Trabajos sucios nº 1 cuatro
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cuatro

—¿Cuánto tiempo tarda? —estoy almorzando con Sean antes de mi turno en mantenimiento y estoy que me subo por las paredes. La espera me está matando y ha pasado casi una semana desde mi reunión con Laura.

—Yo conseguí mi primera cita unos días después de registrarme —dice encogiéndose de hombros—. Sabes lo que tienes que hacer, ¿verdad?

—¿Qué? ¿Si sé follar? —suelto un bufido y me recuesto en mi asiento mientras una nueva oleada de preocupaciones inunda mi mente. He tenido sexo, pero no me consideraría experimentado. Ninguna mujer quiere salir con un tipo pobre y nunca he tenido donde caerme muerto.

—Sí, porque, ya sabes, ellas esperan que seas bueno —Sean se inclina hacia delante—. O sea, están pagando por ello, así que no quieren una atención mediocre, si sabes a lo que me refiero.

—Joder, sé lo que hago, tío —suelto el aire con nerviosismo, preocupado por que todo esto sea un desastre y mis fantasías de follar para salir de la pobreza se queden en eso.

—No te preocupes, alguien te elegirá. Solo dale tiempo. Quizás las cosas están lentas o... —mi teléfono cobra vida de repente con una alarma distintiva.

—Ahí lo tienes —dice Sean, sonriendo mientras cojo el dispositivo y echo un vistazo a la notificación.

—Joder. Tengo una cita esta noche con... Lacey —miro el reloj en la pared y me doy cuenta de que se supone que debo ir a trabajar—. ¿La conoces?

—No, pero seguro que está bien. Todas están bien, créeme.

Solo haz lo que ella diga, ¿vale? Si quiere que la folles duro, fóllala con ganas, si lo quiere lento, ve a su ritmo.

Ya has hecho esto antes, solo que ahora te pagan por ello —asiento mientras Sean se levanta y me hace un saludo militar—.

Un último consejo: hazte una paja antes de ir. Me lo agradecerás después.

Lo veo alejarse, luego llamo a mi jefe en el departamento de mantenimiento para decirle que me encuentro mal y vuelvo a mi habitación del dormitorio. Colgada en mi puerta hay una funda de ropa con una nota adjunta.

Ponte esto esta noche. L

Descuelgo la funda de la puerta y entro. La abro con cuidado y toco la tela cara del traje finamente confeccionado que hay dentro. Mi teléfono vibra de nuevo y veo otro mensaje. Esta vez es una dirección y una hora.

Edificio Rockwell, Ático, 20:00. No llegues tarde.

Increíblemente, el traje me queda como un guante y me quedo mirando mi reflejo en mi pequeño espejo antes de salir y subirme al elegante coche negro que me espera en la acera.

El conductor se vuelve a mirarme y me pregunto si sabe por qué estoy aquí o lo que estoy a punto de hacer.

Intento vaciar mi mente, pero cada intento de relajarme desata una cascada de ansiedad mientras pienso en todas las cosas que pueden salir mal.

El Edificio Rockwell está en Soho, una de las nuevas promociones que han ido surgiendo en los espacios industriales abandonados que salpican la ciudad. Doy las gracias al conductor y salgo, luego compruebo la información en mi teléfono de nuevo antes de entrar.

El portero me acompaña al ascensor cuando le digo mi nombre y se lleva la mano al sombrero mientras la puerta se cierra. El corazón me late como un martillo neumático y toco el timbre junto a las pesadas puertas de madera, listo para terminar con todo esto de una vez.

—Hola. Vengo por Lacey —el mayordomo uniformado que abre la puerta me mira con incredulidad y oigo un grito que viene de algún lugar detrás de él.

—¡Espera! —una mujer sale corriendo de una habitación adyacente y me pregunto si es Lacey. No es lo que esperaba y supongo que me ha contratado para otra persona—. Tómate la noche libre, Peter.

—Sí, señora —hace una reverencia y se aleja obedientemente de la puerta.

—Hola —sonríe ampliamente y me echa otro vistazo, luego hace una mueca.

—¿Hay algún problema? —pregunto, preocupado de pronto por si estaba esperando a otra persona.

Lleva el pelo oscuro recogido en una coleta suelta y mi mirada se desliza sobre su cuerpo tonificado mientras me pregunto para qué demonios necesita un gigoló.

Podría salir fácilmente con cualquier tipo que quisiera y todos serían mucho más guapos que yo.

—No, no. Entra, por favor —me hace un gesto para que entre y exhalo mientras echo un buen vistazo al apartamento.

