Todo está bien & nada está bien
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Todo está bien...
y nada estaba bien
Hace muchos, muchos años, su Padre le pidió bajar al mundo de los humanos.
Ellos habían perdido el rumbo. Habían olvidado lo que en verdad importaba, lo que merecía la pena, aquello a lo que debían entregar su corazón.
Habían confundido el valor con el poder, la fuerza con la dureza y el amor con la posesión.
Se estaban lastimando unos a otros, sin darse cuenta —o quizá sabiéndolo—, permitiendo que la oscuridad tomara el mando de su existencia.
El Padre la miraba y veía en ella una luz imposible de ocultar.
Era luminosa, radiante, alegre y única. No porque no conociera la sombra, sino porque nunca había dejado que esta la definiera.
Pensó que solo alguien así, alguien que recordara el origen, podría descender sin perderse del todo; comprendió que solo una hija de la luz podría caminar entre tinieblas y, aun así, encender pequeñas hogueras donde todo parecía apagado.
Con lágrimas en los ojos, ella aceptó. No podía decirle que no; no a Él, no al amor que los unía desde antes del tiempo.
Creyó, en ese instante, que su llanto era solo por la separación, por dejar atrás lo eterno, lo conocido y lo sagrado.
Pero ahora comprende que, en lo más profundo de su ser, ya lo sabía.
Sabía que llegaría a un lugar donde se viviría lo que nunca imaginó posible.
Era consciente de que, al decir «sí», estaba aceptando sentir el peso de la oscuridad, el dolor de la forma y la herida de la humanidad. Siempre había vivido en la luz.
Era hija de la luz y, aun así, no pensó que pudiera existir tanto dolor.
Ese último instante junto al Padre quedó suspendido fuera del tiempo.
Ella era todavía libre, todavía infinita.
Él la abrazó y también lloró, porque, como todo lo sabe, comprendía exactamente a lo que se iba a enfrentar su niña, su princesa, su chispa divina.
En ese abrazo la selló; no como quien encierra, sino como quien protege.
De este modo, ella se fundió con el amor más grande que existe, y ese instante quedó grabado en su ser, tatuado en su esencia. Y, con ese sello, bajó.
Todo comenzó allí, en ese lugar diminuto y sagrado.
Había dejado el infinito y ahora habitaba el presente dentro de un vientre: un espacio cálido, oscuro y palpitante.
No solo sentía una vibración, sino que percibía un latido, un sonido profundo que marcaba el ritmo de su cuerpo en formación; cada pulsación era un recordatorio de que algo nuevo estaba ocurriendo.
Allí recordaba las dimensiones de la luz de donde provenía.
«Todo está bien... todo está bien...» se decía a sí misma, una y otra vez, al recordar su misión.
Ese mantra la sostenía mientras el tambor del corazón que la albergaba la mecía entre mundos, produciendo un vaivén constante entre lo eterno y lo humano.
A ratos, se sumergía por completo en la vibración de su cuerpo en desarrollo y en emociones densas que sabía que no le pertenecían, sino que eran de ese ser que la contenía.
Sentía miedos, tristezas y angustias que no comprendía del todo, pero que ya comenzaban a rozarla.
En otros momentos, por el contrario, se expandía, se elevaba y se conectaba con su origen celestial.
Recibía instrucciones, pactos y bendiciones; pero, sobre todo, recibía abrazos de su Padre, quien con lágrimas en los ojos le repetía: «Todo está bien».
Esta situación la confundía: si todo estaba bien, ¿por qué caían esas lágrimas de sus ojos?
Si le prometía que nunca estarían separados, ¿por qué dolía tanto?
¿Por qué el amor más grande que conocía venía acompañado de tristeza?
Tal vez, aunque aún no podía comprenderlo, esas lágrimas no eran de miedo, sino de amor; de un amor que sabe que dejar ir también es un acto sagrado y que confía, aun sabiendo que el camino será duro.
Era el reflejo del amor que observa cómo una parte de sí desciende a la oscuridad...
para recordarles a otros cómo volver a la luz.
La oscuridad humana no llegó de golpe. No era un monstruo ni una noche eterna, sino algo más silencioso y peligroso: el olvido.
Era el olvido de quiénes eran, de dónde venían y de lo sagrado que habitaba en cada uno.
Así, la oscuridad se fue instalando poco a poco, como se asienta el cansancio en el alma de los humanos: sin avisar, sin ruido, hasta que un día ya no recuerdan cómo se sentía la luz.
Los humanos aprendieron a sobrevivir, pero se olvidaron de vivir.
Aprendieron a endurecerse para no sentir, a cerrar el corazón para no romperse y a levantar muros donde antes había puentes.
Confundieron la protección con la violencia, la defensa con el ataque y el silencio con la paz.
De este modo, sin darse cuenta, comenzaron a herirse entre ellos, repitiendo dolores que no comprendían y transmitiendo heridas como herencias invisibles.
Ella lo empezó a sentir incluso antes de nacer.
En ese vientre sagrado, la oscuridad no era ausencia de luz, sino exceso de miedo: miedo a no ser suficiente, a perder, a estar solo, a amar y a ser herido.
Esos miedos vibraban en la sangre, en los pensamientos no dichos y en los silencios largos.
