Capítulo 18
Superstición
Miré alrededor. Cuarenta profesionales del disimulo atándose botas con un interés desmedido.
Ramírez subió el volumen de la canción de apertura medio punto, que es su manera de silbar.
Y Toby, a dos taquillas, sonreía como un bendito de retablo, con esa cara de inocencia que en él es una confesión firmada.
—¿Quién ha sido?
—¿Quién ha sido qué? —dijo el vestuario entero, en perfecta sincronía litúrgica.
Nadie confesó. Nadie confesará jamás, porque así funcionan estas cosas: un vestuario no adopta las supersticiones por votación, las adopta por sedimentación.
Aquí el balón de partido no lo toca nadie antes que el center, so pena de derrota segura; aquí Vaughn, el receptor abierto, se ata primero la bota derecha, y si se equivoca de pie se descalza entero y vuelve a empezar, con el equipo esperando en un silencio respetuoso de funeral; aquí la primera canción es la primera canción desde hace tres temporadas y cambiarla sería alta traición.
Y aquí, desde este otoño, existe la superstición nueva, la innombrada, esa que nadie sabe qué es, y la fila K con su asiento, que nadie sabe de quién, y las dos cosas dan victorias, que es todo lo que un vestuario necesita saber de su religión.
Briggs pasó revista antes de salir, se detuvo medio segundo ante mi taquilla abierta, miró la K, miró el 4, y me dedicó la cita del día:
—Cicerón sostenía que la suerte favorece a quien le pone nombre. —Dos palmadas en la hombrera—. Por eso yo no pienso preguntar qué es la Biblioteca. Salid ahí y poned nombres.
Estoy casi seguro de que Cicerón no dijo eso. Estoy completamente seguro de que Briggs sí.
A los de Ashford los ganamos 31 a 10 con la solidez aburrida de las buenas temporadas, y del partido solo hace falta acta de una jugada, que no fue la mejor: fue la segunda del tercer cuarto, un pase de touchdown de once yardas al fondo, limpio, de trámite.
Fue lo de después. Me salió sin ensayo y con premeditación, las dos cosas a la vez, que es como salen las verdades: en la celebración, con el equipo llegando a abrazar y el estadio en pleno hervor, me llevé la mano derecha a la muñeca izquierda y me di dos toques, índice y corazón, sobre la cara interna, en el pulso.
Donde se prendería un subrayador, si los subrayadores se prendieran.
Donde le conté el pulso a alguien una tarde de miércoles y lo perdí.
Dos toques, nada más, medio segundo, la mano tapada enseguida por el abrazo de Vaughn, invisible para cuarenta mil personas y para todas las cámaras del estado.
Para todas menos para la grada este, fila K, asiento cuatro, donde una espectadora con gorro se quedó muy quieta de golpe, se llevó los dedos a su propia muñeca, despacio, como quien comprueba que el mensaje ha llegado entero, y me contestó con el mismo código: dos toques. Recibido. Leído. Firmado.
El resto del partido lo jugué con el pulso de ella en mi muñeca, que es una manera absurda de decirlo y la única exacta.
En la zona mixta, Gus Pemberton esperó su turno de siempre, el último, y esta vez no traía pregunta: traía pantalla.
—Esto se publica el lunes —dijo, en off, con la grabadora apagada encima de su carpeta, que es su manera de dar la palabra—. Prefería que lo vieras antes.
El borrador se titulaba «La superstición de la fila K».
Estaba bien escrito, que era lo malo. Gus había hecho lo que hace: mirar.
La misma butaca ocupada partido tras partido, la K y el 4 apareciendo en taquillas ajenas —eso se lo había soplado alguien de dentro, seguro, la sedimentación siempre gotea—, los barridos de medio segundo de cierto quarterback hacia cierto sector en los tiempos muertos, todo hilvanado con prudencia de profesional: ni un nombre, ni una foto de grada, muchas preguntas abiertas.
Un artículo sobre una superstición. Y debajo, a un palmo de la superficie, un artículo sobre una persona.
—¿Quieres comentar algo? —preguntó—. Publico igual, con o sin ti. Prefiero con.
Por fuera gestioné: le agradecí el gesto, que era sincero, le dije que le contestaba el domingo.
