The Quarterback Sneak (The Four Quarters Collection 1) 35. Epílogo
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35. Epílogo

Epílogo

Honey

E l sudor recorre mi piel expuesta mientras yazgo recostada sobre la moto de Zach.

Con los ojos cerrados, dejo que el calor del sol me azote, recordándome lo afortunada que soy.

Al ajustar la espalda, mi piel se queda pegada al asiento de cuero y disfruto de ese dolor sutil al despegarme.

Oigo sus pasos antes de abrir los ojos para mirar a mi novio, que se acerca hacia mí con una risita.

—Nunca entenderé cómo puedes encontrar cómoda esa posición, Honeycomb.

Me incorporo del todo, apoyando los brazos en el manillar, y me bajo un poco las gafas de sol.

Con una pierna sobre el baúl trasero y la otra colgando junto al pedal, mantengo el rostro serio.

—No lo es, pero ¿qué puedo decir? Me gusta la cara que pones cuando me encuentras así, desparramada sobre tu moto.

Mi pierna se balancea con un aire provocador y muevo las caderas lo suficiente para que Zach se dé cuenta.

Se lame los labios, devorándome con la mirada, y se acerca más.

Cuando llega a mi altura, apoya las manos en mi torso y se inclina para besarme.

Han pasado meses desde nuestro primer beso, pero ese pequeño contacto sigue causando estragos en mi cuerpo.

—Mmh, ¿es que nunca tienes otra cosa que no sea sexo en la cabeza? —pregunta pensativo, apartando los labios para estudiar, sin duda, mi expresión desvergonzada.

—No cuando estás cerca. ¿Qué quieres que te diga? Me nublas el juicio. —Es cierto, y ya no tengo miedo de admitirlo.

—¿Y cómo vas a sobrevivir a un viaje de cuatro horas con las piernas rodeando mi cintura? —Baja su centro de gravedad hasta mis caderas, asegurándose de que sienta el roce de su erección contra mis pantalones cortos. Está jugando con fuego y eso me gusta.

Dándole una sonrisa pícara, dirijo la mirada a su entrepierna y luego a su cara.

—Creo que la verdadera pregunta es cómo vas a sobrevivir tú sabiendo que las vibraciones me mantienen satisfecha —bromeo, tirando de él por la camiseta para obligarlo a acercarse—.

Además, ¿para qué conducir un coche que parece un consolador rosa cuando puedo usar tu moto como vibrador provisional?

Suelta un gruñido de fastidio contra mi boca y me ajusta las piernas para poder situarse entre ellas.

—No me des ideas, Honeycomb. La última vez que anduvimos trasteando en mi moto estábamos a oscuras.

No puedo hacerte nada a plena luz del día.

—Me muerde el lóbulo de la oreja y yo echo la cabeza hacia atrás, entrelazando mis piernas a su alrededor.

—Supongo que tendremos que usar mi coche para los toqueteos diurnos, entonces.

Sacude la cabeza y se aparta para mirarme a la cara. —Hablando de esa monstruosidad —dice en tono juguetón—. ¿Viene ya de camino?

Asiento, dándole otro beso. —Sí. Está embalado con el resto de nuestras cosas en el camión de la mudanza.

Sale más tarde. Me he quedado mirando hasta que se ha ido, por si acaso a mi madre le daba por intentar impedirlo.

—Me río, pero la triste realidad es que sí que intentó evitar que me mudara a St. Michael’s con Zach.

Ni ella ni mi padre pueden creer que Zach y yo sigamos tan unidos tras la graduación.

Nunca olvidaré sus caras cuando se dieron cuenta de que iríamos juntos a la universidad.

Ver cómo comprendían que no tenían poder para frenar nuestra relación y que les tocaba quedarse al margen no tuvo precio. Ya no busco su aprobación. Ni la de nadie, en realidad; solo la mía propia.

Soltándome, Zach se dirige al baúl trasero y saca nuestros cascos. —¿Cuándo se reúnen Tiff y Ella con nosotros? —pregunto mientras me lanza mi casco.

—En un par de semanas. Tienen algunas cosas que organizar antes de poder mudarse fuera del estado.

—Asiento secamente. Esas «cosas» implican hablar con un abogado sobre Jamie y Ella.

Para mi disgusto, Jamie sigue sin tener idea de que es padre.

Se marcha a la Southern Collegiate en dos semanas y creo que tiene derecho a saberlo.

Puede que haya sido un imbécil conmigo, pero esto es algo mucho más serio que una novia del instituto que te impusieron.

Sin embargo, Zach y Tiff quieren entender primero cuáles son los derechos de ella porque les preocupa el padre de Jamie, lo cual es comprensible.

De momento lo he dejado pasar, pero pronto tendré que presionarles.

—¿Estás lista para esto, Honeycomb? —pregunta Zach, encajándome el casco de un golpecito.

No sé qué conlleva exactamente «esto», pero asiento de todos modos.

Jamás imaginé que iría a St. Michael’s con novio, y mucho menos que fuera su nuevo quarterback titular, pero no podría ser más feliz.

Sé que las cosas no siempre serán perfectas entre nosotros, pero no hay nadie más con quien prefiera pelearme que con él.

—Que venga lo que sea —digo con una sonrisa y paso la pierna por encima de la moto, dejando sitio para que él se siente delante.

Inclina la cabeza, mirándome con una sonrisa inquieta. —Vale, pues prepárate. Hay cuatro horas de camino desde aquí hasta St. Michael’s. Vas a estar abrazada a mí un buen rato.

—Me quedaría abrazada a ti mucho más tiempo si pudiera elegir.

Toma asiento y yo le rodeo con los brazos, pegando mi pecho a su espalda, y cierro los ojos.

Siento un vuelco en el estómago cuando salimos del pueblo hacia nuestras nuevas vidas.