Touchdown accidental Capítulo 21
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Capítulo 21

Semana de la gala

Esa semana llevé cuatro vidas a la vez y ninguna sabía de las otras, que es una manera muy literaria de decir que casi no dormí.

Estaba la vida del serial, con su viernes inamovible y su fandom en máximos tras lo de Nora.

Estaba la vida de «Cartografías», reanimada a golpe de café para llevarla con sangre a la gala del viernes veinte.

Estaba la vida de él, con sus mensajes en clave desde un autobús de vuelta y una noche de hotel que yo administraba en el recuerdo como quien raciona algo caro.

Y estaba, nueva y agotadora y dulcísima, la vida de ser amiga de Sloane Whitlock, que había decidido adoptarme con la misma falta de trámite con que su hermano y su equipo adoptan supersticiones.

El lunes se me gastó el subrayador. El de verdad, el titular, el que llevo desde septiembre mordido y fiel: se quedó sin tinta a media frase de una corrección, tosiendo rosa pálido, y yo me quedé mirándolo con una solemnidad desproporcionada, porque una no se da cuenta de cuánto se apoya en un objeto hasta que el objeto se rinde.

Bajé a la papelería del campus y compré el recambio, tres unidades, por si acaso, y de camino a casa, con los subrayadores nuevos en el bolsillo, calculé que llevaba escrito con el viejo todo lo que había pasado este otoño, cada margen del playbook, cada ficha, cada anexo, y que ahora empezaba un cuaderno nuevo con tinta nueva sin saber qué tocaba escribir en él.

Guardé el viejo en el cajón de los originales, junto a la ficha de las seis reglas, y me quedé un segundo mirando los dos objetos, el subrayador seco y la cartulina, las dos herramientas con las que había construido este otoño entero.

Hay herramientas que se jubilan con honores.

No sabía todavía cuánto iba a echar de menos la sencillez de una tinta que solo servía para subrayar.

La tarde del martes, Sloane me enseñó su corcho.

Habíamos quedado en su residencia para «trabajar» —ella tenía un ensayo de Historia, yo llevaba «Cartografías» de coartada—, y a los diez minutos había abandonado el ensayo y me arrastraba a su cuarto con la energía de quien va a compartir un secreto de Estado.

—Nadie ha visto esto —dijo, y descorrió una toalla que tapaba un corcho entero—. Nadie con criterio, quiero decir. Tú tienes criterio. Prepárate.

Era la investigación de La Suplente. Mi investigación.

Tres meses de trabajo detectivesco desplegados en cartulinas, fotos de comentarios impresas, hilos de estilometría subrayados, y en el centro, unidas con lana roja de verdad, como en las series, las conclusiones.

Me senté en su cama con el corazón en modo estadio y la cara de admiración más sincera y más aterrorizada de mi vida, porque Sloane, mi amiga de dieciocho años, había acertado casi todo.

—Vale, escúchame. —Golpeaba las cartulinas con un boli, en su salsa—.

Uno: es de letras, seguro. El léxico, los dos puntos, la manera de citar.

Dos: trabaja o pasa mucho tiempo en la biblioteca; hay tres entregas con escenas de biblioteca demasiado exactas, sabe cómo huele el sitio.

Tres, y esto es lo gordo. —Bajó la voz—.

Alguien la asesora sobre fútbol. El giro de realismo de septiembre es demasiado brusco.

O se echó novio del equipo, o fichó a alguien.

Yo voto por lo segundo, porque el primero sería demasiada casualidad.

—Me miró, radiante—. ¿Eh? ¿Eh? Dime que no es buenísimo.

—Es... muy bueno —dije, con la garganta seca, administrando cada palabra como quien cruza un campo de minas descalza—. Das miedo, Sloane.

—¿Verdad que sí? —Se dejó caer a mi lado, feliz—.

Me falta el nombre. El edificio lo tengo, el turno lo tengo, hasta el detalle del asesor.

Me falta ponerle cara. Pero la voy a encontrar, ¿sabes?

Y cuando la encuentre le voy a dar las gracias, porque este campus daba mucho miedo hasta que empecé a leerla, y ahora tengo amigas y tengo grada y tengo esto.

—Señaló el corcho con orgullo—. Se lo debo.

Y ahí, en su cama, con su corcho delante y su cara de niña que ha encontrado su sitio, tomé una decisión que no le dije: que cuando esto acabara, cuando pudiera, Sloane sería la primera en saberlo.

