Capítulo 27 #3
Aurora bajó la mirada un segundo. Casi pareció una sonrisa, pero no llegó.
—Siempre fue ordenada.
—También estaba bastante acostumbrada a callarse. Estamos intentando que se le pase.
Mi abuela volvió a mirarme.
—Tu madre no es débil.
—Lo sé.
—Parecía débil porque elegía no pelear algunas guerras.
—No. Parecía débil porque todos os aprovechasteis de que no sabía dónde poner la rabia.
Aurora no respondió enseguida.
Bien.
Me gustó haberle quitado una frase preparada.
—Quizá —dijo al final.
—Vaya. Un “quizá”. Cuidado, abuela, a este paso acabas reconociendo una emoción.
—No he pedido verte para que me insultes.
—Qué raro. Yo pensaba que era parte del paquete.
—Te he pedido ver porque quería hablarte de la casa.
Ahí estaba.
La casa.
Siempre la casa.
Incluso allí, sin hiedra, sin mármol, sin escaleras, sin cuadros, Aurora seguía llevando la Casa de las Hiedras en la boca como otros llevan una medalla.
—No —dije.
Frunció el ceño.
—Todavía no sabes qué voy a decir.
—Sí. Vas a pedirme que no la convirtamos en Fundación Jacinta.
La expresión le cambió apenas.
Punto para mí.
—Esa casa no debería convertirse en un símbolo público.
—Esa casa ya es un símbolo. Solo que hasta ahora lo habéis gestionado fatal.
—No sabes lo que implica abrirla.
—Creo que una parte la hemos descubierto en el pozo.
—No seas vulgar.
—No soy vulgar. Estoy siendo concreta. A veces confundís ambas cosas porque la verdad sin mantel os parece de mal gusto.
Aurora apretó las manos sobre el regazo.
—Jacinta no habría querido eso.
Me reí.
No pude evitarlo.
—Abuela, empujaste a Jacinta a un pozo. Me parece un poco tarde para usarla como argumento de autoridad.
Por primera vez, algo en su cara cedió.
No mucho.
Lo suficiente.
—Jacinta habría odiado que usaran su nombre para pedir dinero, dar charlas y que desconocidas durmieran en su dormitorio.
—Pues no dormirá nadie en su dormitorio.
—Eso no cambia nada.
—Cambia bastante.
—La convertiréis en una excusa.
—No. La convertiremos en una puerta abierta. Hay diferencia.
Aurora miró hacia la ventana. Fuera había un patio gris, una pared, un árbol flaco que parecía estar allí por obligación. Nada que ver con la finca. Nada que ver con la hiedra.
—Las puertas abiertas también dejan entrar cosas malas —dijo.
—Sí. Pero las cerradas no han dado precisamente buen resultado.
Se quedó callada.
Yo también.
Durante un momento solo se oyó el ruido lejano de un carro, pasos en el pasillo y una voz que llamaba a alguien por un apellido que no conocía. La vida seguía siendo vulgarmente práctica alrededor de nuestra tragedia. Eso empezaba a parecerme una virtud.
—No vine a pedirte permiso —dije al fin.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿qué querías?
Aurora tardó.
—Quería saber si lo hacías por venganza.
La pregunta me sorprendió.
No porque fuera injusta. Porque era buena.
Pensé en la casa convertida en fundación, en las habitaciones reformadas, en Jacinta dejando de ser un fantasma familiar para convertirse en un nombre en la puerta.
Pensé en Aurora obligada a ver cómo aquello que había defendido con sangre servía para todo lo contrario.
Sí. Había algo de venganza ahí. Sería hipócrita negarlo.
—Un poco —dije.
Aurora me miró.
—Al menos eres honesta.
—Estoy probando. Cansa, pero tiene su punto.
—La venganza no sostiene nada.
—La mentira tampoco, y mira cuánto os duró.
—Durar no es sostener.
Aquello me dejó callada un segundo.
Mala cosa.
