Touchdown accidental Capítulo 15
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Capítulo 15

Fuera de campo

La séptima jornada la jugué en el sofá, con el marcador en el móvil, Priya de comentarista y un idioma nuevo funcionando a pleno rendimiento por debajo de la tarde.

Priya siguió el partido entero a mi lado y el idioma también, de reojo, sin preguntar, apuntando en ese sumario suyo que algún día me va a leer entero con costas incluidas.

La escapada la propuse yo, el domingo a las nueve y media, con la excusa oficial redactada de antemano:

«Necesito documentar qué hace Ryder Vane un día libre. Es un vacío de la biblia del personaje. Urgente».

La respuesta tardó cuarenta segundos: «Recojo a la documentalista a las once».

Y ahí está la gracia y ahí está el vértigo: la excusa ya no engaña a nadie, ni siquiera a nosotros, y los dos lo sabemos, y usarla igualmente, con toda su liturgia, es nuestra manera de decir la frase que no decimos.

Hay parejas que se declaran con canciones.

Nosotros nos declaramos con papeleo ficticio. Cada dialecto tiene sus flores.

A las once en punto estaba su coche en mi esquina, y por primera vez desde agosto no había sesión, ni borrador, ni saleros, ni coartada académica calendarizada: había un domingo entero sin trabajo dentro, y ninguno de los dos señaló el dato, que era la manera más ruidosa posible de señalarlo.

Denton Mills está a cuarenta minutos de Union por una carretera de granjas, y los domingos monta mercadillo en la plaza del molino: veinte puestos de todo lo que el condado ya no quiere, administrados por jubilados feroces.

La caja la vi yo. TODO A 2 $, escrito en rotulador gordo, entre una lámpara sin pantalla y una pila de discos de nadie, y me paré en seco y tiré de su manga con una urgencia de yacimiento.

—Mira. —Señalé—. Mira lo que es esto.

—Una caja de saldos.

—Es LA caja. La escenografía original. Aquí empezó todo lo tuyo y lo mío: una caja como esta, dos dólares, un playbook huérfano entre un diccionario cojo y una guía de setas. —Le puse la palma encima del cartón, solemne—. Estamos en el género de la simetría, Whitlock. Descúbrete.

Rebuscó con método de arqueólogo, y no me lo inventaría porque no hace falta: al fondo de la caja de Denton Mills había una guía de setas.

Otra. Distinta editorial, mismo destino.

Las cajas de dos dólares siempre tienen una guía de setas; debe de ser ley federal.

La compré por lealtad al género y porque una escritora sabe cuándo el universo está rimando y no se discute con la métrica.

Él encontró su tesoro dos puestos más allá: un playbook viejo, tapas granates, de un equipo de otro estado que dejó de existir hace una década.

Dos dólares también. Lo pagó con una moneda ceremonial, se lo puso bajo el brazo y dictó sentencia, en voz alta, delante del jubilado feroz y de media plaza:

—Por si algún día una loca me escribe una novela. Conviene tener material de segunda mano en circulación. Es lo que da resultado.

El jubilado no entendió nada. Yo entendí todo: era la primera vez que hacía una broma pública sobre su propio mito, sobre nuestra escena fundacional, en el mundo exterior, con testigos, y el chiste era malo y era enorme, y me reí más de lo que el chiste valía, que es la métrica exacta de otra cosa.

Y compró algo más. En el puesto de trastos de oficina, medio enterrado entre grapadoras muertas, había un tampón fechador de biblioteca, de los antiguos, con sus ruedecitas de bronce para el día, el mes y el año, y la palabra PRÉSTAMO grabada en el mango.

Lo estuvo girando un rato entre los dedos, probando las ruedecitas, con una concentración desproporcionada para un trasto de dos dólares, y se lo quedó sin dar explicaciones.

—¿Y eso?

—Material de oficina. —Se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, el del pecho—. Todo archivo serio necesita fechador.

