Toda la vida es ahora Capítulo 1 Lily
2%
Toda la vida es ahora

Toda la vida es ahora

Por Morgan Radford

© inepub.com

Capítulo 1 Lily

El impacto empujó mi cuerpo hacia adelante, pero el cinturón de seguridad logró detenerlo.

—¡Oyeeee! —gritó mi madre—. ¡Kem, mira por dónde vas! Casi arrollas a ese niño, pobrecito.

—Respira, Mari —respondió mi papá.

—Mamá, no pasa nada —le dije casi en un susurro, y me incliné hacia el asiento del copiloto para ponerle la mano en el hombro—. Mira, creo que ahí a la izquierda, detrás de la reja, están las residencias.

El famoso portón Johnston Gate.

La reconocí de inmediato por el folleto: las imponentes barras de hierro negro flanqueadas por muros de ladrillo rojo oscuro; la puerta de acceso a las oportunidades y el privilegio.

Tan solo siete meses antes, mami había deslizado aquel folleto con cautela sobre la mesa de la cocina. Lo había hecho con los ojos fijos en el plato humeante de vaca frita que acababa de retirar del fogón.

—Échale un vistazo, querida —dijo mientras me alcanzaba un tenedor de la gaveta más ruidosa del pequeño armario de cocina.

Todavía llevaba el pañuelo naranja brillante que se había puesto la noche anterior y algunos rizos rebeldes se escapaban por debajo de la tela, enmarcando su rostro redondo color canela, sencillo y ansioso.

Deslizó el folleto sobre la madera gastada de la mesa y yo bajé la vista, donde la foto de un grupo multicultural de estudiantes sonrientes me devolvía la mirada.

Mami llevaba meses rogándome para que presentara mi solicitud a alguna universidad.

Acababa de empezar mi último año en la Western Piedmont High, una pequeña escuela secundaria pública al pie de los Apalaches, ese rinconcito tan nuestro.

Pasaba mis días junto a otros quinientos adolescentes, que se movían entre clase y clase como una masa compacta; un organismo único bajo el microscopio de profesores mal pagados y sobrecargados de trabajo.

Allí esperaba mi oportunidad, sin desafíos ni inspiración.

Ya había solicitado plaza en el Elk River Junior College, con la esperanza de obtener un título útil en el Departamento de Inglés.

Claro que ese no era el destino soñado para nadie: estaría matriculada junto a los adictos a la metanfetamina con quienes pronto me graduaría de la secundaria, enviados allí por lástima en la última etapa de su programa de rehabilitación en dos fases.

Aquella universidad de piedra caliza derruida no era un lugar para soñar, sino más bien un receptáculo de promesas rotas; el punto y aparte de nuestro sistema de educación pública.

Rodeada por una valla oxidada, parecía más una prisión que una universidad.

La última parada para quienes aún conservábamos algo de esperanza.

O nuestra última apuesta.

La vida en la montaña es tranquila y dura; físicamente demandante y agotadora. Por eso sabía que tenía que quedarme. Mis padres, a pesar de su orgullo e independencia, no estaban hechos para vivir solos.

Como si pudiera leerme la mente, mi madre carraspeó y me acercó el plato.

—Estaremos bien sin ti, querida. Este es el trabajo de los padres, y también su sueño. Allá vas a competir con los hijos e hijas de príncipes y presidentes. Tú, que eres hija de estas montañas; tú, la hija de una inmigrante.

—¿Dónde? —pregunté. No me había fijado en el nombre que aparecía en la portada del folleto.

—En Harvard —respondió con simpleza.

Me quedé pálida.

—¿Eh?

Ella cogió el tenedor y empezó a comer, como si no acabara de nombrar la universidad más prestigiosa del mundo.

Siete meses después, aquí estaba yo.

—¡Párate ahí! —gritó mi madre, señalando un pequeño espacio de estacionamiento que había dejado una camioneta que se marchaba.

Mi papá se deslizó por la calle de adoquines irregulares, maniobrando nuestra destartalada camioneta azul entre las compactas líneas blancas.

—¿Lista, Pepinilla? —preguntó. Me había puesto ese apodo cuando era niña; en ese entonces decía que mi cabeza tenía la forma de un pepino pequeño. Yo miraba por la ventana, pero podía sentir sus ojos fijos en mí desde el espejo retrovisor.

—Más lista que nunca —suspiré nerviosa. Agarré mi mochila antes de abrir la puerta y vi cómo mi padre se estiraba por encima de la consola para apretar las manos de mi madre.

—Todo va a salir bien, Mari —le susurró al oído—. Cada cosa a su tiempo.

Se inclinó y la besó en la mejilla mientras ella, con los ojos cerrados, se recostaba en la cabecera de su asiento.

Salí del carro, ansiosa por estirar las piernas después de catorce horas de viaje. En cuanto me giré para cerrar la puerta, lo vi.

Todo.

Enredaderas de hiedra de un verde intenso serpenteaban por los ladrillos de antiguos edificios georgianos; estudiantes de pelo alborotado atravesaban con pesadumbre los jardines bien cuidados, mientras sus mochilas rebotaban al ritmo de sus pasos.

Las hojas, aún verdes, se aferraban a los últimos días del verano y enmarcaban el campus como si fuera un cuadro vivo.

