Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Gunnar me volvió y se pegó a mi espalda, frotándose contra mí.

Las palmas de sus manos contornearon mis caderas y se deslizaron por mis muslos, sinuosas, al tiempo que hundía la nariz en mi cuello.

Gemí casi de manera involuntaria, cerré los ojos y apoyé la cabeza en su pecho, exponiendo con premeditación la garganta a su ardiente boca.

Sentí que las rodillas se me hacían gelatina cuando su lengua ascendió por la delicada piel de mi cuello y sus dientes apresaron con suavidad el lóbulo de mi oreja.

Seguíamos bailando, o eso creía; envuelta en mi particular burbuja de deseo, era incapaz de percibir con claridad mi alrededor.

Sólo era dolorosamente consciente de la palpitante dureza de Gunnar presionando mis nalgas, de su inquieta y cálida boca, y de aquellas benditas y mágicas manos que anulaban mi juicio, despertando mis más fieros instintos sexuales.

—Cielo, me vuelves loco —susurró enfebrecido—. Esta maldita hambre va a acabar conmigo, me consume.

Una sonrisa exultante y sensual distendió mis labios. Gunnar me apresó las caderas de nuevo y presionó contra mi trasero su latente deseo.

—Él... también te busca, constantemente...

—Y yo a él... Me siento tan vacía cuando me abandona —murmuré en apenas un hilo de voz.

—Nena, vas a conseguir que olvide que no estamos solos.

—Mmmmm... ¿No lo estamos? —mascullé excitada.

Gunnar rio y me rodeó la cintura; su amplio, fornido y cálido pecho se sacudió contra mi espalda.

—No, pero lo estaremos... y entonces, mi fogosa loba, voy a colmar tu apetito de tal manera que no te sentirás vacía en días.

—Empiezo a temerte.

Gunnar me dio la vuelta y luego sujetó entre sus fuertes manos mi rostro.

—Sería lo más prudente, ese vestido ha despertado la bestia que hay en mí...

Su verde mirada fulguró cargada de promesas indecentemente excitantes.

—Esa bestia jamás ha estado dormida —aseguré embebiéndome del deseo que tensaba su hermoso rostro.

—No desde que te encontré.

Entreabrí apenas los labios y la boca de Gunnar cayó sobre la mía, constatando en aquel beso la pasión que lo consumía.

Su lengua se enredó ávida en la mía, plantando una batalla que no daba cuartel, sedosa, electrizante, vehemente, y arrancando de mi garganta guturales gemidos que se perdían en el interior de su boca.

Cuando logramos separarnos, descubrí que sonaba una canción que habíamos bailado innumerables veces en la soledad de ese mismo salón... perdidos el uno en los ojos del otro. Suspiré.

Gunnar enlazó mi cintura y cogió mi mano; abrazados, bailamos los acordes de One more kiss, dear , * de Vangelis, del álbum de la grandiosa Blade Runner .

—Un beso más, mi amor, una mirada más...

—tarareó Gunnar mientras me deslizaba en círculos grácilmente.

Era un excelente bailarín; a pesar de su tamaño, poseía una ligereza y agilidad apabullantes.

Sus movimientos elegantemente felinos rezumaban una sensualidad embriagadora.

Supe, sin necesidad de despegar los ojos de los suyos, que todas las mujeres de la sala estaban suspirando bajo su influjo.

A nuestro alrededor comenzaron a acompañarnos más parejas.

Los melódicos y románticos acordes de la canción crearon un ambiente relajado y silencioso.

Apoyé la mejilla en su hombro y ya cerraba los ojos cuando alguien tocó mi hombro.

—¿Puedo robarte durante unos minutos a este estupendo bailarín? —rogó Ingrid—. No temas, sé que sólo tiene ojos para ti, pero quiero saber lo que es flotar entre los brazos de un coloso.

—Tal vez deberías preguntarme a mí —intervino Gunnar, molesto por la interrupción.

—No pasa nada, cariño, necesito beber algo —respondí cediéndole mi lugar y disimulando mi desagrado—. Es todo tuyo.

—Qué más quisiera yo —repuso Ingrid. Me guiñó un ojo a modo de chanza, aunque sabía que hablaba muy en serio.

Debería haberme acostumbrado al descaro de aquella mujer; no era la primera vez que mostraba sin ningún disimulo su interés hacia mi esposo y, si no supiera que Gunnar no la soportaba, hace tiempo que la habría alejado de mi vida. Hildur era la otra razón.