No pregunté más. Hay compras que se explican solas y otras que están esperando su página, y yo a estas alturas ya distingo el segundo tipo a simple vista.

El mirador del lago Harlan está a diez minutos del pueblo, al final de una pista que sube entre pinos, y desde arriba el lago hace lo que puede, que es bastante: una lámina gris y ancha hasta la otra orilla, con viento de verdad y ese olor a agua grande que no es el olor del mar pero se le sienta cerca.

—El mar de los pobres de por aquí —dijo él, apoyándose en la barandilla—. Es lo más parecido que tengo en cien kilómetros. Pensé que valdría de anticipo.

Y hablamos. Sin heridas nuevas, que ya estaban todas dichas y cada una en su álbum: esta vez tocaba el resto, la parte de las personas que no duele, que casi nunca le enseñamos a nadie porque nadie la pide.

Le hablé de Cádiz. De la Caleta, la playa pequeña de mi madre, con su castillo a cada lado y su arena de siesta, donde Inma pasó todos los veranos de su vida hasta los veinticuatro, cuando cruzó el océano con dos maletas y un título de profesora que aquí tardaron seis años en mirarle.

De cómo suena mi madre cuando habla con su hermana los domingos, con la ese aspirada y la velocidad de allí, y de cómo el español de mi casa siempre fue dos idiomas: el de los trámites, plano, funcional, de este lado; y el de la Caleta, que era el de las canciones, los motes, las cosas de comer y las historias antes de dormir.

—Por eso escribo el amor en peninsular —le dije, mirando el agua que hacía de mar—.

Me lo han preguntado alguna vez en los comentarios, por qué La Suplente escribe «así» viviendo donde vivimos.

Y no lo puedo contestar allí, pero es fácil: el deseo me sale en la lengua de mi madre.

El inglés lo tengo para pedir cita y defender parciales.

Lo que importa de verdad, lo que da miedo y da hambre, viene todo de serie en el idioma de la Caleta.

Escribir el amor en otro sería traducirme, y una no se traduce a sí misma sin perder la mejor parte.

Se quedó un rato callado, con los antebrazos en la barandilla, procesando a su velocidad de después de las cosas importantes.

—Yo no tengo un idioma de esos —dijo al fin—. Tengo el playbook. —Se encogió del hombro bueno—. Es más pobre.

—Es más raro. Los idiomas raros valen más en el mercado.

Y entonces, mirando el lago, con el condicional más cobarde que le he oído nunca a un hombre que lanza en cuarta oportunidad, se puso a hablar del futuro.

De abril, del draft, de que igual lo llamaban tarde o no lo llamaban, con su historial.

De que sería una ciudad cualquiera, la que tocara, del este si había suerte.

Y de que habría que ver, dijo, exactamente así, habría que ver qué bibliotecas hay cerca de cada estadio, porque un quarterback profesional necesita —y aquí fingió rigor técnico— asesoría permanente, y la asesoría buena no abunda, y no pensaba empezar de cero con otra.

Después se calló de golpe, como quien oye lo que acaba de decir con un cuarto de retraso, y añadió, mirando fijísimo al lago: «Es un decir». Y yo dije que claro, que un decir, y los dos dejamos el decir ahí, flotando sobre el agua, dicho del todo.

No me nombró. No hizo falta. Me dejó dentro del condicional como se deja a alguien dentro de una jugada dibujada: sin decir su nombre, con un círculo y una ruta.

Catalogué el condicional entero, palabra por palabra, en la carpeta que sigue sin título, y no le corregí la cobardía del tiempo verbal porque la mía anda en los mismos tiempos.

Fue allí donde saqué la servilleta.

La llevo desde hace dos semanas dentro de mi ejemplar de Ashby, entre la 47 y la 61, que me pareció el archivo natural, y la desdoblé contra la barandilla, con el viento intentando participar: sus equis, sus flechas, sus dos monigotes imposibles más allá de la banda, y el título subrayado dos veces.

—Explícate.

