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Y don Honorio habló, y casi gana.
Nadia lo vio pasar delante de sus ojos, en directo, en el altar, lo más peligroso que había visto en su vida: la facilidad con la que un hombre bueno puede deshacer la verdad.
Don Honorio no negó las grabaciones. Eso habría sido un error, y él no cometía errores.
Las abrazó. Sí, hijos míos, esas voces son reales, y por eso me rompen el corazón.
Habló del pobre Heredia, un buen guardia al que la codicia perdió, al que él había confiado la seguridad de este pueblo y que lo había traicionado robando las tumbas de sus propios muertos.
Habló del desgraciado Marcos Belmonte, fugado de la justicia, capaz de cualquier cosa.
Habló de su panteón profanado, del oro de sus padres robado, de su familia ultrajada.
Y habló, con una pena infinita, permitiéndose unas lágrimas medidas, de esas que un hombre sabe cuándo dejar caer, de la pobre Nadia, una niña a la que él vio crecer, cegada por el amor a un hermano asesino, montando con retazos de voces sacadas de contexto una historia monstruosa para limpiar la sangre de su propia casa.
Yo la perdono , dijo don Honorio, mirándola con dulzura.
Es una hija desesperada. ¿Qué no haríamos los padres por un hijo?
Y Nadia sintió cómo el suelo de la iglesia se movía debajo de ella.
Porque funcionaba. Lo veía en las caras del pueblo: el alivio.
Las ganas. Las inmensas ganas de creerle.
De que su santo siguiera siendo su santo.
De que el monstruo fuera el guardia muerto y el fugado y no el hombre que les había bajado la fiebre a sus hijos.
Banco a banco, Castroviejo empezaba a volver a él, a agarrarse a su voz como a un clavo ardiendo, porque era más fácil, porque dolía menos, porque llevaban cincuenta años haciéndolo.
Tenía la verdad entera grabada y publicada en toda España, y aun así, allí dentro, en aquella iglesia, estaba perdiendo. Estaba perdiéndolos.
No podía ganarle con más pruebas. Lo entendió en un segundo. Contra cincuenta años de voz, ninguna prueba. Tenía que jugar otra cosa. La única que le quedaba. La que solo ella, que se ganaba la vida leyendo a la gente por dentro, sabía ver.
Don Honorio podía mentirle al pueblo. Podía mentirle a la ley. Llevaba veinticinco años mintiéndose a sí mismo. Había una sola persona en el mundo, una sola, a la que aquel hombre no había podido ni iba a poder mentirle nunca. Y estaba allí.
—Tiene usted razón, don Honorio —dijo Nadia, y su voz cortó la del viejo, serena, rendida casi—.
No puedo probarlo. Tiene razón. Un hombre listo deshace la palabra de un muerto y la de un fugado.
Usted lleva veinticinco años deshaciendo cosas, y es el mejor que ha habido nunca.
No voy a discutir con usted. No voy a ganarle.
—Hizo una pausa, y se giró del pueblo hacia él, hasta quedar cara a cara, los dos solos en el altar—.
Solo voy a pedirle una cosa. Una. No como periodista.
Como médico. El médico que trajo a Tomás Cobo a este mundo con sus propias manos.
El que le puso esa medalla del Carmen en el cuello, en la pila, ahí mismo.
—Señaló la pila—. Aquella noche, cuando su hijo lo llamó llorando y usted bajó a la iglesia de La Vega y se arrodilló en el barro sobre ese niño…
usted le vio la herida de la cabeza. Y usted es médico, don Honorio.
El mejor de la comarca. Usted supo, en un segundo, lo que sabe cualquier médico: que a aquel niño lo habían sujetado, que aquello no fue un crío que se cae solo.
Usted supo, arrodillado en aquel barro, que su hijo había llamado a un hombre capaz de matar a un niño para no perder la pensión.
Lo supo. Con la misma ciencia con la que ha firmado mil muertes en este valle.
—Bajó la voz, y en la iglesia en silencio se oyó cada palabra—.
Y entonces hizo usted lo único que no se le perdona, lo que está debajo de todo lo demás: eligió no saberlo.
Enterró al niño, y enterró la herida, y enterró la verdad, todo junto, debajo de la misma losa, para no tener que cargar nunca con lo que su hijo le había traído.
Veinticinco años, don Honorio. Veinticinco años eligiendo, cada mañana, no saber.