Se lo debía. No a la investigadora: a la chica que había encontrado su grada en mis frases y me acababa de enseñar, sin saberlo, el mapa exacto de mi propio escondite, a un nombre de distancia.

Guardé la promesa donde guardo las cosas que voy a tener que pagar. No sabía todavía en qué moneda.

A Marley me la encontré el miércoles en la cola del café, y fue lo contrario de lo que mi género me había enseñado a temer.

Coincidimos en la fila, ella me reconoció de la fiesta de la Guarida, y en vez del duelo de rivales que uno espera hubo tres minutos de conversación fácil de dos personas que no se deben nada.

Me preguntó qué tal, hablamos del frío que venía, y en algún momento, sin malicia y sin filo, con la naturalidad de quien comenta un dato bonito, dijo:

—Oye, me alegro de veros. A ti y a él, digo.

No hace falta que me cuentes nada, se ve.

—Sonrió, y era una sonrisa limpia—. Yo lo conocí antes de la lesión, ¿sabes?

Éramos críos. Y aquel Dane se reía más fuerte.

Mucho más fuerte. Después de la operación bajó el volumen, como si le hubieran quitado algo que no era el hombro.

—Cogió su café—. Llevaba dos años a media potencia.

Tú le has devuelto el volumen. Se le nota hasta en cómo lanza. Cuídalo.

Y se fue, sin drama, sin escena, dejándome con el vaso caliente en las manos y una frase que me hizo más feliz y más responsable a partes iguales, porque ahora resultaba que yo era, según fuentes históricas fiables, la administradora de un volumen.

Salí de la cola queriéndolo más y con más miedo, que es la proporción exacta de esa semana.

La gala Whitfield se celebra en el paraninfo, y el paraninfo, de noche y de gala, intimida a propósito: madera oscura, retratos de rectores muertos, arañas de luz y una tarima donde diez becarios defienden su curso ante un comité de cinco y una sala de donantes con copa.

Fui de prestado hasta las cejas. Priya me vistió con la solemnidad de una segunda en un combate: vestido negro suyo, botines míos, y su veredicto final ajustándome un hombro: «Vas de escritora seria. Todo el mundo sabe que eso significa botines y rencor. Estás perfecta. Ve y sángrales.»

Defendí «Cartografías» en mi turno, y lo hice bien, con el oficio que da hasta fingir.

Había reescrito los dos relatos centrales toda la semana buscando la sangre que Marsh pedía, y algo había subido: el comité asintió donde tenía que asentir, una vocal tomó notas, el contable de la mesa preguntó por «proyección de publicación» y le contesté con solvencia de feria.

Marsh presidía la ponencia sin un gesto, con el lápiz quieto, ilegible.

Y en el turno de preguntas, una vocal joven, de las de la última fila del comité, hizo la que no venía en ningún guion.

—Es un proyecto sólido —dijo—. Cambiando de tema, y perdón por la frivolidad: ¿usted ha leído ese fenómeno de la newsletter, el serial ese, «Cuarto y gol»?

Lo digo porque este año hemos hablado mucho en el claustro de por qué la escritura estudiantil con más lectores reales de esta universidad circula fuera de nuestros cauces, sin firma, sin crédito académico.

Como caso, me interesa. ¿Qué opina, desde su proyecto, de esa clase de escritura?

Se me paró algo por dentro. Contesté con una generalidad medida —que el género popular tiene mucho que enseñar sobre el pacto con el lector, que la academia haría bien en estudiarlo en vez de despreciarlo—, una respuesta correcta, profesional, de tercera fila, y mientras la daba noté los ojos de Marsh sobre mí por primera vez en toda la noche.

No sobre la becaria que defiende un proyecto.

Sobre otra cosa. Una mirada de lectora vieja, larga, de las que cotejan una voz con un recuerdo, tres segundos que fueron el mejor y el peor terror de la velada, y al final de los cuales Marsh no dijo absolutamente nada.

Bajó la vista a sus papeles. El silencio de Marsh, aprendí esa noche, se parece muchísimo al de Priya: no es discreción.

Es instrucción de un caso que aún no ha decidido abrir.

Salí del paraninfo con esa mirada clavada en la nuca y la certeza incómoda de que, en algún momento de la próxima semana, la doctora Marsh y yo íbamos a tener una conversación que ninguna de las dos había convocado todavía.