Aurora acababa de decir algo razonable.
—No lo hago solo por venganza —dije—. Lo hago porque no quiero vender la casa a alguien que la convierta en lujo con chimenea y desayuno incluido.
Lo hago porque Daniel no quiere heredar una jaula.
Porque Alicia quiere que algo de todo esto sirva para alguien.
Porque mi madre necesita ver que una casa puede cambiar de significado.
Porque Martina tiene más ideas útiles que todos vosotros juntos.
Y porque Jacinta dejó una cinta diciendo que la casa siempre miente.
Me parece justo demostrarle que, al menos una vez, puede decir algo que no sea una mentira.
Aurora me observó en silencio.
—Hablas como Andrés.
—Pues tú dirás. A él también lo intentasteis callar.
—No fui yo quien lo acusó.
—Pero te vino bien.
No contestó.
Otra vez.
A veces el silencio era la única confesión que Aurora podía permitirse.
—Andrés era peligroso —dijo al fin.
Sentí que algo se me tensaba dentro.
—Cuidado.
—Lo era. No porque fuera malo. Porque todavía podía avergonzarse. En esta familia, quien conserva la vergüenza acaba poniendo nerviosos a los demás.
No quise que me gustara esa frase.
Me gustó.
La odié por eso.
—¿Y Jacinta? —pregunté.
Aurora cerró los ojos.
—Jacinta era libre.
La palabra salió baja.
No como insulto.
Como pérdida.
—¿La odiabas por eso?
—Sí.
La respuesta fue tan directa que me quedé quieta.
Aurora abrió los ojos.
—La odiaba porque podía marcharse. Porque miraba la casa y no veía destino, veía paredes. Porque mi padre la prefería aunque ella lo despreciara. Porque yo sí quería quedarme y nadie admiraba eso. Porque ella decía lo que yo no me atrevía ni a pensar.
No se justificó.
No pidió comprensión.
Solo lo dijo.
Quizá por eso dolió más.
—Eso no explica empujarla al pozo.
—No.
—Bien.
—Nada lo explica.
Tragué saliva.
Aquella frase, en su boca, sonó casi imposible.
—¿Te arrepientes?
Aurora miró sus manos.
Tardó tanto que pensé que no iba a responder.
—Todos los días durante cuarenta y siete años pensé en el momento anterior.
—¿El momento anterior?
—Antes de empujarla. Cuando todavía podía no hacerlo.
No dije nada.
—No pensé en Jacinta cayendo. No tanto como debería. Pensé en ese segundo. En mi mano antes. En que hubo un instante en que la historia aún podía ser otra.
Su voz no temblaba, pero se había vuelto más baja.
—Después de eso, todo fue consecuencia. Julián aprendió. Yo aprendí. La casa aprendió. Y todos llamamos carácter a lo que era miedo repetido.
No quería sentir pena por ella.
De verdad que no.
La pena por Aurora me parecía casi una traición a todos los demás.
A Jacinta, a mi padre, a Alicia, a Daniel, a mi madre.
Pero no sentí exactamente pena. Sentí otra cosa.
La comprensión incómoda de que incluso los monstruos tienen un segundo anterior.
Y que eso no los salva. Solo los vuelve más terribles.
—No voy a perdonarte —dije.
Aurora asintió.
—Lo sé.
—Ni por Jacinta, ni por papá, ni por Alicia, ni por Daniel, ni por mi madre.
—Lo sé.
—Y no voy a cargar con la obligación de odiarte todos los días, porque eso también sería seguir viviendo dentro de la casa.
Esta vez sí me miró con sorpresa.
Pequeña.
Pero sorpresa.
—Eso no lo aprendiste de Andrés —dijo.
—No. Creo que eso lo estoy aprendiendo sola.
Aurora respiró hondo. Parecía más vieja que al entrar yo. O quizá yo estaba más dispuesta a verla vieja.
—Hay una cosa que debes saber.
Me eché hacia atrás.
