Todo en su lugar (menos tú) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

—Jefa, maneja con cuidado. Y no te olvides de renovar los permisos del coche. Vence este mes.

Le contesté con un pulgar arriba. Mentira. No la había renovado. La había puesto en mi lista con etiqueta PENDIENTE / HACER DESPUÉS / PROBABLEMENTE MULTA. Esa es mi autodefensa emocional en su versión más estúpida: si lo etiqueto como pendiente, siento que ya hice algo.

Y entonces lo vi por el retrovisor. Luces rojas y azules.

Parpadeando. Para mí. Sentí ese frío en el estómago que solo sientes cuando te para la policía y sabes que tienes algo mal.

Me orillé en el arcén, entre el pasto alto y un cartel que decía SWAMP TOURS - NEXT EXIT .

Un State Trooper de Louisiana, enorme, con sombrero y cara de no haber dormido, se acercó a mi ventana.

—Buenos días, señorita. Licencia y registro del vehículo, por favor.

Bajé la ventana. El aire olía a humedad y a gasolina.

—Buenos días, oficial. ¿Sabe por qué me detuvo? —dije con mi voz de mujer competente que cobra 150 la hora.

—Venía a 78 en zona de 70. Y tiene una luz trasera quemada. La del lado derecho.

Mierda. La luz trasera. Lo sabía. Lo había anotado. Le pasé mi licencia de Texas. Luego abrí la guantera. Papeles, recibos de The Container Store , tres mascarillas viejas, una cuchara. Saqué lo que creía que era el registro. El policía lo miró. Lo volvió a mirar.

—Señorita Quinn, esto venció hace tres semanas. El sticker del parabrisas también. ¿Tiene el seguro al día?

Saqué el seguro del celular. Sí, eso sí lo tenía. Pero el registro, no. Estaba vencido. Exactamente lo que Priya me había advertido a las 4:58 de la madrugada y yo había ignorado con un emoji.

—Lo renuevo en cuanto llegue a Savannah —dije, intentando mi mejor sonrisa de cliente que quiere caer bien—. Voy a un trabajo. Es una casa histórica. Hay un árbol patrimonial.

El policía me miró como si le hubiera dicho que iba a hablar con árboles.

—Mire, le voy a poner una advertencia por la velocidad y una multa por el registro vencido. 175 dólares. Y cambie esa luz en cuanto pueda. No puede manejar así hasta Georgia.

—Lo haré, oficial. Gracias.

Me dio dos papeles amarillos. Me sentí como una caja mal etiquetada. FACTURAS / MULTA / VERGÜENZA. Cuando se fue, me quedé cinco minutos en el arcén con las intermitentes puestas, respirando. Mi teoría del contenedor no contempla multas. Llamé a Priya.

—Me paró la policía —dije.

—¿Por el registro? —preguntó ella, sin sorpresa.

—¿Cómo lo sabías?

—Porque te lo dije hace tres horas y me mandaste un pulgar. Maya, por Dios.

—Me puso 175 dólares de multa. ¿Lo puedes pagar de la cuenta de la empresa como gasto de representación?

—Lo voy a poner como gasto de estupidez humana.

Seguí manejando. Ya eran las 9:15 y el calor de Louisiana empezaba a pegarse al parabrisas. Me llamó mi madre desde Ohio. Mi madre no llama nunca a las 9:15 a menos que sea algo importante o que haya visto algo en Facebook.

—¿Maya? ¿Estás manejando? ¿Puedes hablar?

—Estoy manejando a Savannah, mamá. Voy por la I-10.

—¿Savannah? ¿Como en la película? ¿Vas a ver a un chico?

—No, mamá. Voy a vaciar una casa. Es trabajo.

—Ah. Bueno. Te llamaba porque vi en Instagram que los Jamesson te dejaron una reseña. No muy buena.

Mi estómago volvió a hacer el salto.

—Mamá, estoy manejando. Te llamo después.

—¿Pero viste la reseña?

Corté sin querer. O queriendo. Miré el GPS. Y ahí fue cuando pasó. Por mirar el teléfono, por contestar, por el estrés de la multa, me pasé la salida de la I-10 hacia la I-12 y el GPS recalculó automáticamente.

—Recalculando ruta. Ruta alternativa más rápida.

Ruta alternativa. Palabras que en mi vocabulario son sinónimo de caos.

Me metí por una carretera secundaria de Louisiana, la LA-3188, que no era más rápida, era más larga, más angosta, con un solo carril y con un cartel que decía PAVEMENT ENDS .

El GPS había perdido señal. Mi vehiculo empezó a vibrar porque el asfalto estaba roto.

Perdí veinte minutos intentando volver a la autopista, dando vueltas entre campos de caña de azúcar y una gasolinera abandonada que vendía cangrejos hervidos.