Él me esperaba fuera, en el coche, en la esquina oscura de detrás del paraninfo, con el motor apagado y una temeridad nueva en el simple hecho de estar allí.

—No deberías —dije, subiéndome, mirando alrededor por los dos.

—Ya. —Me miró de arriba abajo, el vestido prestado, los botines, el pelo por una vez suelto—. Lo sé. Pero quería verte de escritora seria. Y valía el riesgo.

Del paraninfo salía música, la de la copa de después, un cuarteto de cuerda tocando algo antiguo por las ventanas iluminadas, y él, que no baila, que no ha bailado en su vida, que se mueve por el mundo con la economía de no gastar un gesto de más, salió del coche, dio la vuelta, me abrió la puerta y me tendió la mano en mitad de un aparcamiento vacío, bajo una farola, con desconocidos elegantes pasando a lo lejos que no nos conocían de nada.

—¿Qué haces?

—Documentar —dijo, y por primera vez la palabra no era código de nada, era solo verdad—. Nunca te he visto de gala. Es un vacío de la biblia.

Bailamos. Fatal, porque él es un desastre y yo no soy mucho mejor, un vals torpe y pisado sobre el asfalto, con la música saliendo de las ventanas de una fiesta a la que ninguno de los dos pertenecía del todo, él con su cláusula y yo con mi máscara, los dos anónimos por una vez ante gente que no sabía nuestros nombres, y fue, de todo lo que ha pasado este otoño, lo más blanco y lo más limpio: dos personas bailando mal bajo una farola, sin secretos por diez minutos, porque en aquel aparcamiento no había fandom, ni comité, ni contrato, ni carpeta. Solo nosotros y una canción prestada.

Me acordaré de ese baile cuando todo lo demás duela. Lo guardé sabiendo ya que lo iba a necesitar.

En el coche, de vuelta, con la calefacción puesta y el paraninfo perdiéndose por el retrovisor, los dos estuvimos a punto.

Yo estuve a punto de contárselo todo: la mirada de Marsh, la pregunta de la vocal, el corcho de Sloane a un nombre de mi cara, el cerco cerrándose.

Abrí la boca dos veces. Las dos veces me dije lo mismo: esta noche no, que ha sido perfecta, no se le echa un incendio a una noche perfecta; se lo cuento después de la final, cuando pase lo del expediente, cuando respire.

Y él estuvo a punto de contarme algo. Lo vi.

Lo conozco: se le alargan las frases cuando le importa, y esa noche, en el coche, empezó dos frases largas y las dos las dejó a medias, y en los ojos tenía el gesto exacto de quien lleva un peso en el bolsillo y calcula si es el momento de sacarlo.

No lo sacó. Dijo, en su lugar, que estaba muy guapa de escritora seria, que debería serlo más veces, y me cogió la mano sobre el cambio de marchas, como en la carretera del lago, y condujo así, con mi mano encima de la suya, los dos callados.

Y aquí está lo que no supimos ver, porque lo estábamos haciendo a la vez y de espaldas: nos estábamos protegiendo con el mismo gesto y el gesto era el equivocado.

Él callaba lo suyo por no echarme un peso encima antes de mi semana grande.

Yo callaba lo mío por no echarle un peso encima antes de la suya.

Dos personas queriéndose tanto como para mentirse por turnos, cada una convencida de que el silencio era un regalo, sincronizados como dos relojes parados a la misma hora, dando los dos, con toda el alma, la protección que el otro no había pedido.

Me dejó en mi esquina pasada la medianoche. Nos despedimos en voz baja, con la mano todavía caliente de la suya, y subí a casa con el vestido prestado y una decisión tomada en el ascensor, pequeña y enorme, que no le dije a nadie.

Mañana era sábado. Undécima jornada, el último partido en casa de la temporada regular.

Y yo, que llevaba desde octubre yendo a la fila K con su entrada y su permiso, esta vez iba a ir sin avisarle.

Una sorpresa. Estar allí sin que él lo supiera, verlo cerrar la temporada regular en casa y aparecer después, como un regalo.

Elegí el asiento en la reventa esa misma noche, con el móvil bajo las sábanas: fila K, asiento cuatro, el mío de siempre, comprado por mí por primera vez.

Armé la bomba yo. Con mis manos, por amor, sin saber que era una bomba. A veces las peores cosas se preparan con la mejor cara.