Touchdown accidental Capítulo 1
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Touchdown accidental

Touchdown accidental

Por Marisol Quintana

© inepub.com

Capítulo 1

La entrega seis

A las dos y catorce de la madrugada, la única persona despierta de todo el edificio era una mujer con un subrayador rosa entre los dientes. Por desgracia, era yo.

Tenía el documento abierto, el flexo en su ángulo de interrogatorio y la entrega seis a medio pulir, que es la peor manera de tener una entrega: demasiado tarde para dormirla, demasiado pronto para soltarla.

Leía en susurros, porque la prosa que no aguanta la voz baja no aguanta nada, y porque al otro lado del tabique dormía Priya, que tenía un juicio simulado a las nueve y un concepto muy contractual del descanso ajeno.

«Ryder Vane sonreía como quien ya ha visto la cobertura: despacio y con malas intenciones. Lena decidió no darle la razón. Su cuerpo, que llevaba todo el verano votando en contra de ella, se la dio en su nombre.»

Marqué «votando en contra de ella». Aprobado.

Marqué la sonrisa de Ryder. Aprobado con reservas: la sonrisa hacía su trabajo, pero yo la había visto antes en alguna parte y aún no quería preguntarme en cuál.

Versión oficial: me la había inventado. Versión corregida: la había transcrito, y transcribir sin citar la fuente tiene un nombre feo incluso cuando la fuente no se ha enterado.

El serial se llamaba «Cuarto y gol». Iba de un quarterback insufrible y de la bibliotecaria que lo editaba a mordiscos, se publicaba en Aullido y lo firmaba La Suplente, que era yo con antifaz.

En todo el campus, una sola persona sabía las dos cosas a la vez —que La Suplente existía y que compartía nevera conmigo—, y esa persona había diseñado el sistema para poder jurar lo contrario: Priya publicaba sin preguntar, yo escribía sin firmar, y entre las dos sosteníamos una ficción legal que a ella le parecía elegantísima.

Lo llamaba «negación plausible». Yo lo llamaba de otra manera, aunque solo por escrito y solo de madrugada: un seudónimo es eso, la valentía y la cobardía repartiéndose la misma máscara, cada una convencida de que le ha tocado la mitad buena.

Programé la entrega para el viernes a las nueve de la noche, como cada viernes, cerré el portátil y me fui a la cama con el subrayador todavía en la mano, como otras se llevan el móvil o los remordimientos.

El martes fue el segundo día de clases y el primero de rutina de verdad, que es cuando un curso empieza a existir.

La rutina, en mi caso, tenía turno de tarde y olía a polvo noble: cuatro horas en la biblioteca Harlow, planta tercera, pasillo 800, Crítica Literaria.

Nadie sube al 800. Los de primero le tienen miedo, los de cuarto le tienen alergia y los profesores tienen despacho.

Yo tenía un carrito de devoluciones, una mesa al fondo junto a la ventana y la certeza estadística de que podía pasarme una tarde entera sin ver a un ser humano, que es la definición técnica del paraíso.

Sobre la mesa, donde otras dejan la agenda, yo dejaba mi herramienta de trabajo más vergonzosa: un playbook de fútbol americano de segunda mano, tapas de plástico verde, esquinas comidas, dos dólares en el mercadillo de descartes de junio.

Lo había pescado de una caja que ponía TODO A 2 $ entre un diccionario cojo y una guía de setas, y desde entonces lo había subrayado con tanta dedicación que el rosa ya era un elemento estructural del volumen.

Flechas, rutas, jerga de otro planeta, y en los márgenes mi taquigrafía: aquí respira, aquí grita el estadio, aquí Lena no entendería nada y por eso mismo miraría.

La documentación es esto. Una se pone digna con la palabra y luego la palabra consiste en dibujar corazones tácticos junto a una jugada que no sabe pronunciar.

El método, si a aquello se le podía llamar método, tenía dos columnas: en la izquierda, lo que decía el playbook; en la derecha, lo que sentiría alguien de pie en medio de eso.

La izquierda me costaba horas. La derecha se escribía sola, y eso tendría que haberme dado más miedo del que me daba.

Coloqué devoluciones hasta las nueve menos diez.

A las nueve en punto, en algún servidor, Aullido escupió la entrega seis a las bandejas de entrada de medio campus, y yo seguí empujando el carrito por el 800 con una serenidad admirable, si se tiene en cuenta que llevaba el móvil en el bolsillo del pantalón y el bolsillo llevaba diez minutos vibrando como un insecto atrapado.

