Capítulo 46
Ocultando una brecha con piedras
Jorund y Valdis me sostuvieron por la cintura, mientras acercaba la antorcha a la pira funeraria donde Eyra descansaba en el centro, tendida en una camilla elevada, vestida con una túnica blanca de hilo, peinada y lavada.
Tras el ritual, en el que se pedía a los dioses que la recibieran en su seno, después de los cánticos y las ofrendas, el fuego tomó el testigo de la ceremonia purificando y liberando su alma para que volara libre de su vestidura carnal hacia mejores parajes en los que yacer, esperar o renacer.
Mientras las llamas lamían hambrientas los ramajes y troncos apilados alrededor de Eyra, en aquel claro donde la luna nos cercaba de plata, y el crepitar chisporroteante de las llamas susurraba a la quietud de la noche, yo reparé en el vacío que ahora se filtraba por mi alma quebrada.
Arropada por amigos y sostenida por la fortaleza que Eyra siempre supo arrancar de mí, comprendí que no debía dejarme vencer, aunque el dolor me lapidara y la furia me devorara.
Que nada la traería de regreso ya, que esa pérdida sería irreparable, y que ese vacío pesaría largo tiempo.
Por ello, debía honrarla siendo la mujer que ella supo forjar con su amor y sabiduría.
Ya no quedaban lágrimas en mí, como tampoco confianza ni en ese dios único con el que crecí ni en las divinidades paganas que ahora regían mi destino de manera tan cruel. En cambio, el dolor permanecía como un fiel e incansable compañero de la tragedia que se empeñaba en perseguirme.
El intenso hedor de la brea, la lumbre y la carne quemada se propagó por el aire, concentrado en una gran voluta de humo agrisado que ondeaba hacia la noche, diluyéndose en sus sombras.
«Adiós, mi buena Eyra; no te vas, pues te llevo conmigo —me despedí para mis adentros, con la mirada perdida en la pira humeante—.
Llevo grabado en mi corazón cada gesto, cada palabra y cada mirada.
Sólo morirás realmente cuando perezca la gente que te ama.
Incluso entonces, tu esencia perdurará, pues un alma tan pura jamás podrá desaparecer del todo.
Tuya es la eternidad, y sólo espero volver a tener el honor de coincidir contigo en otra vida. »
Permanecimos inmóviles, silenciosos y contritos, mientras el fuego lamía madera, piel, carne y huesos; mientras el dolor se instalaba ya de forma definitiva en mi pecho, ya no como un habitante más, sino como dueño y señor de un reino moribundo y yermo.
Y mientras mi corazón lloraba el dolor de Gunnar, ante una orfandad reiterada de manera tan cruel.
La vida estaba llena de pérdidas y encuentros —divagué, dejando escapar un apagado resuello apenado—, de sufrimiento y dicha, de victorias y derrotas, todo era parte de ella, de su ciclo.
Así como la madre tierra tenía los suyos, como los elementos daban vida o la quitaban, como la naturaleza nacía y moría continuamente en cada temporada.
Era una rueda dentada que giraba una y otra vez deteniéndose en cada ocasión en una de esas muescas.
Pero por alguna razón mi rueda tenía más hendiduras horadadas en los infortunios que en las bondades.
Me obligué a pensar que quizá las muescas de la felicidad se hallaran todas seguidas, cuando las del tormento fueran superadas.
Sin embargo, tras tantas amarguras, avatares y resentimiento, ¿se podía alcanzar realmente la felicidad?
¿O la felicidad era tan sólo una utopía filosófica con la que nos tentaban los dioses, a modo de cebo, para tenernos insatisfechos mientras la buscábamos, y poder así jugar de un modo caprichoso con nuestras ilusiones?
No, me dije, la dicha no era una meta, en todo caso era una actitud.
Eran retazos efímeros de momentos inolvidables, a menudo aparentemente superficiales.
La felicidad se escondía tras el más fútil gesto, quizá una sonrisa, una palabra o una mirada.
Flotaba en la caricia del viento, en la fragancia de la lluvia y en la tibieza del sol, en las claras noches de luna, y en los atardeceres junto al mar.
La felicidad era la ausencia de dolor, de enfermedad y de soledad; se camuflaba en la rutina y se amparaba en la estabilidad.
Quizá por eso, por su condición de frívola sensación, no nos percatábamos de ella como debiéramos.
Estar simplemente sentados junto a alguien que amábamos al calor de un buen fuego, sin más pretensión que la de compartir el silencio, debería saborearse con absoluto regocijo, por no saberse si sería el último.
Pues cuando ese alguien desaparecía de nuestra vida, ya no sólo ocupaba su lugar el dolor, también lo llenaba el arrepentimiento, por no haber sabido paladear cada instante pasado junto al ser perdido.
Fue entonces cuando sentí una honda nostalgia por palabras no dichas, besos no dados y sonrisas no compartidas. Fue cuando más implacablemente me estranguló mi tormento ante lo que no había disfrutado cuando pude, y lo que no disfrutaría ya jamás.
