Todo incluido, menos tú 41. Setenta y ocho sillas
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41. Setenta y ocho sillas

Setenta y ocho sillas

Séptima noche del segundo agosto.

A la una y cuarto de la madrugada quedábamos catorce personas en el descampado.

A la una y media, once. A las dos menos veinte, cuatro: Nauzet y su padre, que se fueron a por la furgoneta del padre; Dani, que estaba desmontando el proyector con una linterna de cabeza puesta; y yo.

Mi madre se había ido a las doce y media a casa de Fefa Suárez, andando por el arcén, del brazo, discutiendo si el gofio se toma con leche o con caldo.

Le dije que la llevaba en el coche.

—Son cuatrocientos metros, hija.

—Es de noche.

—Estoy con Fefa —dijo mi madre, como si eso resolviera cualquier problema de seguridad vial del planeta, y probablemente lo resuelva.

Yo me quedé porque no sabía irme.

Es una cosa rara que me ha pasado dos veces en la vida y las dos han sido con este hombre: estar en un sitio donde ya no hay nada que hacer y no saber cómo se sale de ahí. La primera fue un aparcamiento de servicio a las tres y veintitrés de la madrugada. Esta fue mejor.

Empecé a apilar sillas.

Setenta y ocho sillas blancas del Rofe Grand Resort & Spa, de seis en seis, con ese chasquido y ese roce que ya me sé, en un descampado de tierra, a las dos menos veinte de la madrugada del viernes once de agosto.

Dani vino a los diez minutos, cuando terminó con el proyector, y se puso en la otra punta de la fila.

No hablamos mientras apilábamos. Se oía el chasquido y el roce, el chasquido y el roce, y de vez en cuando un coche.

Nos encontramos en el medio a las dos y cuarto.

Habíamos apilado treinta y nueve cada uno, cosa que sé porque las conté mientras las apilaba, de seis en seis, sin darme cuenta de que las estaba contando hasta que llegué a treinta.

—Cuarenta y tres —dijo él.

—Treinta y nueve.

—Cuarenta y tres.

—Dani, las he contado.

—Yo también.

Nos quedamos los dos mirando doce pilas de sillas en mitad de un descampado, calculando, y a los cuatro segundos empezó a darme la risa, porque acabábamos de discutir por trece sillas de plástico y porque no había manera humana de comprobarlo.

—Oye —dije—. Tu madre y la mía.

—Sí.

—Se han cambiado los teléfonos.

—Lo sé. —Se sentó en una pila de sillas, que crujió—. Mi madre le ha dado la receta del mojo.

—La mía le ha dado la de las lentejas.

—Eso no es un intercambio justo.

—Ya lo sé.

Nos sentamos en el murete de piedra que separa el descampado de la carretera.

La pared blanca de ocho metros veinte estaba enfrente, vacía, con la luz de una farola dándole de lado y una mancha de cal más nueva en la esquina de abajo, de las dos manos que dio Nauzet en junio.

—Nadie me había dicho lo del final —dije.

—Ya.

—Ocho meses. Has tenido ocho meses para decírmelo.

—Sí.

—¿Por qué no?

Dani se pasó el pulgar por la ceja, que es lo que hace.

—Porque si te lo digo, lo repasas —dijo—. Y si lo repasas, sale otra cosa.

—Eso no es verdad.

—Nora.

—Vale. Es verdad.

Se oía un grillo y, muy lejos, un coche en la carretera de Mancha Blanca.

—Ha venido mucha gente —dije.

—Ciento setenta y dos. Las ha contado Nauzet en la puerta con un clicker del instituto.

—¿Un clicker?

—Del instituto. Se lo dejó Carmelita.

—Claro.

—Aquí todo es de Carmelita —dijo.

—¿Sabías que iba a ser el final cuando lo grabaste? —dije.

—No. Lo supe en mayo, montando. —Se echó hacia atrás sobre las manos—. Airam me dijo: esto acaba aquí. Y yo le dije que no, que eso no pintaba nada, que era mi madre corrigiendo a una turista. Y él me dijo: pues eso.

—«Una turista».

—Tú eras una turista.

—Yo era la beneficiaria uno.

—Eras una turista con un contrato —dijo Dani Perdomo—, que es la peor clase de turista que hay.

—Era la única clase de turista que hay en ese hotel.

—Eso también es verdad.

Y luego, sin ninguna transición, se sacó el móvil del bolsillo.

—Te tengo que pedir una cosa.