—Si es otra caja, cinta, copa, hijo perdido o cadáver antiguo, te aviso de que estoy en mi límite semanal.
—No.
—Bien. Continúa, pero con cuidado.
—Tu padre vino a verme antes de morir.
Sentí que el aire cambiaba.
—¿Cuándo?
—Tres días antes del accidente.
Accidente.
La palabra salió sola, vieja. Aurora se corrigió con un gesto mínimo.
—Antes de su muerte.
—¿Qué quería?
—Que confesara lo de Jacinta. Lo de Alicia. Lo de la cuenta. Todo.
—¿Y tú?
—Le dije que no.
—Qué giro inesperado.
—Me dijo que entonces lo haría él. Que había dejado cartas. Copias. Pruebas.
—¿Por eso murió?
Aurora negó despacio.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Julián fue a verlo esa noche. Ramiro también. Yo no.
Me quedé quieta.
—¿Estás diciendo que papá no tuvo un accidente?
—Estoy diciendo que nunca creí del todo que lo fuera.
La habitación se estrechó.
Durante todos esos días había aceptado una versión: mi padre había muerto después de cargar con una acusación falsa, roto por la familia, señalado, pero muerto en un accidente.
Un coche. Una carretera. Una curva. Algo triste, pero externo.
Ahora Aurora acababa de abrir otra grieta, y por un segundo la odié con una fuerza renovada.
—¿Por qué no lo dijiste?
—Porque si Andrés murió por lo que sabía, también fue por lo que yo no dije.
—No. No me vengas ahora con confesiones a medias. ¿Julián lo mató?
—No lo sé.
—¿Ramiro?
—No lo sé.
—¿Pero lo sospechabas?
—Sí.
—Y te callaste.
—Sí.
Me levanté.
La silla chirrió contra el suelo.
—Eres increíble.
—Inés...
—No. No digas mi nombre ahora.
Caminé hasta la ventana. El patio seguía allí, gris, feo, real. Me apoyé en el alféizar porque tenía ganas de romper algo y no quería darle el gusto a aquella habitación de verme perder el control.
Mi padre.
Otra vez mi padre.
Otra puerta.
Otro “no era exactamente como creías”.
La rabia me subió como un golpe de calor.
—¿Se lo has dicho a Vega?
—Sí.
Me giré.
—¿Qué?
—Se lo dije ayer. Está investigando. Con las copias de Ramiro y la declaración de Enrique Soler, quizá puedan reconstruirlo.
—¿Y me lo dices ahora por qué? ¿Para rematar la visita?
—Porque no quería que lo supieras por un informe.
Me reí. Fue una risa fea.
—Qué detalle. Ahora te preocupa la delicadeza.
—No.
—¿Entonces?
Aurora me miró.
—Ahora ya no tengo casa que proteger.
La frase me dejó sin respuesta.
No porque la absolviera.
Porque era la verdad más desnuda que le había oído.
Aurora sin casa no sabía quién era. Y quizá por eso, por primera vez, decía algo sin calcular del todo el beneficio.
Volví a sentarme. No porque quisiera. Porque las piernas no me daban para seguir de pie con dignidad.
—¿Qué crees que pasó? —pregunté.
Aurora miró al suelo.
—Creo que Julián fue a asustarlo. Ramiro también. Creo que Andrés no se asustó. Creo que discutieron. Creo que después de eso, mi hijo hizo lo que siempre hacía cuando alguien no aceptaba su versión: buscó la forma de convertirlo en culpable de su propia caída.
Sentí un frío lento.
—El coche.
—La curva donde murió no era peligrosa. Andrés conducía bien. No había alcohol. No había lluvia. Pero los frenos...
Se detuvo.
—¿Qué pasa con los frenos?
—El informe dijo fallo mecánico.
—¿Y?
—Julián conocía al mecánico.
Me llevé una mano a la frente.
No quería más.
Y, aun así, necesitaba más.
