Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 17
31%

Capítulo 17

Un lobo huyendo

El viento meció nuestros cabellos; el mío, negro, como un velo mortuorio, como mi ánimo, funesto y lúgubre, y el de Asleif, blanco y brillante, como la estela de una estrella, como las alas de la paloma de la Anunciación, como un manto de plata ondeante que seguía de forma hipnótica.

Atravesábamos los páramos, como si en verdad fuéramos dos valquirias en caballos alados.

Íbamos equipadas con el byrnie , la cota de malla, sobre nuestras camisolas cortas, el ancho cinturón tachonado, el cinto donde pendía nuestra espada y las altas botas de piel, atadas con cintas cruzadas que cubrían nuestras rodillas, no dejando lugar a dudas acerca de nuestro estatus: guerreras de un rey.

Los cascos de los caballos resonaban con fuerza en la helada tundra; mi cuerpo sofocaba las bruscas sacudidas del animal, cuando saltaba un peñasco rocoso invadido por el musgo, o sorteaba un tronco caído.

Apretaba los dientes, aspiraba el fresco aroma a pino, levemente teñido de humedad, y de la podredumbre que emanaba de la madera en descomposición, e intentaba espirar parte de la furia y desasosiego que me carcomía por dentro.

Saber que pronto lo tendría frente a mí me consumía de impaciencia, pero también de inquietud. Estaba convencida de que no pensaba desaprovechar la oportunidad de demostrarle que no era una aparición; lo que ocurriera después, sólo los dioses lo sabrían.

El desvaído sol invernal comenzó a descender, dorando las cumbres y recortando contra la lontananza las altas montañas.

Más allá, vislumbré un nutrido grupo de cabañas, junto a una cascada que brotaba de uno de los impresionantes macizos y se derramaba en una pequeña laguna horadada en la roca.

El paisaje era impresionante. Un halo húmedo sobrevolaba el entorno.

Frenamos nuestras monturas y nos miramos.

—Agder —anunció Asleif circunspecta.

Avanzamos de nuevo, lentamente, hacia la aldea.

Varios convecinos nos miraron intrigados, algunos con temor.

En diversos carros, graznaban ocas y gansos apresados en jaulas; en torno a una fogata, algunas mujeres molían grano en un burdo mortero de piedra, mientras otras cocían masas de pan circulares en una amplia cazuela plana de hierro sobre las brasas.

Una de ellas me miró con claro estupor, se llevó la mano a la boca y trastabilló en un intento de incorporarse.

—Hola, Helga.

La mujer de Thorffin retrocedió tambaleante, negando con la cabeza.

—Loki nubla mi vista.

Desmonté y me acerqué a ella.

—No, tu vista es perfecta, soy yo.

Parpadeó incrédula, se frotó los ojos con insistencia y su mano aleteó temblorosa hacia su pecho.

—Freya, ¿también piensas torturarnos a nosotros?

Resoplé y sacudí la cabeza. Me acerqué a otra mujer y me planté frente a ella, me agaché y con mi daga corté uno de los humeantes panes. Sonreí y soplé mi bocado. Lo comí gustosa, deleitándome en el sabor a miel y a suero de leche.

—Delicioso.

Helga permaneció con la boca abierta, y expresión horrorizada.

—¡Soy yo, maldición, soy Freya!, de carne y hueso, no morí, Eyra salvó mi vida, y todo este tiempo he estado recuperándome.

Helga cayó de rodillas, trémula; sus ojos se nublaron de lágrimas y compuso un mohín desolado que no pude resistir. En dos zancadas la alcancé y la abracé con fuerza.

—Ssshhhhh... soy yo.

Los sollozos la sacudieron, pero también el alivio; reía y lloraba casi al unísono.

—¡Freya! ¡Oh, mi buen Balder! ¡Estás viva!

Le alcé el rostro y limpié sus húmedas mejillas.

—Vine a recuperar a Gunnar.

Parpadeó repetidas veces, hipó y miró contrita hacia atrás.

—Cuando te vea...

—Ya me ha visto.

Abrió asombrada los ojos, su rostro se oscureció.

—Está preso de un hechizo —musitó apesadumbrada.

—Al que pondré remedio mientras me quede un aliento de vida —aseguré con determinación.

—Freya... has de saber... —comenzó a decir atribulada.

—No —la interrumpí—, no puedo creer que tenga un hijo, es imposible.

Helga asintió con semblante compasivo.

—Mas lo tiene, y creo que es lo único que lo ancla a este mundo.

Negué consternada. Me puse en pie y miré en derredor.

Aquella afirmación era como un aguijón envenenado en mi pecho, que emitía alternativamente oleadas de furia y dolor, de igual intensidad.

Ese «imposible» comenzaba a diluirse. Gunnar había podido tomar a otra mujer preso de.

.. la rabia, el dolor o simplemente enturbiado por los brebajes.

Y ese solo pensamiento me hizo temblar de cólera.

—¿Dónde está?

—Freya...

—¿Dónde está? —repetí entre dientes.

—En la última cabaña —respondió—, la que está pegada a la montaña, pero Freya... deja al menos que lo avise.

Hice caso omiso de sus palabras y me encaminé a través de la aldea con paso raudo. Asleif me siguió.

En mi avance, reconocí rostros que a su vez me miraban demudados.

Caminé a grandes zancadas, ceñuda, decidida, pero con un atroz nudo en la garganta, con temor y ansiedad, pero, por encima de todo, con la abrumadora necesidad de tocarlo, de echarme en sus brazos sin importarme nada más.