¿Dónde diablos me había metido?

Esto no se parecía a nada que hubiera visto antes y, desde luego, no era un lugar al que perteneciera.

Mi padre rodeó el carro, abrió el maletero y me entregó una pequeña bolsa de lona que estaba atrapada entre mi maleta y una pila de cajas de cartón.

Un disco volador fosforescente pasó zumbando a mi lado; lo había lanzado una estudiante rubia, de cabello lacio y ligeramente alborotado, con una camiseta de Bob Marley.

—Es más lindo que en las fotos, ¿verdad? —se maravilló mi padre, que estudiaba el panorama.

—Sí —murmuré bajando la mirada, consciente de repente de mis zapatillas Chuck Taylor desgastadas, con los cordones deshi-lachados y grises.

Mi padre bajó con cuidado mi única maleta, llena de suéteres usados y un abrigo que sacamos del contenedor de donaciones de la iglesia.

—Vamos a meter tus cosas —oí decir a mi madre desde la acera, que por fin se había bajado del asiento del copiloto.

Gotas de sudor me resbalaban por la frente mientras mis padres y yo cargábamos las endebles cajas de cartón por el césped hasta la entrada del edificio. Había leído en alguna parte que Harvard llamaba «casas» a todas sus residencias estudiantiles para crear una sensación de cohesión familiar .

Otros lo llamarían elitismo.

—¡Bienvenidos! —canturreó una voz a mi izquierda, mientras una mujer de mediana edad, con rizos caoba, se acercaba hacia nosotros dando saltitos.

—¡Soy la decana Grant! Usted debe de ser la señorita Walker.

—Sí —sonreí. ¿Cómo sabía mi nombre?

—Tenemos una lista con las caras que debemos buscar el día de la mudanza —dijo respondiendo a mi pregunta tácita mientras tiraba del cordón que colgaba de su cuello—. Nos ayuda a identificar a los de primer año.

Primer año.

El comienzo.

Un nuevo comienzo.

Miré con fijeza los ladrillos rojos agrietados bajo mis pies.

—Estás en la C-22 —continuó la decana—. Creo que tu compañera de cuarto ya se ha mudado: Hana Kang. Conocí a sus padres hace una hora.

Tan pronto escuchó la palabra «padres», mi mamá dio un paso adelante, como si acabara de salir de un trance.

—Soy Marisol —dijo mientras extendía la mano, acentuando la «o» corta de su nombre.

El acento de mami al hablar en inglés siempre se hacía más pronunciado cuando estaba nerviosa. Como si, por puro agotamiento, renunciara a ocultar las vocales oscilantes que la acompañaban desde su juventud.

—Vamos a cuidar bien de su hija, Marisol —le aseguró la decana Grant.

Mi madre esbozó su mejor sonrisa y juntó las manos en señal de agradecimiento. Aun así, podía percibir lo nerviosa que estaba. Apenas había dicho nada durante las últimas tres horas del viaje.

Mis padres y yo cruzamos el patio y dejamos lo que no podíamos cargar bajo el arco de la entrada. Juntos subimos por las escaleras de mármol desconchado hasta el tercer piso; mi padre llevaba la caja más grande, mientras mi madre y yo equilibrábamos la pequeña maleta y la bolsa de lona.

C-22.

La puerta estaba abierta.

Dentro, una chica menuda acomodaba sus libros en la parte de abajo de una amplia estantería marrón claro, de espaldas a la puerta.

—Toc, toc —dije vacilante, golpeando con los nudillos la madera desgastada.

La chica se dio la vuelta sobresaltada.

—¡Ah, hola! —exclamó con una sonrisa radiante—. Tú debes de ser Lily. Soy Hana. ¡Encantada de conocerte al fin!

Sentí que la cara se me enrojecía.

Era bellísima. Asiática. Menuda. Llevaba un top corto y jeans holgados; esta chica parecía haber tomado un pequeño desvío de sus vacaciones de verano en Grecia para matricularse en la universidad.

El flequillo, que llevaba recto sobre la frente, enmarcaba a la perfección sus ojos grises almendrados; tenía algunas pecas dispersas por la nariz y las mejillas, y unos labios carnosos que cualquier actriz de Hollywood envidiaría.

Habíamos tenido una breve llamada de larga distancia después de que el director de la residencia nos enviara un paquete con la asignación de habitaciones.

Hablamos durante tres minutos para decidir si había algún mueble que debiéramos traer.

La voz de Hana ese día, grave y bullanguera, no evocaba la imagen de la muchachita que tenía delante.

—Me alegra mucho conocerte —le dije, arrepintiéndome de inmediato de haber elegido unos jeans rotos y una camiseta demasiado holgada con el rostro de Frida Kahlo—.

Te presento a mi madre, Marisol, y mi padre, Kem Walker.

Venimos de un viaje en carro bastante largo, así que todavía nos estamos acomodando.

. . —dije en un intento de excusarme por mi mal aspecto.

O por ser pobre.

—¡Por supuesto! Déjame quitarme de en medio. Acabo de poner mis cosas en la litera de abajo porque soy muy bajita. A juzgar por tu estatura, creo que tomé la decisión correcta —dijo con una risa amistosa que sonaba como campana en la brisa.