Tomada por los colmillos de mi guardián (La Alianza Real nº 5)
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Sobre el libro
EL CORAZÓN DE JULIETTE dio un vuelco cuando vio a su tutor entrar con paso firme y tomar asiento a la mesa. Estaba perversamente guapo, como siempre, y tal como lo había expresado un escritor de cotilleos notablemente elocuente—
Aunque todos los hermanos Bellecourt poseen su característico cabello rubio platino y ojos azul hielo, hay un aire de peligro y pecado que rodea al segundogénito Gaël que recuerda a un ángel caído...
pero uno que no tiene intención de cambiar sus mortales colmillos por un halo en un futuro cercano.
Así que andaos con ojo, insensatos que oséis cruzaros en su camino.
Este Caro en particular ataca primero —y tened por seguro que será un ataque mortal— y pregunta después.
Al recordar esas líneas, Juliette negó mentalmente con la cabeza.
Era cierto que su tutor podía ser despiadado, pero solo con quienes no merecían piedad.
Por lo demás, era mucho más angelical de lo que la mayoría creía, y la prueba estaba justo frente a ella: sus rasgos se suavizaban cada vez que sus miradas se encontraban.
—Buenos días, Juliette.
—Buenos días, Gaël.
Toda la familia fingió no darse cuenta de cómo el rostro de Juliette se iluminó con el saludo de su tutor.
Para nadie en la mesa era un secreto que Juliette estaba enamorada de Gaël...
del mismo modo que todos sabían que el segundogénito Bellecourt era completamente ajeno a los sentimientos de su pupila.
El personal regresó para servir el desayuno, y todos supieron de inmediato que lo había preparado Juliette.
La expresión de Sydney se tornó dichosa al probar el primer bocado de la tortilla de langosta azul de Juliette.
—¡Oh, Dios, Jules! Cásate conmigo.
Todos rieron, e incluso Jean Luc esbozó una sonrisa.
Gaël negó con la cabeza cuando uno de los sirvientes iba a servir café en la taza de Juliette.
—Solo zumo para mi pupila.
Juliette miró a su tutor, confundida.
—¿Por qué no puedo tomar café?
—Porque estás a punto de tener el periodo —fue la respuesta sin rodeos, y Juliette solo quiso que se la tragara la tierra mientras todos, excepto Jean Luc, soltaban risitas ante la franqueza de su tutor.
Tendría que haberse acordado de que los Caros como Gaël podían percibir instintivamente cualquier cambio relacionado con la sangre en el cuerpo de una persona.
Juliette sintió ganas de hacerse pequeñita en su asiento mientras Gaël le recitaba una lista de lo que debía y no debía hacer para aliviar su condición.
Veinticinco podría ser la mayoría de edad para los Caros, pero ella era humana, y a los dieciocho eso significaba la edad adulta para su especie.
Agradecía que su tutor se preocupara tanto por su bienestar, sí, pero deseaba que la quisiera como a una amante, o al menos que la viera como la mujer que ya era y no como la niña que había sido.
Émilien miró a Luciella y preguntó con suavidad:
—¿Debería haberte dado los mismos consejos cuando entraste en la universidad?
Su pupila lo miró horrorizada, y los labios de Émilien se curvaron, divertidos. Luciella podría ser una criatura callada, pero sin duda sabía expresar su opinión sin necesidad de abrir la boca.
Jean Luc cogió otro montón de periódicos, pero solo era para disimular. El comportamiento de Gaël con su pupila le rondaba la cabeza últimamente, y la forma en que su hermano estaba actuando en ese preciso momento sin duda le daba más que pensar.
Este hermano suyo era considerado el más despiadado de todos los Bellecourt, y Jean Luc podía imaginar perfectamente cómo el mundo se quedaría boquiabierto si oyeran la forma en que Gaël le estaba hablando a su pupila en ese momento.
Juliette solo estaba a punto de tener su visita mensual, y sin embargo, por cómo estaba actuando su hermano, cualquiera diría que la chica padecía de repente alguna enfermedad terminal.
Aunque, por otra parte... Juliette era más vulnerable que la mayoría. La chica era demasiado bondadosa, y los preters —especialmente los Caros como él— solían ver esa bondad como una herramienta que explotar.