Nirupama 1.5
Ni siquiera pienso en lo que digo. Me sale sin más.
Skandan arquea una ceja, con un brillo en los ojos. Sabe reconocer el coqueteo.
—Quiero decir... —tartamudeo, buscando cómo arreglarlo—. Soy estudiante de arte —concluyo sin convicción.
Se ríe entre dientes.
—Ya veo. No, no creo que eso sea apropiado. Pero desde luego deberías seguir con tu arte, a eso me refería.
La cagué. Tuve una oportunidad de conquistar a Skandan Scindia y la cagué por completo. ¡Estúpida, estúpida, estúpida!
Estoy tan nerviosa que se me resbala el lápiz digital de la mano sudorosa. Cae al suelo, rueda bajo un banco y desaparece.
Sin pensar, me levanto y voy hacia allí, inclinándome para mirar bajo el banco. Ese iPad y el lápiz digital fueron un regalo de mi papá cuando cumplí diecisiete años, hace casi un año, y son mis posesiones más preciadas. No me imagino pasar un solo día sin ellos.
Me inclino hacia adelante, agarrándome al borde del asiento, y giro el torso para mirar debajo. ¡Ahí está! Lo veo.
Me pongo a cuatro patas, metiendo la cabeza bajo los asientos para buscar el lápiz a tientas.
Está justo fuera de mi alcance, pero me estiro, decidida a alcanzarlo.
Cuando por fin mis manos se cierran sobre su superficie blanca y lisa, suspiro aliviada y me doy cuenta de mi posición.
Llevo puesta mi falda del colegio de monjas, con la cinturilla doblada dos veces para subir el dobladillo unos centímetros, un viejo truco de los colegios de monjas de Chennai que aprendí de las otras chicas, las más atrevidas.
Estaba tan desesperada por recuperar mi lápiz que olvidé lo corta que es esa falda, y cómo, al ponerme a cuatro patas, con la cara hacia abajo y el culo en pompa, ¡básicamente me estoy exhibiendo ante Skandan Scindia!
Giro la cabeza, intentando mirar por detrás de la fila de asientos para verlo.
Solo alcanzo a verlo en parte, no su cara, pero sí su postura.
Es suficiente.
Incluso desde este ángulo, veo que Skandan está hipnotizado por lo que ve. Está de pie, clavado en el sitio, paralizado.
En la postura en que estoy, no hay duda de que Skandan tiene una vista perfecta de mis bragas, mi trasero, la mancha húmeda entre mis piernas, empapada ya y dejando ver los labios de mi coño casi tan claramente como si los hubiera dibujado para su deleite en mi iPad.
Bueno, yo estaba dibujándole el paquete cuando me pilló.
Así que supongo que ¡ojo por ojo!
¿Verdad?
Me siento tan deliciosamente perversa ahora mismo que sé que si me rozara ahí abajo sin querer, empezaría a temblar y a correrme como un aguacero del monzón sobre Chennai. Estoy todo lo excitada que se puede estar sin jadear y gemir de éxtasis.
Ese es el efecto Skandan Scindia.
Espero tener al menos algún efecto en él también.
Por fin salgo de debajo de los asientos, me enderezco, me doy la vuelta y vuelvo hacia él.
Sus ojos siguen clavados en mí, hipnotizados por cada detalle de mi cara, de mi cuerpo, y parece listo para arrancarme la ropa y hacerme cosas que ningún hombre me ha hecho jamás.
Como si de pronto fuera consciente de que esos pensamientos se le notan en la cara, se pasa una mano por la barba de dos días y aparta la mirada, evitando mis ojos.
Eso lo confirma: ¡me estaba mirando, sin duda!
En ese momento me posee un demonio.
—¿Te ha gustado el espectáculo? —le pregunto.
Me mira sorprendido y parpadea.
—Eh... —dice, sin encontrar una respuesta adecuada.
Da un paso atrás, dejándome espacio para volver a mi asiento, junto a mi mochila y mi iPad.
Pero en lugar de detenerme, sigo andando hasta chocar literalmente contra su pecho.
Bam.
Sé que no hay peligro de tirarlo al suelo. ¡Solo pensarlo es ridículo!
Skandan Scindia mide un metro noventa y tres, es corpulento, musculoso y fuerte como un toro. Sus años de entrenamiento riguroso y de juego le han forjado un torso de hierro.
Yo mido un metro sesenta y dos y peso unos 48 kilos mojada.
Lo único que pasa cuando choco contra él es que mi cuerpo entra en contacto pleno con el suyo.
No cae ni se mueve un centímetro, pero sí reacciona físicamente.
Todo su cuerpo se tensa como una goma estirada al límite. Siento los músculos duros ondularse en sus abdominales, pecho, glúteos y muslos mientras su cuerpo responde involuntariamente al contacto inesperado con mis curvas suaves, plenas y femeninas.
Y entre sus piernas, donde su ingle presiona contra mi vientre, lo siento ponerse duro al instante.
Sé que los jugadores odian llevar puestas las coquillas ni un minuto más de lo necesario una vez que terminan de entrenar.
Los he visto meter la mano en los pantalones y sacar las protecciones triangulares, y luego suspirar aliviados cuando sus bolas cautivas por fin quedan libres y pueden respirar.
Es el equivalente masculino de una mujer deseando quitarse un sujetador apretado. Lo entiendo.
Así que no hay nada entre la polla de Skandan y mi coño ahora mismo salvo unas pocas capas de ropa.
Y aunque su suspensorio mantiene su paquete seguro mientras juega, no hace mucho para taparlo ni para evitar que se empale en respuesta a este repentino contacto femenino.
Además, probablemente ya estaba medio empalmado después de mi numerito con el culo hace un minuto.
Pero sentirlo endurecerse no me basta ahora mismo.
El demonio que se ha apoderado de mí está desatado. Échale la culpa a las hormonas adolescentes. A mi educación de colegio de monjas como «buena chica de clase media de Chennai». O a mi rabia hacia mi papá por rechazarnos a mi mamá y a mí tan cruelmente.
Sea cual sea la razón, estoy poseída por impulsos que nunca antes había sentido.
Soy como una hoguera de Dussehra, y Skandan Scindia es la cerilla que me ha prendido.
Bajo la mano libre y lo ahueco en la palma.