Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 47
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Capítulo 47

Rumbo a la batalla

Partíamos a la batalla.

Las últimas huestes de Halfdan llegaron aquella mañana procedentes del sur.

Mediante pactos y alianzas, el rey había conseguido unificar las regiones más alejadas, prometiendo aunar todos los reinos del norte, nombrando a nuevos jarls y otorgando territorios de cultivo y fértiles pastos para el ganado, a cambio de lealtad y sangre.

Las despedidas se apresuraban, los sacrificios a los dioses se ultimaban y los ánimos se alborozaban.

Cuando Halfdan Svarte el Negro emergió del skáli con su equipamiento de combate, imponente y regio, sus súbditos lo admiraron orgulloso. Hermoso, fiero e imponente, todo un dios con carnadura humana.

Se había entrelazado su largo cabello oscuro en una trenza, despejando un rostro de facciones duras y remarcadas, de pómulos altos y frente despejada.

Ya no lucía la barba, mostrando un mentón pronunciado, una masculina barbilla horadada por un pícaro hoyuelo y unos perfilados labios que se antojaban suaves.

Su zaína mirada de ojos rasgados resultaba atemorizante y decidida.

Sobre la refulgente cota de malla de minúsculos eslabones plateados, vestía un engalanado jubón de cuero tachonado, ceñido a la cintura por un ancho cinturón negro con múltiples correajes.

De sus caderas pendía indolente el cinto, donde portaba su enjoyada espada enfundada.

No sólo su vestimenta era acorde a su condición, sino también a su compostura y talante.

Todo un rey aguerrido y altivo que bajó los escalones con contundente aplomo, rezumando poder y seguridad a cada paso.

Se dirigió a su gran caballo de guerra Tyr , tan negro como la noche, de soberbias hechuras y porte arrogante, de lustrosas ancas e imponente cruz. Palmeó su robusto y altivo cuello mientras se dejaba aconsejar por sus segundos.

Yo, por mi parte, equipada con mis ropajes de escudera y camuflada entre la nutrida facción de las skjaldmö , ya sobre la grupa de mi alazán castaño, junto a Asleif, que se asemejaba a una curiosa mezcla entre temible y fiera valquiria y ninfa de la nieve, aguardaba el avance de tan multitudinario ejército.

El tiempo se dilataba entre agrupar a las distintas facciones y repartir las órdenes pertinentes. Además, se ultimaban provisiones y equipamiento, y se seleccionaba a la guardia que protegería Hedemark y, en especial, a su reina.

En ese momento, su altiva figura femenina surgió del skáli para despedir a su rey.

Avanzó con la espalda erguida y un mohín que fingió ser apenado hacia su esposo, que la observaba con semblante indescifrable.

Cuando llegó a su altura, se alzó de puntillas, rodeó con los brazos el cuello de Halfdan y depositó un tibio beso en sus labios.

Incluso a aquella distancia, pude percibir en la pose del rey su rigidez y desagrado.

Impertérrito y hierático, no mutó su faz cuando ella le susurró unas palabras al oído, ni cuando se abrazó a su pecho un largo y tenso instante.

En cambio, cuando se alejó de él, resultó obvio su alivio; su cuerpo se relajó y sus facciones se suavizaron.

Al cabo, se encaramó ágilmente a su montura y sus hombres lo imitaron.

Y como si en ese momento el cielo hubiera decidido sumar su despedida, un trueno retumbó en el cielo y, casi en el acto, se desató una hilera de ellos que se crecieron en intensidad.

Elevamos la vista a un cielo plomizo de constreñidas y oscuras nubes, que parecían frotarse entre ellas con el denodado empeño de hacerse un hueco, inflamándose de impaciente contrariedad, y acumulando una ruidosa frustración en cada ensordecedor empuje.

No albergamos duda alguna sobre la incipiente tormenta que nos acompañaría en el camino.

—Los dioses nos muestran su complacencia —afirmó sonriente Asleif sin dejar de mirar al cielo.

Fruncí el ceño en claro desacuerdo con el método elegido.

—Podrían mostrarla luciendo el sol, ¿no crees?

Asleif me miró divertida alzando una ceja con traviesa suspicacia.

—¿Cuestionas a los dioses, pequeña bondi ?

—Más bien tu manera de interpretar sus designios —repliqué con sorna.

—Thor agita su martillo para bendecirnos, nos alienta a batallar —explicó sacudiendo la cabeza y poniendo los ojos en blanco—. Deberías conocer ya sus curiosas formas de manifestarse.

—Curiosas son, no te lo discuto, y variables también, pues, haga sol o llueva, todo parece indicaros que corráis a la batalla.

Asleif dejó escapar una sonora carcajada que inquietó a su montura. El animal sacudió la cabeza y agrandó los ollares, frunció su labio prensil mostrando los dientes en un piafado desconcertado, para terminar recibiendo de su ama unas consoladoras palmadas en el cuello.

—¿Acaso hay incentivo mejor para entrar en el Valhalla? —profirió la skjaldmö todavía risueña.

—¿Tantas ganas tienes de perderme de vista?

La guerrera me regaló una radiante sonrisa, chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

—Puede que entremos juntas en el Valhalla, y tenga que aguantarte durante toda la eternidad —bromeó, al tiempo que sacudía las riendas.

