Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

Al borde del precipicio

Cuando una unidad de la Kongeriket Noreg Politie, o Policía Nacional de Noruega, hizo acto de presencia, mi estado de ánimo era ya de absoluta desesperación.

Habíamos registrado la casa y los alrededores infructuosamente, y a cada minuto que pasaba el terror aumentaba hasta niveles insoportables.

Las punzadas de mis pechos plenos me gritaban que mi niño estaría pasando hambre; era un lactante, no aguantaría mucho sin alimento, a menos que su secuestrador le diese leche artificial.

Gunnar, vestido, con la cara magullada y los nudillos despellejados, estaba sentado en el sofá a mi lado, abrazándome, asegurándome que aparecería, que estaba bien, que él me lo traería.

Elena, que había estado aporreando la puerta mientras la pelea que se desarrollaba en el interior hacía retemblar las paredes, lloraba de frustración y rabia al oír las dolorosas exclamaciones y los gruñidos sofocados.

Cuando Gunnar por fin salió del cuarto de invitados, Elena lo maldijo y se adentró en la estancia, y allí seguían, encerrados y dándose consuelo, imaginaba.

Gunnar tenía los nudillos ensangrentados, un corte en el pómulo y un moratón en la mejilla. Sin embargo, tuve la certeza de que Yusuf habría salido bastante peor parado.

Dos hombres se acercaron a nosotros. Uno era alto y corpulento, con una barriga prominente que ocultaba el cinturón de su pantalón, de escaso pelo gris y mirada azul, despierta y aguda.

El otro era más alto todavía, pero delgado, y mucho más joven.

De cabello trigueño, perfectamente peinado hacia atrás, inquisidora mirada azul hielo, rostro anguloso y atractivo.

De repente tuve la certeza de que lo había visto antes, pero no supe ubicar el recuerdo.

El hombre me miró con extraña fijeza y se adelantó ofreciéndome la mano.

—Soy el detective Hans Berg, de desaparecidos, y mi compañero Rolf Jacobsen.

Me limité a asentir mientras le estrechaba la mano; la tenía fría.

—Mis hombres están rastreando la zona e interrogando a los vecinos; tenemos que tomar las huellas dactilares, también necesitamos una foto del pequeño. ¿Está en condiciones de contestar mis preguntas, señora Jensen?

Asentí de nuevo, aunque la respuesta no era afirmativa.

—¿A qué hora se dio cuenta de la desaparición?

—A las cinco cuarenta y cinco. —Mi voz sonó extraña, rota y cansada—. Suele despertarme sobre las cuatro para su primera toma.

El detective escribía apresuradamente en un pequeño cuaderno, mientras su compañero emprendía las diligencias.

—¿No oyó el despertador?

—Mi despertador era él; en cuanto... gimoteaba por el receptor, acudía a su lado.

La angustia de nuevo me oprimió la garganta.

—¿Siempre a la misma hora?

Asentí y me limpié las lágrimas. Gunnar me apretó contra él, lo miré: tenía el rostro distendido por el dolor, pero se esforzaba por mantener el control.

—Señor Jensen —espetó el inspector Berg—, tengo entendido que anoche hubo una fiesta; necesito los nombres de los invitados para interrogarlos. ¿Hay alguien más en la casa?

—Una pareja de amigos que llegaron ayer por la mañana. Sospecho de él.

El inspector lo miró con el ceño fruncido, pasó la página de su cuaderno y estudió con atención a Gunnar.

—¿Por algún motivo en especial?

—Anoche en la fiesta desapareció un buen rato, nuestro perro lo atacó en el exterior —respondió.

—¿Dónde está ahora?

—En el cuarto de invitados, en la primera planta.

El detective hizo un gesto a dos policías uniformados y de inmediato ascendieron la escalera.

Al cabo, posó su hierática mirada sobre mí.

—¿A qué hora vio a su hijo por última vez?

Tuve que tragar la invisible bola de metal rugoso que parecía atascada en mi garganta para contestar.

—Antes de la fiesta, cerca de las ocho de la noche, le di la última toma del día.

Rona tenía el receptor en la cocina y estuvo pendiente durante la fiesta, por si.

.. me reclamaba. Cuando subí a dormir, cerca de la una de la madrugada, me asomé a su cuarto, dormía.

.. él... suele... dormir toda la noche.. . y...

Las palabras se me atoraron en la garganta, disueltas en un océano de angustia y rabia. Había rechazado el tranquilizante, porque quería estar plenamente consciente de lo que pasaba a mi alrededor, aunque ahora el dolor que me sacudía hacía replantearme esa decisión.

—Entiendo —se limitó a musitar, al tiempo que inclinaba la cabeza y garabateaba en ese manoseado cuaderno.

—Voy a serles sincero de un modo lamentable, señores Jensen: las primeras veinticuatro horas son cruciales en las desapariciones; en este caso es obvio que se trata de un secuestro, por lo que hay tres vías para tener en cuenta.

Una, que su hijo haya sido secuestrado para comerciar con él; otra, que lo utilicen para pedir un rescate, imagino que cuantioso, y la última y a mi parecer más.