Esa era la crueldad de la verdad: cuando empieza a salir, una ya no puede pedirle que tenga buen gusto y se detenga antes de doler.
—Vega está investigando eso —dije.
—Sí.
—¿Mi madre lo sabe?
—No lo sé.
—¿No lo sabes o no quieres saberlo?
Aurora no contestó.
Me levanté otra vez.
—Ya está.
—Inés.
—No.
—Hay algo más.
—Por supuesto que hay algo más. En esta familia siempre hay algo más. Pero hoy no.
Aurora cerró la boca.
Eso me sorprendió.
Yo esperaba insistencia, orden, manipulación. No ese silencio casi obediente.
Caminé hacia la puerta. Antes de salir, me detuve.
—La fundación se va a hacer.
Aurora me miró.
—Ya lo imaginaba.
—Se llamará Jacinta.
—Sí.
—Y su dormitorio se conservará. No como santuario. Como sala de memoria. Con su voz, sus cintas, sus palabras. No con vuestra versión.
Aurora bajó la vista.
—Bien.
Otra sorpresa.
—¿Bien?
—Jacinta habría odiado una estatua. Pero habría disfrutado mucho incomodando a desconocidos desde una grabación.
No quise sonreír.
Casi lo hice.
Y eso me enfadó.
—Adiós, abuela.
—Adiós, Inés.
Abrí la puerta.
—Y una cosa más —dije, sin girarme del todo—. La casa no va a destruirse porque entren mujeres rotas. La casa empezó a destruirse cuando no las dejasteis salir.
No esperé su respuesta.
Salí al pasillo con el pecho apretado y la sensación de que acababa de recibir otra herencia: no una casa, no un apellido, no una culpa, sino una sospecha nueva sobre la muerte de mi padre.
Vega me esperaba al fondo.
No me sorprendió verla. Supongo que a esas alturas la sargento ya se había convertido en una especie de fantasma práctico de la familia.
—Ya te lo ha dicho —dijo.
—Lo de mi padre.
—Sí.
—¿Es verdad?
Vega no intentó suavizarlo.
—Es posible.
Cerré los ojos.
—Odio esa palabra.
—Lo sé.
—¿Hay pruebas?
—Estamos buscando. Ramiro ha entregado información sobre el mecánico y sobre una transferencia hecha dos días después de la muerte de Andrés. No puedo prometerte nada.
—No prometas.
—Pero lo investigaremos.
Asentí.
No podía hacer mucho más.
—¿Tu madre lo sabe? —preguntó Vega.
—No.
—¿Quieres decírselo tú?
Pensé en Clara en mi cocina, en sus manos alrededor de una taza, en las cartas de Andrés, en esa forma nueva de respirar sin pedir permiso. Pensé en lo cruel que sería abrirle otra herida y en lo más cruel que sería dejar que la conociera por otra boca.
—Sí —dije—. Yo se lo digo.
Vega asintió.
—Puedo acompañarte.
—No. Gracias.
Me miró con una atención seria.
—Inés, esto puede remover muchas cosas.
Solté una risa cansada.
—Sargento, con todo respeto, mis cosas ya están tan removidas que podrían plantarse tomates.
Esta vez sí sonrió un poco.
Muy poco.
Pero sonrió.
Al salir a la calle, el aire me dio en la cara. No hacía frío, pero yo temblaba. Me quedé unos segundos en la acera, con el móvil en la mano, sin llamar a nadie todavía.
No a mi madre.
No a Alicia.
No a Daniel.
No a Martina.
Primero necesitaba respirar como si el aire no viniera de la Casa de las Hiedras. Como si el apellido no me pesara en los bolsillos. Como si la verdad, esa cosa sucia y necesaria, no acabara de pedirme otra vez que la siguiera.
Miré el cielo.
Gris, cómo no.
—Papá —murmuré—, podrías haber dejado una familia un poco menos complicada.
Nadie respondió.
Mejor.
Los muertos de mi familia ya habían hablado bastante.