Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 2 #2
4%

Capítulo 2 #2

Cuando salimos del baño público, yo con mi vestido azul cobalto de fino algodón arrugado, el cabello desaliñado, las mejillas encendidas y los ojos brillantes, sentí una profunda envidia por la impecable apariencia de Gunnar, que seguía atrayendo la mirada de las mujeres que nos cruzábamos.

Con su americana azul marino, de corte informal, su suéter beige con cuello en uve y sus vaqueros azules oscuros, de cintura baja, que ceñían sus poderosas y largas piernas, cortaba el aliento.

No entendía cómo su cabello seguía estando perfecto, ni cómo su semblante mantenía una expresión cortés y sosegada, como si nuestro brutal encuentro de apenas unos minutos atrás hubiera sido sólo producto de mi imaginación.

Sentí sus ojos esmeralda sobre mí, algo confusos por mi expresión.

—¿Cómo lo haces?

—¿A cuál de las muchas cosas que hago te refieres?

—A la de conservar un aspecto impecable, cuando hace apenas un instante eras una bestia en celo.

Rio altanero, alzando travieso una ceja.

—Guardo mi bestia en el interior cuando no la necesito.

Me atrajo hacia él y caminamos cogidos de la cintura.

Salimos al andén justo cuando un tren se detenía.

Miré el reloj y sonreí: la puntualidad de los noruegos rayaba en lo sobrenatural; cómo controlaban las incidencias era algo que me desconcertaba.

Los dedos de Gunnar se enlazaron entre los míos. La impaciencia me consumía y sentí un aleteo en la boca del estómago.

De repente, preocupada por mi desaliño, estiré la falda de mi vestido y ahuequé mi melena.

—Estás preciosa —confirmó Gunnar con una amplia sonrisa—; si no me crees, puedes comprobarlo en la embobada mirada de esos dos.

Dos hombres me contemplaban con fijeza y con expresión admirada. Uno de ellos me resultó extrañamente familiar.

Gunnar me guiñó un ojo antes de dedicar a aquellos hombres trajeados una sonrisa condescendiente.

A nuestra derecha, restalló un grito casi histérico que inmediatamente reconocí.

Todos los congregados se volvieron sobresaltados en esa dirección.

Corrí hacia ella, que venía hacia mí con los brazos abiertos y una expresión de auténtica felicidad en el rostro.

—¡¡¡¡Aaahhhhhhhhh, Vicky!!!!

—¡¡¡Elena, amiga!!!

Nos fundimos en un abrazo intenso; aspiré la deliciosa fragancia de su cabello y los recuerdos me asaltaron, arrancándome una luminosa sonrisa.

Juntas en una cafetería, en mi apartamento o deambulando por las taperías del casco antiguo de Toledo. Muertas de risa con sus ocurrencias, llorando abrazadas por un desencuentro o desahogando nuestras frustraciones, pero, sobre todo, compartiendo y disfrutando de una fantástica amistad.

Cuando logramos separarnos, ambas con lágrimas en los ojos, observé maravillada su aspecto.

Su cabello rojo lucía más corto, con un corte despuntado y capeado que daba más movimiento a sus rizos y la hacía parecer más joven de lo que era. El sol de la mañana le arrancaba destellos cobrizos; sus hermosos ojos avellana refulgían dichosos, deambulando por mi rostro completamente emocionados.

—¡Dios del cielo!, ¿cómo puedes estar más guapa de lo que recordaba? —inquirió en voz alta, ante la evidente desaprobación de los viandantes.

Elena miró a su alrededor con el ceño fruncido y agregó:

—¿Y por qué cuernos me miran como si fuera un bicho raro?

—Porque lo eres.

Me volví hacia la profunda y melodiosa voz que acababa de hablar y me encontré con una mirada dulce y oscura, y una sonrisa traviesa.

—Eres mi bichito raro y encantador —pronunció dirigiéndose a Elena, que lo miraba arrobada.

El hombre alargó la mano hacia mí y yo se la estreché, sonriente.

—El gran Yusuf, imagino.

Asintió al tiempo que inclinaba cortés la cabeza.

—Espero que no te refieras a mi tamaño.

Era un hombre alto y corpulento; no tanto como Gunnar.

.. pocos lo eran, incluso en el país de los gigantes, pues Noruega tenía una media de altura impresionante.

Aun así, era un tipo grande; evidentemente sus rasgos eran árabes: tez acanelada, nariz algo aguileña, ojos alargados y negros como el ónix, de mirada sagaz y mentón pronunciado.

No era un hombre guapo, pero sí atractivo, con un único rasgo destacable: su boca de labios generosos y bien delineados, enmarcados en una barba recortada y elegante, tan negra como su cabello.

—Me refería más bien a tus virtudes, que deben de ser muchas, para encandilar a Elena —aclaré.

Yusuf miró a la aludida con una sonrisa pícara y asintió.

—Doy gracias a Alá todos los días por eso.

Oí a Elena suspirar a mi lado; jamás en toda mi vida la había visto en semejante estado de enamoramiento.

—Para grande, ese tipo que viene hacia aquí —adujo Yusuf.

Me volví justo cuando Gunnar enlazaba mi cintura y alargaba la mano hacia Yusuf.

Elena abrió los ojos de forma desmesurada, para luego dirigirme una mirada cómplice de aprobación.

—Hola, Yusuf, encantado de conocerte.

Yusuf asintió levemente y le estrechó la mano cortés.

—Lo mismo digo, Gunnar.

Ambos se sostuvieron un instante la mirada, mientras sus manos seguían unidas en el apretón; como dos machos sospesando sus fuerzas, antes de un combate.

Por último, Gunnar se volvió hacia Elena y le dedicó una sonrisa gentil.

—Hola, Elena.

Ya se disponía a alargar la mano en su dirección, cuando ella se le abalanzó y de puntillas se enlazó a su cuello, estampándole un sonoro beso en cada mejilla.

—Esto es un saludo a la española —manifestó con una sonrisa orgullosa.

»Encantada de verte —hizo una pausa intencionada y esbozó una sonrisa cómplice—, por segunda vez.

—Lo mismo digo.

Elena me rodeó el brazo y comenzó a caminar dejando tras nosotras a los hombres, que nos siguieron a una distancia prudencial.

—Vaya, vaya, tu gigante es un bombón, todo un modelo de revista, está más tremendo de lo que recordaba —siseó entre dientes, al tiempo que se volvía para echar furtivas miradas hacia atrás.

—El tuyo tampoco está mal —repuse completamente contagiada del efecto Elena, que nos retrotraía a nuestra alocada adolescencia.

—¡Ay, amiga, me moría por verte! ¡Tengo tantas cosas que contarte!

Ambas reímos entusiasmadas.