Por dentro hice inventario a velocidad de pocket colapsando: la fila K en un titular, el lunes, con la impostora aún calentando el hilo, con la gala de ella a dos semanas, con Deacon y sus alertas barriendo, con una cláusula dormida en un cajón que se despierta con menos.
Vance llamó a las once y media de la noche. Ya lo sabía, claro. Vance se entera de los borradores antes que los correctores.
—Lo de la fila K muere aquí —dijo, sin saludo, con la voz de las ediciones importantes—. Mañana le mandas una frase a ese bloguero: superstición de equipo, cosa del vestuario, folclore de temporada buena. Nada de chicas, Dane. Ni chica, ni butaca, ni romanticismo de grada. Folclore. ¿Estamos?
Obedecí a medias, que va siendo mi especialidad.
El domingo le mandé a Gus dos frases, y la segunda era mía, no de Vance: «Cosa del vestuario.
Las supersticiones funcionan mientras nadie las explica, así que no la expliques del todo».
Gus publicó el lunes con mi frase dentro, respetada, y con todas sus preguntas abiertas donde estaban.
Folclore, tituló la mitad del campus. La otra mitad se puso a mirar la fila K con prismáticos.
Las medias obediencias tienen eso: pagas la cuota entera de las dos lealtades y no te cubre ninguna.
El sábado por la noche, la biblioteca Harlow cerró a las nueve con todo el protocolo, y a las nueve y diez su encargada de cierre me abrió la puerta lateral con una linterna de móvil y una norma:
—No se toca el fondo antiguo y no se enciende la general. Lo demás es negociable.
El 800 a oscuras es otro país. Cenamos en el suelo, entre Crítica y Teoría, dos fiambreras de su cocina —lentejas de Priya, «sustraídas mediante procedimiento», y algo con arroz que ella defendió con más cariño que argumentos—, con la linterna haciendo de hoguera y el edificio entero crujiendo alrededor como un barco amarrado.
Y planificamos el futuro inmediato con la seriedad de los organismos absurdos: que en Acción de Gracias ella defendería las lentejas de Priya frente a cualquier pavo del estado de sus padres; que si llegábamos a la final de conferencia, campo neutral, cinco de diciembre, yo le conseguiría asiento «en la fila estadísticamente correcta»; que las vacaciones de invierno eran un problema logístico «de segundo semestre», expediente abierto, resolución aplazada.
En algún momento me pasó su tenedor para que arbitrara el pleito del arroz y comí de su fiambrera con su cubierto como si lleváramos años repartiéndonos los tuppers, y ninguno de los dos señaló el dato, que ya es nuestro procedimiento estándar para los datos grandes.
Felicidad doméstica en máximos históricos, con fiambrera, y quede el acta.
Después la travesura, porque la biblioteca cerrada es una cómplice que no se puede desperdiciar: me hizo perseguirla por los pasillos a oscuras con las normas cambiando sobre la marcha —«el fondo antiguo no se toca; a la encargada, según se negocie»—, la cacé en Teoría Literaria, me dejó cazarla, que es distinto y mejor, y nos besamos contra los lomos de tres siglos de gente muy seria con la linterna apagándose sola en el suelo, sin prisa y sin trascendencia, riéndonos dentro de los besos, jugando, que es una palabra que llevaba fuera de mi vocabulario desde antes de la cirugía y esa noche volvió a nómina.
Y entonces, en la mesa de la ventana, con la linterna otra vez en pie, me hizo el regalo.
—Es el miércoles —dijo—. Tu cumpleaños. Lo sé porque lo sé todo, soy tu biógrafa no autorizada. Y como el miércoles hay familia y mundo, te lo doy hoy.
Era un cuaderno fino, de tapa blanda, escrito a mano de la primera línea a la última con su letra apretada de los márgenes.
Lo abrí por el principio y reconocí el arranque antes de la tercera frase, porque hay cosas que se reconocen con el cuerpo: la entrega que no existe.
La de Homecoming. La nuestra. Escrita entera, con su ritmo y su oficio y toda la verdad dentro, corregida a conciencia, terminada.
—No se publica —dijo, muy seria, sosteniéndome la mirada por encima de la linterna—.
No se publicará nunca. No es del serial, no es de las suplentes, no es de los viernes.