Cuando por fin volví a la I-10, ya había perdido casi una hora.

Y estaba sudando. Y mi café se había derramado en el asiento del copiloto, justo sobre la bolsa de toallas de Jess.

Me detuve en una gasolinera de Exxon cerca de Lafayette para limpiar el desastre y para respirar. Fue ahí cuando abrí Instagram.

Tengo que explicar algo sobre Instagram.

Para Everything In Place, Instagram no es una red social.

Es nuestro currículum, nuestro portfolio, nuestra prueba de existencia.

Si no estás en Instagram, no existes. Si tienes un mal comentario, te hundes.

Abrí las notificaciones. Tenía cuatro. Cuatro nuevas. Todas de las últimas doce horas.

La primera, de @Jamesson.home.austin: Lamentamos decir que nuestra experiencia con Everything In Place fue incompleta. Dejaron cajas sin etiquetar en el ático. No recomendado.

La segunda, de @megan.loves.order: Contraté a Maya para mi closet y a las dos semanas todo estaba desordenado otra vez. Mucho dinero para poco resultado.

La tercera, de @austin.minimalist.mom: Servicio con mala calidad posterior. No contestan mensajes después de pagar.

La cuarta, un DM de una chica que no conocía: Hola! Vi tu trabajo pero con esas reseñas no me animo :(

Me quedé mirando la pantalla con la mano manchada de café.

Sentí calor en la cara. Vergüenza. Esa vergüenza que no cabe en ningún contenedor.

Es mentira. O es media verdad. Los Jamesson dejaron cajas sin etiquetar porque me dijeron que no entrara al ático porque había avispas.

Megan no mantuvo el closet porque tiene tres niños menores de cinco años.

Pero en Instagram no hay contexto. Solo hay estrellas.

Y yo tenía tres reseñas de dos estrellas seguidas.

Llamé a Priya de nuevo, con la voz un poco rota.

—Priya, ¿viste Instagram?

—Sí. Ya las vi. Las estoy contestando con la cuenta profesional. Tranquila. Son tres. Tenemos 84 de cinco estrellas.

—Pero son las tres últimas. La gente solo ve las tres últimas.

—Maya, estás en una gasolinera en Louisiana con una multa de 175 dólares. No mires Instagram ahora. Maneja.

Tenía razón. Pero la autodefensa emocional no funciona cuando te atacan por donde más te duele: por ser competente.

Mi coraza es ser competente. Si me quitas eso, ¿qué queda?

Volví a la carretera a las 11:40. Ya iba con dos horas de retraso sobre mi plan.

Mi plan decía que a las 12:00 estaría en Baton Rouge.

A las 11:40 estaba todavía en Lafayette, oliendo a café y a vergüenza.

Puse música fuerte. Intenté cantar. El automovil hizo un ruido raro. Un clac. Luego otro. Luego un zumbido agudo que no había escuchado nunca. Miré el tablero. La aguja de la temperatura estaba en rojo. Rojo total. HUMO, no mucho, pero saliendo del capó.

—No, no, no, no —dije en voz alta, como si el coche me entendiera.

El coche se entendió. Se apagó solo. Se murió en el arcén de la I-10, justo después del puente del Atchafalaya Basin, en un tramo donde no hay nada.

Nada. Solo pantano, calor y mosquitos del tamaño de uvas.

Intenté prenderlo. Nada. Solo un clic. Clic.

Clic. Me bajé. Abrí el capó. Salió más humo.

Olía a quemado y a anticongelante. No sé nada de motores. Sé organizar cajones, no motores.

Llamé a la asistencia de mi seguro. USAA.

—Mi coche se sobrecalentó y se apagó en la I-10, milla 127, en Louisiana —dije, intentando no llorar.

—Tranquila, señorita Quinn. ¿Está en un lugar seguro?

Estaba en un lugar con caimanes, pensé. Pero dije que sí.

—Le mandamos una grúa. Tarda entre 60 y 90 minutos. ¿Necesita vehículo de reemplazo?

—Sí. Tengo que llegar a Savannah mañana.

—Perfecto. Le gestionamos un reemplazo. Pero tiene que esperar a la grúa y luego ir a la oficina de Lafayette. El reemplazo más cercano disponible está en Lafayette.

Noventa minutos después, con 38 grados y 90% de humedad, llegó la grúa.

Un señor mayor que se llamaba Earl y que no habló en todo el camino me llevó hasta un motel de carretera que estaba justo al lado del taller al que llevaban mi coche.

El motel se llamaba Cypress Inn. No era un inn.

Era un motel de una planta, con alfombra verde afuera y un letrero de neón que parpadeaba y decía DISPONIBLE.

Earl me dejó ahí.

—Aquí puede esperar el coche de reemplazo. Llega en unas tres horas —dijo.

Entré a la recepción. Una mujer con uñas larguísimas y un ventilador pequeño me miró.