No miré. La Suplente publica y se va. Esa mujer tiene una dignidad que yo no me puedo permitir.

Me duró hasta el miércoles a las ocho y cuarto, cuando entré en la cocina y me encontré el portátil de Priya girado hacia mi silla como una prueba pericial.

—Siéntate —dijo—. Vas a querer estar sentada y yo voy a querer verte la cara.

En la pantalla había una gráfica. La gráfica subía con la determinación de las cosas que ya no dependen de una.

—Aperturas —recitó Priya, señalando con el boli—. El triple de la entrega cinco. Reenvíos: ni te lo digo, porque te conozco y te da un soponcio. Y los comentarios... —giró el boli en el aire, saboreándolo— los comentarios, Cassandra, son jurisprudencia.

Los leí porque soy débil. El primero decía: «LA SUPLENTE HA VUELTO A HACERLO.

Necesito hidratarme y repensar mi expediente académico.

» El segundo decía: «he suspendido la práctica de Bioquímica por leer esto dentro del laboratorio y quiero que conste que lo volvería a hacer».

El tercero era el problema. El tercero decía: «vale, lo digo yo: la sonrisa del párrafo dos la hemos visto todas este verano en cierto vídeo de cierta pretemporada de cierto equipo de este campus.

Rima con Vane. No pienso añadir nada más, señoría. »

—No rima —dije.

—Rima —dijo Priya, con la placidez de quien lleva razón desde primera hora—.

Rima en consonante y en yarda. Hay un hilo entero dedicado a la rima.

Esto es un pleito de identidad andante y a mí me encanta, pero como editora tuya te informo de que mi postura oficial es la neutralidad más absoluta, y como amiga tuya te informo de que has escrito el retrato menos disimulado desde que los retratos existen.

—Ryder Vane es una composición. —Subí el registro sin querer; me pasa cuando miento: la sintaxis se me pone de domingo—. Un arquetipo construido a partir de materiales diversos.

—Los materiales diversos entrenan a ocho minutos de esta cocina.

—Cerró el portátil con delicadeza de notaria—.

Mira, el hilo de la rima morirá solo; los hilos siempre mueren solos si nadie les da de comer.

Tú sigue sin dar de comer. Yo no sé nada, tú no has dicho nada y este desayuno no ha existido.

Pero cómete la tostada, anda, que hoy tienes Retórica.

—¿Y si no muere solo?

—Entonces pasará a ser un problema de La Suplente. —Se colgó la mochila con el gesto de quien recoge un estrado—. Y La Suplente, por definición, no existe. Es lo bueno de mi sistema: la parte demandable sois las dos y no es ninguna.

Tenía Retórica. Lo dijo como quien recuerda un trámite. A mí se me quedó dentro como se quedan los avisos.

Retórica y Escritura Persuasiva, lunes y miércoles a las diez, era la optativa con la demografía más rara de Union: mitad filólogas con rencor, mitad deportistas becados a los que alguien había dicho que se aprobaba respirando.

El lunes había sido lista, programa y una profesora con voz de esgrima explicando que la persuasión es un deporte de contacto; faltaba media ala del fondo, justificantes de pretemporada mediante.

El miércoles el ala del fondo llegó completa.

Yo estaba en la tercera fila revisando mis apuntes cuando cambió la presión del aula. No el ruido: la presión. Levanté la vista con la displicencia de quien comprueba la hora y lo vi entrar, y mi primer pensamiento no fue ninguno de los que el campus habría esperado. Fue: anda, si es clavado.

Se sentó en diagonal, tres filas por delante, en una de esas sillas de pala diseñadas para un estudiante teórico de metro setenta, y la ocupó como se ocupa un territorio en disputa: sin esfuerzo y sin pedir perdón, el respaldo de medio lado, la pala convertida en una repisa decorativa.

Ese fue el primer detalle que anoté sin bolígrafo.

El segundo llegó a las diez y veinte, cuando la profesora repartió la primera pregunta incómoda de la mañana y la hizo aterrizar en su zona del aula: no contestó enseguida.

Se quedó quieto un segundo, mandíbula baja, y se mordió el interior del carrillo, despacio, como quien echa cuentas que no piensa enseñarle a nadie.

Se me paró la mano a medio camino de los apuntes.

Yo había escrito ese gesto. Lo había escrito en junio, en la entrega tres, sentada en el 800 con el playbook abierto, convencida de habérmelo inventado para darle a Ryder Vane un tic de jugador que calcula.

