca. Mi padre da un paso adelante sin poder evitarlo.
—Renuncio hoy, aquí, frente al mundo, a mis derechos sucesorios —continúo—. Lo hago por honestidad. Por amor. Y porque Lirianne merece a alguien que quiera este trono sin reservas. Y ese alguien no soy yo.
—¿A quién propone como sucesor? —pregunta la periodista.
—A mi primo, Maxime de Lirianne. Un hombre íntegro, preparado, respetado. Él sí cree en este lugar del modo en que yo nunca pude. Será un gran líder para Lirianne.
—Alteza… —susurra la periodista—. ¿Se da cuenta de lo que acaba de hacer?
—Sí —respondo—. Me he dicho la verdad a mí mismo.
La periodista guarda sus notas sin poder ocultar la carga histórica del momento.
—Gracias por su honestidad —dice—. Este es Ryan Blake, expríncipe de Lirianne, y su testimonio: unas declaraciones que cambiarán para siempre el rumbo del Principado. Buenas noches.
La luz roja se apaga.
El mundo vuelve a moverse.
Mi madre llega primero. Me rodea con los brazos temblorosos, sus lágrimas empapando mi cuello.
—Estoy tan orgullosa de ti… —susurra—. Tan tan orgullosa.
Mi padre no se acerca al principio. Camina despacio, la mirada perdida en el suelo. Luego levanta la vista. Y me ve. Al fin, de verdad.
—Supongo que eres más valiente de lo que yo fui —dice con la voz quebrada—. No puedo odiarte por eso.
Lo abrazo. Él responde, con torpeza, como si fuera un gesto nuevo para él. Y entonces lo sé. He perdido un trono. Pero he recuperado una vida.
Y ahora me toca recuperarla a ella.
A Brooke.