—¿Una noche?

—Solo unas horas. Espero un coche de reemplazo.

—Son 68 dólares. Sin reembolso.

Pagué. Me dio una llave de verdad, de metal, con un diamante de plástico verde. Habitación 7.

La habitación 7 olía a cigarro, perro viejo y algo parecido a un ambientador barato de limón.

La cama tenía una colcha con un estampado de patos.

El aire acondicionado hacía un ruido como si se estuviera muriendo también, éramos dos.

Pero tenía ducha. Y yo estaba cubierta de sudor, café y humo de motor.

Me metí a la ducha. Abrí el agua caliente.

Salió fría. Helada. Esperé dos minutos. Siguió helada.

—Perfecto —dije en voz alta.

Me duché con agua fría. Con agua helada de Louisiana en marzo.

Grité un poco al principio. Luego me reí.

Luego casi lloro. Luego me reí otra vez.

Porque era tan absurdo. Yo, Maya Quinn, organizadora de lujo que cobra 150 la hora, duchándome con agua helada en un motel que se llama Cypress Inn, con una multa de 175 dólares en la guantera de un coche muerto, con tres malas reseñas en Instagram y con un roble en Savannah que no me deja mover un porche.

Cuando salí, envuelta en una toalla que era del tamaño de una servilleta, vi que había otro inconveniente menor, como si hiciera falta.

La toalla tenía un agujero. Y en el techo, una mancha de humedad exactamente igual a la mancha de café de mi departamento en Austin.

El universo me estaba mandando señales con manchas.

Me senté en la cama de patos, con la toalla de servilleta y el pelo goteando, y llamé a Eleanor Whitaker. Tenía que hacerlo. Eran las 3 de la tarde. Se suponía que yo tenía que estar en Savannah a las 7 de la noche. No iba a llegar.

Contestó ella misma, con su voz de té helado.

—¿Miss Quinn?

—Señora Whitaker, soy Maya. Lamento mucho llamarla. Tuve un problema con el vehículo en Louisiana. Se sobrecalentó. Estoy esperando un reemplazo. No voy a poder llegar hoy.

Hubo un silencio. Ese silencio sureño que pesa más que una multa.

—Oh —dijo—. Vaya. ¿Y su equipo?

Mi equipo es Priya, que está en Austin contestando malas reseñas de Instagram, pensé. Pero no dije eso.

—Mi equipo está preparando todo para mañana. Yo estaré ahí mañana a primera hora, se lo prometo. A como dé lugar. A las 8 de la mañana estoy en su porche. Sin mover nada del porche trasero, como dijo el señor Walker.

Eleanor suspiró.

—Mi hijo Richard ya está aquí. Quería empezar a tirar cosas hoy mismo. Le dije que no. Que la esperáramos. Pero Miss Quinn, necesito que llegue mañana. De verdad.

—Llegaré —dije—. Se lo juro.

Corté. Miré mi reflejo en el espejo sucio del motel.

Toalla con agujero, pelo mojado, cara roja por el agua fría y el calor.

Saqué mi maleta de 90 litros. La etiqueta que había pegado con tanto cuidado en Austin decía: SAVANNAH / NO ENAMORARSE / CONTENERSE / ESTA VEZ SÍ.

Estaba arrugada por el café derramado. La despegué.

La tiré a la basura de la habitación 7. Saqué mi rotuladora, que por suerte no se había muerto con el coche, y escribí una nueva, a mano, sobre una etiqueta blanca limpia.

Decía: LOUISIANA / SObrEVIVIR / LLEGAR MAÑANA / DUCHARSE CON AGUA FRÍA. La pegué en la maleta.

Afuera, escuché el sonido de un motor. Era el coche de reemplazo.

Un Nissan Versa blanco, pequeño, tenía un olor diferente, como a tapetes nuevos y poliuretano.

No era mi Subaru. No tenía historia. Pero funcionaba.

Me vestí con la ropa menos arrugada que tenía, agarré mis tres contenedores y dejé la llave de metal en la recepción. La mujer de las uñas me miró.

—¿Se va?

—Sí. A Savannah. A organizar una casa que no quiere ser organizada y a salvar un árbol que no quiere ser talado.

—Buena suerte —me dijo—. Aquí todos los que se quedan en la 7 terminan volviendo.

No supe qué quiso decir. Pero me guardé la frase como si fuera una etiqueta.

Salí al estacionamiento. El sol de Louisiana pegaba fuerte. Tenía unas 600 millas por delante, un coche que no era mío, una multa sin pagar, tres malas reseñas y una promesa de llegar a las 8 de la mañana. Puse el GPS de nuevo. Esta vez lo puse en voz alta, al máximo volumen.

—Iniciando ruta a Savannah, Georgia —dijo la voz del GPS.

—Vamos —le contesté yo.