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Dos relojes corrían hacia el mismo punto, y los dos eran el mediodía.
El de Salcedo: dame hasta el mediodía para detener a Rafael con todas las garantías, y luego publica.
El de Vera: a mediodía media España habrá oído la mentira reconfigurada y será ya verdad.
Si Nadia respetaba a Salcedo, la mentira fraguaba.
Si publicaba para ganarle a Vera, le daba a Rafael la mañana para huir y le quitaba a Salcedo el caso de las manos.
Cada opción salvaba una cosa y mataba la otra.
Y Nadia, sentada en el coche con Bruno en el alto del Cuervo, mirando el pueblo despertar a sus pies, hizo lo que había aprendido a hacer en aquellas dos semanas: dejó de elegir entre dos cosas y buscó la tercera, la que las contenía a las dos.
—¿Qué día es hoy? —preguntó de pronto.
—Domingo. —Bruno la miró—. ¿Por qué?
Domingo.
Y Nadia lo vio entero, de golpe, con la claridad fría y limpia de las grandes jugadas, y se le erizó la piel.
Dile a tu madre que la veo en misa el domingo.
La amenaza de don Honorio era también su trampa.
Porque a mediodía de aquel domingo, dentro de tres horas, iba a pasar en Castroviejo lo que pasaba todos los domingos a mediodía desde hacía cincuenta años: el pueblo entero, las doscientas almas, iban a juntarse en un solo sitio.
En la iglesia nueva. Con don Honorio Vidal en el primer banco, el patriarca, el santo, rodeado de su gente.
Con Amparo Cobo entre los bancos, como cada domingo.
Con la teniente Salcedo pudiendo colocar a sus hombres en la plaza.
Y, presidiendo el altar, encima de todos, con sus velas y su placa de bronce, la Virgen del Carmen de La Vega.
El oro robado de los muertos, el corazón entero del expolio, expuesto a la vista del pueblo que iba a rezarle.
No había un escenario en el mundo entero mejor para la verdad.
La máquina de los Vidal funcionaba con silencio, y el silencio más sagrado de todos, el más imposible de romper, era el de una misa de domingo en un pueblo.
Romperlo ahí, delante de todos, con el símbolo del crimen presidiendo el altar, era romperlo para siempre.
—La misa —dijo Nadia—. A mediodía. Ahí lo hacemos.
Y lo hacemos todo a la vez, Bruno. Las dos manecillas en el mismo segundo.
—Se giró hacia él, con los ojos encendidos—.
Salcedo no detiene a Rafael en su casa, a escondidas, donde puede huir.
Lo detiene en la misa, delante del pueblo, en el mismo instante en que yo pongo a sonar en esa iglesia las voces de los tres.
Y Quique, en Madrid, le da al botón de publicar en El Fondo en ese mismo segundo.
La detención, la verdad en la iglesia y la verdad en toda España, las tres cosas a la vez, al mediodía.
Rafael no tiene tiempo de huir porque lo esposan ahí mismo.
La mentira de Vera no fragua porque la entierra la verdad en directo, en las propias voces de los culpables.
Y don Honorio no puede hacer nada, por primera vez en veinticinco años, porque está sentado en el primer banco de su propia iglesia, delante de todo el pueblo, oyendo a su hijo y a su cabo confesar mientras le ponen las esposas al uno y lo señalan a él.
—Tomó aire—. En su arena, Bruno. Le rompemos el silencio en su arena, el domingo, en misa, con todo el pueblo de testigo. No hay máquina que tape eso.
Bruno la miró un largo rato. Y luego soltó el aire, despacio.
—Joder, Nadia —dijo, con una mezcla de espanto y de admiración—. Eres terrible. —Negó con la cabeza—. Salcedo no te va a dejar montar un circo en una iglesia.
—No es un circo, y por eso me va a dejar.
Es el único sitio donde Rafael no puede huir: rodeado de doscientos testigos, con la prueba sonando, con un cuartel que no es suyo en la puerta.
Y es el único momento en que la versión de Vera no fragua, porque una detención pública y en directo la desmiente sola, en el mismo segundo en que se emite.
Salcedo no gana espectáculo. Gana la única detención sin fuga posible y el único modo de que la mentira no se le adelante.
Se lo voy a vender así. Y tú me vas a ayudar a vendérselo, porque eres guardia y a ti te va a creer.
Lo organizaron en dos horas, contrarreloj, desde el coche y desde la cocina de los Belmonte.
Tres piezas. La primera, Salcedo: Bruno habló con ella de guardia a guardia, y la teniente, después de mucho discutir, lo vio por el cálculo y no por el ruido.
Colocaría a su gente de la capital —no a la del cuartel— de paisano en la plaza y a las puertas; en cuanto Nadia diera la señal, entrarían a por Rafael con la orden que un juez de la capital le estaba tramitando por teléfono sobre la base de las tres grabaciones.
La segunda, Quique: en Madrid, el episodio cargado, las tres voces montadas, el dedo encima del botón, esperando el mensaje de Nadia para publicar en el mismo segundo.