Se rio por la nariz, acorralado y nada descontento de estarlo.

—Es una jugada que no existe —dijo—. No puede existir.

Mira: las rutas no van a ninguna zona del campo, los tiempos no cuadran con ningún reloj, y esos dos —señaló los monigotes— están fuera de los límites, donde no cuenta nada, donde el reglamento ni te ve.

La dibujé una noche de la semana de la derrota, para entender una cosa: qué haría yo si el playbook no mandara.

Si no hubiera protección que cuidar, ni ruta obligatoria, ni marcador.

Qué jugada saldría. —Golpeó el papel con el dedo, suave—. Salió esta.

—¿Y el título?

—El título no toca.

—Dane.

—El título —dijo, riéndose pero con los ojos serios, doblando la servilleta y devolviéndomela con las dos manos, como se devuelven los originales— se explica solo el día que la jugada exista.

Antes sería mentir. Y contigo tengo una política de mentiras muy restrictiva, me la impuso una ficha de préstamo.

La guardé donde estaba, entre la 47 y la 61. Hay documentos que maduran mejor archivados.

Volvimos con la última luz, por la carretera de granjas, con la radio baja y el día entero repartido por el coche: la guía de setas en mi regazo, el playbook granate en el asiento de atrás, el fechador en su bolsillo del pecho, y seis días exactos, pensé una sola vez y solté enseguida, para el Halloween de la impostora y su función anunciada.

Fue en el kilómetro tres, más o menos, cuando pasó lo del cambio de marchas.

Llevaba la mano derecha allí, en el pomo, conduciendo con esa economía suya de no mover nada que no haga falta, y yo llevaba las mías quietas en el regazo desde Denton Mills, y en algún punto entre una granja y otra la izquierda se me fue sola, sin consultar, y se posó encima de la suya.

No la miró. No la movió. Cambió de marcha dos veces con mi mano puesta, como si el peso viniera de fábrica, y así hicimos los veinte kilómetros que faltaban: su mano trabajando, la mía encima, el motor diciendo lo suyo, ninguno de los dos estropeándolo con vocabulario.

He escrito besos que me han costado semanas.

He escrito escenas que las suplentes se tatuarían.

Ninguna página mía vale todavía lo que valieron esos veinte kilómetros de mano quieta, y lo dejo constatado aquí, en el único archivo donde puedo permitírmelo: hay días que no se pueden subrayar, porque subrayarlos sería elegir una parte, y estos vienen enteros o no vienen.

En el arcén del kilómetro dieciocho, un cartel oxidado anunciaba el desvío rápido a Union, y ninguno de los dos dijo nada cuando lo pasamos de largo y él cogió, sin justificarse, la variante lenta, la de las granjas, la que añade diez minutos.

Diez minutos más de mano quieta. Hay hombres que regalan flores. El mío regala rodeos.

Aparcó en mi esquina a las ocho y cuarto.

Y en el portal, en mi portal de todos los días, con la llave del bloque todavía en el aire, se abrió la puerta desde dentro y salió Sloane Whitlock, dieciocho años, mochila al hombro, restos de risa de otra parte, seguida del rumor inconfundible de una reunión disolviéndose escaleras arriba.

Nos vio. Vio el coche. Vio a su hermano al volante y a mí con la llave de ese portal en la mano, y procesó el conjunto a su velocidad de siempre, que es la de las malas noticias.

—Vale —dijo—. A ver. Yo salgo de una quedada de suplentes que ha organizado una tal Priya, que por cierto vive aquí y hace un hummus criminal.

Y vosotros dos llegáis juntos, un domingo, de noche, con cara de lago.

—Nos señaló alternativamente, la mochila resbalándosele del hombro—.

¿Esto es una serie? Porque yo esta serie me la veo.

—Sloane...

—No me lo expliques todavía —dijo, levantando una mano, ya bajando la acera de espaldas, con una sonrisa que era medio regalo y medio citación judicial—. Me lo guardo para el corcho.