Todo Queda en Familia Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—¿Te quedas a café? —preguntó mi madre.

La sargento pareció sorprendida.

—No quiero molestar.

—Después de todo esto, Vega, eres casi familia —dije—. Lo siento mucho.

—Eso suena más a amenaza que a invitación.

—En esta casa la diferencia siempre fue confusa.

Se quedó.

Alicia se encargó del café, porque Alicia había descubierto que servir café sin usarlo para controlar una escena era casi terapéutico.

Daniel arregló por fin la puerta del pasillo.

Martina volvió con Laura y el niño, que habían dejado la maleta en una habitación de la planta baja porque al niño le daba miedo dormir arriba la primera noche.

Nadie le dijo que era absurdo. Nadie le explicó que la casa ya no debía dar miedo.

Nadie le pidió que fuera valiente para tranquilizar a los adultos.

—Dormiréis abajo —dijo Martina—. Sin problema.

El niño miró a Vega.

—¿Tú eres policía?

—Guardia Civil —respondió ella.

—¿Y hay fantasmas?

Vega me miró.

—Eso parece competencia de Inés.

—Los estamos desalojando —dije.

El niño asintió con mucha seriedad.

—Mi padre decía que los fantasmas no existen.

Laura se quedó rígida.

Solo un segundo.

Lo suficiente.

Me agaché un poco para quedar a la altura del niño.

—A veces los adultos dicen cosas con mucha seguridad porque les da miedo que les pregunten más.

El niño me miró.

—¿Tú tienes miedo?

—Muchísimo.

—No pareces.

—Es que protesto fuerte y disimula.

El niño sonrió.

Laura también, aunque con los ojos húmedos.

Más tarde, cuando ya se habían instalado, la vi sola en la biblioteca. Estaba de pie junto a una de las ventanas, mirando el jardín con las manos abrazándose los codos. Me acerqué sin hacer ruido, aunque no tanto como para asustarla.

—¿Todo bien?

Se giró rápido.

—Sí. Perdón.

—No pidas perdón por mirar por una ventana. Aquí hemos tenido problemas más graves.

Laura soltó una risa nerviosa.

—Es mucha casa.

—Sí.

—Y mucha historia, ¿no?

Miré las paredes.

—Demasiada. Estamos intentando que no se caiga encima de nadie más.

Laura asintió.

—Mi hijo ha dormido poco estos días.

—Es normal.

—Pregunta mucho.

—Eso suele ser buena señal. Molesta, pero buena.

—Yo no sé qué responderle.

—Puedes empezar por lo que sí sabes.

—¿Y si lo que sé es horrible?

Me quedé callada un segundo.

Pensé en mi padre, en mi madre, en Jacinta, en Daniel, en Alicia, en todas las verdades que nos habían llegado tarde porque alguien decidió que eran demasiado horribles para decirlas. Lo horrible no desaparece por callarlo. Solo aprende a respirar por debajo de la puerta.

—Entonces díselo en pequeño —respondí—. No todo de golpe. No con detalles que no necesita. Pero no le construyas una mentira para que viva dentro. Luego cuesta muchísimo derribarla.

Laura me miró.

—Hablas como si lo supieras.

—Lo sé.

No preguntó más.

Se lo agradecí.

Esa noche, la primera de la fundación con alguien durmiendo dentro, decidimos quedarnos varios. Martina, mi madre, Tomás, Daniel y yo. Alicia también quiso, pero Daniel tenía café con ella al día siguiente y le dijo que quizá era mejor que descansara. Lo dijo bien. Ella lo aceptó mejor.

—¿Me estás poniendo un límite saludable? —preguntó Alicia.

—Creo que sí.

—Qué orgullosa estoy.

—No lo conviertas en momento.

—Perdón.

—Pero sí.

Ella sonrió.

Se fue sin insistir.

Milagro.

Cenamos en la cocina de servicio reformada, que ahora tenía una mesa grande, sillas distintas y ninguna sensación de que alguien pudiera juzgar el orden de los cubiertos desde un retrato.

Tomás preparó tortilla. Mi madre hizo ensalada.

Daniel cortó pan. Martina abrió una botella de agua y la miró con desconfianza.

