Todo está bien & nada está bien 21 #3
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Al principio, ese silencio la incomodaba tanto que caminaba de un cuarto a otro sin rumbo, como si algo fuera a saltarle encima.

Pero nadie venía; no venía Manuel, no venía el pasado, ni una versión antigua que la rescatara de sentir. Solo estaba ella.

A veces se sentaba en el suelo, con la espalda apoyada en la cama, mirando la pared sin entender del todo lo que pasaba por dentro.

No era depresión exactamente, sino un duelo por la identidad que se estaba cayendo.

Extrañaba la intensidad de antes, incluso sabiendo que era tóxica; extrañaba tener a alguien a quien reclamarle su vacío, y extrañaba la distracción de pelear en vez de sentir.

Sin embargo, cada vez que el impulso de buscar afuera aparecía, recordaba a la niña que había abrazado en la sesión.

—No te voy a dejar sola otra vez —susurraba, llevándose la mano al pecho.

Fue así como empezó a hacer cosas pequeñas, casi invisibles pero sagradas: tomar café en silencio sin el teléfono en la mano, salir a caminar sin auriculares y escribir lo que sentía en un cuaderno, aunque no supiera ponerle nombre.

Al principio solo salían frases sueltas: «Tengo miedo», «No sé quién soy sin alguien a quien amar», «Estoy aprendiendo a estar conmigo… y no me conozco».

Y justo ahí, entre esas frases, empezó a aparecer algo nuevo: espacio.

Una tarde, mientras estaba sentada en un parque, vio a una madre peinando a su hija con paciencia infinita.

De inmediato sintió una punzada de tristeza; sin embargo, no nació de la envidia, sino de la comprensión, al darse cuenta de que nunca había aprendido a tratarse con esa suavidad.

Las lágrimas llegaron otra vez, pero esta vez no arrasaron, sino que regaron.

Por primera vez, la soledad no se sentía como un castigo, sino como tierra vacía esperando algo más verdadero.

A pesar de los avances, las noches seguían siendo difíciles.

A veces el silencio se hacía pesado y la tentación de volver a escribirle a Manuel aparecía como un reflejo automático; pero ahora, afortunadamente, había un pequeño espacio entre el impulso y la acción.

Y en ese espacio exacto, ella elegía distinto; no porque ya no doliera, sino porque estaba empezando a amarse más de lo que temía estar sola.

Magdalena la acompañaba en sesiones donde a veces casi no hablaban: solo respiraban, solo sentían, solo sostenían.

—Estás aprendiendo a ser tu propio hogar —le dijo un día.

Fabiola no sonrió, pero sus ojos se llenaron de una calma nueva porque entendía que ese vacío que tanto miedo le daba no era un pozo, sino un útero.

Era un lugar oscuro donde algo nuevo estaba gestándose y, aunque todavía no sabía quién sería cuando saliera de ahí, por primera vez en su vida no estaba corriendo para evitar descubrirlo.

La soledad, finalmente, dejó de ser un enemigo el día que Fabiola se dio cuenta de algo simple: había sobrevivido a estar consigo misma.

No había sido elegante ni rápido, pero ya no se sentía desesperada por llenar cada silencio.

Ahora podía pasar una tarde entera sin hablar con nadie y, aunque a veces dolía, ya no se sentía vacía… se sentía en proceso.

Una mañana, mientras ordenaba su casa, encontró la libreta donde había estado escribiendo frases sueltas durante sus días más difíciles.

Se sentó en el suelo y empezó a leer: «Hoy no busqué a nadie», «Extraño tener a quién reclamarle mi tristeza», «Me estoy conociendo y a veces no me gusto… pero aquí sigo».

Al principio sintió vergüenza, pero después experimentó una profunda ternura.

Comprendió que esa libreta no era solo un diario, sino un mapa de regreso a sí misma.

Fue entonces cuando apareció una idea, suave pero insistente: «¿Y si otras mujeres también están pasando por esto… creyendo que están locas por no saber estar solas?»

. La idea no nació como una misión impuesta, sino como pura empatía.

Empezó con algo pequeño, publicando un mensaje en un grupo local de mujeres donde antes solo leía en silencio: «Estoy atravesando un proceso de aprender a estar sola después de relaciones donde me perdí. No soy experta, pero si alguien necesita hablar sin juicio, aquí estoy».

No esperaba respuesta alguna; sin embargo, llegaron.

Una mujer recién separada que no sabía quién era sin pareja, otra que siempre saltaba de relación en relación por miedo al vacío y otra que confundía intensidad con amor, igual que ella.

Frente a todas ellas, Fabiola no daba consejos, no citaba libros ni hablaba como una maestra; hablaba, simplemente, como alguien que había tocado fondo y estaba aprendiendo a caminar descalza por su propia verdad.

—No estás mal por sentir que la soledad duele —les decía—. Duele porque ahí escuchamos todo lo que evitamos durante años.

A raíz de esto, empezó a reunirse con algunas de ellas en un café una vez por semana.

Al principio eran tres, luego cinco y, al poco tiempo, fueron más.

No se trataba de un taller, sino de un círculo; un espacio seguro donde nadie tenía que fingir fortaleza, donde podían decir «extraño a alguien que me hacía daño» sin temor a ser juzgadas, y donde se permitían llorar tanto por la ausencia como por esa parte de ellas que apenas estaba naciendo.