—Puede —convine. Y en ese momento tomé mucha más conciencia de la muerte y del riesgo que corríamos.

Asleif me echó un fugaz vistazo, antes de alzarse sobre los estribos para atisbar al frente entre los jinetes que teníamos delante con semblante ansioso.

—Freya, lo conseguiréis —murmuró en tono tranquilizador—. Haré cuanto esté a mi alcance para ayudaros.

Esbocé una emocionada sonrisa agradecida, y negué con la cabeza.

—Lo único que te pediría es que evitaras en lo posible atravesar las puertas del Valhalla. Y, quizá, que reconsideraras el acompañarnos.

—Soy una guerrera, Freya, no ambiciono más vida que la que poseo. Soy libre, vosotros no.

—No, nosotros no —concedí con gravedad—. Y sólo hallaremos la libertad en la muerte o en la huida.

—Confía, Freya; tomaste la decisión de ser libre y luchar por ello. Sea lo que sea que te depare el destino, ya está escrito.

En ese instante los caballos relincharon ante una resonante e imperiosa voz masculina que anunciaba la partida.

La vanguardia, formada por el rey y sus capitanes, comenzó la marcha bajo un cielo tormentoso, donde juegos de luces resplandecían opacados, formando fugaces cercos luminosos en el espeso y emplomado amasijo de nubes oscuras.

Las laderas parecieron más verdes, ya veladas por la humedad que cargaba el aire, y una intensa fragancia herbal y terrosa se alzó sobre el amplio páramo, claro preludio de la lluvia que pronto derramaría el cielo.

Quizá como bendición, maldición o simple advertencia divina.

Las tropas se alinearon avanzando en un trote que aumentaba gradualmente a medida que salíamos del poblado.

Nadie había reparado en la ausencia de Valdis y Jorund.

Por fortuna, debían de estar ya lejos de allí, o eso anhelaba con toda mi alma.

No sabía si volvería a verlos, como tampoco podía vaticinar lo que el destino había escrito en el pliego de mi vida.

En cambio, tenía muy claro lo que yo pensaba escribir en él.

Las furibundas nubes no tardaron en descargar sobre nosotros.

Me cubrí con la capucha de mi capa, sin dejar de arrear a mi montura con la otra mano.

La atronadora melodía formada por cientos de cascos de monturas golpeando el terreno en un galope regular fue envuelta por el sonido de una lluvia virulenta, y amenizada por abruptos truenos, como si Thor liberara su ira contra nosotros.

Cerré mi mente a pensamientos apesadumbrados y preocupaciones angustiosas, y cabalgué en sincronía con el resto de los jinetes, como si cada sacudida del caballo que me alzaba de la silla en una aplacadora danza rítmica tuviera la propiedad de expulsar de mi cabeza la ansiosa incertidumbre que insistía en abatirme.

Recorrimos los páramos en silencio, como si fuéramos una misma masa, una mancha oscura atravesando un verde claro, como un estandarte móvil anunciando muerte y dolor, una sombra tenebrosa avanzando tenaz bajo la tormenta, ávida de sangre y ansiosa de lucha.

Trascurrió la jornada sin incidentes, y agotados y ateridos montamos el campamento al resguardo de una alameda delimitada por una alta pared rocosa.

Comimos, bebimos y descansamos al amparo de burdas tiendas que, bajo la copa de los árboles, contenían la débil llovizna de una tormenta ya resacosa y moribunda.

La oscuridad extendía sus dominios, y el adormecedor sonido de un perezoso goteo cerraba mis pesados párpados y destensaba cada músculo de mi exhausto cuerpo.

Mis labios dibujaron una sonrisa ante la aparición en mi mente de un rostro familiar de rasgados ojos verdes que me invitaba a dormir a su lado. Me arrebujé bajo mi manto y me dejé llevar por el sueño; él estaba junto a mí.

No sé cuánto tiempo llevaba durmiendo cuando desperté alterada, sintiendo apremio a mi alrededor.

Algo pasaba; se oían murmullos soterrados y pasos acelerados.

A mi lado, Asleif, que compartía tienda conmigo, se refregó los ojos desorientada, y se detuvo un instante a escuchar los sonidos que pendían en la noche.

—Saldré a averiguar qué está ocurriendo —masculló con voz ronca.

En ese instante una cabeza asomó entre los mantos, que sobre un precario armazón de palos hacía de tienda, sobresaltándonos a ambas.

—Halfdan te requiere a su presencia —musitó el guerrero dirigiéndose a mí.

Salí gateando de la tienda ante la mirada extrañada de Asleif.

Me envolví en mi manto y dejé que el guerrero me escoltara hacia la tienda del rey. Nos acercábamos al umbral cuando emergieron varios hombres de ella. La luminosidad de una luna plena y esplendorosa fue suficiente para reconocer con claridad el horrorizado y alarmado rostro de Halfdan.

—Vienes conmigo —sentenció adusto, ajustándose el cinto y caminando con premura hacia su caballo.

—¿Adónde?

Halfdan subió a lomos de Tyr de un grácil movimiento, se inclinó y me ofreció la mano. Su gesto no admitió replica.