Yo llevaba un año esperando esa frase sin saber que la esperaba. Y no la esperaba de él: la esperaba de mí misma, porque yo era la que había tenido que aprender a pedir, en un patio de Tinajo, con un papel en blanco, en agosto del año anterior.

No se me había ocurrido nunca que a él también le tocaba.

—Pide.

—Es que no sé cómo se hace esto.

—Nadie sabe. Se hace mal.

—Ya. —Se rio por la nariz—. Eso me lo dijo mi madre en junio.

—¿Tu madre te dijo que pidieras?

—Mi madre me dijo que llevo desde el veintiuno sin pedir nada y que se está haciendo vieja de esperar. —Miró la pared—. Y luego me dijo que ella te había contado lo de la furgoneta y que si me molestaba que se aguantara, que era su casa y sus cinco meses.

—Fefa.

—Fefa.

—Se hace diciéndolo.

—Ya. —Le dio la vuelta al móvil dos veces—. Vale. Mira.

Y me contó lo siguiente.

Que en junio mandó la película a cuatro sitios y que en julio le contestaron dos. Que uno es un festival de Las Palmas, que es una alegría y no es nada. Y que el otro es una distribuidora pequeña de Barcelona que trabaja documental de autor y que le ha mandado un contrato.

—¿De cuánto?

—De nada. Tres mil de anticipo.

—¿Y entonces?

—Que son once páginas y están en cuerpo nueve.

Se quedó con el móvil en la mano.

—Yo esto no lo sé leer —dijo—. Y no es que no sepa: es que las once páginas de un contrato de distribución las lee un abogado que cobra ochocientos euros o las lee uno solo en la cocina a las dos de la mañana convencido de que se está enterando.

Yo llevo nueve años haciendo lo segundo. Así fue como firmé con Álamo.

—Ya.

—Y esta es de mi madre. —Lo dijo mirando la pared vacía—. Si firmo mal y les cedo los derechos siete años, mi madre está siete años dentro de una empresa de Barcelona y yo no puedo poner esto en una pared de un pueblo sin pedir permiso.

Silencio.

—Léemelo tú.

Y añadió, mirando al suelo, porque hasta pidiendo es incapaz de dejar una deuda abierta:

—Y no me digas si firmo o no firmo. Solo dime qué pone.

Ahí está. Once palabras. Le costó, calculo, unos cuarenta segundos llegar a ellas, y a mí me llevó el resto de la noche entender lo que acababa de pasar.

Porque yo he tenido, en catorce meses, muchas ocasiones de ser útil a este hombre.

Le ofrecí treinta y cuatro mil setecientos euros en un aparcamiento con un presupuesto en cinco partidas.

Le ofrecí un montador, un proyector, un préstamo participativo y una estructura de financiación con dos escenarios.

Le ofrecí, tres veces, tapar un mes malo.

Y todo eso era dinero, y el dinero lo sacaba de donde está, que es de un sitio en el que él no puede llegar.

Esto no.

Esto es lo único que yo tengo y que no se compra.

Nueve años leyendo la letra pequeña de otro. La deformación profesional que me estropeó cuatro relaciones, que me impide leer un billete de tren sin ir al dorso y que me hizo escribir en 2019 una exclusión que me dejó sin veintiocho mil euros.

Eso. Eso es lo que me está pidiendo.

—Sí —dije.

—Vale.

—Mándamelo. Lo miro esta semana con calma y te digo qué pone y qué no pone, que es lo importante.

—Es que lo tengo aquí.

—¿Desde cuándo?

—Desde el veintiséis de julio.

—¿Y llevas dos semanas con esto encima?

—Llevo dos semanas ensayando cómo se pide —dijo Dani Perdomo—. Y he tardado quince días y setenta y ocho sillas.

—Has tardado un año.

—He tardado un año.

Y me pasó el móvil.

Y ahí, sentada en un murete de piedra a las dos y veinticinco de la madrugada, en un descampado de Tinajo, con setenta y ocho sillas apiladas en doce pilas y una pared blanca de ocho metros veinte delante, abrí un PDF de once páginas en una pantalla de seis pulgadas y me puse a leer.

Once páginas. Cuerpo nueve.

Empecé por el final, que es donde está siempre y donde nunca mira nadie.

—Cláusula novena —dije en voz alta—. Duración y territorio.

—¿Está mal?

—Espera.

—¿Está mal?

—Dani, cállate, que llevo cuatro líneas.

Y me callé yo, y me acerqué la pantalla, y él se inclinó por encima de mi hombro a mirar una letra que no iba a entender, y yo levanté el móvil un poco para que le diera la luz también a él.