.. trágica: que la persona que se ha llevado a su hijo lo haga por motivos personales.

.. venganza, odio, envidia... ¿Tienen algún enemigo o algún problema de la índole que sea con alguien de la comunidad?

Me fue imposible contestar, sollozaba desconsolada contra el hombro de Gunnar.

Qué ilusa pensar que el destino nos liberaría de su injustificada crueldad.

Tuve ganas de gritarle a ese hombre frío y extraño, de gritarle que no, que todos los odios, las venganzas y las envidias habían quedado enterrados en un siglo lejano, aun sabiendo que parte de lo enterrado había resurgido la noche anterior.

.. ¿Tan cruel era el alma de Rashid? ¿Tanta era su locura?

¡Por Dios santo, si me había pedido perdón!

Y yo lo había despedido concediéndoselo.

Unos pasos se acercaron a nosotros, no fui capaz de alzar la mirada.

—No tengo enemigos —comenzó Gunnar con la voz temblorosa; carraspeó y prosiguió con algo más de control en su tono—, al menos reconocidos; alguna rivalidad profesional, pero por supuesto nada de relevancia, nada que justifique... algo... así.

—Tomen asiento —masculló el ayudante, Rolf Jacobsen, dirigiéndose a Elena y a Yusuf, que acababan de entrar en el salón.

Elena corrió hacia donde nos encontrábamos, se acuclilló frente a mí y me tomó la mano. La miré.

—Amiga, no sabes cuánto me duele todo esto, sé fuerte, lo encontraremos, ya verás. —Su rostro húmedo de lágrimas y desfigurado por el dolor escondía una súplica—. Sólo te pido que no condenes a un inocente sin motivos ni pruebas. Yusuf es incapaz...

—Te han dicho que te sientes.

La voz de Gunnar, fría y hueca, tronó en la estancia con la violencia de un relámpago silenciando de inmediato a Elena.

Se alzó lentamente, derrotada, y me miró con una mezcla de confusión, compasión y pena.

A Gunnar le regaló una mirada airada; luego sus enrojecidos ojos se posaron en Yusuf, pero éste se limitaba a mirarme con expresión indescifrable.

Su moreno rostro mostraba en cada golpe la ferocidad de mi vikingo. Una furia ancestral contra Rashid tan sólo adormecida y que, ahora, con aquel fulminante golpe, despertaba en todo su vigor. Casi me asombró que Yusuf hubiera conseguido salir vivo de aquel cuarto.

Tenía el labio superior partido, sanguinolento e inflamado de un modo grotesco.

Su ojo izquierdo, cerrado por completo, había duplicado su tamaño y empezaba a oscurecerse en un sombrío tono violáceo.

Presentaba otro corte en la nariz, en el pómulo derecho, y moretones en ambas mejillas.

Su estado era lamentable. Se había sentado en el sofá de enfrente, ahogando un quejido.

Posó la mano en la parte izquierda del tórax con cuidado; dolorido, se inclinó sobre sí mismo, sin apartar la mirada de mí.

—Veo que el señor Jensen ha comenzado los interrogatorios por su cuenta —murmuró perplejo el inspector. Lanzó una mirada condenatoria a Gunnar y se dirigió a Yusuf.

»Será mejor que lo llevemos al hospital, allí le harán un parte de lesiones, porque supongo que querrá poner una denuncia por... esta salvaje agresión.

El inspector apretó los labios y miró a Gunnar con evidente desaprobación.

—Estoy bien —mintió Yusuf, con una mueca dolorosa. Su labio superior se hinchaba por momentos—. No pienso denunciar a Gun... al señor Jensen.

El inspector miró a su compañero y sacudió la cabeza reprobador.

—Creo que se equivoca, señor...

—Yusuf ibn Sarîq —respondió cortante—. Inspector, creo que debería concentrar toda su energía en encontrar al bebé, cada minuto que pasa es esencial.

Colaboraré de buena gana en lo que precisen, si debo acompañarlos.

.. —Miró preocupado a Elena, que descompuesta se enlazaba a su brazo casi con desesperación.

—De momento me conformaré con que responda a algunas preguntas. ¿A qué hora sucedió el incidente del perro?

—Bien entrada la medianoche —respondió—. Si me pide que concrete, me atrevería a decir que posiblemente cerca de la una de la madrugada.

—¿Acababa de conocer a los señores Jensen?

Yusuf asintió.

El inspector Berg arrugó meditabundo el ceño y releyó su libreta con interés. Acto seguido, escrutó a conciencia a Gunnar y a Yusuf, intentando descifrar sus semblantes.

—Bueno, señores, es evidente que me ocultan algo.

—Dirigió su gélida mirada hacia Gunnar y, tras una breve y tensa pausa, añadió—: Señor Jensen, si desea encontrar a su hijo cuanto antes, le aconsejo que sea del todo transparente en sus declaraciones, hasta el más insignificante detalle puede resultar asombrosamente esclarecedor.

A partir de ahora imagine que soy su padre confesor.

Gunnar le sostuvo la mirada con la cabeza erguida; la rigidez de sus hombros reflejó la tensión que contenía.