Todo está bien & nada está bien 13
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Esa experiencia la había marcado profundamente y, lejos de endurecerla, había encendido en ella un deseo inmenso de acompañar y de llevar un poco de calor humano a quienes ahora atravesaban una realidad similar.

Buscó entonces a mujeres que pudieran sostener esa misión, y entre ellas apareció Magdalena.

Al escuchar el proyecto, su corazón se abrió de inmediato; sintió el llamado sin necesidad de razonarlo.

Junto con otras tres compañeras, comenzó a acudir al penal una vez por semana, cruzando aquellas puertas grises con el alma desnuda y el amor como único equipaje.

Las reclusas que las esperaban allí habían cometido actos que la sociedad juzgaba imperdonables: asesinatos, secuestros y violencias profundas; llevaban cargas pesadas y nombres que las definían ante el mundo.

Magdalena les hablaba desde lo más hondo de su ser.

Antes de cada encuentro, le pedía en silencio al Padre de la Luz que la guiara y que pusiera palabras donde solo había heridas.

Les pedía, con voz firme y amorosa, que se quitaran el disfraz de asesinas o secuestradoras y que soltaran ese personaje con el que habían aprendido a nombrarse: el de «malas personas».

Ellas la miraban sorprendidas, desconcertadas y sin comprender.

¿Cómo era posible escuchar algo así en un lugar como aquel?

Les recordaba que todo ser humano es bueno en su esencia; que incluso ellas lo eran.

Aquellas palabras chocaban con años de culpa, de juicios y de condena interior.

—¿Cómo vamos a ser buenas —preguntaban— si hemos matado, si hemos secuestrado, si hemos causado tanto dolor?

Entonces, Magdalena les habló de la esencia y de las capas que se van construyendo encima de esta.

Les explicó que, cuando un ser humano se llena de dolor, de miedo, de rabia y de abandono, su energía se vuelve densa y pesada, y desde ahí ataca; al fin y al cabo, nadie puede dar lo que no tiene dentro, y el dolor solo engendra más dolor.

Por ello, las invitó a cerrar los ojos y a realizar una meditación donde cada una debía regresar al lugar donde fue herida por primera vez, a aquel instante en que su alma aprendió a protegerse endureciéndose.

De este modo, una a una, aquellas mujeres comenzaron a llorar mientras los muros invisibles se resquebrajaron.

Una recordó cómo su padrastro la había violado a los cinco años; otra revivió los golpes y las palabras de su madre, quien desde los dos años le decía que se arrepentía de haberla traído al mundo; otra más recordó cómo fue usada, una y otra vez, por hombres que jamás la vieron como a un ser humano,

y otra habló de las carencias extremas, del hambre de sus hijos, del robo como último recurso, de la cárcel, del maltrato, de la imposibilidad de encontrar trabajo al salir y de la propuesta desesperada que la llevó a participar en un secuestro.

En medio de ese llanto colectivo, los cuerpos se encogían y se retorcían por un dolor antiguo, largamente silenciado.

Allí, Magdalena elevó una plegaria al Padre de la Luz para pedirle que las llenara de amor, que las envolviera en consuelo y que, en medio de aquella prisión física, comenzaran a experimentar la libertad emocional y espiritual.

Sin embargo, no todos los encuentros eran lágrimas, sino que también había espacio para la alegría.

Gabriela, una de las compañeras que acudía al penal, con su energía luminosa y singular, ponía música y les bailaba flamenco.

Con cada zapateo y cada sonrisa, llenaba el lugar de vida, logrando que por unos minutos las rejas desaparecieran; gracias a esto, las mujeres reían, se sentían merecedoras de gozo y recordaban que no todo en ellas era castigo, sino que también podían habitar el disfrute y la belleza.

Y así, semana a semana, algo sutil pero profundo comenzaba a transformarse: no los expedientes ni las sentencias, sino los corazones.

Con el paso de las semanas, algo comenzó a cambiar en el interior de aquellas mujeres, a pesar de que nada afuera parecía distinto (los muros seguían firmes, las rejas no se movían y los días continuaban marcados por horarios rígidos y rutinas impuestas).

Sin embargo, dentro de ellas, un espacio nuevo empezaba a abrirse.

Las presas aprendían, poco a poco, a vivir encerradas físicamente sin permanecer cautivas por dentro.

Comprendieron que la verdadera prisión no había sido únicamente ese lugar, sino el dolor acumulado de su pasado, las heridas nunca nombradas y el miedo convertido en rabia.

Así, ese dolor, por primera vez, comenzaba a aflojar su dominio.

Ya no se definían únicamente por lo que habían hecho.

Dejaron de verse solo como asesinas o secuestradoras y empezaron a reconocerse como mujeres heridas que habían aprendido a sobrevivir como pudieron.

Magdalena las acompañaba a ver su historia sin juicios, a reconocer el dolor sin quedarse atrapadas en él.

Aprendieron a observar sus pensamientos, a notar cómo la culpa y la vergüenza las encadenaban más que las rejas.

Descubrieron que podían elegir no castigarse todo el día, que podían respirar sin miedo y que el pasado no tenía por qué gobernar cada instante de su presente.