Suspiré con pesadez y, en esa simple exhalación, sentí astillas acicateando mi pecho de nuevo. Y anonadada, comprobé que las lágrimas no tenían fin como en un principio imaginé; que, a pesar de tener el alma seca, ese manantial oculto albergado en el interior era en verdad inagotable.
Jorund tiró de mí con intención de llevarme a la cabaña; me volví hacia él y negué con la cabeza, y aunque mis mejillas estaban surcadas por un húmedo torrente incesante de dolor, mi rictus permaneció rígido e impasible.
—Esto no cambia nada —aseguré con voz enronquecida—. Cuando todos duerman, vosotros partiréis según lo acordado. No voy a dejarla sola esta noche. Permaneceré aquí, a su lado.
Valdis me cogió del brazo, estranguló un sollozo y negó con la cabeza; su padre me regaló un semblante disconforme.
—No pienso dejarte sola ahora, Freya. No vamos a ningún sitio.
Me encaré contra el grandullón y resoplé frustrada.
—No arriesgarás la vida de tu hija, Jorund. Eyra no revivirá, y yo sé lo que tengo que hacer. Así que no rechistes, y permite que el espíritu de Eyra viaje con vosotros esta noche, como estaba planeado.
El hombretón bufó, se encogió de hombros y me contempló con honda preocupación.
—Como bien dices, Eyra no revivirá —comenzó a decir en tono grave y sentido—; no cometas ninguna locura llevada por la venganza. Tu única prioridad, Freya, es encontrarte con Gunnar y escapar de las manos del rey. Nuestro único fin es la libertad, dejemos a los dioses los ajustes de cuentas.
Asentí levemente y apoyé la mano en su hombro, oprimiéndolo un poco.
—Pronto nos reuniremos —murmuré con firmeza.
Me volví hacia Valdis para despedirme, y la muchacha, movida por un afectuoso impulso, me estrechó entre sus brazos. Suspiré emocionada ante el sincero cariño que derramó en aquel gesto de consuelo.
—Lo conseguiremos —afirmó convencida con sonrisa trémula y mirada llorosa—. Las penas acaban aquí, mi buena amiga.
Las comisuras de mis labios se expandieron vacilantes, en un esfuerzo por compartir esa seguridad.
—Acaban las penas —coincidí—, empieza la lucha por dejarlas atrás.
Me dirigí a Jorund de nuevo y compuse un gesto apremiante.
—Partid, y que los dioses iluminen vuestro camino; si en él está que volvamos a encontrarnos, así será —me despedí estirando mis labios en lo que quise llamar sonrisa, pero que, sin embargo, quedó en una mueca extraña e indefinida.
Padre e hija abandonaron el claro, cabizbajos y cogitabundos. Y yo me volví hacia la moribunda pira, desgarrada por resonantes quiebros de troncos calcinados, el susurro de las llamas y el chisporroteo luminoso que el fuego derramaba en la noche, formando dorados rodales de luz en la negrura.
Quizá por aquella peculiar melodía, no oí unos pasos acercarse y, seguramente por la cortina de lágrimas que nublaba mi vista, no me apercibí de la identidad de aquel que había decidido acompañarme en mi duelo. No obstante, adiviné de quién se trataba.
—No requiero compañía, y menos de un rey —musité sin mutar mi gesto ni girar la cabeza.
—No estoy a tu lado como tal, sino como simple hombre.
Respiré largamente, en un vano intento por controlar un nuevo acceso de furia.
Debía ser cautelosa, me dijo mi entendimiento, mostrar indiferencia y jugar con sabiduría mis cartas, pero, en aquel instante en que todo mi ser rezumaba dolor, en que las fuerzas habían claudicado exhaustas y los escudos yacían rotos, me fue del todo imposible contener la lengua y lo que ésta destiló con tanta animadversión.
—Tal vez, pero un hombre que tiene las manos manchadas de sangre inocente. Un hombre que tiene la osadía y la insolencia de ofrecer su consuelo a la mujer que despojó de forma tan vil de madre y amiga.
No necesité mirarlo para imaginar su estupor; pude percibir con toda claridad su rigidez e incomodidad.
—Fui despojado de mi condición de rey y de hombre justo, en favor de la de padre desesperado —admitió en tono abatido.
—Concedes oscuros orígenes a aquel que será tu heredero —acusé con expresión pétrea—, pues, por su solo alumbramiento, tristemente se ha sembrado ya tanta muerte e inquina. Quizá llegue a hombre, pero siempre será perseguido por la sombra de la maldad que facilitó su nacimiento.
—¿Crees acaso que no es duro para mí? —increpó alzando la voz—.
¡Yo, un hombre poderoso, sometido al cruel capricho de una jovenzuela que amenaza con arrancar a mi hijo de su vientre si no cumplo sus deseos!
Me pidió que te entretuviera, que te alejara de Eyra, pero te juro por cuanto soy que desconocía sus oscuros propósitos.
En su tono restalló un deje acentuado de aflicción y arrepentimiento que no conmovió un ápice mi corazón.
—Quizá no conocieras su verdadera intención —repliqué con voz tirante y fría, mirándolo al fin—, pero seguro que sabrías que a nada bueno se debía su petición.
Halfdan me cogió de los hombros, yo lo empujé furiosa y rota.