Es la tuya. Tirada de un ejemplar. —Y como yo no encontraba el idioma—: Toda mi vida he escrito para que me lean muchos sin saber quién soy.
Esto es lo contrario. Uno solo, sabiéndolo todo.
Sé lo que me estaba dando y sé lo que le costaba: la prueba física, en su letra, de todo lo que una firma anónima lleva protegiendo desde agosto.
El objeto más peligroso del campus, encuadernado en tapa blanda, entregado a un tío con taquilla.
Confianza no es la palabra. No hay palabra, y mira que ahora convivo con una profesional.
Le pagué con lo único de valor equivalente que tenía en inventario.
—La servilleta —dije—. La jugada. Te debo el título.
Se incorporó como se incorporan las lectoras cuando llega el capítulo que esperaban. Y se lo di entero, despacio, señalando en el aire lo que ella se sabía de memoria:
—Un suplente es el que espera fuera del campo.
No cuenta, no puntúa, no sale en la alineación: existe por si el plan falla.
Tú entraste en mi vida así, por la puerta de servicio, de suplente de nadie: un playbook perdido, una mesa con flexo, cero dorsal, fuera de todos mis esquemas.
Y mira el dibujo. —Puse el dedo donde estarían los monigotes—.
Los dos de fuera de la banda somos nosotros, donde el reglamento ni te ve, donde no cuenta nada oficial.
Y las rutas no van a ninguna zona del campo porque el sitio adonde van no está en ningún campo, todavía, no existe zona de anotación para esto.
La jugada se llama Suplente porque es la única de mi vida que no viene de ningún plan: entró desde fuera, sin permiso del playbook, y se ha quedado con el partido entero.
—Y añadí lo último, que no estaba en la servilleta—: Algún día la canto de verdad.
Con casco. Ese día el título se explicará solo, como te prometí en el lago.
No dijo nada durante un rato largo. Luego dijo «vale» con una voz pequeñísima que valía por todas sus sintaxis, y me guardé ese «vale» donde guardo los balones de partido.
En casa, a la una, hice el archivo.
Leí el cuaderno entero dos veces, despacio, y una tercera solo las partes que ya me sabía.
Después cogí un lápiz, porque los bolígrafos son para siempre y aún no me atrevía a tanto, y escribí una sola nota en un margen, al lado de una frase suya que me había desarmado, tres palabras mías, en mi letra torcida, porque los márgenes son nuestro idioma y las cartas, en este país nuestro, se contestan.
Y luego lo guardé donde guardo lo que más me importa: dentro de una funda de playbook, en la balda baja, alineado con los otros seis impostores, a la vista de cualquiera que entre en mi salón y no sepa mirar.
Ahí está la técnica completa, por si alguien hereda el sistema: lo que más quieres se esconde donde nadie mira, que es el sitio más visible de la casa. Nadie registra una estantería de playbooks en el piso de un quarterback. Es el escondite perfecto porque es la verdad con uniforme.
El miércoles cumplí veintitrés años y Sloane, que no sabe organizar nada pequeño, montó una videollamada familiar sorpresa a las ocho: la pantalla partida en tres, mis padres en la cocina de casa con un bizcocho con velas, Sloane desde su residencia con matasuegras, y yo en mi salón con la cara de emboscada que ella colecciona en capturas.
Cantaron. Soplé a distancia, que es una pantomima ridícula y la hice entera.
Mi madre preguntó por el hombro con los ojos, le contesté un tres con los dedos, tregua firmada.
Y en pleno brindis, con los vasos levantados hacia tres cámaras distintas, mi padre bajó el suyo un centímetro, se inclinó hacia el objetivo con el ceño de analizar el film del rival, y lo soltó, delante de todos, con la voz de las preguntas que llevan días esperando su tercer down:
—Por cierto, hijo. ¿Y esa fila K de la que habla internet?
El bizcocho seguía humeando en una pantalla.
El matasuegras de Sloane se quedó a media nota en otra.
Y en la tercera, en la mía, en la esquinita donde uno se ve a sí mismo, vi mi propia sonrisa de cumpleaños congelarse en directo, fotograma exacto, con las velas apagadas y veintitrés años recién cumplidos de no saber qué contestar.