Es espectacular, con techos altos y una gran ventana que da a la ciudad.

Solo el salón tiene el tamaño del lugar donde crecí y, mientras la sigo, no puedo apartar los ojos de su culo redondo mientras se mueve por el espacio abierto—. ¿Te apetece algo de beber?

—Sí, eh... —pienso durante unos segundos, con el pulso acelerado mientras una energía nerviosa me recorre. Necesito calmarme ya—. Tomaré vodka con hielo, por favor.

—Vale, no hay problema —noto que ella también está nerviosa y me pregunto por qué estoy aquí. Recuerdo lo que me dijo Sean y espero a que me diga lo que quiere.

—Estás genial. Me encanta un hombre con traje —me entrega mi bebida y me hace un gesto para que me siente. Doy un sorbo al fuerte alcohol e intento no hacer una mueca. Soy más de cerveza, pero esto parece más apropiado y tomo asiento en el gran sofá de cuero que da a la increíble vista.

—Gracias, aunque me siento un poco demasiado elegante —intento sonar casual y apoyo el tobillo sobre la rodilla mientras mis ojos se deslizan sobre su cuerpo. Esto tiene que ser una trampa. ¿Va a traer a su abuela y hacer que me la folle?

—Está bien. Había planeado salir contigo primero, pero sinceramente, solo quiero acabar con esto de una vez.

—Vale —el voto de confianza es abrumador.

—Perdón, eso sonó peor de lo que pretendía —se sonroja ligeramente y sus ojos azules se clavan en los míos durante lo que parece una eternidad—. Estoy muy nerviosa, por si no te has dado cuenta.

—Está bien. Me gusta —eso es cierto y me doy cuenta de que está esperando a que diga algo más mientras se acomoda en el sillón enorme frente a mí—. Bueno, cuéntame de ti.

—Bueno, me caso la semana que viene —dice eso mientras estoy dando un trago y casi lo escupo, pero logro mantener cierta compostura mientras ella recoge las largas piernas debajo del cuerpo y se sienta más erguida.

—¿En serio?

—Sí. Mi padre está, eh, metido en cierto tipo de, eh, negocios y me voy a casar con un colega suyo.

Maldita sea.

—Qué interesante.

—Sabes, no esperaba que fueras tan normal. —Suelta una risita nerviosa y me encojo de hombros, sin saber si eso es bueno o malo—. Este es el piso de mi amiga. Organizó todo esto para mí, pero no te preocupes, estamos solos.

—Qué detalle por su parte. —Esta situación es completamente surrealista, pero la bebida empieza a hacer efecto y noto que me relajo.

—El problema —hace una pausa y piensa durante unos instantes mientras se suelta el pelo castaño de la coleta alta y pasa los dedos por los mechones sedosos— es que soy virgen y no quiero que mi primera vez sea con un hombre de cincuenta años.

—Arruga la nariz y dejo que la información me cale antes de caer en lo que está insinuando.

—¿Él sabe que eres virgen? ¿Será un problema que ya no lo seas?

Con lo que me ha contado, sé perfectamente quién es su padre, y lo último que quiero es que me peguen un tiro por quitarle la virginidad a su hija una semana antes de la boda con su, entre comillas, colega de negocios.

—Llevo compitiendo en equitación desde los cinco años, así que no es que vaya a esperar sangre.

—Se muerde el labio y me mira fijamente—.

He vivido toda mi vida completamente protegida: colegio católico, universidad femenina y veranos en casa.

O sea, ni siquiera he visto un pene. —La última palabra es apenas un susurro y juguetea con el pelo mientras me mira expectante—.

Quiero hacer algo por mí misma antes de entregar mi vida a un hombre que solo me ve como una posesión.

—No tienes que casarte si no quieres.

Nada más decirlo, desearía poder tragármelo mientras ella se levanta y camina hacia mí.

—Qué dulce, pero para esto nací. No tengo ninguna habilidad ni manera de mantenerme —dice mientras se sienta a horcajadas sobre mí—. Me casaré con él, tendré sus hijos y seré su esposa devota. —Su voz es suave mientras desliza el dedo por mi mandíbula—. Solo quiero hacer esto primero.

—Tú mandas, Lacey. Yo solo me dejo llevar.

Murmuro mientras sus ojos se clavan en los míos y una sonrisa triunfante se dibuja en sus labios.

—¿Puedo besarte? —pregunta vacilante mientras se inclina hacia mí. Cuando asiento, posa sus labios sobre los míos, mi mente se queda en blanco y nunca en mi vida he estado tan preparado para algo.