El viejo la miraba. Y por primera vez la sonrisa triste no estaba.
—Pero se acabó —dijo Nadia—. El no saber se acabó.
Hace media hora, en esta iglesia, delante de todo su pueblo, ha oído usted al cabo Heredia decirlo con su voz.
La piedra del altar. La herida que usted se negó a leer durante veinticinco años, leída en voz alta por el hombre que la hizo.
Ya no puede apartar la vista. Ahora ya lo sabe.
—Y entonces lanzó la única jugada que le quedaba, la que no era una prueba sino una imposibilidad—.
Así que no le voy a pedir al pueblo que me crea a mí.
Le voy a pedir a usted una cosa, don Honorio, aquí, en su iglesia.
Mire a la madre de ese niño. Está ahí. —Señaló a Amparo, de pie, pequeña, temblando bajo el velo negro—.
Mire a Amparo Cobo a los ojos, delante de todos nosotros, y dígale que fue una caída.
Y la iglesia entera, doscientas almas, contuvo la respiración.
Don Honorio Vidal se volvió, despacio, hacia el banco de las mujeres. Hacia Amparo. Hacia la madre del niño que él había traído al mundo y enterrado.
El hombre que podía mentirle al mundo abrió la boca para decir las cuatro palabras que lo salvaban, las que llevaba veinticinco años diciendo, fue una caída, hija , las que aquel pueblo se moría por oírle decir.
Y no pudo.
La voz, la voz de terciopelo, la voz que había doblegado a un valle entero durante medio siglo, la que bajaba fiebres y consolaba viudas y enterraba niños, aquella voz, por primera vez en la vida de don Honorio Vidal, se le quebró en la garganta y no salió.
Porque para decirle fue una caída a Amparo Cobo había que no saber que no lo había sido.
Y Nadia acababa de obligarlo a saberlo. Le había quitado lo único que sostenía la mentira: la ignorancia que él mismo se había fabricado.
Y sin ella, delante de aquella madre, el santo de Castroviejo, el hombre más querido y más mentiroso de la comarca, se quedó mudo.
Y aquel silencio, en aquel altar, lo dijo todo. Lo dijo más alto que las tres grabaciones juntas.
El pueblo lo vio. Vio a su santo intentar mentirle a una madre y no poder.
Vio quebrarse la voz que nunca se había quebrado.
Y en ese silencio, banco a banco, en las caras de Castroviejo, el alivio se volvió horror, y la duda se volvió certeza, y cincuenta años de devoción se hicieron pedazos para siempre.
No los convenció Nadia. Los convenció el silencio del propio don Honorio. Lo derribó él solo, en el momento en que le quitaron el no saber.
El viejo se tambaleó. Buscó el altar con una mano para no caerse.
Y entonces, en aquel silencio, ocurrió lo único que nadie había planeado, lo que ni Nadia se atrevía a esperar.
Amparo Cobo, la mujer pequeña y vaciada, la que había pasado veinticinco años sedada y tomada por loca, salió de su banco.
Cruzó el pasillo central de la iglesia, despacio, sola, con todos mirándola, y se acercó al altar, y se plantó delante de don Honorio Vidal, delante del hombre que la había hecho creer durante un cuarto de siglo que su hijo se había ahogado y que ella estaba perdiendo la cabeza.
No le gritó. No lo golpeó. Lo miró desde abajo, con sus ojos por fin encendidos, y le hizo, en voz muy baja, en el silencio absoluto de la iglesia, la única pregunta que importaba, la que llevaba veinticinco años sin poder hacer:
—¿Dónde lo enterraste, Honorio? —dijo Amparo—. Dime nada más eso. ¿Dónde tuviste a mi niño todo este tiempo, mientras me dabas pastillas y me decías que rezara?
Y don Honorio Vidal, el santo de Castroviejo, miró a aquella madre, y se le doblaron las rodillas, y el hombre de setenta y ocho años se derrumbó allí mismo, delante del altar de su iglesia, delante de su pueblo, delante de la Virgen robada y de la madre a la que había vaciado, y rompió a llorar como Nadia no había visto llorar a nadie en su vida, con un llanto viejo y horrible de veinticinco años, sin nada calculado ya, sin nada que administrar, y entre el llanto, por fin, salió de su boca la única palabra verdadera que le quedaba dentro, dicha no al pueblo, ni a la ley, ni a Dios, sino a Amparo, a sus pies:
—Perdóname.