Algunas comenzaron a dormir mejor; otras dejaron de pelear constantemente con sus compañeras.

Hubo quienes, por primera vez, se permitieron reír sin sentirse culpables.

En medio del encierro, algo se expandía.

Las meditaciones se convirtieron en un refugio.

Cerraban los ojos y, aunque sus cuerpos permanecían allí, sus mentes aprendían a descansar.

En ese silencio, empezaron a encontrarse con una versión de sí mismas que nunca habían conocido: una que no estaba marcada por sus acciones, que no necesitaba defenderse y que podía sentir paz.

El dolor del pasado no desapareció de golpe, pero dejó de ser una herida abierta.

Se transformó en memoria, en aprendizaje, en una historia que ya no dolía igual.

Comprendieron que no podían cambiar lo ocurrido, pero sí la forma en que habitaban su presente.

Y cuando Gabriela bailaba flamenco, el penal entero parecía respirar distinto.

En esos momentos, las mujeres no eran números ni expedientes: eran cuerpos vivos, corazones latiendo, almas recordando que merecían sentir gozo.

El zapateo marcaba el ritmo de una libertad nueva, una que no dependía de llaves ni de permisos.

Todo estaba, aparentemente, igual; sin embargo, por dentro, nada volvía a ser como antes.

Desde fuera, todo parecía estar en orden, puesto que el penal funcionaba, los horarios se cumplían, las sentencias estaban dictadas y la justicia (al menos en los papeles) había hablado, dando la impresión de que todo estaba bien.

Con el tiempo, las mujeres también empezaron a darse cuenta de su realidad.

Durante años habían sobrevivido creyendo que el sufrimiento era normal, que la violencia era parte del destino y que vivir en guerra interna era lo esperable; pensaban que todo estaba bien porque así había sido siempre.

Pero, en realidad, nada estaba bien, porque vivir no debería doler tanto.

Al fin y al cabo, el verdadero encierro no era la celda, sino el pasado no sanado; mientras ese dolor gobernara su mundo interno, no importaba si algún día salían de prisión, ya que seguirían cautivas y volverían a hacer daño.

Poco a poco, algo se reordenó en su interior.

Aprendieron a ver su historia sin justificarla, pero también sin condenarse eternamente, ya que comprendieron que el castigo no sana, que la culpa no repara y que el dolor solo se transforma cuando es mirado con amor.

Así, comenzaron a vivir una paradoja: estaban encerradas físicamente, pero empezaban a sentirse más libres que nunca.

Respiraban distinto, pensaban distinto y se trataban distinto; de este modo, todo seguía igual afuera, no obstante, por dentro, nada estaba igual.

Y entonces comprendieron una verdad profunda: nada estaba bien cuando vivían anestesiadas, endurecidas y desconectadas de sí mismas, aun cuando caminaban libres por la calle.

En cambio ahora, aun tras las rejas, algo finalmente estaba bien.

Magdalena fue testigo de esa transformación silenciosa y entendió que su misión no era salvar a nadie, sino recordarles lo que ya eran, confirmando que el despertar no consiste en cambiar la realidad, sino en verla con otros ojos.

Por otra parte, hubo un tiempo en el que Magdalena quería ser más humana y pertenecer.

Para lograrlo, empezó a salir más, a desvelarse (cosa que a ella no le gustaba) y a intentar tener conversaciones sobre los demás (algo que tampoco le agradaba), por lo que, poco a poco, se fue perdiendo.

Esta situación continuó hasta que llegó un momento en que el Reino de la Luz la detuvo; no lo hizo con fuerza ni de manera directa, sino haciéndole sentir el vacío que todo eso estaba generando en su interior, mostrándole lo perdida que estaba y cómo había olvidado lo más importante:

honrarse a sí misma.

Como consecuencia de este olvido, empezó a sentir depresión: una palabra que había escuchado antes y un estado que había acompañado en otros, pero que jamás había vivido con tanta intensidad.

Se trataba de un vacío por dentro y una oscuridad por fuera; un estado que la dejó sin energía, sin sueño y sin fuerzas para seguir. Así que se detuvo.

Y ahí, en la madrugada, lo comprendió: decidió regresar a sí misma.

Se propuso no volver a actuar solo para encajar, pues recordó que no necesitaba pertenecer y que su propia compañía le bastaba.

Aprendió, de este modo, a celebrar sus rarezas y sus ideas extrañas como una parte viva y valiosa de quien era; al asimilarlo, el mundo exterior dejó de resultarle tan amenazante.

Sin embargo, volver a sí misma no fue un acto mágico, sino un camino.

Los primeros días le resultaron extraños, como entrar a una casa que siempre había sido suya, pero que llevaba años cerrada, por lo que todo le parecía familiar y ajeno al mismo tiempo.

El silencio, que antes le daba paz, ahora la obligaba a escuchar pensamientos que había evitado durante mucho tiempo.

Se dio cuenta, además, de que no solo se había alejado de sus gustos, sino también de su voz interior, al punto de que ya no sabía con claridad qué quería, qué la emocionaba o qué la hacía vibrar.