30. La cámara sobre el capó
La cámara sobre el capó
Dani Perdomo no gritó. Ni una vez, en todo lo que quedaba de aquella noche.
Hay una idea muy extendida de que estas cosas terminan a voces. En mi experiencia profesional, y ahora también en la otra, los expedientes graves se cierran en voz baja.
Se quedó de pie en el aparcamiento con las manos en los bolsillos y estuvo callado unos quince segundos, que a esa hora y en ese sitio son muchísimos.
—¿Sabes lo que compró aquel señor de Madrid en el ochenta y siete? —dijo.
—Dani...
—Ocho hectáreas, una casa y una era. Pagó tres millones setecientas mil pesetas, que hoy son unos veintidós mil euros.
Lo sé porque tengo la escritura en una carpeta.
—Miró hacia la carretera—. Y mi abuela lo firmó porque hizo la cuenta.
Porque la finca sin salida valía la mitad y porque tenía cuatro hijos y uno enfermo, y porque hizo la cuenta y le salía.
—Ya me lo contaste.
—Te conté la mitad. —Se giró—. Lo que no te conté es que aquel señor no era mala persona.
Vino, se sentó en la cocina, se tomó un café, dijo que le parecía un sitio precioso y que quería ayudarnos.
Y mi abuela lo contó así toda su vida: que aquel señor era muy educado y que hizo las cuentas mejor que nosotros.
—No es lo mismo.
—Es exactamente lo mismo, y lo sabes, porque tú sabes leer contratos mejor que yo.
—No, no lo es —dije, y aquí subí la voz, y fue la única vez—. Yo no te estoy comprando nada. Yo te estoy dando dinero.
—Ya lo sé.
—Yo no gano nada con esto. Yo pierdo treinta y cuatro mil euros.
—Ya lo sé, Nora. Eso es lo que lo hace peor. Si ganaras algo, sería un negocio y yo sé estar en un negocio.
—Yo he tenido siete clientes en cuatro años que me han pagado tarde —dijo—. Siete. Y a los siete les he seguido cogiendo el teléfono. ¿Sabes por qué?
—Porque los necesitabas.
—Porque si te enfadas, se acaba. Y mientras no se acabe, existe la posibilidad de que te paguen. —Se apoyó en la puerta de la furgoneta—. Eso es lo que hace deber dinero. No te quita el dinero. Te quita el enfado.
Se quedó parado enfrente y por primera vez en toda la semana aquel hombre me pareció cansado de verdad.
—Yo llevo desde el sábado sabiendo que tú tienes mi vida en una firma —dijo—.
Y lo he llevado bien. Hasta lo he llevado con gracia, ¿te acuerdas?
El primer día te dije que si bebías por dos se te iba a notar en el montaje.
Yo he estado toda la semana debiéndote algo y he estado bien, porque tú no me lo has hecho notar ni una vez. Ni una.
—Nunca te lo he hecho notar.
—Hasta hoy.
Silencio.
—A las tres de la madrugada bajas con un portátil y me pones delante mi vida entera con importes. Mi película, mi furgoneta, mi deuda dada por perdida, y mi madre. —Le tembló la voz un poco en esa palabra y se le pasó enseguida—. Mi madre está en el retorno.
—Es una hoja de cálculo. Es la forma que tengo yo de...
—Ya sé que es la forma que tienes tú. Llevo siete días viéndote. —Y aquí abrió las manos, un gesto que no le había visto—. Pero es que ese no es el problema, Nora. El problema es lo que hay en la hoja.
—Dime qué hay en la hoja.
—Que me sacas.
—¿Que te saco de dónde?
—De todo. —Contó con los dedos, como Bosco, y eso también me atravesó—.
Me pagas el sábado para que no dependa del sábado.
Me pagas la película para que no dependa del concurso.
Me borras de encima los cincuenta y tres minutos para que no dependa de tu firma.
Y lo dejas todo tan cerrado que el lunes por la mañana tú y yo ya no tenemos absolutamente nada pendiente el uno con el otro.
Nunca he oído a nadie describirme mejor y no creo que vuelva a pasarme.
Y se me abrió el suelo, porque era verdad, y porque yo lo había escrito de mi puño y letra en el comentario de una celda a las dos y treinta y ocho de la madrugada y ni siquiera me acordaba de haberlo escrito.
—Yo no quería eso.