Y ahora el gesto estaba ahí delante, en su versión original, funcionando mejor que el mío, y yo lo cotejaba como se coteja un manuscrito con su fuente: renglón a renglón y con un horror creciente de filóloga.

No me había inventado nada. Había levantado el gesto de algún vídeo, de alguna grada, de alguna cola de cafetería, y mi memoria, esa carterista, me lo había vendido como propio.

No me miró. No tenía por qué: yo era una desconocida de la tercera fila con un subrayador rosa mordido, y él era el argumento de medio campus.

Contestó la pregunta, por cierto. Bien, además, con una economía que me irritó por lo aprovechable.

Apunté la respuesta. Apunté que la había apuntado.

Cerré el cuaderno con la sensación exacta de estar cometiendo algo.

El correo llegó a las 12:03, mientras bajaba la escalinata del edificio de Humanidades ensayando maneras de no pensar en gestos ajenos.

Remite: Dra. Ellison Marsh. Asunto: «Proyecto en curso — semestre de otoño».

Cuerpo: tres líneas de cortesía quirúrgica recordándome que la renovación de la Whitfield exigía un proyecto presentable ante el comité, que confiaba en ver «avances sustantivos» en las próximas semanas y que su despacho seguía donde siempre.

Me senté en el último peldaño porque las piernas entendieron el correo antes que yo.

La Whitfield me pagaba la matrícula y la residencia; la biblioteca, con sus doce horas semanales, pagaba todo lo demás, y todo lo demás era una lista corta y sin adornos: comida, libros de segunda mano, el autobús de casa dos veces al año y un margen de holgura de unos cuarenta dólares al mes, que es la distancia exacta entre estar becada y estar en la cuerda.

No había plan B. Había un plan A con el nombre de mi madre en la primera línea, porque fue ella la que me enseñó que las palabras daban de comer si una las trataba con seriedad, y la seriedad, según el mundo de los comités, se parecía muy poco a un quarterback ficticio sonriendo despacio en la bandeja de entrada de medio campus.

En segundo curso, un profesor había leído en voz alta un relato mío delante de toda el aula, con pausas de sumiller, como ejemplo de «sentimentalismo comercial», y no pienso dedicarle ni una palabra más porque ya se llevó las que importaban.

Contesté a Marsh con dos líneas solventes.

«Avances sustantivos.» Luego me quedé un rato mirando el campus, que a mediodía tiene un verde institucional de folleto, y pensé en la gráfica de Priya subiendo sola, sin mi nombre, hacia ninguna parte donde yo pudiera recogerla.

El trabajo con más lectores que había producido esa universidad en años no existía en ningún expediente.

Lo firmaba una máscara. Y la máscara, encima, escribía mejor que yo.

El miércoles por la noche tomé una decisión editorial de una madurez incuestionable: iba a rebajar el parecido.

Lo planifiqué y todo, que es lo que hago con las cosas que me dan miedo.

Abrí un documento nuevo, escribí «Entrega siete» y debajo, en mi taquigrafía, la lista de correcciones: cambiarle a Ryder la estatura, el temperamento y si hacía falta el deporte entero; darle una sonrisa lenta a otro personaje, uno inofensivo, un bibliotecario jubilado, por ejemplo; jubilar también el tic del cálculo.

Disolver la rima. Devolver lo robado. La Suplente iba a ser, a partir de esa noche, una autora de imaginación intachable.

Escribí la primera frase con esa intención y la borré.

Escribí la segunda. La borré. A las doce menos cuarto acepté la evidencia de que la intención no escribe, y me limité a hacer lo que sé: seguir a los personajes y apuntar por dónde tiraban.

Tiraron por donde les dio la gana, como siempre.

A la una y algo salió por fin una última línea digna de cerrar la escena, de esas que una relee dos veces porque le suenan a encontradas y no a hechas, y la releí con el subrayador quieto en el aire:

«Ryder Vane se mordió el carrillo por dentro, despacio, como quien echa cuentas que no piensa enseñar, y Lena comprendió que la discusión estaba perdida desde antes de empezar.»

Las diez y veinte de aquella mañana. Tercera fila. Su versión original, pasada a mi tinta sin permiso de nadie.

Miré la lista de correcciones, tan razonable, tan a salvo, y luego miré la frase, que no era razonable ni estaba a salvo pero estaba viva. Dejé la lista donde estaba. Guardé el documento.

Yo no estaba corrigiendo el parecido. Lo estaba pasando a limpio.