TODO LO QUE DEJAMOS SIN DECIR CAPÍTULO 33 La tercera cosa de la lista
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CAPÍTULO 33 La tercera cosa de la lista

Habían pasado ya varios meses desde el regreso de Ciudad de México, y la vida entre ellas había encontrado un ritmo propio, cómodo, casi silencioso en su simplicidad.

Clara trabajaba por las mañanas en la librería, revisando manuscritos para la editorial regional entre clientes que entraban buscando algún título, con Regina llamándola cada dos semanas desde la ciudad para consultarle algún detalle del sistema que solo ella conocía a fondo.

Elena hacía lo mismo en Flores Duarte, con sus entregas, sus arreglos, la rutina de siempre que ya no necesitaba ningún ajuste especial.

Se veían cada tarde, sin falta, una comida, una caminata, alguna noche en la azotea y se despedían cada noche, cada una a su propia casa, con un beso en la puerta que todavía, después de tanto tiempo, se sentía nuevo.

Nunca habían pasado una noche completa juntas.

No por falta de ganas. Simplemente había sido, sin que ninguna de las dos lo planeara del todo, la forma en que ambas habían decidido, sin hablarlo directamente, ir construyendo esto: despacio, sin apresurar ningún paso, dejando que cada cosa llegara cuando tuviera que llegar.

Fue un domingo por la tarde, mientras Clara terminaba de acomodar una caja de libros que llevaba meses postergando, que encontró, entre las páginas de un cuaderno viejo, la hoja doblada que Elena había escrito de niña.

Libros para pedirle a la abuela de Clara:

1. Uno donde el final sea feliz de verdad.

2. Uno de piratas (para molestar a Clara, que dice que son aburridos).

3. El que Clara está leyendo, cuando lo termine.

Sonrió, leyéndola de nuevo después de tanto tiempo, y una idea, pequeña al principio, empezó a tomar forma mientras la miraba.

Pasó el resto de la tarde buscando entre los estantes ya organizados de la librería, hasta que encontró exactamente lo que necesitaba: una edición vieja de un libro de piratas, gastada pero completa.

Un segundo libro, más nuevo, de esos que terminan bien, de los que Elena, de niña, siempre había insistido en encontrar.

Y un tercero, el que Clara estaba leyendo en ese momento, a la mitad, con una cinta marcando la página donde se había quedado la noche anterior.

Los envolvió los tres juntos, con el mismo papel color crema que usaba Elena en la florería, y dejó la hoja original de la lista, doblada con cuidado, encima del paquete.

Esa noche, cuando subieron juntas a la azotea, como ya era costumbre, Clara llevó el paquete consigo, sin decir nada todavía, dejándolo a un lado mientras se acomodaban en el borde de siempre, bajo el mismo cielo que las había visto crecer.

—¿Qué es eso? —preguntó Elena, notando el paquete apenas se sentaron.

—Es para ti. Pero antes de dártelo, quiero decirte algo.

Elena se giró por completo hacia ella, con toda su atención puesta en Clara.

—Te escucho.

Clara tomó aire, sintiendo el peso del lugar donde estaban, el mismo borde, el mismo cielo, el mismo pueblo abajo que las había visto separarse una vez y encontrarse de nuevo, como si la azotea misma fuera testigo necesario de lo que estaba a punto de decir.

—Aquí fue donde todo se quedó sin terminar. Y aquí fue también donde, hace unos meses, finalmente empezamos a decirnos lo que habíamos callado todo ese tiempo. Me pareció que este era el lugar correcto para esto también.

—¿Para qué?

Clara le entregó el paquete, con manos firmes, sin la vacilación de otras veces.

—Ábrelo.

Elena deshizo el papel con cuidado, y en cuanto reconoció los tres libros, el de piratas, el del final feliz, y el que Clara llevaba leyendo esa semana, sintió el corazón detenerse un instante, entendiendo, antes de que Clara dijera una sola palabra más, exactamente lo que significaban.

—Clara…

—Tardé diecisiete años en darte el tercero —dijo Clara, con la voz suave pero segura— Pero no quiero tardar ni un día más en dártelo de verdad.

No solo el libro que estoy leyendo esta semana.

Quiero compartir contigo todos los que vengan después.

Las noches que faltan, las mañanas, todo lo que hasta ahora hemos dejado, sin decirlo, en pausa.

Elena sintió las lágrimas escapar, sosteniendo los tres libros contra el pecho como si fueran algo mucho más grande que papel y tinta.

Clara la miró, esperando, hasta que decidió ser ella quien lo dijera con todas sus letras.

—Te estoy pidiendo que te quedes a mi lado.

Pero no solo esta noche. —Clara le tomó la mano, con la misma calma tranquila que llevaba semanas construyendo— Quiero que dejemos de despedirnos en la puerta cada noche, Elena.

Quiero que construyamos esto de verdad, contigo aquí, conmigo, sin miedo a lo que eso signifique.

Elena rió entre lágrimas, mirando los libros, mirando a Clara, sintiendo que diecisiete años de espera encontraban, finalmente, en ese pequeño gesto envuelto en papel color crema, todo el sentido que habían necesitado todo ese tiempo.

—Sí —dijo, sin ninguna duda en la voz— Me quedo contigo toda la vida si tú quieres.

Se abrazaron ahí, en el mismo borde donde todo había empezado a romperse diecisiete años atrás, y donde ahora, finalmente, todo terminaba de sanar del todo.

—¿Sabes qué es lo más bonito de esto? —dijo Elena, después de un momento, todavía con los libros entre las manos— Que no tuvimos que borrar lo que pasó aquella noche para llegar hasta aquí. Solo tuvimos que aprender a cargarlo juntas, en lugar de solas.

Clara sonrió, besando su frente con una ternura que ya no le costaba ningún esfuerzo mostrar.

—El pasado ya no nos asusta. Solo nos trajo hasta aquí.

Se quedaron un rato más bajo el cielo, hasta que el frío de la noche las invitó, finalmente, a bajar juntas, no a dos puertas distintas, como tantas otras noches, sino a una sola, dispuestas, por primera vez en toda su historia, a quedarse.