Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

A través de los siglos

Exhalé un tenue gemido y abrí lentamente los ojos.

Miré a mi alrededor; vislumbré una pared de madera, una banqueta, más allá, un refulgir parpadeante que llamó mi atención, y parpadeé. Intenté girar la cabeza más hacia mi derecha, pero me fue imposible.

—¡Freya, gracias a los dioses! ¡Te han devuelto al mundo de los vivos!

Era una voz de mujer, ajada y emocionada. Intenté alzar un brazo; pesaba demasiado, desistí.

—Todavía estás muy débil, pero lo peor de la batalla ha pasado. ¡Ay, muchacha, pensé que no lo lograrías!

Enfoqué la vista en la mujer que se inclinaba sobre mí.

Observé su cabello largo y entrecano, su rostro amable, marchito y conmovido.

Sus lágrimas rodaban incesantes por sus mejillas, goteando por la barbilla.

Luché por tensar las comisuras de mis labios para formar una sonrisa, no sé si lo conseguí.

—No digas nada —adujo Eyra—. Ya habrá tiempo para hablar, he de aprovechar que has despertado para alimentarte. Llevas cinco lunas llenas sumida en las tinieblas; tu cuerpo se ha descarnado, muchacha, hay que rellenar de nuevo esas curvas que tanto enloquecen a los hombres.

Asentí; la mujer se inclinó y me besó la frente, acarició mi cabello y sonrió emocionada.

—Hubo un momento en que pensé que no lo conseguirías. Pero eres una loba guerrera.

Esta vez sí logré devolverle la sonrisa. Los párpados me pesaban y mi cuerpo languidecía de nuevo, estaba tan cansada... parpadeé somnolienta.

—¡Ah, no! —me increpó Eyra, sacudiendo la cabeza con vehemencia—. Ahora que por fin logras abrir los ojos, no pienso dejarte dormir hasta que hayas tomado al menos unas cucharadas de caldo de venado. No imaginas lo difícil que ha sido alimentar un cuerpo casi sin vida.

—E... yy... raaa...

Mi voz sonó rota y seca; intenté tragar saliva, pero no la encontré.

La anciana corrió hacia una mesa y me trajo una jarra de agua, que acercó a mis labios agrietados.

—Bebe, niña, pero con cuidado.

Tragué el fresco líquido con ansia; lo sentí aliviando mi garganta, como un bálsamo curativo que resucitaba mi cuerpo. Me supo a gloria.

Eyra redobló varias mantas y, alzándome por los hombros con vigor, las remetió tras mi espalda para incorporarme.

Aquel zarandeo me nubló por un momento la vista; mi debilidad extrema impidió que la ayudara en su esfuerzo.

Me observó concentrada, asintió conforme y se volvió hacia la lumbre que caldeaba la estancia.

Por fin distinguí con claridad el fuego del hogar. Sobre él, una marmita, que pendía de un gancho sujeto a un trípode metálico, burbujeaba alegremente.

Eyra tomó una escudilla de madera y sirvió en ella una generosa y densa cucharada de caldo.

Se acercó a mí, inclinada sobre el cuenco, soplando enérgicamente el contenido.

—Esto te sabrá como la ambrosía, y dará vigor a tu maltrecho cuerpo. El calor caldeará tu interior, como si te arroparan con la mejor de las mantas. Vamos.

Entreabrí los labios. Eyra acercaba la cuchara de madera a ellos y, con sumo cuidado, derramaba en mi boca el oscuro y humeante brebaje.

Quemaba, pero logré soportar la temperatura en pos de alejar el frío mortal que moraba en mi interior, como la ponzoña de un veneno que se niega a abandonar su conquista.

A cada cucharada, mi ánimo parecía restablecerse, y despertaba mi apetito. Famélica, cada vez abría más la boca, acentuando la sonrisa de Eyra, y la humedad en sus ojos.

Cuando acabé mi escudilla, la mujer asintió satisfecha y, tras retirar el apoyo de mi espalda, volvió a tumbarme.

—Ahora duerme un poco, no hay mejor remedio para la sanación que el alimento y el sueño —recomendó con una mirada maternal.

Cerré los ojos reconfortada, suspiré y me abandoné al sueño... Un rostro asomó a mi memoria, abrí de golpe los ojos y recorrí la cabaña con la mirada.

—Gu... nnaarr... —logré musitar.

Eyra acomodó la piel de oso que me cubría y posó su callosa mano en mi frente.

—Después, cuando estés más fuerte. Duerme, Freya; ahora que la muerte te ha soltado de sus garras, debes recuperarte lo antes posible.

Quise poder levantarme y salir de esa cabaña, quise gritar su nombre, quise que sus brazos me rodearan y me acunaran en mi sueño... quise muchas cosas... pero sólo logré una, dormir.

Fuera, oí el graznido de ocas y el ladrido de un perro. La cabaña estaba sumida en la penumbra, a excepción del fulgor mortecino del fuego del hogar, que apenas crepitaba sobre las brasas ennegrecidas que humeaban hacia la abertura del techo.

Alcé un brazo, no sin esfuerzo, y retiré la piel que me cubría; sudaba copiosamente. Busqué a Eyra en la semioscuridad reinante; no la encontré, pero su voz llegó hasta mí.

—¡Condenado perro! —exclamó furiosa—. Si vuelves a acercarte a mis ocas, te asaré en un buen fuego de leña para cenar.

La puerta se abrió y Eyra entró en la cabaña, acompañada de una luz blanquecina e intensa. Un viento gélido arrastró al interior hojarasca y puñados de heno, y un perro curioso.

