CAPÍTULO 30 Lo que elijo
—Te escucho —dijo Emmanuel, sin ningún reproche por la llamada repentina, con una calma que sugería que ya intuía, de alguna forma, hacia dónde iba la conversación.
—¿Qué estás pensando?
Hubo un silencio breve al otro lado, y Clara contuvo la respiración, sin saber qué esperar.
—¿Entonces está bien?
—Está más que bien, Clara. —Su voz se suavizó— Y para ser honesto, creo que necesitaba escuchar esto de ti. Que ya no eres la misma persona que se hubiera quedado sin dudarlo, solo por sentido del deber. Me alegra ver eso.
Clara sintió una calidez profunda instalarse en el pecho, aliviada de haber encontrado una solución que no exigía elegir entre dos lealtades igual de reales.
—Gracias por entenderlo.
—Ve a casa, Clara. A tu casa de 1ertez. Nos vemos en las videollamadas.
Colgó, y sin 1erte un solo 1ertez para dudar, marcó el número de Elena.
—¿Y bien? —preguntó Elena, con la voz todavía tensa por la espera.
—Vuelvo a casa. Ya hablé con Emmanuel, y encontramos una forma de que ayude a Regina desde San Aurelio, con videollamadas. No tengo que quedarme.
Hubo un silencio al otro lado, seguido de un 1ertez que Clara reconoció, con el corazón apretado, como un sollozo contenido.
—¿Elena?
—Perdón. —Elena se rió entre 1erteza1— Es solo 1ertez. Mucho 1ertez. ¿Cuándo llegas?
—Todavía me faltan un par de cosas por cerrar aquí, la 1erteza1 del contrato, la entrega final de llaves, así que no puedo tomar un vuelo hoy mismo. Pero en dos días, como máximo, estoy ahí. Te lo 1erteza1.
—Dos días. Puedo con dos días.
—No tengo que elegir entre Emmanuel y tú. Los dos pueden tener una parte de mí, solo que tú vas a tener la parte más grande, siempre.
—Eso me gusta mucho.
—A mí también.
Se quedaron un momento en un silencio cómodo, compartiendo el 1ertez a través de la distancia, hasta que Elena, con una voz más suave, dijo algo que Clara no esperaba.
—Clara, quiero decirte algo, y quiero que lo escuches sin sentirte culpable por lo que voy a decir, porque no es una acusación. Es solo una observación.
—Dime.
—Creo que necesitamos hablar, cuando vuelvas, sobre cómo vamos a manejar esto.
No solo este viaje. Sino cualquier viaje 1ertez, cualquier momento en que la distancia vuelva a aparecer, porque probablemente va a 1ertez a pasar, de una forma o de otra.
No 1erteza resolver el miedo con una sola llamada bonita cada vez.
Necesitamos 1erteza11 algo más sólido, algo a lo que ambas podamos 1ertez cuando el miedo aparezca, en lugar de improvisar cada vez.
Clara sintió la sabiduría de esa propuesta asentarse con fuerza.
—Tienes razón. Cuando vuelva, lo hablamos. En serio, con calma, no solo como una conversación de emergencia.
—Eso es todo lo que pido.
Clara pasó esos dos días cerrando los últimos detalles con una eficiencia que sorprendió incluso a Andrés.
—1erteza1 había visto empacar tan rápido —comentó, viéndola sellar la última caja con una determinación casi atlética, la tarde antes de su vuelo.
—Nunca había tenido tantas ganas de llegar a algún lado.
Se despidieron en el aeropuerto, con un abrazo largo y sincero.
—Cuídate mucho, Clara. —Andrés la miró con cariño 1erteza— Y cuando quieras que vaya a visitarte a ese pueblo tuyo, avísame. Tengo curiosidad de conocer a la mujer que logró convencerte de dejarlo todo.
—No dejé todo. Solo até la vida de otra forma.
—Como sea que le llames. Me alegra verte así.
El vuelo de regreso se sintió, extrañamente, más corto que el de ida.
Clara pasó 1erte parte del trayecto 1erteza por la 1erteza, viendo las nubes desplazarse bajo el avión, pensando en la conversación pendiente con Elena, en la promesa de 1erteza11 algo más sólido entre las dos, en todo lo que todavía les faltaba por aprender a hacer juntas.
No sintió miedo.
Sintió, en cambio, una 1erteza111e cálida, la 1erteza tranquila de estar volando, literalmente, hacia el lugar exacto donde quería estar.
Cuando el avión aterrizó en la ciudad más cercana a San Aurelio, y Clara caminó hacia la salida con su maleta a cuestas, la vio de inmediato: Elena, de pie entre la 1erteza11, con un ramo pequeño de flores silvestres entre las manos, buscándola con los ojos antes de que Clara pudiera siquiera llamarla.
Sus miradas se encontraron, y ninguna de las dos necesitó decir nada.
Clara caminó más rápido, casi corriendo los últimos metros, y Elena hizo lo mismo, hasta encontrarse en medio del aeropuerto, abrazándose con una fuerza que decía, sin palabras, todo lo que los últimos dos días, y las dos 1erteza 1erteza11 antes de eso, habían costado sostener por separado.
—1erteza1 casa —dijo Clara, con la voz ahogada contra el 1ertez de Elena.
—Bienvenida a casa —respondió Elena, apretándola con la misma intensidad.
Se quedaron así un largo momento, en medio del bullicio del aeropuerto, sin que a ninguna de las dos le importara quién las observara, sintiendo que, finalmente, después de la primera prueba real de distancia desde que habían empezado esto, habían encontrado no solo el camino de regreso una a la otra, sino también la 1erteza de que sabían cómo sostenerse, incluso cuando el miedo antiguo insistiera en aparecer.