—Trauma hídrico —dije.

—No sabes cuánto.

—En esta casa deberíamos servir todo embotellado y con certificado notarial.

Tomás dejó la tortilla en la mesa.

—Por favor, no mencione notarios antes de cenar.

—Tienes razón. Mal gusto.

Comimos.

No fue una cena de familia.

Eso habría sido demasiado fácil y bastante peligroso.

Fue una cena de personas que habían sobrevivido a una familia y estaban intentando inventar otra forma de sentarse a la mesa. Nadie presidía. Nadie lanzaba comentarios sobre la edad de nadie. Nadie preguntó por hijos. Nadie usó la palabra legado sin que le diera un poco de vergüenza.

Después de cenar, subí a la galería del piano.

No sé por qué.

O sí.

El piano estaba descubierto. La madera brillaba lo justo. Daniel lo había dejado hermoso sin borrar sus marcas. Me acerqué y pasé los dedos por el borde, sin tocar las teclas todavía.

Mi madre entró detrás de mí.

—Sabía que estarías aquí.

—Me estoy volviendo predecible. Qué horror.

—Solo un poco.

Se sentó en el banco del piano. Yo la miré.

—¿Vas a tocar?

—No sé.

—Papá tocaba fatal, según fuentes fiables.

—Muy fatal.

—Entonces el listón está bajo. Eso siempre ayuda.

Clara puso las manos sobre las teclas. Tocó una nota. Sonó clara, un poco triste. Luego otra. Después una tercera que no encajó demasiado bien.

—Veo que compartíais talento —dije.

—Calla.

Tocó una melodía sencilla. Muy sencilla. De esas que se aprenden de niña y luego se olvidan hasta que las manos las encuentran solas. No era perfecta. Se equivocó dos veces. Una nota sonó donde no debía. Otra llegó tarde.

Pero la galería se llenó de música.

Música mala, si uno quería ponerse técnico.

Música viva, si uno había pasado demasiado tiempo escuchando cintas de muertos.

Me senté a su lado.

—Enséñame.

Mi madre me miró.

—¿Quieres aprender?

—No. Pero quiero intentarlo mal.

Sonrió.

—Eso se nos da bien.

Puso mis dedos sobre las teclas. Me enseñó tres notas. Las toqué fatal. Ella se rió. Yo también. Repetimos. La tercera vez sonó un poco menos horrible. No bien, no exageremos. Pero menos horrible.

Daniel apareció en la puerta.

—Eso ha sido un delito musical.

—Vete —dije.

—Como carpintero de este piano, me siento responsable.

—Como hija de un hombre que tocaba fatal, estoy honrando una tradición.

Daniel se apoyó en el marco.

—Entonces sigue.

Martina apareció detrás de él.

—¿Estamos torturando al instrumento?

—Estamos sanando generacionalmente —respondí.

—Ah, perdón. Continúa.

Toqué otra vez.

Mal.

Todos se rieron.

Y ahí, en esa risa, pasó algo que no había pasado nunca en la Casa de las Hiedras.

El ruido no escondía nada.

No tapaba un secreto, no maquillaba una amenaza, no intentaba evitar una pregunta. Era solo ruido. Torpe. Vivo. Nuestro.

Más tarde, cuando todos se fueron a dormir o a fingirlo, me quedé sola en la galería.

La ventana estaba abierta y entraba aire fresco del jardín.

Desde abajo llegaba algún crujido normal de la casa, no esos crujidos antiguos que parecían tener intención criminal.

Pensé en Jacinta. En Andrés. En Julián. En Beatriz.

En Aurora. En toda esa gente que había confundido la casa con un destino.

Saqué del bolsillo la última copia de la carta de mi padre. La llevaba doblada desde hacía días, sin saber por qué.

La abrí en la parte final.

“Si alguna vez la familia se vuelve una condena, no la cumplas por respeto.”

Miré el piano.

La escalera.

La puerta abierta.

La casa.

—No la estoy cumpliendo, papá —murmuré—. La estoy conmutando por trabajos comunitarios.

Me reí sola.

Un poco.

Y por primera vez no me pareció raro hablarle a un muerto de mi familia.

Quizá porque ya no esperaba que respondiera.