Ya me dirigía al mueble bar cuando alguien me aferró el codo, frenándome en seco. De repente me vi catapultada contra un pecho; una mirada zaína me miró divertida.

—No irás a negarme un baile, ¿no?

Yusuf me sonrió abiertamente; sus ojos brillaban de manera inquietante. Un desasosiego molesto comenzó a aletear en mi estómago.

—¿Y Elena?

—Ha salido con Britta, están charlando en el porche.

—Tal vez, en otro momento —me obligué a sonreír—; necesito con desesperación una copa.

Yusuf negó con la cabeza, afianzándome en sus brazos.

—Tranquila, no voy a imitar el baile de tu gigante.

Su voz dejó traslucir un deje de envidia que me puso un regusto amargo en la garganta.

Asentí a regañadientes y me dejé llevar por él.

Su mano apresaba mi cintura y me acercaba a su cuerpo; en uno de los giros, acabé prácticamente pegada a su cuerpo; mis senos se oprimieron contra su pecho, y jadeé.

Alcé el rostro para mostrarle mi desagrado, pero lo que hallé en su bruna mirada me dejó sin respiración: un anhelo desgarrador.

Puse las palmas de las manos en sus hombros e imprimí toda mi fuerza para alejarlo de mí.

—¿Qué demonios estás haciendo? —siseé furiosa.

—Relájate, sólo estamos bailando.

—Pues baila como el jodido novio de mi mejor amiga, no como cualquier baboso de discoteca.

Yusuf me fulminó con la mirada, sus facciones se endurecieron, sus labios se tensaron y un músculo de su mandíbula apenas palpitó conteniendo el acceso de furia.

—Pensaba que aquí todo el mundo bailaba así —musitó a modo de disculpa—. Tú... antes...

—Por Dios santo, es mi esposo.

Giró la cabeza con rapidez y, cuando volvió a mirarme, sonreía ladino.

—¿Y ella?

Seguí su mirada y me encontré con Ingrid restregándose acaramelada contra Gunnar, que de espaldas a mí permanecía tenso e incómodo, y que de manera elegante se empeñaba en evitar los continuos asaltos de los que era presa.

—Otra babosa de discoteca —mascullé indignada—. Y ahora, si me disculpas, tengo que ir a arrancar una garrapata.

—No.

Lo miré boquiabierta y sentí cómo la llama de la ira crecía en mi interior peligrosamente. No quería estropear la reunión, pero tampoco estaba dispuesta a permitir más ofensas.

—¡Suéltame! —exigí en voz queda.

—Cuando acabe la canción, no antes.

—¿Quién demonios te crees que eres? —siseé, aún luchando por mantener el control.

Yusuf pegó la frente a la mía y clavó sus oscuros ojos en los míos. Sus fuertes brazos me inmovilizaban.

—¿Quién demonios crees tú?

Mi corazón dio un vuelco; sentí como si una garra helada lo estrujara con fuerza.

No, me dije, no podía ser. Incapaz de moverme, de hablar e incluso de respirar, lo vi ante mí con claridad pasmosa.

Aquel que fue mi esposo y mi verdugo, aquel que perdoné.

El rostro de Yusuf se fue convirtiendo progresivamente en el de Rashid.

No, sacudí confusa la cabeza; mi estómago se convulsionó.

¡No!

Mi mente comenzó a girar alocada en un remolino de imágenes desgarradoras.

Lo vi pidiendo mi mano, en nuestra noche de bodas, disfrutando del frescor del patio interior en las noches estivales, paseando acaramelados por las callejuelas de Toledo, luchando contra los normandos en aquella lejana Sevilla, suplicando desesperado mi regreso en aquella pequeña cala en Aalborg.

Vi su expresión rota de dolor cuando le confesé que amaba a otro hombre, vi cómo me mancilló en aquel barco, cómo se aferraba a mí en su locura, manipulado por la horrible Ada, lo vi sobre mí mientras Gunnar luchaba a muerte contra Ulf, vi su rostro compungido y suplicante, su despedida.

De pronto fue como si el suelo se abriera bajo mis pies. Todo me daba vueltas, la música se distorsionó y el único sonido que atronaba en mi cabeza eran mis propios latidos, acelerados y desacompasados.

—Vine por ti, mi dulce Shahlaa...

Grité y caí al abismo; era oscuro y opresivo, pero reconfortante.