Y —esto lo añadió Bruno, y era la clave— emitiendo además en directo desde el momento uno, de modo que las voces no sonaran solo por los altavoces de la iglesia, sino a la vez fuera, en abierto: si dentro alguien cortaba la corriente, el sonido ya no se apagaba, porque ya estaba en la calle, en España, imposible de bajar.
El dentro y el fuera se protegían el uno al otro.
Faltaba la voz de la iglesia. Faltaba cómo hacer que el pueblo entero, dentro de aquellos muros, oyera las grabaciones. Y para eso Nadia subió a ver a don Casiano.
El cura estaba haciendo las maletas. Lo jubilaban, lo mandaban a la residencia de la capital esa misma semana, castigado por haberle enseñado a Nadia un libro.
Y cuando Nadia le contó lo que iba a hacer, y le pidió lo que le pidió —la megafonía de la iglesia, el micrófono del altar, diez minutos de su última misa—, el viejo párroco se sentó en su cama deshecha, entre las maletas, y se quedó callado mucho rato.
—Llevo treinta y un años diciendo misa en esa iglesia con una imagen robada encima del altar —dijo al fin, en voz baja—.
Sabiéndolo. Callándolo. Por comodidad. Por miedo.
Por las tejas que me pagaban los Vidal. —Levantó los ojos, y los tenía húmedos—.
Me jubilan por enseñarte un libro. Pues que me jubilen por algo que valga la pena.
—Se levantó—. El domingo es mi última misa en Castroviejo, hija.
La megafonía es tuya. Y que Dios nos perdone a todos por haber tardado veinticinco años.
A las once y media, casi todo estaba listo. Salcedo y sus hombres, en posición. Quique, con el dedo en el botón y el directo preparado. Casiano, esperándola en la sacristía con la llave del armario de la megafonía. Las grabaciones, en el teléfono de Nadia.
Casi todo. Porque la orden del juez aún no había entrado.
Salcedo la perseguía por teléfono desde la capital, un domingo, con un magistrado de guardia que pedía leer y releer, y sin esa orden firmada sus hombres no podían tocar a Rafael Vidal por mucho que sonara su voz en la iglesia.
La tendré antes de las doce , había dicho la teniente.
La tendré. Pero a las once y media no la tenía, y las campanas iban a tocar igual, y aquella era la única grieta del plan que Nadia no podía cerrar con nada: el tiempo de un juez que leía despacio mientras un pueblo se vestía de domingo.
Solo quedaba una cosa más, y era la que más le pesaba a Nadia de todas. Bajó a casa de Amparo Cobo. No le contó el plan. Solo le dijo:
—Amparo. Ve a misa hoy. Como cada domingo.
Siéntate donde te sientas siempre. Y pase lo que pase, no te muevas, y escucha.
—Le cogió las dos manos pequeñas, las que la habían agarrado a ella aquel primer día—.
Lo que me pediste. Lo que te prometí. Hoy lo tienes.
Hoy vas a saber quién te mató al niño. Delante de todo el pueblo.
Para que no te puedan volver a decir nunca más que estabas loca.
Amparo la miró con sus ojos vaciados, y algo, muy despacio, se le encendió dentro, una luz vieja de veinticinco años apagada. No preguntó nada. Solo asintió, y le apretó las manos, y dijo:
—Allí estaré.
A las doce menos cinco, las campanas de la iglesia nueva de Castroviejo empezaron a tocar a misa por encima de los tejados, como tocaban todos los domingos a mediodía desde que el pueblo subió de La Vega, llamando a las doscientas almas a juntarse delante de Dios y delante de su santo. La orden seguía sin llegar.
Nadia echó a andar hacia la plaza, con Bruno a su lado, con el teléfono en el bolsillo y el corazón golpeándole, entre la gente que subía a misa endomingada, saludándose, ajena, sin saber que aquel iba a ser el último domingo normal de sus vidas. Subió las escaleras de la iglesia entre el gentío.
Y en lo alto de las escaleras, en la puerta de su iglesia, recibiendo a sus feligreses uno a uno con una palabra amable para cada cual, con su traje de los domingos y su pelo blanco peinado hacia atrás y su sonrisa triste de hombre bueno, estaba don Honorio Vidal.
El patriarca, dando la bienvenida a su pueblo a su templo.
La vio subir. Y no se asustó. No se sorprendió.
Al contrario: cuando los ojos de los dos se encontraron entre la gente, en lo alto de las escaleras de la iglesia, el viejo le sonrió a Nadia con una calma absoluta, la calma del que está en su casa, del que lleva trescientos años en su casa, del que ha enterrado todo lo que ha hecho falta enterrar y sabe que lo enterrará otra vez, y le tendió la mano, cálida, paternal, invitándola a pasar a su iglesia, como a una más.
—Nadia —dijo don Honorio, con su voz de terciopelo, por encima del repique de las campanas—. Me alegro de que hayas venido a misa. Pasa, hija. Estás en tu casa.