En consecuencia, su pequeño cuerpo en formación los absorbía, no como propios, sino como ecos de una humanidad cansada. Todo estaba por comenzar.
Nada era casual. Nada era improvisado. Un plan divino estaba a punto de desplegarse, tejido con hilos invisibles, pactos antiguos y promesas hechas antes del tiempo.
Esa misión no venía envuelta en gloria ni comprensión; por el contrario, llegaba cargada de incomprensión, de encuentros con seres que habían olvidado lo que era el amor, no por maldad, sino porque habían sido heridos demasiado pronto, demasiado hondo.
Seres que, al ser víctimas del dolor, habían aprendido a cerrarse, a endurecerse, a olvidar.
Fue precisamente ahí, en ese campo energético sagrado que era el vientre materno, donde tuvo su primer contacto real con el mundo humano.
Este no se dio a través de palabras ni de imágenes, sino mediante sensaciones, vibraciones y emociones crudas.
Comenzó a sentir el miedo de su madre: un temor antiguo, acumulado y silencioso.
Sintió su tristeza, su cansancio, su soledad no dicha.
Empezó a percibir ese lenguaje profundo que no necesita voz, aquel idioma emocional que se transmite de cuerpo a cuerpo, de alma a alma.
Quería abrazarla, envolverla con su luz y susurrarle como lo hacía su Padre: «Todo está bien».
Pero no podía; su madre no la escuchaba.
Estaba sumergida en sus propias emociones, atrapada en su dolor, navegando por mares internos que aún no sabía cómo calmar.
En consecuencia, esas emociones tan densas y humanas hacían que esta pequeña alma comenzara a encogerse, a hacerse un ovillo dentro de sí misma, a abrazarse por primera vez... y a empezar, así, a conocer el dolor.
Entonces, su Padre habló. Su voz no resonó como un sonido, sino como una certeza.
Le dijo que ese lugar donde se encontraba, aquel vientre que la cobijaba, se llamaba mamá.
Le explicó con infinita ternura que había cosas que mamá tenía que sanar: heridas antiguas que aún sangraban, límites que no sabía cómo imponer y un amor que había olvidado darse a sí misma.
Mientras esas heridas permanecieran abiertas, el dolor seguiría fluyendo, buscando una salida, anhelando ser visto.
Ella lloraba. Lloraba al sentir el sufrimiento de esa mujer que, aun rota, le había permitido habitar su ser; esa mujer que, sin saberlo del todo, estaba creando el disfraz sagrado que ella necesitaba para llegar al mundo humano: un cuerpo, una forma, un templo.
Cada célula de ese disfraz se estaba formando con precisión divina y, en cada una de ellas, se anclaba su luz.
Se establecía así un diálogo invisible y constante entre ese cuerpo que crecía y la esencia luminosa que lo habitaba.
La materia aprendía a sostener al espíritu, y el espíritu aprendía a habitar la materia.
No era una invasión, sino una danza; una fusión delicada entre lo eterno y lo finito.
Ella sentía cómo su luz se distribuía y se fragmentaba amorosamente, quedando sembrada en los huesos, en la piel, en la sangre y en el corazón.
Cada latido era una afirmación silenciosa: «Estoy aquí».
Cada expansión celular representaba un acto de entrega y, entonces, sin estruendo ni dramatismo, llegó el aviso.
El momento había llegado, el disfraz estaba listo y la existencia terrenal podía comenzar.
Estaba a punto de vivir uno de los momentos más sagrados y trascendentales que puede experimentar un alma encarnada.
Se preparaba para cruzar el umbral; para caer y aprender a levantarse, para vivir la culminación de un pacto sellado con su Padre y convertirse, ella misma, en un puente vivo entre el mundo espiritual y el plano físico.
Antes de partir de ese lugar en el que se encontraba, sintió un amor profundo, visceral y humano.
Un amor inmenso por esa mujer llamada mamá, al verla enfrentarse al dolor más intenso, al límite de su cuerpo y de su alma, solo para permitirle comenzar su camino en el plano terrenal.
Sintió gratitud, respeto y compasión. Entendió que esa mujer no era perfecta, pero sí valiente; que su dolor no la hacía débil, sino humana.
Y, mientras el mundo la llamaba con fuerza, mientras la vida la empujaba hacia afuera, ella se llevó consigo una promesa silenciosa:
Aun cuando no me recuerde..., aun cuando me pierda..., aun cuando duela..., mi luz seguirá aquí.
Porque todo estaba por comenzar, y aunque nada parecía estar bien...
Todo, en lo profundo, seguía siendo sagrado.
En medio de ese amor infinito, comenzó a aparecer algo nuevo.
No era miedo; era una vibración desconocida, una mezcla de expectativa y de leve inquietud: la consciencia profunda de que estaba a punto de dejar atrás un lugar de paz absoluta para adentrarse en un mundo que aún no comprendía.
No había amenaza, solo la certeza de lo desconocido, el presentimiento de que la experiencia venidera transformaría su esencia para siempre.
Fue entonces cuando su Padre la sostuvo con su presencia; no con palabras humanas, sino con una verdad que se imprimió en su alma: habría un hilo invisible, eterno e irrompible que siempre la mantendría unida a su origen divino.
Un hilo de luz que ningún olvido podría cortar.