Una mano frenó bruscamente mi avance.

—Freya.

Miré furiosa a Asleif, que me sujetaba con fuerza el codo, pero cuando seguí la dirección de su mirada, mis latidos se detuvieron de repente.

Sentado en una banqueta, con la espalda apoyada en la gran pared de roca que protegía la aldea, Gunnar acunaba a un bebé.

Aquel temible ulfhednar , ese indómito y brutal guerrero inmisericorde, que sesgaba implacable la vida de sus enemigos, ese que había perdido la humanidad, ese que se hallaba sumido en el oscuro mundo de Loki, observaba con enternecida mirada a aquel hermoso pequeño, prodigando en su abrazo el amor que le profesaba.

Cerré los ojos y suspiré; las lágrimas acudieron nublando mi vista, mi corazón dio un vuelco, mi estómago se agitó.

Temí desvanecerme; trastabillé, y Asleif me sujetó.

Contemplé de nuevo aquella conmovedora escena y mi corazón sangró.

Aquél no era mi hijo, mi hijo yacía en una tumba fría, sin haber tenido siquiera la oportunidad de formarse por completo; aquél era el fruto del hombre que amaba con otra mujer, la prueba de que, a pesar del dolor, de la desesperación, de la pérdida, siempre había un camino a la esperanza.

Como el agua que intenta ser retenida, pero que al final encuentra la manera de filtrarse por algún resquicio y continuar su recorrido.

La vida seguía sin mí, y aquella certeza me destrozó, pues a mi dolor se sumó la bajeza de mis pensamientos, mi egoísmo.

En una ocasión, Gunnar se había sacrificado por mí, por mi felicidad, por lo que creyó que sería mejor para mi vida.

Y ver aquel diminuto ser entre aquellos poderosos brazos, observar la suavidad y el mimo con que lo sostenía, el orgullo de su rostro, y el amor en su mirada, había sembrado una desgarradora duda en mi interior.

Yo jamás podría darle hijos, jamás podría regalarle ese semblante, de igual modo que jamás lo compartiría con otra mujer.

Y si regresaba a su vida, indefectiblemente, y aunque él visitara a esa criatura, le arrebataría la oportunidad de criarlo junto a la madre de su hijo, de disfrutar a diario de su vida, de sus enseñanzas y de su protección.

Después de saber cuánto había sufrido por mi causa, ¿gozaba yo del derecho a arrebatarle uno de sus sueños? ¿Podría todo el amor que sentía por él compensar eso?

Me volví ahogando los sollozos, que, estrangulados, se deshacían en mi interior provocando unas sacudidas tan dolorosas que temí que me reventara el pecho de agonía.

—¡Vámonos! —logré musitar.

Asleif abrió desmesuradamente los ojos.

—¿Has perdido el juicio? Lo tienes ante ti, has de enfrentarte a él.

Me faltaba el aire, la sensación de ahogo se acentuaba por momentos. Me sentía mareada y tenía náuseas.

—No... ahora no... Necesito... pensar.

—¡Por Odín, Freya, reacciona, él te necesita!

—Yo... jamás... —ya no pude reprimir más mis sollozos. Caí de rodillas y me cubrí el rostro con las manos— ... conmigo... nunca...

Asleif se arrodilló a mi lado y me abrazó.

—Será mejor que nos vayamos, volveremos cuando estés preparada para enfrentarte a él.

Me ayudó a ponerme en pie, pero siguió sin soltarme.

Helga nos abordó con el miedo pintado en el rostro.

—¡Por los dioses! ¿Qué ha ocurrido?

Negué con la cabeza, incapaz ya de replicar.

—Volveremos en otra ocasión —respondió Asleif.

Helga asintió compungida; intentó formar una sonrisa condescendiente pero su gesto se congeló, mudando a la estupefacción, cuando miró tras mi hombro.

Intrigada, me volví y lo que vi terminó de hundirme en el más profundo y oscuro abismo.

Un mujer se hallaba acuclillada frente a Gunnar; parecía conversar con él, mientras acariciaba al bebé. De espaldas a mí, sólo puede ver su esplendorosa melena lacia y dorada como el sol, y la cercanía que mostraba con él.

Quise morir, quise gritar, quise correr hacía allí y golpearla, quise aullar al cielo y maldecir a los dioses, quise que la pared de roca se desplomara sobre ellos, pero, de todo lo que me embargó en ese momento, lo único que conseguí hacer fue huir.

El viaje de vuelta había sido el más veloz de mi vida. Obligué a mi montura a un sobreesfuerzo atroz, en una cabalgada enloquecida.

Por mucho que me alejara de aquel lugar, desesperada por huir del dolor, éste aumentaba lacerándome, afilado y cruel.

Al sufrimiento, se unió el abatimiento, la aparente indiferencia por todo, la ira contenida, la frustración.

Me sentía como un animal enjaulado, acorralado, dividido entre dos impulsos que tiraban de mí constantemente.

A veces tenía ganas de regresar y enfrentarme a él, de hacerlo mío y al cuerno con todo lo demás, y otras, de alejarme todo lo posible, regalándole la familia que ahora lo arropaba.

Apenas habían pasado dos días, en los que ni hablaba ni comía ni dormía, tan sólo miraba el fuego, y lloraba. Una incipiente determinación comenzaba a cocerse al calor de aquella hoguera de la que apenas me despegaba.