—No. Tú querías dármelo todo. Ya lo sé. —Se pasó las dos manos por la cara—. Y de paso, no deber nada.
—Yo no...
—Nora, tú no soportas deber. —Lo dijo sin ninguna crueldad, que es lo que lo hizo insoportable—.
Llevas siete días amortizando una boda que no existe para no tener que decir que te la cancelaron.
Anoche te llevé al pueblo, mi madre te sacó al patio, te enseñé un descampado y te hablé de agosto que viene, y a las dos y cuarto de la mañana ya tenías el proyector presupuestado.
—Eso es porque me importa.
—Eso es porque te dio miedo.
—Dime que me equivoco —dijo.
Y ahí me callé.
Dani se quedó un momento con los ojos cerrados, y luego se dio la vuelta, y empezó a recoger.
—Espera. Espera, por favor.
—No.
—Dani, si me dejas explicártelo otra vez...
—Ese es el problema —dijo, y siguió recogiendo—. Que me lo puedes explicar quince veces y las quince van a estar bien explicadas.
Lo hizo despacio y bien, que es lo peor. Desconectó el disco duro, esperó a que la barra terminara —tardó cuarenta segundos y los dos nos quedamos mirándola en silencio, que es la cosa más ridícula que he vivido—, lo guardó en su funda, cerró la caja de herramientas, plegó el trípode.
Y después cogió la cámara. La grande, la del contrato. La sacó de la mochila, la puso encima del capó de la furgoneta, con la tarjeta dentro, y la dejó ahí.
—¿Qué haces?
—Ahí está lo que llevo grabado esta semana. Todo. Los treinta y cinco minutos. La cata, los hoyos, el baile, el desayuno. —Se colgó la mochila—. No hay copia. Lo del disco es lo mío, lo de mi madre. Esto es lo tuyo.
—Dani, eso es tu entrega.
—Sí.
—Si no entregas eso el lunes antes de las dos, no cobras. Ni los seis mil doscientos, ni los otros nueve mil cuatrocientos. Nada.
—Ya lo sé.
—Tienes cuarenta y siete euros en la cuenta.
Y se paró.
Se quedó completamente quieto, de espaldas, junto a la puerta del conductor, con la mochila colgando de un hombro.
—¿Cómo sabes tú eso?
Se giró del todo.
Y yo no tuve respuesta, porque la respuesta era que se lo había oído decir por teléfono al del taller el martes por la tarde, y que lo había anotado, y que llevaba tres días usándolo como un dato.
—Lo oí.
—Ya.
Se quedó un momento con la mano en la manilla.
Abrió la puerta.
—Mi familia ya fue una vez una línea que un señor amortizó —dijo Dani Perdomo—. Con muy buenas maneras y las cuentas bien hechas. Yo no vuelvo a serlo.
—No te vayas así. Por favor.
—Dani.
—Es que no me voy enfadado, Nora. —Y se giró, y tenía la cara serena, y eso fue lo definitivo—. Me voy porque tienes razón en todo. Los números están bien. El montaje cuesta eso. El concurso no se cobra. Tú tienes el dinero y yo no. Todo lo que has dicho esta noche es verdad.
—¿Entonces?
—Que no quiero vivir dentro de eso.
Arrancó a la primera, que después de dos días con el filtro sucio fue casi una burla.
No cerró la puerta de golpe. Ese hombre no cerró una puerta de golpe en toda la noche.
Se fue por la salida de servicio con las luces cortas y no aceleró, y estuve oyendo la furgoneta bastante rato porque a las tres y veinte de la madrugada en un sitio así se oye todo, hasta que giró a la izquierda en la rotonda y ya no.
Me quedé sola en el aparcamiento.
Delante de un capó vacío, encima del cual había una cámara con una tarjeta dentro y treinta y cinco minutos de una semana que ya no le pertenecían a nadie.
Estuve así un rato. No sé cuánto. Es la segunda cosa de aquella semana que no puedo cuantificar y las dos son con él.
En algún momento cogí la cámara del capó, porque estaba amaneciendo y porque una cámara de cinco mil euros no se deja en un aparcamiento.
Pesaba más de lo que me esperaba.
La dejé en el asiento del copiloto del coche que no tenía, y como no tenía coche, me la llevé a la habitación.
Miré la hora en el móvil.
Sábado catorce de agosto, tres y veintitrés de la madrugada. Faltaban quince horas y treinta y siete minutos para las siete de la tarde.