Touchdown accidental Interludio 4
63%

Interludio 4

CUARTO Y GOL

por La Suplente

Un fumble es el balón que se cae cuando ya lo tenías.

No una intercepción, que es del otro; no un pase fallado, que es tuyo pero al menos lo decidiste.

Un fumble es peor: es tener la cosa en las manos, segura, ganada, y que se te caiga sola, y que en el segundo que tarda en tocar el suelo todo el mundo se lance a por ella.

Ryder Vane nunca había perdido un balón así. Hasta esa noche.

La sala de vídeo estaba a oscuras y Lena

[Nota: no. la sala de vídeo no. eso es real. no puedo escribir la sala de vídeo esta noche.]

Estaban en un sitio que solo era de los dos, uno de esos sitios que se construyen a base de horas robadas y que no aparecen en ningún plano, y por una vez no había defensa que leer ni reloj que administrar.

Ryder tenía el balón. Tenía todo lo que se puede tener: la temporada, la chica, el secreto bien guardado, la sensación de que por fin sabía jugar dos partidos a la vez sin que se le cayera ninguno.

Y entonces se le cayó.

No fue un golpe. Los fumbles de verdad no son placajes espectaculares; son tonterías. Una mano que afloja medio segundo. Un exceso de confianza. Un saludo

[Nota: ¿esto lo siente Lena o lo siento yo? ¿de quién es esta entrega ya?]

un gesto pequeño, hecho sin pensar, en el peor momento, delante de la gente equivocada.

Y de pronto el balón estaba en el suelo, rodando, y todos los que llevaban semanas fingiendo que no miraban se lanzaron a por él a la vez, y dejaba de ser de Ryder, dejaba de ser de Lena, para pasar a ser de quien lo cogiera primero.

Lena lo supo antes que él. Las mujeres como Lena siempre lo saben antes: llevan toda la vida calculando quién mira, midiendo el precio de ser vistas, porque a ellas el mundo les cobra por existir lo que a ellos les regala

[Nota: cambiar. demasiado verdad. esto no es de Lena. esto es mío y no toca.]

Lena lo supo, y en su cara Ryder vio, por primera vez, algo que no había visto nunca en ella: miedo del de verdad. No el miedo bonito de las primeras veces. El otro. El de quien ve venir que le van a quitar lo único que había conseguido proteger.

—¿Qué pasa? —preguntó él, que todavía no entendía nada, que todavía creía que un balón en el suelo se recupera.

—Pasa que lo van a coger ellos —dijo Lena—. Y cuando lo cojan, la historia ya no la contamos nosotros. La cuenta el que corra más rápido. Y yo llevo toda la vida corriendo, Ryder, pero tú tienes las piernas más largas, y esta carrera, esta, la ganáis siempre los que ya ibais ganando.

Él la abrazó y le prometió que

[Nota: no le prometas nada. no sabes si puedes cumplirlo. no vuelvas a prometer lo que no sabes si]

Ryder no dijo nada, porque por primera vez en su vida no tenía una jugada preparada, y porque las promesas que no se sabe si se pueden cumplir es mejor no hacerlas, aunque callárselas duela más.

Fuera, la noche seguía. El balón seguía rodando. Y en algún sitio, mucha gente que no los conocía de nada empezaba a decidir quiénes eran, qué habían hecho, qué significaban, con la seguridad terrible de los que opinan de vidas ajenas como si fueran partidos.

Continuará el viernes.

[Nota: no sé si continúa. no sé si el viernes hay entrega. no sé si va a haber más viernes.]

[Nota, 03:14: son las tres de la mañana y llevo dos horas mirando esto sin poder cambiarlo.

la entrega está bien. la entrega es de las mejores que he escrito.

y no la puedo publicar, porque ya no es una entrega: es una confesión.

cada frase de Lena la reconocería él, porque las vivió conmigo.

cada frase de Ryder la reconocerían ellos, ahora que saben quién soy. ]

[Nota, 03:14: llevo tres años escribiendo esto para que me lean sin saber quién soy. y en una tarde, un estadio entero lo ha sabido por mí. no me lo ha quitado nadie. me lo he caído yo sola de las manos, con un asiento comprado por amor y una jugada que no vi venir.]

[Nota final, sin fecha: ya saben quién soy.]

El documento permaneció abierto en la pantalla hasta el amanecer.

No se programó. No se publicó. Aullido no tuvo entrega ese viernes por primera vez en tres años, y sus lectoras, que no sabían nada de todo esto, esperaron delante de una pantalla en blanco a una autora que, esa noche, se había quedado sin la única voz con la que sabía hablar.

Fin del interludio 4.