—¡Muchacha insensata, no te destapes!

Corrió junto a mi camastro e hizo ademán de cubrirme.

—¡No! Me ahogo.

El frío que se había filtrado despertó mis sentidos.

—¡Vaya, pareces bastante más restablecida! Llevas dos días durmiendo.

Se acercó a una de las ventanas y abrió los postigos. Una cegadora luz blanca se derramó sobre el interior de la minúscula cabaña. Entrecerré los ojos molesta.

—Habrás de acostumbrarte a la luz, estás extremadamente pálida. Llega el invierno, así que disfruta del escaso sol que verás.

—Quiero levantarme, me duele la espalda.

Eyra se asombró por la fluidez de mis palabras.

—Tal vez no sea mala idea —murmuró pensativa, frotándose la barbilla—. Tu cuerpo estará anquilosado, necesitas fortalecerlo. De momento te sentaré a la mesa.

El perro se acercó a mí y me olisqueó curioso.

Sentí su húmedo y frío hocico en mi mejilla; le dejé inspeccionarme.

Sus oscuros y brillantes ojos se clavaron en los míos; jadeaba y movía la cola.

Alargué la mano y lo acaricié entre las puntiagudas orejas.

El animal inclinó ligeramente la cabeza, disfrutando del contacto.

Hundí los dedos en su espeso y suave pelaje, de diferentes tonalidades de gris.

Era un perro hermoso, grande, fuerte y robusto, parecido a un lobo, con cola enroscada más clara que el tronco, y morro alargado.

—Hola, bonito, pareces un lobo —le susurré.

—E igual de voraz —adujo Eyra—. Es un perro cazador, caza alces y venados. ¿Ves la cicatriz que cruza su mejilla?

La zigzagueante línea carente de pelo, rosada y carnosa, que surcaba desde el extremo de su ojo izquierdo hasta casi su hocico le confería una atemorizante apariencia, pero no le restaba hermosura.

Asentí.

—El muy zafio se enfrrentó, solito a un oso blanco, y no es la única cicatriz que tiene; en su costado se le ve la marca de la zarpa del oso. Como tú, escapó milagrosamente de la muerte.

—¿Cómo se llama? —pregunté pensativa.

— Fenrir .

—Una vez, un demonio me llamó así —recordé.

Me sentí en sintonía con aquel animal, ambos éramos supervivientes. A mi mente acudieron los recuerdos, como flechas incendiarias atravesando mi pecho.

Aquella trágica noche en que una vez más mi destino cambiaba. Aquella noche maldita en que fui llevaba ante el jarl Harald el Implacable, aquella noche en que fui mancillada y golpeada por él, aquella noche en que mi lobo acudió en mi ayuda. Fenrir ... me llamó el jarl , y en eso me convirtió él.

—Debería estar muerta —musité—; sentí que lo estaba, me alejé flotando, me despedí de él.

—Y eso creímos, pero tu destino es otro.

—¿Las runas se equivocaron? —inquirí con gravedad.

Eyra negó con la cabeza, cogió una banqueta, la depositó frente a mi camastro y se sentó.

El animal posó la cabeza sobre mí, se sentó también a mi lado y cerró los ojos, mientras le rascaba tras la oreja.

—Las runas nunca se equivocan, las interpreté mal.

Vi la traición en la runa As invertida, y se cumplió; erré al no leer correctamente la runa Perth, la muerte, el fin, pero de alguien cercano, muy cercano a decir verdad, tu hijo, no tú.

Luego está Isa de cara, un cese en las actividades, una congelación, como predije; Isa es la runa del renacimiento, y es exactamente lo que te ha sucedido.

Las otras runas, Rad, viajes y movimientos, y Wird, segundas oportunidades, la página en blanco, el todo o la nada, son las que van a guiarte ahora.

Inspiré profundamente, acaricié mi vientre y contuve las lágrimas a pesar de que el dolor que asomaba entre los recuerdos resultaba desolador.

—No pude hacer nada por él, y casi no pude hacerlo por ti —confesó con la amargura velando su rostro— . El puñal dañó un órgano muy importante, no respirabas y te di por muerta. Gunnar... enloqueció.

Cerré con fuerza los ojos, atrapando en ellos las lágrimas que se acumulaban; apreté los dientes y contuve como pude la dolorosa imagen de su rostro contorsionado por un sufrimiento atroz.

—¿Dónde está? —logré musitar en apenas un hilo de voz.

—Lejos de aquí —respondió cogitabunda—. Combate entre las hordas del rey Halfdan el Negro; ya no hizo falta simular que estaba al lado del maldito jarl por temor a que devastara la aldea, puesto que Skiringssal ya fue asolada, sólo unos pocos ancianos moran en ella.

Ahora más que nunca persigue su venganza y busca su final. Te cree muerta.

Ahogué un sollozo, a cambio obtuve un lametazo de Fenrir , y una caricia de Eyra.

—¿Qué pasó? —pregunté trémula.

Los ojos de la anciana se oscurecieron; bajó la mirada y negó con la cabeza.

—No pude hacerlo —confesó; su voz perdió intensidad—. No pude, Freya. Lo vi ante mí, roto de dolor, contigo inerte en sus brazos, maldiciendo a los dioses, gritando desaforado su agonía, llorando como un niño perdido, suplicándome la liberación, pero no pude...

Alzó la mirada; el tormento de sus ojos me sobrecogió. Sus delgados labios se apretaron en una mueca sufrida.